Los últimos años de la década de los ochenta comenzaron a ser menos fructíferos en materia rockera desde una perspectiva general y amplia. Si bien bandas como AC/DC, que disfrutaba de sus últimos años junto al gran Bon Scott, o Motörhead estaban en estado de gracia, otros conjuntos como Led Zeppelin y Deep Purple comenzaban a perder demasiado fuelle debido al aumento del consumo de estupefacientes y alcohol, (esto es más aplicable a Zepp y, más específiamente, a Jimmy Page y al pobre John Bonham que fallecería pronto), así como a las tensiones internas entre sus componentes (aquí me refiero más al conflicto de Deep Purple). Esta amalgama de inconvenientes sumada al crecimiento en lo que a popularidad se refiere de la música disco comenzó a poner en entredicho el legado que el Rock había forjado por aquel tiempo. Para nuestra fortuna, la situación no tardaría en revertir con el nacimiento de la NWOBHM anglosajona y, al otro lado del charco, con el nacimiento de un par de grandes agrupaciones que salvarían este amago de desaparición del género. Una de ellas fue Van Halen.
La escena de Los Ángeles comenzaba a ver nacer pequeñas agrupaciones con mucho potencial como unos jóvenes Quiet Riot o los mencionados Van Halen. Ambos conjuntos contaban en sus filas con dos de los guitarristas más prometedores del momento: Randy Rhoads (sobra cualquier tipo de presentación) y el gran Eddie Van Halen. Este último se convirtió en seguida en un mito del instrumento gracias a la introducción de la técnica de tapping, prácticamente inédita hasta aquel momento, que el músico trataba de ejecutar con la guitarra tras su espalda para no desvelar al 100% el proceso de realización (los magos no desvelan sus trucos) y sus actuaciones con su banda eran cada vez más demandadas. Es aquí cuando entra en juego Gene Simmons, el magnate financiero y, a la vez, bajista de Kiss, quien tras ver en vivo al grupo en 1976 queda tan encantado con este que le ofrece grabar una demo corriendo todos los gastos de su cuenta. La demo ve la luz pocos meses después, pero el sello no termina por querer contratar a estos jóvenes melenudos y, con esto, termina el pequeño “romance” de Gene y Van Halen. Años después supimos que Simmons pretendía en poco tiempo terminar por hacerse con Eddie Van Halen para llevárselo a Kiss.
Con el año 1977 avanzado, la banda se mete en el estudio con el señor Ted Templeman como productor (de él fue la idea de introducir ecos y efectos que aportaran al resultado final una mayor contundencia) y en poco tiempo termina naciendo el debut homónimo que confirmaría a Van Halen como una banda que llegaba para quedarse eternamente entre los grandes del Rock. Este disco ha sido considerado con todo merecimiento como uno de los más legendarios de la historia del Rock (razones no le faltan).
¡Se acabaron los preámbulos! ¡Es hora de la música!
¿Necesitaban alguna prueba de su valía? Pues “Runnin’ With The Devil” se encargó de ello. Tema contundente y, en líneas generales, bastante simple en su abertura. Tras esa banda se perciben dosis de Metal con pinceladas elegantes de Blues y Hard-Rock. Otro de los grandes highlights del tema es la voz de un joven David Lee Roth en modo genio que entre agudos y auténticos rotos gargantiles nos habla sobre el mundo del Rock vista como un camino en compañía del diablo: “Sexo, Drogas y Rock” dice la expresión. Aunque probablemente esta sea la canción original del álbum (el cover que se viene en un par de párrafos es el único que le haría frente) más famosa, he de reconocer que mi corazón tira por otras piezas del mismo que en un ratito os nombraré.
Turno de hablar “Eruption”. Sin duda, la mayor muestra del poder guitarrero que nos ha dejado Eddie Van Halen en su extensa trayectoria. Estamos hablando de un minuto y 42 segundos que han marcado la carrera de miles de guitarristas que bebieron de la influencia de este neerlandés. Cuesta realmente calificar con adjetivos algo tan único. Simplemente, querido lector, siéntese y disfrute de esta inhumana forma de tratar una guitarra a manos de uno de los más grandes de la historia.
Llama la atención que la primera canción que vio la luz del grupo, en formato single obviamente, fue la ya archiconocida versión del “You Really Got Me” de The Kinks. Mira que se han grabado miles y miles de covers de dicho tema pero ninguna roza la perfección de esta que está, si me lo permiten, a la altura de la original porque siento que acercan el tema y su concepto musical a los sonidos de finales de los setenta, con guitarras más afiladas (el solo de Eddie es para tatuárselo), un tono más picante en la voz de David y el tono, en general, más macarra que esta regrabación posee.
Ahora es el turno de “Ain’t Talkin’ About Love” un tema de elevada calidad que, sin que suene en absoluto difamatorio, suena más prototípica que las anteriores dentro de los cánones de la época. Reconozco que adoro el punteo principal del tema que Eddie mutea, así como los armónicos que este le añade en muchas ocasiones. La oscuridad general del tema trae recuerdos de las primeras obras de Aerosmith o de Europe, con un peso de las melodías mayor que lo que se venía haciendo en aquellos tiempos.
En “I’m The One” nos volveremos a encontrar a un incendiario Van Halen tras la guitarra que apunta y dispara punteos y riffs a una velocidad absolutamente demencial. La fusión de Metal con ciertos guiños punkarras tiene un resultado espectacular. Aquí hay música de calidad y con una garra juvenil que cautiva a cualquiera. La producción de Templeman es una gozada y es en este tema donde especialmente así lo siento, pudiendo escuchar cada instrumento con una nitidez envidiable.
Ya desde los primeros segundos de “Jamie’s Cryin’” nos hacemos una idea de que se viene otra ración de riffs inspirados (esa es otra de las especialidades de nuestro querido Eddie), así como de una voz que roza lo erótico y que me recuerda a la versión más cachonda y provocadora de Steven Tyler (cuanto más escucho a Van Halen, más símiles les encuentro con Aerosmith).
Antes de rozar lo radiofónico con “Feel Your Love” y su sonido facilón (tanto el estribillo como el posterior solo no están nada mal, ¿eh?) el grupo se nos abalanzará encima con la imperdible “Atomic Punk” que, como ya su nombre nos deja caer, coquetea con el Punk y lo fusiona increíblemente bien con un Metal que parecía profetizar los sonidos rápidos y agresivos que llegarían un par de años después con la ya mencionada NWOBHM. Mucha atención a la adictiva línea de bajo que posee esta pieza (caviar del bueno, chavales).
“Little Dreamer” tiene cierto deje sureño en esos riffs pesados y empapados en Jack Daniels, aunque en líneas generales estemos ante un tema más predecible y sencillo en todos sus aspectos que, eso sí, gana muchos enteros con la entrada de ese solo. Mucho más impresionante es “Ice Cream Man”, un provocador corte de Blues, Rock y Folk original de John Brim, que no solo enamora por la cantidad de detalles que Eddie dibuja con su mástil (ojo al solo que se marca), sino también por la interpretación tan sincera y vacilona de David al micrófono.
El disco termina de una manera absolutamente genial. Si tuviera que elegir una sola canción de todo el debut de Van Halen creo que me quedaría con “On Fire” por su actitud tan degenerada, por los riffs tan propios de la escuela de los Judas Priest (también los screams de David podrían haber salido de la garganta de Rob Halford). Un tema por el que ya valió la pena escuchar el álbum completo y por el que no dudaría en ponerle la máxima nota. “On Fire” es EL TEMA.
10 millones de copias vendidas y una reputación ganada con sudor. Esos fueron los grandes premios que obtuvo Van Halen tras un inmejorable álbum de debut que, con todo merecimiento, les hizo eternos, y eso que todavía quedaban grandes obras por llegar, pero eso nos ocupará en próximos escritos.
De momento les dejo por aquí el enlace para escuchar el disco en su totalidad y, por última vez, me quito el sombrero ante la grandeza de estos cuatro genios absolutos de la música.
La escena de Los Ángeles comenzaba a ver nacer pequeñas agrupaciones con mucho potencial como unos jóvenes Quiet Riot o los mencionados Van Halen. Ambos conjuntos contaban en sus filas con dos de los guitarristas más prometedores del momento: Randy Rhoads (sobra cualquier tipo de presentación) y el gran Eddie Van Halen. Este último se convirtió en seguida en un mito del instrumento gracias a la introducción de la técnica de tapping, prácticamente inédita hasta aquel momento, que el músico trataba de ejecutar con la guitarra tras su espalda para no desvelar al 100% el proceso de realización (los magos no desvelan sus trucos) y sus actuaciones con su banda eran cada vez más demandadas. Es aquí cuando entra en juego Gene Simmons, el magnate financiero y, a la vez, bajista de Kiss, quien tras ver en vivo al grupo en 1976 queda tan encantado con este que le ofrece grabar una demo corriendo todos los gastos de su cuenta. La demo ve la luz pocos meses después, pero el sello no termina por querer contratar a estos jóvenes melenudos y, con esto, termina el pequeño “romance” de Gene y Van Halen. Años después supimos que Simmons pretendía en poco tiempo terminar por hacerse con Eddie Van Halen para llevárselo a Kiss.
Con el año 1977 avanzado, la banda se mete en el estudio con el señor Ted Templeman como productor (de él fue la idea de introducir ecos y efectos que aportaran al resultado final una mayor contundencia) y en poco tiempo termina naciendo el debut homónimo que confirmaría a Van Halen como una banda que llegaba para quedarse eternamente entre los grandes del Rock. Este disco ha sido considerado con todo merecimiento como uno de los más legendarios de la historia del Rock (razones no le faltan).
¡Se acabaron los preámbulos! ¡Es hora de la música!

Turno de hablar “Eruption”. Sin duda, la mayor muestra del poder guitarrero que nos ha dejado Eddie Van Halen en su extensa trayectoria. Estamos hablando de un minuto y 42 segundos que han marcado la carrera de miles de guitarristas que bebieron de la influencia de este neerlandés. Cuesta realmente calificar con adjetivos algo tan único. Simplemente, querido lector, siéntese y disfrute de esta inhumana forma de tratar una guitarra a manos de uno de los más grandes de la historia.
Llama la atención que la primera canción que vio la luz del grupo, en formato single obviamente, fue la ya archiconocida versión del “You Really Got Me” de The Kinks. Mira que se han grabado miles y miles de covers de dicho tema pero ninguna roza la perfección de esta que está, si me lo permiten, a la altura de la original porque siento que acercan el tema y su concepto musical a los sonidos de finales de los setenta, con guitarras más afiladas (el solo de Eddie es para tatuárselo), un tono más picante en la voz de David y el tono, en general, más macarra que esta regrabación posee.
Ahora es el turno de “Ain’t Talkin’ About Love” un tema de elevada calidad que, sin que suene en absoluto difamatorio, suena más prototípica que las anteriores dentro de los cánones de la época. Reconozco que adoro el punteo principal del tema que Eddie mutea, así como los armónicos que este le añade en muchas ocasiones. La oscuridad general del tema trae recuerdos de las primeras obras de Aerosmith o de Europe, con un peso de las melodías mayor que lo que se venía haciendo en aquellos tiempos.
En “I’m The One” nos volveremos a encontrar a un incendiario Van Halen tras la guitarra que apunta y dispara punteos y riffs a una velocidad absolutamente demencial. La fusión de Metal con ciertos guiños punkarras tiene un resultado espectacular. Aquí hay música de calidad y con una garra juvenil que cautiva a cualquiera. La producción de Templeman es una gozada y es en este tema donde especialmente así lo siento, pudiendo escuchar cada instrumento con una nitidez envidiable.
Ya desde los primeros segundos de “Jamie’s Cryin’” nos hacemos una idea de que se viene otra ración de riffs inspirados (esa es otra de las especialidades de nuestro querido Eddie), así como de una voz que roza lo erótico y que me recuerda a la versión más cachonda y provocadora de Steven Tyler (cuanto más escucho a Van Halen, más símiles les encuentro con Aerosmith).

“Little Dreamer” tiene cierto deje sureño en esos riffs pesados y empapados en Jack Daniels, aunque en líneas generales estemos ante un tema más predecible y sencillo en todos sus aspectos que, eso sí, gana muchos enteros con la entrada de ese solo. Mucho más impresionante es “Ice Cream Man”, un provocador corte de Blues, Rock y Folk original de John Brim, que no solo enamora por la cantidad de detalles que Eddie dibuja con su mástil (ojo al solo que se marca), sino también por la interpretación tan sincera y vacilona de David al micrófono.
El disco termina de una manera absolutamente genial. Si tuviera que elegir una sola canción de todo el debut de Van Halen creo que me quedaría con “On Fire” por su actitud tan degenerada, por los riffs tan propios de la escuela de los Judas Priest (también los screams de David podrían haber salido de la garganta de Rob Halford). Un tema por el que ya valió la pena escuchar el álbum completo y por el que no dudaría en ponerle la máxima nota. “On Fire” es EL TEMA.
10 millones de copias vendidas y una reputación ganada con sudor. Esos fueron los grandes premios que obtuvo Van Halen tras un inmejorable álbum de debut que, con todo merecimiento, les hizo eternos, y eso que todavía quedaban grandes obras por llegar, pero eso nos ocupará en próximos escritos.
De momento les dejo por aquí el enlace para escuchar el disco en su totalidad y, por última vez, me quito el sombrero ante la grandeza de estos cuatro genios absolutos de la música.

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