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The Black Crowes - A Pound Of Feathers (2026)

Calificación:*****(8,5)

Para algunos oyentes, The Black Crowes son simplemente una de las grandes bandas de rock estadounidense surgidas a finales de los años ochenta. Para otros —entre los que me incluyo sin ningún tipo de pudor— representan mucho más: un grupo imprescindible que, pese a las tendencias dominantes cuando aparecieron sus primeros álbumes, en plena explosión del Grunge dentro y fuera del continente americano, se consolidó como una de las formaciones que defendieron a capa y espada el rock en su vertiente más clásica. Y es que los hermanos Chris Robinson y Rich Robinson han firmado una de las discografías más sólidas del rock moderno, capaz de mirar de frente a los gigantes del pasado mientras levantaba una identidad propia y reconocible.

Personalmente, siempre he sentido una debilidad especial por el grupo. Los considero una de mis bandas predilectas y puedo presumir de tener todos sus LPs. Lo cierto es que, aunque sus primeros trabajos —especialmente Shake Your Money Maker y el monumental The Southern Harmony and Musical Companion— continúan siendo prácticamente insuperables dentro de su catálogo, nunca he pensado que hayan publicado un disco realmente malo. Incluso sus entregas menos celebradas o públicamente reconocidas, como Lions (2001), Warpaint (2008) o el infravaloradísimo Before the Frost...Until the Freeze (2009) esconden momentos brillantes, prueba evidente de que la química creativa de los Robinson siempre ha tenido algo especial.

Por eso resultó tan estimulante el regreso discográfico que supuso Happiness Bastards en 2024. Tras años de tensiones y separaciones, aquel trabajo no solo confirmó la reconciliación entre los hermanos que ya dejaba entrever el EP 1972 (2022), sino que además devolvió al grupo una energía que parecía haberse diluido con el paso del tiempo. Fue un álbum vibrante, descarado y profundamente rockero, que reivindico sin reservas como uno de los regresos más inspirados del rock reciente.

Con ese contexto llega A Pound of Feathers, un disco que pretende prolongar la magia de su predecesor. Grabado en apenas diez días —un margen que remite inevitablemente a la rapidez con la que registraron sus clásicos de los noventa— el álbum captura a los Black Crowes en un momento de inspiración casi instintiva. El resultado combina rock sureño, blues eléctrico, soul y el espíritu casi chamánico del rock clásico, recordándonos por qué esta banda sigue siendo, décadas después, una de las más carismáticas del género.

El álbum no podría comenzar de mejor manera que con la poderosa “Profane Prophecy”, pieza con el sello de los cuervos negros grabado a fuego y que establece de inmediato el tono del disco. Rich Robinson impone un riff robusto y con sabor clásico que seduce desde la primera escucha y que abre el camino para que su hermano Rich se luzca tras el micrófono (¡56 años y sigue cantando como el primer día!), desplegando su habitual estilo incendiario y descarado. No faltan los arreglos de slide ni el cowbell que, para nuestra fortuna, aportan al número esa atmósfera mágica propia de un bar de carretera.

El impulso inicial encuentra una continuación perfecta en la contagiosa y bailable “Cruel Streak”, un corte irresistible gracias sobre todo a sus guitarras funkies y a un seductor Chris Robinson, a quien se percibe disfrutando como un niño pequeño de este renacer de los Black Crowes. Una apuesta segura para los futuros directos de la banda.

La intensidad desciende —algo siempre bienvenido— para explorar una vertiente más introspectiva con “Pharmacy Chronicles”, un tema que mantiene vivo el ADN del grupo a partir de una balada con descarado aroma country, de esas que la banda suele incluir en cada nueva entrega y que siempre me han recordado a los Stones setenteros o a Led Zeppelin. Mientras Rich dibuja pequeñas líneas atmosféricas con el slide y los teclados ganan protagonismo, el bueno de Chris brilla con una interpretación vocal especialmente emotiva.

Regresamos al terreno más macarra con “Do The Parasite” y su riff grasiento y pegajoso, impregnado de la esencia de Rich en cada uno de sus costados. En el estribillo emerge el Hammond reforzando el groove general. La nota humorística del número la pone Chris con una interpretación cargada de picardía y descaro que nos hace bailar al ritmo del rock más libertino.

Mucha atención a la monumental “High And Lonesome”, una composición más cercana al soul que al rock sureño, donde la banda se reencuentra con esa faceta más experimental que tan bien desarrollaron en “Before The Frost” y que nos permite disfrutar, entre otras cosas, de unos sublimes arreglos de violín. Junto a ella es necesario mencionar “Queen Of The B-Sides”, breve interludio que mantiene la elegancia estructural y sonora del corte anterior, aunque introduce un enfoque más country.

El ambiente festivo del disco se mantiene en la irresistible “It’s Like That”, tercer adelanto que pudimos escuchar y otro flechazo inmediato. Apoyándose en coros femeninos, la banda se mueve con total naturalidad entre el rock añejo y el soul, con esa actitud sureña que siempre han defendido con enorme soltura.

Quizá el tema que más frío me ha dejado sea “Blood Red Regrets”, una pieza bien construida pero a la que siento que le sobra aproximadamente un minuto de duración. Aquí el grupo opta por un tono más sombrío y denso, con toques ligeramente orquestales que suenan de maravilla —eso es innegable—, aunque no puedo evitar pensar que la composición habría agradecido algún giro adicional.

El nivel vuelve a elevarse con uno de los momentos más potentes del disco. “You Call This A Good Time?” nace de un riff robusto que remite con claridad al hard rock clásico con energía decibélica al más puro estilo de AC/DC. Una composición con aires festivos concebida claramente para el disfrute del público en directo.

Y aún mejor me ha parecido “Eros Blues”, uno de los cortes más ambiciosos de la obra, donde la banda decide jugar con el tempo y la estructura hasta convertirla en una pieza más retorcida y compleja que rompe con la inmediatez del resto de composiciones. El trabajo de cada músico en este tema resulta exquisito, aportando sus propios detalles sonoros en diferentes momentos (destaco especialmente la guitarra de Rich y los arreglos de Hammond), así como los coros femeninos que acompañan a un sobresaliente Chris.

Llegamos al irremediable final con “Doomsday Doggerel”, que cierra el álbum de forma curiosa y algo experimental, apostando por texturas más distorsionadas y densas que avanzan con un ritmo amenazante. Guardando las distancias, me parece un primo lejano de When the Levee Breaks de Led Zeppelin, pero reinterpretado al estilo Black Crowes.

CONCLUSIÓN

“A Pound of Feathers” no pretende reinventar a los Black Crowes ni competir directamente con sus clásicos de los noventa. En lugar de ello, el disco se presenta como la continuación natural del excelente “Happiness Bastards”, consolidando la etapa actual de la banda.

El álbum suena espontáneo, vivo y profundamente rockero, como si hubiera sido grabado con la urgencia de un grupo que vuelve a disfrutar tocando junto. Hay riffs irresistibles, baladas elegantes y algunos momentos experimentales que demuestran que los Robinson continúan manteniendo viva su curiosidad creativa.

Puede que no sea un disco tan inmediato como su predecesor, pero con escuchas repetidas revela numerosos matices. Y, sobre todo, confirma algo que muchos fans ya intuían: la resurrección de los Black Crowes no es una nostalgia pasajera, sino un nuevo capítulo realmente inspirado dentro de la historia de la banda. Para quienes llevamos décadas disfrutando de su música, eso es motivo más que suficiente para celebrarlo.

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