Cuando pienso en Yngwie Malmsteen la primera palabra
que suele surgir en mi cabeza es “soberbia”, pero llevada a sus dos acepciones
principales:
- Soberbia entendida como sinónimo de arrogancia
debido a que, como casi todos nuestros lectores sabran, Yngwie se quiere
demasiado y ha hecho a lo largo de su vida tantas declaraciones difamadoras que,
seguramente, le han terminado pasando mala factura y dejando su figura como
guitarrista (ahí entraría el otro significado de la soberbia) por debajo de lo
que, a mi parecer, un músico de su categoría merece.
- Soberbia entendida como algo magnífico. Yngwie es,
sin duda, uno de los mejores guitarristas de la historia que brilla,
fundamentalmente, por una técnica endiablada en lo que a construcción de solos
se refiere. Hace tiempo que he dejado de intentar bautizar a un músico como “el
mejor” (nadie tiene esa autoridad divina), pero desde luego que entre los más
grandes está.
El caso, dejando a un lado todo tipo de adjetivos, es
que se me ha antojado traer al Blog alguito del genio sueco y a continuación
les dejo un escrito nacido desde el respeto hacia dicho artista de su gran álbum
“Trilogy”.
Corría el año 1986 y el nombre de Yngwie ya comenzaba
a generar bastante respeto en la escena de aquel momento. Su trabajo previo
tanto en Steeler como en Alcatrazz, así como sus dos primeras obras de estudio
como solista que no puedo dejar de recomendaros (“Rising Force” y “Marching Out”
son dos discazos como la copa de un pino) ya le habían labrado una reputación
que estaba a punto de consolidarse con el lanzamiento de “Oddysey” (1988) y,
por ende, su colaboración junto a Joe Lynn Turner. Pero antes de que esto
pasara, concretamente en el mencionado año 1986 el nórdico trajo al mundo un
disco que, a mi modo de ver, poco tiene que envidiar al “Oddysey”: “Trilogy”.
Tras la marcha de Jeff Scott Soto, quien había cantado
en los dos primeros LPs, Yngwie se hizo con los servicios de un todavía desconocido
Marc Boals, quien cumpliría a las mil maravillas. Ambos músicos junto a la
técnica de los ya habituales hermanos Johansson conformaron la formación de un
álbum que enamora desde su portada. En esta ilustración podemos ver a Yngwie
armado con su Fender para plantar cara a un enorme dragón de tres cabezas
(clara referencia a la “trilogía” de la que nos habla el título del disco) en
una escena absolutamente épica. Para mí es la mejor que ha lanzado (cierto es
que las portadas de Malmsteen no es que sean precisamente brillantes).
¡Vamos a entrar en materia musical!
El disco abre con mucha clase de la mano del medio tiempo
tan elegante que es “You Don’t Remember, I’ll Never Forget”. Tema ochentero,
muy en la onda de lo que los Europe de aquel mismo momento venían pariendo, con
gran peso de los teclados y una voz realmente implacable. Estribillo más que
pegadizo y, como no puede ser de otra forma, un punteo a la altura de Yngwie.
Personalmente me gusta aún más “Liar”, un mordisco sonoro
que va directo a la yugular y que permite a Boals hacer un gran trabajo, aunque
nuevamente tenga que quitarme el sombrero frente a Malmsteen y la cantidad de
riffs, licks y el clásico duelo guitarra-teclados que se marca junto a
Johansson. El grito final de Boals es de los que eriza el vello a cualquiera. No
obstante, este que escribe siempre se quedará con la interpretación en vivo del
mismo tema por el señor Turner, aunque es cuestión de gustos.
Las revoluciones bajan con “Queen In Love”. No dudo en
que es un buen tema, aunque sí es cierto que tal vez es de los más prescindibles
de todo el plástico. Sin embargo, no puedo dejar de invitaros a escuchar el
solo que nos va a dejar Malmsteen (¡qué bueno eres!), quien en la posterior “Crying”
nos enamorará a través de cinco minutos completamente instrumentales donde el
sueco se pone sentimental y nos evoca mil sentimientos diferentes a través de
cada detalle que imprime en la guitarra. Pocos tipos como Malmsteen (David Gilmour
o Clapton son dos miembros de este exclusivo club) es capaz de hacer llorar a
su guitarra.
Tras un momento tan bello como el vivido, Anders se
arranca a la batería y nos da la bienvenida a la mordiente “Fury”, un tema dinámico
de clara inspiración neoclásica que recuerda a lo que años después haría Rata
Blanca (Walter Giardino es una mezcla de Yngwie y Blackmore más que descarada).
Entre el doble bombo, la gran presencia vocal de Boals y el tapping que
Malmsteen se saca de la chistera durante los puentes, esta canción es auténtico
caviar.
Muy en la onda de “Heaven Tonight” nace un tema donde
los teclados tienen una presencia necesaria para enriquecer más al conjunto. “Fire”
es un medio tiempo con mucho sentimiento que avanza lentamente hasta llegar a
un estribillo donde Boals llega a los agudos con aparentemente facilidad. Aunque
para gran tema que se viene con “Magic Mirror”, que es el responsable de que
escuchara al completo por primera vez este disco hace ya bastantes años. Tema más
rápido que se detiene por completo en el puente para volver con fuerza en el
estribillo. Yngwie sigue tirando de maestría con cada solo y, en esta ocasión,
se propone cerrar él mismo el tema con otra pequeña exhibición tras las seis
cuerdas.
Por momentos parece que viajamos a los dos primeros
álbumes de la mano de la sólida y oscura “Dark Ages”, tema donde el bueno de
Mark deja su mejor, y última, interpretación tras el micrófono. Canción
exigente y sobresaliente que hubiera sido aún más gloriosa en boca de Ronnie
James Dio (le hubiera pegado) y que hace pensar constantemente en los Black
Sabbath más experimentales del “Heaven And Hell” o el “Mob Rules”. Temazo.
El disco termina de manera celestial. Si conoces al
sueco, tienes que conocer la instrumental “Trilogy Suite Op:5”, ya que es una
de sus más brillantes composiciones y, a título personal, una de las mejores interpretadas
jamás hechas por un guitarrista. Durante siete minutos Yngwie despliega punteos
demenciales, otros acompasados con los teclados, arpegios neoclásicos y algo
diabólicos en una guitarra española (mucha atención al interludio atmosférico)
y todo tipo de detalles que lo reivindican como el Paganini del Rock. Todo
amante de la música tiene que disfrutar de esto al menos una vez en la vida.
Un discazo como la copa de un pino que se merece, como
poco, la misma clasificación que el archiconocido “Oddysey”.

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