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Lamb Of God - Into Oblivion (2026)

Calificación:***** (9)

Muy pocas bandas dentro del metal moderno han conseguido mantener una reputación de consistencia y fiabilidad como la que ostenta Lamb of God. Desde que irrumpieran en la escena a comienzos de los 2000 con una mezcla explosiva de groove metal, thrash y actitud hardcore, el quinteto de Richmond se ha consolidado como uno de los pilares del metal estadounidense contemporáneo. Discos como “Ashes of the Wake” (2004), “Sacrament” (2006) o “Wrath” (2009) establecieron un estándar que muchas bandas posteriores intentarían imitar: riffs incisivos, precisión rítmica quirúrgica y la voz inconfundible de Randy Blythe escupiendo veneno con una mezcla de rabia política y nihilismo social.

A lo largo de más de dos décadas, Lamb of God ha demostrado algo que muy pocos grupos logran: evolucionar sin traicionar su esencia. Incluso cuando algunos de sus discos más recientes —como “Lamb of God” (2020) o “Omens” (2022)— mostraban una faceta más pulida y accesible, el grupo seguía siendo capaz de entregar himnos contundentes y riffs memorables. Ni siquiera la inesperada marcha de su icónico batería, el gran Chris Adler, debilitó a un grupo que supo reinventarse con el joven Art Cruz, quien en poco tiempo se ganó los corazones de su legión de seguidores. Sin embargo, para muchos seguidores existía la sensación de que en las mencionadas obras contemporáneas faltaba cierta abrasividad, esa sensación de peligro que impregnaba su material clásico.

Con “Into Oblivion”, su décimo álbum de estudio, el grupo parece responder directamente a esa percepción. El disco recupera gran parte de la ferocidad que definió sus mejores años, pero lo hace desde la perspectiva de una banda veterana que domina perfectamente su lenguaje musical. El resultado es un trabajo que combina hostilidad, groove devastador y momentos inesperadamente melódicos, con letras que reflejan un mundo social y políticamente fracasado.

Muy pocas bandas dentro del metal moderno han conseguido mantener una reputación de consistencia y fiabilidad como la que ostenta Lamb of God. Desde que irrumpieran en la escena a comienzos de los 2000 con una mezcla explosiva de groove metal, thrash y actitud hardcore, el quinteto de Richmond se ha consolidado como uno de los pilares del metal estadounidense contemporáneo. Discos como “Ashes of the Wake”, “Sacrament” o “Wrath” establecieron un estándar que muchas bandas posteriores intentarían imitar: riffs incisivos, precisión rítmica quirúrgica y la voz inconfundible de Randy Blythe escupiendo veneno con una mezcla de rabia política y nihilismo social.

A lo largo de más de dos décadas, Lamb of God ha demostrado algo que muy pocos grupos logran: evolucionar sin traicionar su esencia. Incluso cuando algunos de sus discos más recientes —como “Lamb of God” o “Omens”— mostraban una faceta más pulida y accesible, el grupo seguía siendo capaz de entregar himnos contundentes y riffs memorables. Ni siquiera la inesperada marcha de su icónico batería, el gran Chris Adler, debilitó a un grupo que supo reinventarse con el joven Art Cruz, quien en poco tiempo se ganó los corazones de su legión de seguidores. Sin embargo, para muchos seguidores existía la sensación de que en las mencionadas obras contemporáneas faltaba cierta abrasividad, esa sensación de peligro que impregnaba su material clásico.

Con “Into Oblivion”, su décimo álbum de estudio, el grupo parece responder directamente a esa percepción, algo que se percibía con cada uno de los singles promocionales que la banda nos fue entregando progresivamente. El disco recupera gran parte de la ferocidad que definió sus mejores años, pero lo hace desde la perspectiva de una banda veterana que domina perfectamente su lenguaje musical. El resultado es un trabajo que combina hostilidad, groove devastador y momentos inesperadamente melódicos, con letras que reflejan un mundo social y políticamente fracasado.

Me declaro completamente adicto a “Into Oblivion”, el monumental cañonazo con el que el grupo decide abrir el álbum. El tema que da nombre al trabajo emerge sin contemplaciones con un riff masivo que se impone desde el primer instante. Tras una introducción instrumental incendiaria, el Randy Blythe más visceral abre las puertas del infierno para herirnos de muerte con sus tan característicos guturales, que siguen sonando igual de punzantes a sus 55 años de edad. En definitiva, un inicio colosal que marca el tono de todo lo que vendrá después.

Le sigue “Parasocial Christ”, una pieza que eleva la intensidad desde el primer segundo para sacudirnos con una tormenta de riffs thrashers y un groove marcado donde afloran las influencias de sus adorados Pantera. La instrumentación avanza con precisión quirúrgica, construyendo la base perfecta sobre la que Randy se desgañita con el micrófono mientras abre fuego contra el culto a las figuras mediáticas que domina estos tiempos oscuros.

Cuando “Sepsis” vio la luz como primer avance del disco, creo que nadie se atrevió a dudar de la monstruosidad de obra que los americanos nos tenían preparada. Sostenida sobre una línea de bajo profunda y cavernosa, la canción avanza con un serpenteo amenazante, claramente deudor del mejor sludge, que termina acelerándose de forma repentina hasta adentrarse en terrenos thrashers que vuelven a evocar al Lamb Of God de comienzos del nuevo milenio. Un trallazo sucio y malencarado donde, una vez más, el trabajo de Randy Blythe merece todos los honores.

Además de constituir uno de los momentos más técnicos del álbum, “The Killing Floor” reúne todos los elementos que han convertido a Lamb of God en una banda icónica. A lo largo de cuatro minutos el grupo nos somete a un torbellino de riffs entrelazados y cambios rítmicos que ponen de manifiesto su precisión milimétrica. Aquí hay espacio para breakdowns densos (escuchen ese minuto 2:05), líneas de guitarras macizas y una nueva exhibición de batería de Art Cruz, quien en cada trabajo parece brillar con más intensidad. Como siempre, Mr. Blythe nos hace temblar con sus guturales imposibles. Para mí, firme candidata a convertirse en un hit eterno del grupo.

Y el nivel se niega a bajar, señorías. “El Vacío” reduce ligeramente las revoluciones para otorgar mayor protagonismo a las atmósferas tenebrosas y a una tensión casi cinematográfica construida a partir de guitarras oscuras. Este tipo de composiciones, que ya habían explorado en el pasado, permite disfrutar de las habilidades de Blythe como cantante, ampliando su registro con momentos cercanos al canto limpio y dotando al número de una inesperada dimensión emocional. Por supuesto, el corte deriva en varias ocasiones hacia pasajes más salvajes, aunque siempre regresa a esa melodía dominante. Un tema monstruoso.

Hemos superado la primera mitad del álbum y la sensación es clara: estamos ante un disco mayúsculo. Y es que ahora le toca a la banda volarnos nuevamente la cabeza con “St. Catherine’s Wheel”, una pieza que abre fuego a discreción desde el primer momento. Aunque ofrece un ligero respiro durante los primeros versos, termina desembocando en un corte mastodóntico donde, si me lo permiten, necesito poner en valor nuevamente la magia tras los parches de Art Cruz, quien se saca de la chistera una ejecución llena de matices y golpes complejos. Poco que añadir sobre las siempre macizas guitarras de Willie Adler y Mark Morton, así como el vibrante bajo del veterano John Campbell. Otro trallazo.

¿Y qué decir de “Blunt Force Blues”? Aunque su arranque parece inspirado en los mejores Slayer, la pieza termina transformándose en una composición cien por cien fiel al legado hardcore de los de Richmond, apoyándose en un groove contundente y un trabajo sublime de batería del bueno de Art Cruz (ojo al breakdown que la banda decide incluir ahí y que cuenta con un demencial ritmo de doble pedal). Con el paso de las reproducciones ha terminado convirtiéndose en una de mis predilectas del LP.

La banda no cesa en su empeño por dejarnos sin cuello y nos sacude con la visceral “Bully”, una pieza altamente agresiva que evoca a los tiempos de “Sacrament” o “Ashes Of The Wake”, con un doble pedal enfermizo y un colosal Randy Blythe escupiendo guturales como si fuera lo más sencillo del mundo mientras raja sin piedad contra la corrupción y el abuso de poder.

¿Maridan bien el metal de Lamb Of God y el cowbell? ¡Vaya que sí! Nunca pensé escuchar esta fusión, pero “A Thousand Years” cumple ese extraño deseo con un tema venenoso y serpenteante donde Blythe combina susurros con sus característicos growls, conduciendo la canción hacia terrenos más dinámicos sin perder un ápice de brutalidad. Un corte interesantísimo que crece con cada nueva escucha.

Llegamos al final de este glorioso viaje de la mano de “Devise/Destroy”, otro golpe al mentón donde la pesadez y la opresión se abren paso entre riffs frenéticos y una voz que gana intensidad con el paso de los segundos. Un corte a medio gas que funciona a las mil maravillas para cerrar una obra prácticamente impecable.

CONCLUSIÓN

Llevo varios días escuchando en bucle “Into Oblivion” y cada vez tengo más claro que estamos, además de ante una de las mejores obras del año, frente a uno de los discos más destacados en la carrera de estos titanes originarios de Richmond. La banda ha recuperado la fuerza de sus primeros álbumes y ha sabido fusionarla con la madurez compositiva de sus trabajos más recientes, dando forma a un LP prácticamente perfecto al que todavía no me atrevo a conceder las cinco estrellas porque quiero que pase algo más de tiempo para comprobar si realmente puede situarse a la altura de sus obras más legendarias.

Está claro: Lamb of God sigue siendo una fuerza dominante dentro del metal moderno. Después de más de dos décadas de trayectoria, el grupo no solo mantiene su consistencia legendaria, sino que todavía es capaz de sonar hambriento, peligroso y plenamente relevante. Para una banda con su longevidad, eso quizá sea el mayor logro de todos.

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