CALIFICACIÓN: *****
Hay muertes de personas que nunca conociste personalmente que terminan por doler más que las de algún conocido “de toda la vida”. Algo así me sucedió el 7 de enero cuando, al abrir Twitter, me enteré del prematuro fallecimiento del mismísimo Neil Peart, un ídolo, como el resto de componentes de Rush, absoluto del Rock para mí, así como el mejor batería de la historia según mi criterio. Peart era, además de un músico aventajado, un letrista de un nivel excepcional (cosa que no todos saben), además de un tipo cuya personalidad sosegada y sabia siempre me despertó su admiración. Esta reseña, que he querido publicar el 12 de septiembre de 2020, justo cuando estaría cumpliendo años, a modo de homenaje a este ídolo, así como al extenso legado de Rush, una de las bandas más perfectas que han existido.
Viajamos al año 1978. Los canadienses, por esta época, ya poseían una elevada reputación entre los amantes del Rock Progresivo gracias a la grandeza indiscutible de varias obras como “Fly By Night” (1975), “Caress Of Steel” (1975), el histórico “2112” (1976) y “A Farewell To Kings” (1977) en las que se notaba un crecimiento considerable en cada disco en lo que a ambición por expandir sus horizontes se refiere (teclados, percusiones orquestales, guitarras y bajos de dos mástiles, por no hablar de la duración de algunas de sus canciones) hacia terrenos solo accesibles a los más grandes del género.
“Hemispheres” sería su próxima obra y, analizándolo en pleno 2020, creo que no solo mantuvo el nivel de elegancia y grandeza mostrado en el pasado por Rush, sino que también tiene como aliciente para ser escuchado que podría considerarse como el último trabajo realmente complejo que lanzaría el trío antes de aventurarse a acercarse con gran éxito a sonidos más accesibles y que les terminaría de hacer eternos.
¡Que empiece la música!
Rush querían poner fin a esa faceta psicodélica que los llevó a facturar épicos temas extensos de la mejor manera. Fue por ello que crearon una epopeya monumental que llevaría el título de “Cygnus X-1 Book II: Hemispheres” (efectivamente, es la primera parte de “Cygnus X-1" del álbum previo. Ocupando una cara entera del trabajo, los canadienses despliegan su inconfundible e inalcanzable arsenal instrumental a partir del cual crecieron tantos y tantos grupos. Un inicio completamente instrumental brilla por la infinidad de cambios de ritmo que se van sucediendo (una obertura que nos retrotrae a la de “2112”) que siempre son marcados con especial intensidad por un inhumano Neil Peart (¿cómo se puede tocar tan bien?). A los cuatro minutos aparecerá Geddy Lee para interpretar dos partes conocidas como “Apollo Bringer of Wisdom” y “Dionysus Bringer of Love”, en las que me parece colosal la manera en la que el bueno de Lee vocaliza esta canción y Lifeson se marca un gran solo, poniendo especial cuidado en sus tonos más suaves y coloridos. Mucho más Heavy llegará el siguiente movimiento, que se ha conocido como “Armageddon: The Battle of Heart and Mind” y que cautiva especialmente por la crudeza de sus guitarras antes de introducirse en terrenos más espirituales en los primeros minutos de “Cygnus Bringer of Balance”, antes de desembocar en un nuevo choque de técnica y maestría instrumental. Finalmente, “The Sphere: A Kind of Dream”, cierra esta canción de una manera melancólica y conmovedora. Líricamente estamos ante otra lección de maestría por parte de un siempre inquieto Peart que nos habla, en esta ocasión, de la dicotomía existente en nuestro cerebro, dividido en dos hemisferios (de ahí viene el título) que, al igual que harían Nietzsche o Ayn Rand (dos influencias muy importantes en la lírica de Neil), suelen asociarse a los dioses Apolo (dios de la Razón) y Dioniso (dios del libertinaje y el disfrute). Hago aquí un inciso para decir que en la portada del disco podemos ver una representación de ambas deidades mirándose frente a frente. En la letra observamos una confrontación entre ambos y sus formas de vida, así como la intervención del viajero especial que protagoniza ambas partes de la canción para encontrar un equilibrio entre ambas deidades.
Si creías que era imposible que el grupo, tras este tema de 18 minutos, fuera capaz de facturar canciones que estuvieran a la altura, entonces no conoces a Rush. Y es que desde los primeros segundos de “Circumstances” ya sabes que el trío está en un momento creativo muy dulce. Hard-Rock rabioso en las guitarras, pero al mismo tiempo sinfónicos si se pone atención en esas jazzísticas percusiones, y con el gran Geddy desgañitándose al micrófono mientras se vuelve a sacar de la chistera una de esas líneas de bajo únicas que nos hace creer que son sencillas y todo. El final es un regalo sonoro, volviendo a sentir la necesidad de destacar la cantidad de detalles que incluye Peart en su forma de golpear la batería (no tengo dudas de que es el mejor de la historia). Sobre la letra cabe señalar que Peart se torna un tanto autobiográfico y nos habla de su dura estancia en Inglaterra durante varios años en las que no obtuvo gran éxito.
Y es la hora de una de mis canciones preferidas de la historia de Rush. “The Trees” es una auténtica genialidad en todos sus planos ya que, en lo instrumental muestra el lado más dulce y melódico de este trío, con guitarras arpegiadas, pequeñas dosis de canto y un juego de percusión solo a la altura de nuestro querido Peart. Pero eso no es todo, ya que en lo lírico estamos ante un corte que tiene varias interpretaciones dependiendo del oyente. La letra en si nos muestra la pugna (muy propia de unos dibujos animados) entre los arces y los robles, ya que los segundos, por su gran tamaño, se apropiaban de toda la luz solar, hasta que los primeros se cansan y aplican la “ley del hacha” para arreglar el conflicto. Dicho esto, que es lo que la letra cuenta si no entramos en sus dobles sentidos, ahora vamos a ver qué interpretaciones ha tenido este tema a lo largo de la historia.
2. Antes de que este disco fuera lanzado, Barry Miles, un periodista reconocido por su defensa de la izquierda política, escribió un desafortunado artículo en el que trató de difamar al grupo por el hecho de que el batería Neil Peart, principal letrista del grupo, se inspirara en los libros de Ayn Rand, quien estuvo relacionada con las ideas de individualismo que inspirarían al Nacismo alemán. Se les llamó “fascista” y todo tipo de disparates (¿he dicho ya que muchos familiares de Geddy Lee murieron en campos de concentración alemanes? ¿o que sus propios padres fueron prisioneros?) que podrían incluirse en un artículo complementario.
El caso es que “The Trees” también ha sido interpretado como una respuesta de Peart a estas críticas en las que se mofa del comunismo y su distribución de las riquezas en partes iguales sin la existencia de clases sociales (de ahí que los arces, que en teoría se sentían oprimidos, decidieran igualar las reglas del juego cortando a los robles). Cabe señalar aquí que Neil se declaró hasta su muerte como un “libertario de izquierda” y, de hecho, llegó a mostrar un profundo malestar al leer el mencionado artículo que los demonizaba.
Sea como fuere, y dejando estas teorías, resulta curioso el hecho de que el propio Neil Peart dijo que la idea le vino mientras veía unos dibujos animados y nada más (no sé hasta qué punto esto sería o no cierto ya que Neil siempre fue un tipo más bien profundo y cuidadoso en sus letras).
El broche de oro al disco lo pone “La Villa Strangiato”, una pieza completamente instrumental que nos hace viajar al Olimpo de los dioses de la mano del virtuosismo de estos tres genios que, sobre una melodía principal inolvidable, crean variaciones y pasajes completamente geniales sobre los que Alex Lifeson, con permiso de Geddy y un sobrenatural Neil, se reivindica como uno de los mejores guitarristas de la historia de la mano de un par de solos escandalosos (ojo al que se marca a partir del minuto 3:30, con las pulsaciones más bajas, así como al despliegue más Heavy que vendrá después). Seguramente sea la canción más famosa de este disco, cosa que no es de extrañar dada su grandeza. El paraíso existe y se llama Rush.
“Hemispheres” fue el último coloso de la época más ambiciosa de Rush y, como tal, mantuvo el nivel de sus obras predecesoras mereciendo lmáxima calificación posible. Pronto llegaría la necesidad de parar y optar por otro tipo de composiciones más “simples” (si esto se puede decir en una reseña de los canadienses) que los llevarían a alcanzar un éxito sin precedentes en lo comercial como “Permanent Waves” y “Moving Pictures”. Un grupo como pocos.
Viajamos al año 1978. Los canadienses, por esta época, ya poseían una elevada reputación entre los amantes del Rock Progresivo gracias a la grandeza indiscutible de varias obras como “Fly By Night” (1975), “Caress Of Steel” (1975), el histórico “2112” (1976) y “A Farewell To Kings” (1977) en las que se notaba un crecimiento considerable en cada disco en lo que a ambición por expandir sus horizontes se refiere (teclados, percusiones orquestales, guitarras y bajos de dos mástiles, por no hablar de la duración de algunas de sus canciones) hacia terrenos solo accesibles a los más grandes del género.
“Hemispheres” sería su próxima obra y, analizándolo en pleno 2020, creo que no solo mantuvo el nivel de elegancia y grandeza mostrado en el pasado por Rush, sino que también tiene como aliciente para ser escuchado que podría considerarse como el último trabajo realmente complejo que lanzaría el trío antes de aventurarse a acercarse con gran éxito a sonidos más accesibles y que les terminaría de hacer eternos.
¡Que empiece la música!
Rush querían poner fin a esa faceta psicodélica que los llevó a facturar épicos temas extensos de la mejor manera. Fue por ello que crearon una epopeya monumental que llevaría el título de “Cygnus X-1 Book II: Hemispheres” (efectivamente, es la primera parte de “Cygnus X-1" del álbum previo. Ocupando una cara entera del trabajo, los canadienses despliegan su inconfundible e inalcanzable arsenal instrumental a partir del cual crecieron tantos y tantos grupos. Un inicio completamente instrumental brilla por la infinidad de cambios de ritmo que se van sucediendo (una obertura que nos retrotrae a la de “2112”) que siempre son marcados con especial intensidad por un inhumano Neil Peart (¿cómo se puede tocar tan bien?). A los cuatro minutos aparecerá Geddy Lee para interpretar dos partes conocidas como “Apollo Bringer of Wisdom” y “Dionysus Bringer of Love”, en las que me parece colosal la manera en la que el bueno de Lee vocaliza esta canción y Lifeson se marca un gran solo, poniendo especial cuidado en sus tonos más suaves y coloridos. Mucho más Heavy llegará el siguiente movimiento, que se ha conocido como “Armageddon: The Battle of Heart and Mind” y que cautiva especialmente por la crudeza de sus guitarras antes de introducirse en terrenos más espirituales en los primeros minutos de “Cygnus Bringer of Balance”, antes de desembocar en un nuevo choque de técnica y maestría instrumental. Finalmente, “The Sphere: A Kind of Dream”, cierra esta canción de una manera melancólica y conmovedora. Líricamente estamos ante otra lección de maestría por parte de un siempre inquieto Peart que nos habla, en esta ocasión, de la dicotomía existente en nuestro cerebro, dividido en dos hemisferios (de ahí viene el título) que, al igual que harían Nietzsche o Ayn Rand (dos influencias muy importantes en la lírica de Neil), suelen asociarse a los dioses Apolo (dios de la Razón) y Dioniso (dios del libertinaje y el disfrute). Hago aquí un inciso para decir que en la portada del disco podemos ver una representación de ambas deidades mirándose frente a frente. En la letra observamos una confrontación entre ambos y sus formas de vida, así como la intervención del viajero especial que protagoniza ambas partes de la canción para encontrar un equilibrio entre ambas deidades.
1. Por un lado, están quienes afirman que es un canto reivindicativo a la grandeza de Canadá, encarnada por los arces (árbol típico de allí), frente a la opresión del pueblo estadounidense que encarnaría el endémico roble. Es sabido el “cariño” que se tienen ambas naciones, por lo cual no es descartable que la letra tirara por ahí.
2. Antes de que este disco fuera lanzado, Barry Miles, un periodista reconocido por su defensa de la izquierda política, escribió un desafortunado artículo en el que trató de difamar al grupo por el hecho de que el batería Neil Peart, principal letrista del grupo, se inspirara en los libros de Ayn Rand, quien estuvo relacionada con las ideas de individualismo que inspirarían al Nacismo alemán. Se les llamó “fascista” y todo tipo de disparates (¿he dicho ya que muchos familiares de Geddy Lee murieron en campos de concentración alemanes? ¿o que sus propios padres fueron prisioneros?) que podrían incluirse en un artículo complementario.
El caso es que “The Trees” también ha sido interpretado como una respuesta de Peart a estas críticas en las que se mofa del comunismo y su distribución de las riquezas en partes iguales sin la existencia de clases sociales (de ahí que los arces, que en teoría se sentían oprimidos, decidieran igualar las reglas del juego cortando a los robles). Cabe señalar aquí que Neil se declaró hasta su muerte como un “libertario de izquierda” y, de hecho, llegó a mostrar un profundo malestar al leer el mencionado artículo que los demonizaba.
Sea como fuere, y dejando estas teorías, resulta curioso el hecho de que el propio Neil Peart dijo que la idea le vino mientras veía unos dibujos animados y nada más (no sé hasta qué punto esto sería o no cierto ya que Neil siempre fue un tipo más bien profundo y cuidadoso en sus letras).


Comentarios
Publicar un comentario