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Ozzy Osbourne - Diary Of A Madman (1982)

Calificación: *****

Pocos se mostraron optimistas en diciembre de 1978 con que Ozzy Osbourne remontara en la escena musical tras su fulminante, y muy justo, despido de Black Sabbath. Pero el “Madman”, una leyenda como pocas (no quiero imaginar cómo será el mundo del Metal cuando nos falte), es habilidoso como pocos y no tardó en reclutar a cuatro músicos de alta reputación para iniciar su proyecto solista: Bob Daisley (Rainbow), Don Airey, Lee Kerslake (Uriah Heep) y, por supuesto, una malograda deidad de la guitarra como Randy Rhoads, quien nos regalaría sus mejores solos, riffs y detalles únicos durante su estancia con Ozzy.

 

Con semejante plantel, no fue raro que el debut solista, “Blizzard Of Ozz” (1980), sonara apoteósico y las listas de éxitos volvieran a ver al vocalista escalando posiciones de la mano de piezas como “Crazy Train”, “Mr. Crowley”, “I Don’t Know”, “Suicide Solution” o “Goodbye To Romance”, que a día de hoy podemos definir como himnos. El temible ejército de Ozzy, además, funcionaba a la perfección en vivo, tal y como podemos comprobar en el “Ozzy Osbourne Live EP” del mismo año.

 

La grabación de “Diary Of A Madman”, álbum que aquí analizo y que quería dar continuidad al éxito previo, fue mucho más complicada. El motivo de esto fue uno: Sharon Arden, futura mujer de Ozzy, quien se había convertido en la nueva mánager del cantante…y ya sabemos el carácter autoritario de esta personalidad de la televisión norteamericana. Los músicos que acompañaban a Ozzy, excepto Randy Rhoads, fueron malpagados y, en el caso de Kerslake y Daisley, hasta despedidos y robándoles los créditos de las canciones. Sobre esto último es justo señalar que ambos músicos, según citan numerosas fuentes, estuvieron detrás de gran parte de las aportaciones e ideas primigenias (Kerslake llegó a decir que las primeras demos de algunas canciones tenían su voz) y ni siquiera figuraron en los créditos del disco, poniendo en sendos lugares los nombres de Rudy Sarzo y Tommy Aldridge (otros dos mastodontes), quienes fueron contratados para la gira, pero no tocaron ni una nota durante la grabación. Es de aplaudir, entre tanto caos, el hecho de que Aldridge siempre que ha sido preguntado por el tema ha dicho que las baterías del disco las grabó Lee, aunque fuera eliminado de los créditos, y no él. Por su puesto, esto terminó en un largo proceso judicial donde se hizo justicia con ambos músicos expulsados, a quienes se les atribuyeron créditos y obligaron a Sharon a pagar una suma de dinero considerable por ende.

Por si fuera poco, en 2002, y nacido del enfado por la derrota en los tribunales, vio la luz una reedición del trabajo donde las pistas de bajo originales fueron suplidas y regrabadas por Robert Trujillo y Mike Bordin (músicos de Ozzy en aquel momento), lo que terminó en un nuevo cruce de hostilidades que de alguna manera terminó solucionándose, puesto que la posterior reedición de 2011 volvió a incorporar las pistas originales. Al parecer, y leyendo las memorias de Ozzy, fue nuevamente Sharon quien estuvo tras aquel terrible plan.

 Sea como fuere, el trabajo fue grabado a tiempo y publicado en 1981.

 

La portada del álbum logró mantener la magia y el poder de la del previo LP. En esta ocasión el bueno de Ozzy aparece disfrazado con ropajes rotos y con el cuerpo pintado tratando de imitar la sangre. Al fondo de la imagen podemos ver a Louis, el único hijo del “Madman” hasta ese momento.

Un concierto inédito de la época 

Sin preámbulos se inician unos atormentados baquetazos desenfrenados de Kerslake que pocos segundos después dan paso al eterno Randy Rhoads, quien empieza dibujando el sencillo pero enfermizo riff principal. Ozzy suena muy bien, fresco como en el “Blizzard Of Ozz”, con su particular forma de cantar. No obstante, aquí el hombre, para mí es Rhoads, quien se pone las botas con un extenso solo de guitarra de un minuto que va creciendo en intensidad y donde vemos progresiones de punteos diabólicos (2:32) a otros casi neoclásicos. A lo que podía haber llegado este muchacho…una tragedia.

 

“Flying High Again” tiene esa faceta más sugerente y a medio gas de nuestro Ozzy. Aquí estamos ante un medio tiempo de tono más fiestero donde, una vez más, el despliegue guitarrero es para quitarse el sombrero (atención a la pared de riffs que va levantando durante los versos, para volarte los sesos en el posterior solo). La canción parece simple, pero es tan cálida que es imposible que no termine quedándose en tu repertorio habitual cuando pongas este disco.

 

“You Can’t Kill Rock & Roll” se acerca más a los cánones de una balada “made in Ozzy”. Randy incluye aquí una serie de arpegios limpios y bellísimos sobre los que el “Madman” canta muy cómodo. Me gusta muchísimo la ruptura que hacen para dar paso al puente, distorsionando esa guitarra y aumentando la contundencia vocal para llegar a un estribillo absolutamente memorable.

 

Bob Daisley nos pone las tripas a temblar con un bajo pesado y martilleante que va creando una atmósfera progresivamente más oscura sobre la que Randy dibujará unos punteos y riffs siniestros y hasta atípicos, pero de una factura elevada. Me encanta Ozzy en este número, llegando a notas realmente altas y aprovechando su, ya por entonces, experiencia. Cuando piensas que no queda nada más por analizar, llega el minuto 3 y Randy Rhoads se marca un velocísimo solo (creo que el más rápido de toda la obra) bañado en esa distorsión punzante que le caracterizó (lástima que dura tan poco). Numerazo.

 

Tal vez la única canción que podría no llegar al sobresaliente es “Little Dolls”. El motivo está, creo, en la falta de una sorpresa en el estribillo o el sonido más monolítico que puede recordar a los menos inspirados números del “Never Say Die” o el “Technical Ecstasy” (o los rellenos del “Blizzard Of Ozz”). Una pena ese contraste con unos versos que contiene buenas voces dobladas (muy propias, precisamente de las dos últimas placas de Ozzy con Sabbath antes de su salida), además de una base rítmica de guitarras, bajo y batería de altísimo nivel. El intermedio atmosférico y el posterior solo tampoco desmerecen en absoluto.

“Tonight” sí es grandiosa. Es pastelosa, lo sé, pero se han fijado, primero, en el vozarrón con el que canta Ozzy durante los relajados versos y cómo se desgañita en el accesible y facilón estribillo del número. Osbourne y su banda eran capaces de hacer magia a partir de una idea simple y este es un ejemplo de ello. Hay cuidadas aportaciones de piano, armonías de guitarra, una línea de bajo omnipresente, un solo demencial que cierra la pista, un genio tras la voz…¡así nadie puede resistirse!

 

Y si hay dos canciones que merecen la calificación de obra maestra esas son “S.A.T.O.” u “Diary Of A Madman”. Ambas, principalmente, por el trabajo de un genio cercano a su muerte: Randy Rhoads.

 

Además de por la polémica que siguen levantando su título (luego os lo explico bien) y su letra, “S.A.T.O.” brilla no solo por la voz de un entregado Ozzy, sino por el genio tras la guitarra. Randy empieza arpegiando con una acústica hasta que a los 28 segundos se cansa y lanza un riff incendiario (¿el mejor del disco?) al que pronto se une todo el grupo para construir una canción rabiosa y cargada de actitud. En el minuto 1:46 emerge otro pequeño riff que, y ahora prepárense, da paso a uno de los mejores solos que nos dejó en vida el señor Rhoads, tirando de técnica y velocidad a raudales, pero cuidando cada maldita nota. Probablemente, la joya desconocida de Ozzy. 

 

Entrando en el plano lírico, “S.A.T.O.”, según se ha contado siempre, corresponde con las iniciales de Sharon Arden, su actual esposa (en ese momento tenía su apellido de soltera todavía), y Thelma Osbourne, la mujer de Ozzy hasta poco antes de grabar el disco. Al parecer el título original era “Strange Voyage” y llevaba una letra completamente diferente inspirada en una carta escrita por un monje del Siglo XIII. Ozzy la cambió y, según puede intepretarse, parece hablar del desastroso final de su anterior matrimonio y cómo Sharon cambió por completo su forma de ver la vida.

 

Como epitafio previo a su muerte, Randy Rhoads nos dejó la homónima “Diary Of A Madman” que, sinceramente, pienso que concentra los mejores riffs del disco, todos ricos por su variedad. Tras un nuevo inicio acústico, el rubio se saca de la chistera un riff oscuro y trepidante (0:34) que crece poco tiempo para volver a esconderse tras la voz de Ozzy (otro que estaba sembrado en aquel momento) y dibujar nuevas líneas melódicas. Vuelve el riff antes mencionado y, aunque en algún momento intervenga el señor Osbourne, la canción se convierte ahora en un recital de guitarra: unos arpegios limpios y cambiantes se funden en un inspiradísimo riff (4:16) que prepara el cuerpo para el último gran solo del siempre joven RR.

 

Cuando todo parecía ir de cara, llegó el trágico 18 de marzo del año 1982. En un absurdo viaje de avioneta pilotado por el inconsciente Andrew Aycock, conductor del bus de la gira, tuvo la inconsciente idea de subir a Randy Rhoads y a una amiga llamada Ratchel a una avioneta durante una pausa en el viaje del grupo a su próximo show, que se celebraría solo un día después. Aycock perdió el control de la nave y, tras tocar el techo del bus de la gira, la avioneta chocó de lleno contra una casa, falleciendo en el acto el piloto, Rachel y, por supuesto, un joven Randy Rhoads, quien con solo 25 años y dos álbumes gloriosos ya lanzados, tenía un futuro extremadamente prometedor en sus manos. El Metal siempre tendrá la espina clavada de no haber podido escuchar más música de este absoluto genio.

 

Pasara lo que pasara, “Diary Of A Madman” es un trabajo excepcional , con canciones elaboradas que mostraban la clase de un joven y, al mismo tiempo, ya experimentado Ozzy Osbourne, y de cuatro músicos como la copa de un pino. Además de su último testimonio musical, Randy Rhoads brilla con luz propia en este trabajo, gozando de un protagonismo mayor incluso que en la obra previa, y regalándonos interpretaciones únicas que terminarían influenciando a muchos guitarristas.

 

Un disco tan inmortal como Randy.



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