Pocos se mostraron optimistas en diciembre de 1978 con que Ozzy Osbourne remontara en la escena musical tras su fulminante, y muy justo, despido de Black Sabbath. Pero el “Madman”, una leyenda como pocas (no quiero imaginar cómo será el mundo del Metal cuando nos falte), es habilidoso como pocos y no tardó en reclutar a cuatro músicos de alta reputación para iniciar su proyecto solista: Bob Daisley (Rainbow), Don Airey, Lee Kerslake (Uriah Heep) y, por supuesto, una malograda deidad de la guitarra como Randy Rhoads, quien nos regalaría sus mejores solos, riffs y detalles únicos durante su estancia con Ozzy.
Con semejante plantel,
no fue raro que el debut solista, “Blizzard Of Ozz” (1980), sonara apoteósico y
las listas de éxitos volvieran a ver al vocalista escalando posiciones de la
mano de piezas como “Crazy Train”, “Mr. Crowley”, “I Don’t Know”, “Suicide
Solution” o “Goodbye To Romance”, que a día de hoy podemos definir como himnos.
El temible ejército de Ozzy, además, funcionaba a la perfección en vivo, tal y
como podemos comprobar en el “Ozzy Osbourne Live EP” del mismo año.
La grabación de “Diary
Of A Madman”, álbum que aquí analizo y que quería dar continuidad al éxito
previo, fue mucho más complicada. El motivo de esto fue uno: Sharon Arden,
futura mujer de Ozzy, quien se había convertido en la nueva mánager del
cantante…y ya sabemos el carácter autoritario de esta personalidad de la
televisión norteamericana. Los músicos que acompañaban a Ozzy, excepto Randy
Rhoads, fueron malpagados y, en el caso de Kerslake y Daisley, hasta despedidos
y robándoles los créditos de las canciones. Sobre esto último es justo señalar
que ambos músicos, según citan numerosas fuentes, estuvieron detrás de gran
parte de las aportaciones e ideas primigenias (Kerslake llegó a decir que las
primeras demos de algunas canciones tenían su voz) y ni siquiera figuraron en
los créditos del disco, poniendo en sendos lugares los nombres de Rudy Sarzo y
Tommy Aldridge (otros dos mastodontes), quienes fueron contratados para la
gira, pero no tocaron ni una nota durante la grabación. Es de aplaudir, entre
tanto caos, el hecho de que Aldridge siempre que ha sido preguntado por el tema
ha dicho que las baterías del disco las grabó Lee, aunque fuera eliminado de
los créditos, y no él. Por su puesto, esto terminó en un largo proceso judicial
donde se hizo justicia con ambos músicos expulsados, a quienes se les
atribuyeron créditos y obligaron a Sharon a pagar una suma de dinero
considerable por ende.
Por si fuera poco, en
2002, y nacido del enfado por la derrota en los tribunales, vio la luz una
reedición del trabajo donde las pistas de bajo originales fueron suplidas y
regrabadas por Robert Trujillo y Mike Bordin (músicos de Ozzy en aquel momento),
lo que terminó en un nuevo cruce de hostilidades que de alguna manera terminó
solucionándose, puesto que la posterior reedición de 2011 volvió a incorporar
las pistas originales. Al parecer, y leyendo las memorias de Ozzy, fue
nuevamente Sharon quien estuvo tras aquel terrible plan.
Sea como fuere, el trabajo fue grabado a
tiempo y publicado en 1981.
La portada del álbum
logró mantener la magia y el poder de la del previo LP. En esta ocasión el
bueno de Ozzy aparece disfrazado con ropajes rotos y con el cuerpo pintado
tratando de imitar la sangre. Al fondo de la imagen podemos ver a Louis, el
único hijo del “Madman” hasta ese momento.
Sin preámbulos se inician unos atormentados baquetazos desenfrenados de Kerslake que pocos segundos después dan paso al eterno Randy Rhoads, quien empieza dibujando el sencillo pero enfermizo riff principal. Ozzy suena muy bien, fresco como en el “Blizzard Of Ozz”, con su particular forma de cantar. No obstante, aquí el hombre, para mí es Rhoads, quien se pone las botas con un extenso solo de guitarra de un minuto que va creciendo en intensidad y donde vemos progresiones de punteos diabólicos (2:32) a otros casi neoclásicos. A lo que podía haber llegado este muchacho…una tragedia.
“Flying High Again”
tiene esa faceta más sugerente y a medio gas de nuestro Ozzy. Aquí estamos ante
un medio tiempo de tono más fiestero donde, una vez más, el despliegue
guitarrero es para quitarse el sombrero (atención a la pared de riffs que va
levantando durante los versos, para volarte los sesos en el posterior solo). La
canción parece simple, pero es tan cálida que es imposible que no termine
quedándose en tu repertorio habitual cuando pongas este disco.
“You Can’t Kill Rock
& Roll” se acerca más a los cánones de una balada “made in Ozzy”. Randy
incluye aquí una serie de arpegios limpios y bellísimos sobre los que el
“Madman” canta muy cómodo. Me gusta muchísimo la ruptura que hacen para dar
paso al puente, distorsionando esa guitarra y aumentando la contundencia vocal
para llegar a un estribillo absolutamente memorable.
Bob Daisley nos pone
las tripas a temblar con un bajo pesado y martilleante que va creando una atmósfera
progresivamente más oscura sobre la que Randy dibujará unos punteos y riffs
siniestros y hasta atípicos, pero de una factura elevada. Me encanta Ozzy en
este número, llegando a notas realmente altas y aprovechando su, ya por
entonces, experiencia. Cuando piensas que no queda nada más por analizar, llega
el minuto 3 y Randy Rhoads se marca un velocísimo solo (creo que el más rápido
de toda la obra) bañado en esa distorsión punzante que le caracterizó (lástima
que dura tan poco). Numerazo.
Tal vez la única
canción que podría no llegar al sobresaliente es “Little Dolls”. El motivo
está, creo, en la falta de una sorpresa en el estribillo o el sonido más
monolítico que puede recordar a los menos inspirados números del “Never Say
Die” o el “Technical Ecstasy” (o los rellenos del “Blizzard Of Ozz”). Una pena
ese contraste con unos versos que contiene buenas voces dobladas (muy propias,
precisamente de las dos últimas placas de Ozzy con Sabbath antes de su salida),
además de una base rítmica de guitarras, bajo y batería de altísimo nivel. El
intermedio atmosférico y el posterior solo tampoco desmerecen en absoluto.
“Tonight” sí es
grandiosa. Es pastelosa, lo sé, pero se han fijado, primero, en el vozarrón con
el que canta Ozzy durante los relajados versos y cómo se desgañita en el
accesible y facilón estribillo del número. Osbourne y su banda eran capaces de
hacer magia a partir de una idea simple y este es un ejemplo de ello. Hay
cuidadas aportaciones de piano, armonías de guitarra, una línea de bajo omnipresente,
un solo demencial que cierra la pista, un genio tras la voz…¡así nadie puede
resistirse!
Y si hay dos canciones
que merecen la calificación de obra maestra esas son “S.A.T.O.” u “Diary Of A
Madman”. Ambas, principalmente, por el trabajo de un genio cercano a su muerte:
Randy Rhoads.
Además de por la
polémica que siguen levantando su título (luego os lo explico bien) y su letra,
“S.A.T.O.” brilla no solo por la voz de un entregado Ozzy, sino por el genio
tras la guitarra. Randy empieza arpegiando con una acústica hasta que a los 28
segundos se cansa y lanza un riff incendiario (¿el mejor del disco?) al que
pronto se une todo el grupo para construir una canción rabiosa y cargada de
actitud. En el minuto 1:46 emerge otro pequeño riff que, y ahora prepárense, da
paso a uno de los mejores solos que nos dejó en vida el señor Rhoads, tirando
de técnica y velocidad a raudales, pero cuidando cada maldita nota.
Probablemente, la joya desconocida de Ozzy.
Entrando en el plano
lírico, “S.A.T.O.”, según se ha contado siempre, corresponde con las iniciales
de Sharon Arden, su actual esposa (en ese momento tenía su apellido de soltera
todavía), y Thelma Osbourne, la mujer de Ozzy hasta poco antes de grabar el
disco. Al parecer el título original era “Strange Voyage” y llevaba una letra
completamente diferente inspirada en una carta escrita por un monje del Siglo
XIII. Ozzy la cambió y, según puede intepretarse, parece hablar del desastroso
final de su anterior matrimonio y cómo Sharon cambió por completo su forma de
ver la vida.
Como epitafio previo a
su muerte, Randy Rhoads nos dejó la homónima “Diary Of A Madman” que,
sinceramente, pienso que concentra los mejores riffs del disco, todos ricos por
su variedad. Tras un nuevo inicio acústico, el rubio se saca de la chistera un
riff oscuro y trepidante (0:34) que crece poco tiempo para volver a esconderse
tras la voz de Ozzy (otro que estaba sembrado en aquel momento) y dibujar
nuevas líneas melódicas. Vuelve el riff antes mencionado y, aunque en algún
momento intervenga el señor Osbourne, la canción se convierte ahora en un
recital de guitarra: unos arpegios limpios y cambiantes se funden en un
inspiradísimo riff (4:16) que prepara el cuerpo para el último gran solo del
siempre joven RR.
Cuando todo parecía ir
de cara, llegó el trágico 18 de marzo del año 1982. En un absurdo viaje de
avioneta pilotado por el inconsciente Andrew Aycock, conductor del bus de la
gira, tuvo la inconsciente idea de subir a Randy Rhoads y a una amiga llamada
Ratchel a una avioneta durante una pausa en el viaje del grupo a su próximo
show, que se celebraría solo un día después. Aycock perdió el control de la
nave y, tras tocar el techo del bus de la gira, la avioneta chocó de lleno
contra una casa, falleciendo en el acto el piloto, Rachel y, por supuesto, un
joven Randy Rhoads, quien con solo 25 años y dos álbumes gloriosos ya lanzados,
tenía un futuro extremadamente prometedor en sus manos. El Metal siempre tendrá
la espina clavada de no haber podido escuchar más música de este absoluto genio.
Un disco tan inmortal como
Randy.

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