Muy pocas bandas dentro del metal moderno han conseguido mantener una reputación de consistencia y fiabilidad como la que ostenta Lamb of God. Desde que irrumpieran en la escena a comienzos de los 2000 con una mezcla explosiva de groove metal, thrash y actitud hardcore, el quinteto de Richmond se ha consolidado como uno de los pilares del metal estadounidense contemporáneo. Discos como “Ashes of the Wake” (2004), “Sacrament” (2006) o “Wrath” (2009) establecieron un estándar que muchas bandas posteriores intentarían imitar: riffs incisivos, precisión rítmica quirúrgica y la voz inconfundible de Randy Blythe escupiendo veneno con una mezcla de rabia política y nihilismo social.
A lo largo
de más de dos décadas, Lamb of God ha demostrado algo que muy pocos grupos
logran: evolucionar sin traicionar su esencia. Incluso cuando algunos de sus
discos más recientes —como “Lamb of God” (2020) o “Omens” (2022)— mostraban una faceta más
pulida y accesible, el grupo seguía siendo capaz de entregar himnos
contundentes y riffs memorables. Ni siquiera la inesperada marcha de su icónico
batería, el gran Chris Adler, debilitó a un grupo que supo reinventarse con el
joven Art Cruz, quien en poco tiempo se ganó los corazones de su legión de
seguidores. Sin embargo, para muchos seguidores existía la sensación de que en
las mencionadas obras contemporáneas faltaba cierta abrasividad, esa sensación
de peligro que impregnaba su material clásico.
Con “Into
Oblivion”, su décimo álbum de estudio, el grupo parece responder directamente a
esa percepción. El disco recupera gran parte de la ferocidad que definió sus
mejores años, pero lo hace desde la perspectiva de una banda veterana que
domina perfectamente su lenguaje musical. El resultado es un trabajo que
combina hostilidad, groove devastador y momentos inesperadamente melódicos, con
letras que reflejan un mundo social y políticamente fracasado.
Muy pocas
bandas dentro del metal moderno han conseguido mantener una reputación de
consistencia y fiabilidad como la que ostenta Lamb of God. Desde que
irrumpieran en la escena a comienzos de los 2000 con una mezcla explosiva de
groove metal, thrash y actitud hardcore, el quinteto de Richmond se ha
consolidado como uno de los pilares del metal estadounidense contemporáneo.
Discos como “Ashes of the Wake”, “Sacrament” o “Wrath” establecieron un
estándar que muchas bandas posteriores intentarían imitar: riffs incisivos,
precisión rítmica quirúrgica y la voz inconfundible de Randy Blythe escupiendo
veneno con una mezcla de rabia política y nihilismo social.
A lo largo
de más de dos décadas, Lamb of God ha demostrado algo que muy pocos grupos
logran: evolucionar sin traicionar su esencia. Incluso cuando algunos de sus
discos más recientes —como “Lamb of God” o “Omens”— mostraban una faceta más
pulida y accesible, el grupo seguía siendo capaz de entregar himnos
contundentes y riffs memorables. Ni siquiera la inesperada marcha de su icónico
batería, el gran Chris Adler, debilitó a un grupo que supo reinventarse con el
joven Art Cruz, quien en poco tiempo se ganó los corazones de su legión de
seguidores. Sin embargo, para muchos seguidores existía la sensación de que en
las mencionadas obras contemporáneas faltaba cierta abrasividad, esa sensación
de peligro que impregnaba su material clásico.
Con “Into
Oblivion”, su décimo álbum de estudio, el grupo parece responder directamente a
esa percepción, algo que se percibía con cada uno de los singles promocionales
que la banda nos fue entregando progresivamente. El disco recupera gran parte
de la ferocidad que definió sus mejores años, pero lo hace desde la perspectiva
de una banda veterana que domina perfectamente su lenguaje musical. El
resultado es un trabajo que combina hostilidad, groove devastador y momentos
inesperadamente melódicos, con letras que reflejan un mundo social y
políticamente fracasado.
Me declaro
completamente adicto a “Into Oblivion”, el monumental cañonazo con el que el
grupo decide abrir el álbum. El tema que da nombre al trabajo emerge sin
contemplaciones con un riff masivo que se impone desde el primer instante. Tras
una introducción instrumental incendiaria, el Randy Blythe más visceral abre
las puertas del infierno para herirnos de muerte con sus tan característicos
guturales, que siguen sonando igual de punzantes a sus 55 años de edad. En
definitiva, un inicio colosal que marca el tono de todo lo que vendrá después.
Le sigue
“Parasocial Christ”, una pieza que eleva la intensidad desde el primer segundo
para sacudirnos con una tormenta de riffs thrashers y un groove marcado donde
afloran las influencias de sus adorados Pantera. La instrumentación avanza con
precisión quirúrgica, construyendo la base perfecta sobre la que Randy se
desgañita con el micrófono mientras abre fuego contra el culto a las figuras
mediáticas que domina estos tiempos oscuros.
Cuando
“Sepsis” vio la luz como primer avance del disco, creo que nadie se atrevió a
dudar de la monstruosidad de obra que los americanos nos tenían preparada.
Sostenida sobre una línea de bajo profunda y cavernosa, la canción avanza con
un serpenteo amenazante, claramente deudor del mejor sludge, que termina
acelerándose de forma repentina hasta adentrarse en terrenos thrashers que
vuelven a evocar al Lamb Of God de comienzos del nuevo milenio. Un trallazo
sucio y malencarado donde, una vez más, el trabajo de Randy Blythe merece todos
los honores.
Además de
constituir uno de los momentos más técnicos del álbum, “The Killing Floor”
reúne todos los elementos que han convertido a Lamb of God en una banda
icónica. A lo largo de cuatro minutos el grupo nos somete a un torbellino de
riffs entrelazados y cambios rítmicos que ponen de manifiesto su precisión
milimétrica. Aquí hay espacio para breakdowns densos (escuchen ese minuto
2:05), líneas de guitarras macizas y una nueva exhibición de batería de Art
Cruz, quien en cada trabajo parece brillar con más intensidad. Como siempre,
Mr. Blythe nos hace temblar con sus guturales imposibles. Para mí, firme
candidata a convertirse en un hit eterno del grupo.
Y el nivel
se niega a bajar, señorías. “El Vacío” reduce ligeramente las revoluciones para
otorgar mayor protagonismo a las atmósferas tenebrosas y a una tensión casi
cinematográfica construida a partir de guitarras oscuras. Este tipo de
composiciones, que ya habían explorado en el pasado, permite disfrutar de las
habilidades de Blythe como cantante, ampliando su registro con momentos
cercanos al canto limpio y dotando al número de una inesperada dimensión
emocional. Por supuesto, el corte deriva en varias ocasiones hacia pasajes más
salvajes, aunque siempre regresa a esa melodía dominante. Un tema monstruoso.
Hemos
superado la primera mitad del álbum y la sensación es clara: estamos ante un
disco mayúsculo. Y es que ahora le toca a la banda volarnos nuevamente la
cabeza con “St. Catherine’s Wheel”, una pieza que abre fuego a discreción desde
el primer momento. Aunque ofrece un ligero respiro durante los primeros versos,
termina desembocando en un corte mastodóntico donde, si me lo permiten,
necesito poner en valor nuevamente la magia tras los parches de Art Cruz, quien
se saca de la chistera una ejecución llena de matices y golpes complejos. Poco
que añadir sobre las siempre macizas guitarras de Willie Adler y Mark Morton,
así como el vibrante bajo del veterano John Campbell. Otro trallazo.
¿Y qué
decir de “Blunt Force Blues”? Aunque su arranque parece inspirado en los
mejores Slayer, la pieza termina transformándose en una composición cien por
cien fiel al legado hardcore de los de Richmond, apoyándose en un groove
contundente y un trabajo sublime de batería del bueno de Art Cruz (ojo al
breakdown que la banda decide incluir ahí y que cuenta con un demencial ritmo
de doble pedal). Con el paso de las reproducciones ha terminado convirtiéndose
en una de mis predilectas del LP.
La banda
no cesa en su empeño por dejarnos sin cuello y nos sacude con la visceral
“Bully”, una pieza altamente agresiva que evoca a los tiempos de “Sacrament” o
“Ashes Of The Wake”, con un doble pedal enfermizo y un colosal Randy Blythe
escupiendo guturales como si fuera lo más sencillo del mundo mientras raja sin
piedad contra la corrupción y el abuso de poder.
¿Maridan
bien el metal de Lamb Of God y el cowbell? ¡Vaya que sí! Nunca pensé escuchar
esta fusión, pero “A Thousand Years” cumple ese extraño deseo con un tema
venenoso y serpenteante donde Blythe combina susurros con sus característicos
growls, conduciendo la canción hacia terrenos más dinámicos sin perder un ápice
de brutalidad. Un corte interesantísimo que crece con cada nueva escucha.
Llegamos
al final de este glorioso viaje de la mano de “Devise/Destroy”, otro golpe al
mentón donde la pesadez y la opresión se abren paso entre riffs frenéticos y
una voz que gana intensidad con el paso de los segundos. Un corte a medio gas
que funciona a las mil maravillas para cerrar una obra prácticamente impecable.
CONCLUSIÓN
Llevo
varios días escuchando en bucle “Into Oblivion” y cada vez tengo más claro que
estamos, además de ante una de las mejores obras del año, frente a uno de los
discos más destacados en la carrera de estos titanes originarios de Richmond.
La banda ha recuperado la fuerza de sus primeros álbumes y ha sabido fusionarla
con la madurez compositiva de sus trabajos más recientes, dando forma a un LP
prácticamente perfecto al que todavía no me atrevo a conceder las cinco
estrellas porque quiero que pase algo más de tiempo para comprobar si realmente
puede situarse a la altura de sus obras más legendarias.
Está
claro: Lamb of God sigue siendo una fuerza dominante dentro del metal moderno.
Después de más de dos décadas de trayectoria, el grupo no solo mantiene su
consistencia legendaria, sino que todavía es capaz de sonar hambriento,
peligroso y plenamente relevante. Para una banda con su longevidad, eso quizá
sea el mayor logro de todos.

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