Para algunos oyentes, The Black Crowes son simplemente una de las grandes bandas de rock estadounidense surgidas a finales de los años ochenta. Para otros —entre los que me incluyo sin ningún tipo de pudor— representan mucho más: un grupo imprescindible que, pese a las tendencias dominantes cuando aparecieron sus primeros álbumes, en plena explosión del Grunge dentro y fuera del continente americano, se consolidó como una de las formaciones que defendieron a capa y espada el rock en su vertiente más clásica. Y es que los hermanos Chris Robinson y Rich Robinson han firmado una de las discografías más sólidas del rock moderno, capaz de mirar de frente a los gigantes del pasado mientras levantaba una identidad propia y reconocible.
Personalmente,
siempre he sentido una debilidad especial por el grupo. Los considero una de
mis bandas predilectas y puedo presumir de tener todos sus LPs. Lo cierto es
que, aunque sus primeros trabajos —especialmente Shake Your Money Maker y el
monumental The Southern Harmony and Musical Companion— continúan siendo
prácticamente insuperables dentro de su catálogo, nunca he pensado que hayan
publicado un disco realmente malo. Incluso sus entregas menos celebradas o
públicamente reconocidas, como Lions (2001), Warpaint (2008) o el
infravaloradísimo Before the Frost...Until the Freeze (2009) esconden momentos
brillantes, prueba evidente de que la química creativa de los Robinson siempre
ha tenido algo especial.
Por eso
resultó tan estimulante el regreso discográfico que supuso Happiness Bastards
en 2024. Tras años de tensiones y separaciones, aquel trabajo no solo confirmó
la reconciliación entre los hermanos que ya dejaba entrever el EP 1972 (2022),
sino que además devolvió al grupo una energía que parecía haberse diluido con
el paso del tiempo. Fue un álbum vibrante, descarado y profundamente rockero,
que reivindico sin reservas como uno de los regresos más inspirados del rock
reciente.
Con ese
contexto llega A Pound of Feathers, un disco que pretende prolongar la magia de
su predecesor. Grabado en apenas diez días —un margen que remite
inevitablemente a la rapidez con la que registraron sus clásicos de los
noventa— el álbum captura a los Black Crowes en un momento de inspiración casi
instintiva. El resultado combina rock sureño, blues eléctrico, soul y el
espíritu casi chamánico del rock clásico, recordándonos por qué esta banda
sigue siendo, décadas después, una de las más carismáticas del género.
El álbum
no podría comenzar de mejor manera que con la poderosa “Profane Prophecy”,
pieza con el sello de los cuervos negros grabado a fuego y que establece de
inmediato el tono del disco. Rich Robinson impone un riff robusto y con sabor
clásico que seduce desde la primera escucha y que abre el camino para que su
hermano Rich se luzca tras el micrófono (¡56 años y sigue cantando como el
primer día!), desplegando su habitual estilo incendiario y descarado. No faltan
los arreglos de slide ni el cowbell que, para nuestra fortuna, aportan al
número esa atmósfera mágica propia de un bar de carretera.
El impulso
inicial encuentra una continuación perfecta en la contagiosa y bailable “Cruel
Streak”, un corte irresistible gracias sobre todo a sus guitarras funkies y a
un seductor Chris Robinson, a quien se percibe disfrutando como un niño pequeño
de este renacer de los Black Crowes. Una apuesta segura para los futuros
directos de la banda.
La
intensidad desciende —algo siempre bienvenido— para explorar una vertiente más
introspectiva con “Pharmacy Chronicles”, un tema que mantiene vivo el ADN del
grupo a partir de una balada con descarado aroma country, de esas que la banda
suele incluir en cada nueva entrega y que siempre me han recordado a los Stones
setenteros o a Led Zeppelin. Mientras Rich dibuja pequeñas líneas atmosféricas
con el slide y los teclados ganan protagonismo, el bueno de Chris brilla con
una interpretación vocal especialmente emotiva.
Regresamos
al terreno más macarra con “Do The Parasite” y su riff grasiento y pegajoso,
impregnado de la esencia de Rich en cada uno de sus costados. En el estribillo
emerge el Hammond reforzando el groove general. La nota humorística del número
la pone Chris con una interpretación cargada de picardía y descaro que nos hace
bailar al ritmo del rock más libertino.
Mucha
atención a la monumental “High And Lonesome”, una composición más cercana al
soul que al rock sureño, donde la banda se reencuentra con esa faceta más
experimental que tan bien desarrollaron en “Before The Frost” y que nos permite
disfrutar, entre otras cosas, de unos sublimes arreglos de violín. Junto a ella
es necesario mencionar “Queen Of The B-Sides”, breve interludio que mantiene la
elegancia estructural y sonora del corte anterior, aunque introduce un enfoque
más country.
El
ambiente festivo del disco se mantiene en la irresistible “It’s Like That”,
tercer adelanto que pudimos escuchar y otro flechazo inmediato. Apoyándose en
coros femeninos, la banda se mueve con total naturalidad entre el rock añejo y
el soul, con esa actitud sureña que siempre han defendido con enorme soltura.
Quizá el
tema que más frío me ha dejado sea “Blood Red Regrets”, una pieza bien
construida pero a la que siento que le sobra aproximadamente un minuto de
duración. Aquí el grupo opta por un tono más sombrío y denso, con toques
ligeramente orquestales que suenan de maravilla —eso es innegable—, aunque no
puedo evitar pensar que la composición habría agradecido algún giro adicional.
El nivel
vuelve a elevarse con uno de los momentos más potentes del disco. “You Call
This A Good Time?” nace de un riff robusto que remite con claridad al hard rock
clásico con energía decibélica al más puro estilo de AC/DC. Una composición con
aires festivos concebida claramente para el disfrute del público en directo.
Y aún
mejor me ha parecido “Eros Blues”, uno de los cortes más ambiciosos de la obra,
donde la banda decide jugar con el tempo y la estructura hasta convertirla en
una pieza más retorcida y compleja que rompe con la inmediatez del resto de
composiciones. El trabajo de cada músico en este tema resulta exquisito,
aportando sus propios detalles sonoros en diferentes momentos (destaco
especialmente la guitarra de Rich y los arreglos de Hammond), así como los
coros femeninos que acompañan a un sobresaliente Chris.
Llegamos
al irremediable final con “Doomsday Doggerel”, que cierra el álbum de forma
curiosa y algo experimental, apostando por texturas más distorsionadas y densas
que avanzan con un ritmo amenazante. Guardando las distancias, me parece un
primo lejano de When the Levee Breaks de Led Zeppelin, pero reinterpretado al
estilo Black Crowes.
CONCLUSIÓN
“A Pound
of Feathers” no pretende reinventar a los Black Crowes ni competir directamente
con sus clásicos de los noventa. En lugar de ello, el disco se presenta como la
continuación natural del excelente “Happiness Bastards”, consolidando la etapa
actual de la banda.
El álbum
suena espontáneo, vivo y profundamente rockero, como si hubiera sido grabado
con la urgencia de un grupo que vuelve a disfrutar tocando junto. Hay riffs
irresistibles, baladas elegantes y algunos momentos experimentales que
demuestran que los Robinson continúan manteniendo viva su curiosidad creativa.
Puede que
no sea un disco tan inmediato como su predecesor, pero con escuchas repetidas
revela numerosos matices. Y, sobre todo, confirma algo que muchos fans ya
intuían: la resurrección de los Black Crowes no es una nostalgia pasajera, sino
un nuevo capítulo realmente inspirado dentro de la historia de la banda. Para
quienes llevamos décadas disfrutando de su música, eso es motivo más que
suficiente para celebrarlo.

Comentarios
Publicar un comentario