Hablar de
Deep Purple es hacerlo de una de las bandas más trascendentales que ha dado la
historia del rock. Pioneros en la consolidación del hard rock y piezas
fundamentales en el nacimiento del heavy metal, los británicos han dejado una
huella imborrable gracias a una discografía extraordinaria, una capacidad
inagotable para reinventarse y una nómina de músicos irrepetibles que han
elevado el virtuosismo a una de sus principales señas de identidad. Desde la
explosión creativa de la inolvidable Mark II hasta las diferentes etapas que
han mantenido viva la llama durante casi seis décadas, su legado trasciende
himnos inmortales como "Smoke on the Water" para convertirse en una
influencia decisiva sobre varias generaciones de artistas.Shades of Deep Purple (1968)
Antes de convertirse en uno de los pilares del hard rock, Deep Purple fue una banda profundamente arraigada en la psicodelia y el rock progresivo de finales de los sesenta. Nacidos del proyecto Roundabout y con la formación Mark I (Rod Evans, Ritchie Blackmore, Jon Lord, Nick Simper e Ian Paice), su debut muestra a un grupo todavía en plena búsqueda de identidad, pero con suficientes destellos de genialidad como para anticipar lo que estaba por venir.
“Shades of
Deep Purple” es un álbum muy representativo de su época. Conviven versiones de
clásicos del momento, como “Help!” (The Beatles), “I’m So Glad” (Cream) o una
brillante versión del “Hey Joe” de Jimi Hendrix con composiciones propias donde
ya empiezan a asomar las señas de identidad del grupo: el diálogo entre la
guitarra de Blackmore y el Hammond de Jon Lord, las influencias de la música
clásica y una instrumentación sorprendentemente ambiciosa para una banda
debutante. Aunque Blackmore aún acusa la influencia de Hendrix y Cream, su
personalidad empieza a despuntar, mientras que Lord se erige desde el primer
minuto como el verdadero arquitecto del sonido de la banda.
Curiosamente
"Hush", que era una versión de Joe South, fue el primer golpe sobre
la mesa del grupo, alcanzando en Estados Unidos el Top 5 en la lista de éxitos,
antes incluso de que triunfaran en su Reino Unido natal. Sin embargo, son temas
como la instrumental "And the Address", la extensa "Mandrake
Root" (pieza habitual durante muchos años en sus repertorios) o la
elaborada "Prelude: Happiness/I'm So Glad" los que mejor anticipan la
evolución hacia el hard rock y el virtuosismo que culminaría pocos años después
con “In Rock”.
Visto con
perspectiva, “Shades of Deep Purple” probablemente esté lejos de las obras
maestras de la formación clásica con Ian Gillan y Roger Glover. Su producción
suena claramente sesentera y algunas canciones todavía dependen demasiado de
sus influencias. Pero precisamente ahí reside gran parte de su encanto: es el
documento de una banda extraordinaria descubriendo su propio estilo. Más que un
clásico del hard rock, es una excelente fotografía del momento en que Deep
Purple comenzó a construir uno de los legados más importantes de la historia
del rock.
“The Book of Taliesyn” supuso un paso adelante respecto al debut de Deep Purple, aunque todavía mostraba a una banda en plena búsqueda de identidad. Grabado apenas unos meses después de “Shades of Deep Purple”, el segundo álbum mantiene la mezcla de psicodelia, blues, rock progresivo embrionario y versiones de otros artistas, pero presenta una propuesta más ambiciosa y cohesionada. Si el primer disco era una carta de presentación, aquí el grupo comienza a perfilar muchas de las señas de identidad que acabarían definiendo su sonido, especialmente gracias al protagonismo de Jon Lord y Ritchie Blackmore, quienes habían dejado de ser jóvenes promesas para comenzar a ser considerados en el Reino Unido como auténticos maestros de los teclados y la guitarra respectivamente.
La
influencia de la música clásica adquiere un peso aún mayor, con arreglos más
elaborados y una atmósfera más oscura y solemne que la de su predecesor. Lord
convierte el órgano Hammond en el eje del álbum, mientras Blackmore empieza a
desarrollar un lenguaje propio, alejándose poco a poco de la evidente
influencia de Jimi Hendrix que dominaba el debut en favor de un estilo propio.
La sólida base rítmica de Ian Paice y Nick Simper aporta una energía constante,
mientras Rod Evans ofrece una interpretación elegante y melódica, muy adecuada
para esta etapa más psicodélica de la banda.
El
repertorio alterna cuatro composiciones originales con tres versiones
profundamente reinventadas. "Listen, Learn, Read On" abre el disco
con un sonido más pesado y rudo. El instrumental "Wring That Neck"
destaca por los extensos diálogos de tintes clásicos entre órgano y guitarra,
convirtiéndose en una pieza habitual de sus conciertos. Entre los originales
sobresalen la melancólica "Anthem", una de las composiciones más
inspiradas de Jon Lord, y "The Shield", donde la banda combina
sensibilidad pop con largos desarrollos instrumentales.
Las
versiones vuelven a ser fundamentales. "Kentucky Woman" transforma el
tema de Neil Diamond en un vibrante rock eléctrico, mientras que "We Can
Work It Out" de The Beatles, como ya sucedió en “Help!” en la obra
anterior, recibe un tratamiento progresivo con una larga introducción
instrumental. En definitiva, estamos ante una banda sin miedo a experimentar,
todavía lejos del sonido de “In Rock” o “Machine Head”, pero cada vez más cerca
de convertirse en una de las grandes referencias del hard rock de los años
setenta.
Deep Purple (1969)
El trabajo de título homónimo fue el último álbum de la formación original de la banda y, probablemente, el más logrado de la llamada Mark I. Si los dos discos anteriores mostraban a un grupo dando tumbos entre la psicodelia, el blues y el rock progresivo naciente, aquí esas influencias alcanzan un equilibrio mucho más convincente. El sonido es más oscuro, las composiciones son más ambiciosas y la personalidad de Jon Lord y Ritchie Blackmore comienza a imponerse definitivamente, anticipando el rumbo que convertiría a Deep Purple en uno de los gigantes del hard rock.
A
diferencia de sus dos primeros trabajos, el álbum reduce considerablemente el
número de versiones y apuesta por un repertorio mayoritariamente original.
Desde la apertura con "Chasing Shadows", impulsada por la
espectacular interpretación de Ian Paice y sus múltiples capas de percusión,
queda claro que la banda ha ganado confianza y cohesión. Temas como
"Blind" o la excelente versión de "Lalena" muestran un tono
más melancólico y sofisticado, con un órgano Hammond omnipresente y una
interpretación especialmente inspirada de Rod Evans.
La gran
joya del LP siempre me ha resultado “Painter”, un corte potente y duro que
hubiera empastado perfectamente en las obras más grandes del grupo, con esa
mezcla de blues y distorsión absolutamente exquisita. "Why Didn't
Rosemary" y "Bird Has Flown" también coquetean con el hard rock
que desarrollaría plenamente un año después. Blackmore empieza a desprenderse
de sus influencias más evidentes y su estilo adquiere una personalidad cada vez
más reconocible.
La otra
maravilla del disco es, sin duda, "April", una ambiciosa suite de más
de doce minutos dividida en tres movimientos que combina pasajes acústicos,
arreglos orquestales y una poderosa sección eléctrica. La composición
constituye el primer gran manifiesto de Jon Lord en su intento de fusionar
música clásica y rock, una idea que cristalizaría poco después en Concerto for
Group and Orchestra.
Aunque
este sería el último trabajo de Rod Evans y Nick Simper antes de la llegada de
Ian Gillan y Roger Glover, Deep Purple representa la culminación artística de
la primera etapa del grupo. Un álbum injustamente eclipsado por la legendaria
Mark II, pero imprescindible para comprender la evolución de una de las bandas
fundamentales de la historia del rock.
Concerto for Group and Orchestra
(1969)
Como comprobarás a lo largo del artículo, querido lector, he querido incluir algún que otro álbum en vivo que, a mi modo de ver, tiene un peso histórico importante en la historia de Deep Purple. Y es que este “Concerto for Group and Orchestra” marcó el debut discográfico de la formación Mark II de Deep Purple, con la incorporación de Ian Gillan (voz) y Roger Glover (bajo) en sustitución de Rod Evans y Nick Simper. En lugar de presentarlos con un álbum de hard rock, la banda optó por una apuesta tan ambiciosa como arriesgada: interpretar una obra compuesta por Jon Lord junto a la Royal Philharmonic Orchestra, dirigida por Malcolm Arnold.
El
concierto, celebrado en el Royal Albert Hall, incluía además un breve
repertorio previo con temas del grupo. Entre ellos destacaba "Child in
Time", cuya primera grabación oficial aparece aquí varios meses antes de
su versión definitiva en In Rock y se siente menos pulida (luego os hablo en
profundidad de esta obra maestra).
La pieza
principal se divide en tres movimientos. El primero plantea un diálogo entre la
orquesta y la banda, alternando pasajes sinfónicos con irrupciones de un Deep
Purple cada vez más cercano al hard rock. El segundo, más pausado y melódico,
permite lucirse a Gillan en la única sección con protagonismo vocal, mientras
que el tercero culmina la obra fusionando ambos mundos con mayor naturalidad y
energía.
El
resultado no siempre alcanza un equilibrio perfecto. En algunos momentos la
orquesta eclipsa al grupo y ciertos desarrollos se alargan más de lo necesario.
Sin embargo, como primer intento serio de integrar una banda de rock dentro de
una estructura clásica, el álbum posee un enorme valor histórico y artístico.
Recordemos que por aquellos tiempos, el propio Ian Gillan
Más que una rareza dentro de su catálogo, “Concerto for Group and Orchestra” representa el puente entre la etapa psicodélica y progresiva de los primeros Deep Purple y el sonido contundente que explotaría pocos meses después en “In Rock”.
In Rock (1970)
Tras tres discos en los que Deep Purple todavía buscaba una identidad propia entre el rock psicodélico, las influencias clásicas y el progresivo, la llegada de Ian Gillan y Roger Glover cambió para siempre la historia de la banda. Junto a Ritchie Blackmore, Jon Lord e Ian Paice, dieron forma a la legendaria Mark II, responsable de una de las rachas creativas más impresionantes que ha conocido el Hard Rock. Y todo comenzó aquí. “In Rock” no es solo el primer gran álbum de Deep Purple, sino uno de los discos fundacionales del Hard Rock y una de las obras que terminaron de definir el nacimiento del Heavy Metal.
Desde
los primeros segundos de "Speed King" queda claro que el grupo ha
dejado atrás definitivamente su pasado. La guitarra incendiaria de Blackmore,
el Hammond distorsionado de Jon Lord y una sección rítmica absolutamente
demoledora construyen un muro de sonido sobre el que Ian Gillan despliega una
de las interpretaciones vocales más espectaculares de la historia del Rock
gracias a esos agudos punzantes. A partir de ahí, el álbum apenas concede un
respiro. "Bloodsucker" aumenta todavía más la agresividad (una vez
más hay que rendirse a Gillan), mientras "Flight of the Rat", "Into
the Fire", "Living Wreck" o la explosiva "Hard Lovin'
Man" convierten cada minuto en una exhibición de potencia, técnica y
creatividad. No hay un solo tema de relleno; todos aportan algo distinto dentro
de un conjunto extraordinariamente sólido.
Pero
si hay una composición que eleva “In Rock” a la categoría de obra maestra
absoluta esa es "Child in Time". Pocas canciones han alcanzado
semejante nivel de perfección. La introducción casi litúrgica de Jon Lord
desemboca en una interpretación vocal sencillamente irrepetible de Ian Gillan,
cuyos agudos siguen siendo, más de cincuenta años después, uno de los momentos
más impactantes jamás registrados en un estudio. El monumental solo de
Blackmore, construido con una mezcla perfecta de melodía, velocidad y emoción,
termina de convertir estos diez minutos en uno de los mayores hitos de la
historia del Rock. Cualquier adjetivo se queda corto.
Lo
verdaderamente fascinante de “In Rock” es la química entre sus cinco
integrantes. Blackmore y Lord suenan más compenetrados que nunca, Ian Paice
ofrece una auténtica lección de batería en cada canción, Roger Glover sostiene
todo el edificio con una solidez impecable y Gillan se consagraba desde joven
como uno de los cantantes que más influirían a lo largo de las décadas.
“In
Rock” fue el punto de partida de una tetralogía irrepetible que continuarían “Fireball”,
“Machine Head” y “Made in Japan”, pero también un antes y un después para la
música pesada. Pocas veces una banda ha reinventado su sonido con semejante
autoridad. Más de medio siglo después, este álbum sigue sonando desafiante,
moderno y descomunal. Una auténtica obra maestra y uno de los discos
imprescindibles de la historia del Hard Rock.
Fireball (1971)
Tras el impacto sísmico de “In Rock”, Deep Purple tenía un problema tan privilegiado como difícil: demostrar que aquello no había sido un golpe de inspiración aislado. La respuesta llegó solamente un año después, en 1971, con “Fireball”, un álbum que ha vivido injustamente a la sombra de “In Rock” y “Machine Head”, pero que forma junto a ellos una auténtica trilogía irrepetible. Si el primero definía el sonido de la Mark II y el tercero lo perfeccionaba, “Fireball” representa el laboratorio donde la banda llevó su creatividad al límite. Jon Lord lo resumió perfectamente años después afirmando que “sin In Rock no habría existido Fireball, y sin Fireball nunca habría nacido Machine Head”.
Lejos
de repetir la fórmula de su predecesor, Deep Purple decidió experimentar sin
perder un ápice de intensidad. El resultado es un disco más diverso, atrevido
y, en muchos aspectos, más ambicioso. Desde los primeros segundos de la
explosiva "Fireball", con Ian Paice revolucionando la batería y
Gillan alcanzando registros imposibles, queda claro que la banda seguía
empujando los límites del hard rock. La interacción entre Blackmore y Jon Lord
vuelve a ser sencillamente magistral, construyendo uno de los mejores comienzos
de álbum de toda la década.
Pero
la verdadera grandeza de “Fireball” reside en su variedad. "No No No"
mezcla hard rock con un groove casi blues, "Demon's Eye" desprende
una elegancia irresistible gracias a su ritmo contagioso y "Anyone's
Daughter" demuestra que la banda podía permitirse incluso un desvío hacia
el country sin perder personalidad. Lo que en otras manos habría parecido una
extravagancia, en Deep Purple se convierte en una muestra más de su enorme
talento compositivo.
La
segunda mitad mantiene el nivel con una colección de canciones memorables.
"The Mule" sirve como escaparate del inmenso Ian Paice, cuya técnica
convierte cada compás en una lección de batería. Después llega
"Fools", probablemente la joya oculta del disco con más de ocho
minutos de tensión creciente, contrastes dinámicos y una interpretación vocal
de Gillan absolutamente desgarradora, culminada por uno solo atmosférico de
Blackmore. El cierre con "No One Came" devuelve la velocidad y
confirma que el grupo seguía funcionando como una maquinaria perfectamente
engrasada.
Es
cierto que “Machine Head” terminaría acumulando los grandes himnos y que In
Rock cambió para siempre el rumbo del hard rock. Sin embargo, “Fireball” muestra
a una banda en plena libertad creativa, capaz de explorar nuevos caminos sin
renunciar a su identidad. No busca ser una colección de éxitos inmediatos, sino
una obra rica, imprevisible y enormemente inspirada. Quizá por eso nunca ha
recibido el reconocimiento popular de sus hermanos, pero musicalmente no les va
a la zaga.
Machine Head (1972)
Hay discos extraordinarios, discos históricos y, finalmente, discos que cambian para siempre la historia de la música. “Machine Head” pertenece a esta última categoría. Publicado en 1972, el sexto álbum de estudio de Deep Purple no solo supuso la consagración definitiva de la formación Mark II, sino que estableció uno de los modelos sobre los que se construirían el Hard Rock y el Heavy Metal durante las décadas siguientes. Es una de esas escasas obras en las que absolutamente todo encaja: composición, interpretación, producción y una inspiración que parece inagotable. Si “In Rock” abrió el camino y “Fireball” amplió sus posibilidades, “Machine Head” alcanzó la perfección.
Su
gestación fue casi un milagro. La banda había viajado a Montreux para grabar el
disco en el famoso casino de la ciudad, pero un incendio provocado durante un
concierto de Frank Zappa destruyó el edificio apenas un día antes del inicio de
las sesiones. Lejos de rendirse, el grupo encontró refugio en el abandonado
Grand Hotel, donde instaló el estudio móvil de The Rolling Stones y registró el
álbum prácticamente en directo. Aquellas circunstancias, que habrían hundido a
cualquier otra banda, terminaron convirtiéndose en parte de la leyenda y dieron
lugar a uno de los himnos más famosos de todos los tiempos.
Pero
reducir Machine Head a "Smoke on the Water" sería cometer una enorme
injusticia. El disco comienza con la imparable "Highway Star",
posiblemente una de las mejores canciones de apertura jamás escritas. Ian
Gillan ofrece una interpretación vocal descomunal, mientras Ritchie Blackmore y
Jon Lord protagonizan uno de los diálogos entre guitarra y órgano más
espectaculares que ha dado el rock. La precisión de Ian Paice y el impecable
trabajo de Roger Glover convierten cada compás en una auténtica demostración de
fuerza y elegancia.
Le
siguen joyas como "Maybe I'm a Leo", construida sobre un riff con un
groove irresistible, la infravalorada "Pictures of Home", donde todos
los músicos alcanzan un nivel superlativo; y "Never Before",
probablemente el corte más accesible del álbum sin perder un ápice de calidad.
Después llega el inmortal riff de "Smoke on the Water", una
composición cuya sencillez es precisamente la clave de su inmortalidad y cuya
historia convierte la tragedia del incendio de Montreux en una de las letras
más célebres de la música popular. Una canción que ha trascendido las fronteras
del rock.
La
recta final mantiene un nivel absolutamente insultante. "Lazy" es una
clase magistral de Blues-Rock liderada por el órgano Hammond de Jon Lord y
enriquecida por la armónica de Gillan, mientras que otro hit inmortal como "Space
Truckin'" cierra el álbum con una descarga de energía desbordante que
demuestra por qué Deep Purple era una máquina perfectamente engrasada. Y para
quienes disfruten de las reediciones, la inclusión de "When a Blind Man
Cries", mi balada preferida de Purple, termina de completar una
experiencia prácticamente insuperable.
Lo
verdaderamente asombroso de “Machine Head” es que no contiene una sola nota
fuera de lugar. Cada canción posee personalidad propia y, al mismo tiempo,
forma parte de un conjunto cohesionado que fluye con una naturalidad
extraordinaria. La compenetración entre Blackmore, Lord, Glover, Paice y Gillan
alcanza aquí un nivel difícilmente igualable, convirtiendo al quinteto en una
de las formaciones más talentosas que ha conocido el rock.
Pocas
veces puede hablarse con total seguridad de una obra maestra. “Machine Head” lo
es sin discusión. No solo representa el punto culminante de Deep Purple, sino
uno de los grandes monumentos de la música del siglo XX. Un álbum eterno,
imprescindible y absolutamente perfecto.
Made In Japan (1972)
Aunque no se trate de un álbum de estudio, era imposible dejar fuera “Made in Japan” de este especial. No solo captura a Deep Purple en el momento de mayor inspiración y compenetración de toda su carrera, sino que está considerado, con toda justicia, uno de los mejores discos en directo de la historia del rock, una de esas obras imprescindibles que cualquier aficionado debería escuchar al menos una vez en la vida. Si Machine Head representó la culminación del Mark II en estudio, Made in Japan fue la prueba definitiva de que sobre un escenario no tenían rival.
Grabado
durante tres conciertos celebrados en Osaka y Tokio en agosto de 1972, el álbum
estuvo a punto de quedarse como un lanzamiento exclusivo para Japón. Ni la
propia banda ni el ingeniero Martin Birch confiaban demasiado en el modesto
equipo de grabación enviado por Warner, pero el resultado desafió todas las
expectativas. A partir de aquellas cintas nació un directo legendario que no
solo inmortalizó a Deep Purple en su mejor momento, sino que redefinió para
siempre lo que debía ser un álbum en vivo.
Desde el
estallido inicial de "Highway Star", queda claro que esto no es una
simple reproducción de las versiones de estudio. Cada canción se expande con
absoluta naturalidad gracias a la extraordinaria química entre los cinco
músicos. Ian Gillan ofrece probablemente la mejor interpretación vocal de toda
su carrera, alcanzando unos agudos casi inhumanos en "Child in Time",
mientras Ritchie Blackmore firma algunos de los mejores solos de su
trayectoria. Jon Lord convierte su Hammond en un arma devastadora, Ian Paice
demuestra por qué sigue siendo uno de los baterías más infravalorados de la
historia del rock y Roger Glover sostiene todo el conjunto con una solidez
impecable.
El
repertorio es sencillamente perfecto. "Smoke on the Water" adquiere
una fuerza todavía mayor que en estudio, "Strange Kind of Woman"
alcanza la inmortalidad gracias al inolvidable duelo entre la guitarra de
Blackmore y la voz de Gillan, "Lazy" se convierte en una gigantesca
jam de inspiración jazzística y blues, mientras que "Space Truckin'"
se transforma en casi veinte minutos de improvisación donde la banda demuestra
hasta dónde podía llegar cuando se dejaba llevar sobre el escenario. Incluso el
largo solo de batería de "The Mule", que podría resultar excesivo en
manos de otro músico, mantiene el interés gracias al talento descomunal de
Paice.
Más de cincuenta años después sigue siendo la referencia con la que se comparan prácticamente todos los grandes discos en directo. No es solo el mejor álbum en vivo de Deep Purple; para muchos, entre los que me incluyo, es el mejor directo de la historia del rock. Una obra maestra absoluta que demuestra que, cuando el Mark II subía a un escenario, muy pocas bandas podían siquiera acercarse a su nivel.
Who Do We Think We Are (1973)
Después de encadenar tres obras maestras consecutivas además del monumental Made in Japan, cualquier nuevo lanzamiento estaba condenado a vivir a la sombra de semejantes gigantes. Eso es precisamente lo que ocurrió con “Who Do We Think We Are”, un álbum injustamente infravalorado que durante décadas ha cargado con una fama de "disco menor" que no hace justicia a su verdadero nivel. Está lejos de la inspiración descomunal de sus predecesores, sí, pero no contiene ningún tema de relleno y ofrece una colección de canciones notablemente sólida, demostrando que incluso un Deep Purple al borde de la implosión seguía siendo capaz de escribir grandes composiciones.
La
grabación estuvo marcada por un ambiente irrespirable. La relación entre Ian
Gillan y Ritchie Blackmore había llegado a un punto crítico y ambos apenas se
dirigían la palabra. Algunas partes del disco llegaron incluso a registrarse
por separado, reflejando una fractura interna que acabaría provocando la marcha
de Gillan y Roger Glover pocos meses después. Sin embargo, y quizá precisamente
gracias a esa tensión, el álbum desprende una agresividad y una personalidad
muy particulares.
El disco
se abre con "Woman from Tokyo", uno de los grandes clásicos del grupo
y la prueba de que la inspiración seguía intacta. Su inolvidable riff, la
fuerza de Gillan y el trabajo conjunto de Blackmore y Jon Lord convierten la
canción en uno de los himnos imprescindibles del catálogo de Deep Purple. A
continuación aparece "Mary Long", una composición más ligera y
satírica que demuestra la capacidad del grupo para moverse fuera del hard rock
más musculoso sin perder identidad.
La cara
más pesada del álbum llega con "Super Trouper", una descarga breve
pero contundente al más puro estilo “Maybe I’m Leo” y especialmente con
"Smooth Dancer", probablemente la pieza más agresiva del disco. Más
allá de su enorme riff y del espectacular solo de Hammond de Jon Lord, la
canción adquiere un interés especial porque Gillan la escribió como un ataque
directo hacia Blackmore, dejando al descubierto el deterioro absoluto de su
relación personal.
Otro de
los grandes momentos llega con "Rat Bat Blue", impulsada por uno de
los mejores trabajos de Jon Lord en toda la década. Su espectacular solo de
órgano convierte una excelente canción de hard rock en uno de los puntos
culminantes del álbum. La posterior "Place in Line" baja las
revoluciones apostando por un marcado enfoque bluesero, mientras que "Our
Lady", mucho más atmosférica y melódica, pone un cierre diferente a un
disco que busca explorar registros distintos sin abandonar la esencia de la
banda.
Es cierto
que “Who Do We Think We Are” transmite una sensación menos explosiva que sus
tres predecesores. La banda estaba agotada tras años de giras interminables y
el desgaste interno era evidente. Sin embargo, reducir este trabajo a un álbum
menor resulta profundamente injusto. Quizá no alcance la excelencia del pasado
reciente, pero mantiene un nivel compositivo muy alto y muestra a un grupo que
todavía conservaba intacto su enorme talento pese a encontrarse al borde del
colapso.
Un
magnífico canto del cisne para el Mark II original antes de que las tensiones
entre Gillan y Blackmore terminaran por hacerlo saltar definitivamente por los
aires.
Burn (1974)
Tras la accidentada gira de "Who Do We Think We Are", Deep Purple atravesó la mayor crisis de su historia. Las constantes disputas entre Ian Gillan y Ritchie Blackmore desembocaron en la salida del primero en junio de 1973, mientras que Roger Glover también abandonó el grupo poco después, una decisión impulsada principalmente por Blackmore. Muchos pensaron que aquello supondría el final de la banda, pero el guitarrista, Jon Lord e Ian Paice reaccionaron con una jugada tan arriesgada como brillante. Para sustituir a Gillan eligieron a un desconocido David Coverdale, un joven cantante de marcado carácter blusero que años después lideraría a cierta banda legendaria conocida entre los mortales como Whitesnake, mientras que el puesto de Glover recayó en Glenn Hughes, bajista y vocalista de los reconocidos Trapeze, quien aceptó unirse con la condición de compartir también las labores vocales. La química entre ambos resultó inmediata y permitió a Deep Purple iniciar una nueva etapa sin intentar copiar el pasado.
Grabado
nuevamente en Montreux con el estudio móvil de los Rolling Stones,
"Burn" vio la luz en febrero de 1974 y disipó cualquier duda desde el
primer minuto. La explosiva canción que le da título abre el álbum con uno de
los riffs más legendarios de Blackmore, un Ian Paice absolutamente descomunal y
el espectacular juego vocal entre Coverdale y Hughes, dejando claro que la Mark
III tenía personalidad propia. "Might Just Take Your Life" y
"Lay Down, Stay Down" mantienen el nivel combinando el hard rock
clásico de la banda con unas primeras pinceladas de funk y soul, mientras
"Sail Away" anticipa claramente el sonido que Coverdale desarrollaría
años después en Whitesnake.
La
segunda cara tampoco concede respiro. "You Fool No One" sirve de
escaparate para el inmenso talento instrumental del quinteto, "What's
Goin' On Here" aporta un agradable sabor blusero y la archiconocida "Mistreated"
emerge como una de las grandes obras maestras de toda la carrera de Deep
Purple. La interpretación de Coverdale resulta sencillamente colosal, sostenida
por un Blackmore inspiradísimo que convierte cada nota en puro sentimiento. El
cierre instrumental con "'A' 200" permite, además, que Jon Lord
vuelva a demostrar por qué sigue siendo uno de los teclistas más importantes de
la historia del rock.
Aunque
"Stormbringer" profundizaría posteriormente en las influencias funk y
soul, "Burn" encontró el equilibrio perfecto entre la contundencia
del Deep Purple clásico y la frescura aportada por Coverdale y Hughes. Una
reinvención modélica y, sin discusión, uno de los grandes discos de la historia
del hard rock.
Stormbringer (1974)
Tras el brillante “Burn”, los renovados Deep Purple apenas tardaron unos meses en regresar al estudio para grabar “Stormbringer”, un álbum que suele vivir a la sombra de su predecesor y que quizá merezca una mayor reivindicación. Es cierto que está un escalón por debajo de “Burn”: pierde parte de la agresividad y de la electricidad que convirtieron a aquel en un clásico inmediato, pero a cambio ofrece una colección de canciones muy sólidas y una personalidad propia que el tiempo ha tratado con más justicia.
La
principal diferencia está en la mayor presencia de las influencias soul, funk y
R&B que David Coverdale y, especialmente, Glenn Hughes habían llevado a la
banda. Ese cambio de rumbo hizo que el Hammond de Jon Lord y la guitarra de
Ritchie Blackmore cedieran protagonismo en varios momentos, algo que nunca
terminó de convencer al guitarrista. Paradójicamente, aunque criticó
abiertamente la orientación del álbum, Blackmore firma aquí un trabajo elegante
y lleno de clase, adaptándose con naturalidad a un sonido que ya no sentía como
propio.
El disco
arranca con uno de los grandes himnos de la banda, la monumental
"Stormbringer", una descarga de hard rock épico que mantiene intacta
la intensidad del álbum previo y que sigue siendo una de las mejores aperturas
de toda su discografía. En el extremo opuesto aparece "Soldier of
Fortune", una balada acústica de enorme carga emocional, con un David
Coverdale inmenso en una interpretación que acabaría convirtiéndose en un
clásico y que seguiría interpretando años después con Whitesnake.
Entre
ambos extremos, el álbum explora terrenos menos habituales para Deep Purple.
Temas como "Love Don't Mean a Thing", "Hold On" o "You
Can't Do It Right" abrazan sin complejos el funk y el soul, mientras que
mi adorada "Lady Double Dealer" y "High Ball Shooter"
recuerdan con más claridad al hard rock musculoso que había hecho célebre al
grupo. Puede que el conjunto no alcance la inspiración constante de “Burn”,
pero tampoco contiene canciones menores: simplemente apuesta por un enfoque más
melódico y menos explosivo que, eso sí, dejaba entrever a qué sonarían los
primeros Whitesnake.
Precisamente
esa evolución fue la que terminó rompiendo definitivamente el equilibrio
interno. Blackmore, cada vez más incómodo con la deriva funky de la banda y
convencido de que sus mejores ideas ya no tenían cabida en Deep Purple, decidió
abandonar el grupo poco después de la publicación del álbum para fundar
Rainbow. Su marcha cerró definitivamente la etapa Mark III.
Un trabajo
que demuestra que Deep Purple supo evolucionar sin perder su identidad, aunque
el precio fuera la salida del que había sido su principal arquitecto musical.
Come Taste the Band (1975)
Antes de despedirse temporalmente en 1976, Deep Purple dejó una obra que durante demasiado tiempo fue tratada como la oveja negra de su discografía, aunque en realidad se trate de un gran álbum. La salida de Ritchie Blackmore parecía un golpe definitivo, pero la llegada de Tommy Bolin demostró que la banda todavía tenía mucho que decir. “Come Taste the Band” no intenta copiar el pasado ni sustituir a Blackmore: apuesta por una identidad distinta, más abierta al funk, al soul y al jazz-rock, sin renunciar a la pegada del hard rock. Precisamente esa valentía es la que hoy convierte al álbum en una de las obras más infravaloradas de toda su carrera.
Es cierto
que el sonido se aleja por momentos del Purple clásico. La influencia del funk
es mucho más evidente que en cualquier otro disco del grupo, especialmente
gracias al protagonismo de Glenn Hughes y al estilo fluido de Tommy Bolin. Pero
lejos de ser un defecto, esa mezcla dota al álbum de una personalidad única.
Temas como "Gettin' Tighter", "Dealer" o "I Need
Love" respiran groove, mientras que "Comin' Home",
"Drifter" o "Love Child" mantienen intacta la energía del
mejor hard rock de la banda.
Tommy
Bolin tenía la papeleta imposible de sustituir a uno de los guitarristas más
influyentes de la historia del rock. Sin embargo, en lugar de imitar a
Blackmore, decidió aportar su propio lenguaje, apostando por un tono
imprevisible con claras influencias del jazz y el funk. El resultado es un
trabajo guitarrístico brillante que hoy merece mucho más reconocimiento del que
recibió en su momento. Ian Paice vuelve a demostrar por qué es uno de los
baterías más infravalorados del género, Jon Lord aporta la elegancia habitual
desde los teclados y la dupla formada por David Coverdale y Glenn Hughes
alcanza probablemente su mayor grado de compenetración.
También
fue el último capítulo de la etapa Coverdale-Hughes en Deep Purple antes de la
separación de la banda. Poco después, como todos sabrán, David Coverdale
iniciaría el camino que terminaría desembocando en Whitesnake, mientras Hughes
seguiría una trayectoria mucho más ecléctica. Viéndolo con perspectiva, “Come
Taste the Band” representa el cierre de una era y el punto culminante de una
formación que nunca recibió el reconocimiento que merecía.
Durante
décadas muchos aficionados lo rechazaron simplemente por no contar con
Blackmore. Sin embargo, escuchado sin ese prejuicio, resulta evidente que no
estamos ante un disco menor, sino ante una evolución lógica de lo que ya habían
empezado a explorar en “Stormbringer”. Es un álbum atrevido, elegante y lleno
de grandes canciones, que sacrifica parte del sonido clásico de Deep Purple en
favor de un enfoque más sofisticado y rítmico.
Puede que
no sea el Deep Purple más reconocible, pero sí uno de los más creativos. Y
precisamente por eso “Come Taste the Band” merece ser reivindicado como una de
las joyas ocultas de la banda.
Perfect Strangers (1984)
Tras casi una década separados, la reunión de la formación Mark II de Deep Purple parecía una apuesta arriesgada. Las tensiones entre Ian Gillan y Ritchie Blackmore seguían presentes, pero “Perfect Strangers” demostró que, cuando estos cinco músicos compartían estudio, la química seguía siendo extraordinaria. Lejos de limitarse a vivir de la nostalgia, el grupo regresó con un disco que supo adaptar su identidad al sonido de los años ochenta sin perder la esencia que había convertido a Deep Purple en una leyenda.
Desde el
primer minuto queda claro que la inspiración estaba intacta. "Knocking at
Your Back Door" abre el álbum con una introducción cargada de suspense
gracias al Hammond de Jon Lord, antes de explotar con uno de esos riffs
inconfundibles de Blackmore. Es una declaración de intenciones: la banda suena
madura, poderosa y perfectamente compenetrada. "Under the Gun"
mantiene la intensidad con un enfoque más agresivo, mientras que "Nobody's
Home" aporta un aire más moderno y dinámico sin renunciar al protagonismo
del órgano y la guitarra.
La segunda
mitad del disco concentra varios de sus momentos más memorables. La monumental
"Perfect Strangers" se convirtió con justicia en uno de los grandes
clásicos de la banda gracias a su atmósfera hipnótica, su riff de inspiración
oriental y una interpretación vocal soberbia de Gillan. "A Gypsy's
Kiss" recupera el lado más veloz y neoclásico de Blackmore, mientras que
"Wasted Sunsets" ofrece uno de los momentos más emotivos de toda su
carrera, con un solo de guitarra sencillamente magistral. El cierre con
"Hungry Daze" funciona además como una mirada nostálgica a los años
dorados del grupo.
A
diferencia de muchos regresos motivados únicamente por la nostalgia y el
dinero, “Perfect Strangers” suena como el trabajo de una banda que todavía
tenía algo importante que decir. La producción, más pulida que en los setenta,
conserva suficiente fuerza para realzar el impresionante nivel instrumental de
Lord, Blackmore, Glover y Paice, mientras Gillan ofrece una de sus
interpretaciones más maduras.
Quizá no
alcance el impacto revolucionario de “In Rock”, “Machine Head” o “Made in
Japan”, pero sí pertenece con todo merecimiento al grupo de los grandes discos
de Deep Purple. Es, probablemente, uno de los regresos más exitosos y
convincentes de la historia del rock: un álbum inspirado, equilibrado y repleto
de canciones que siguen sonando tan poderosas hoy como en 1984.
The House of Blue Light (1987)
Tras el exitoso regreso que supuso “Perfect Strangers”, Deep Purple afrontó la complicada tarea de demostrar que aquella reunión del mítico Mark II no había sido un simple ejercicio de nostalgia. “The House Of Blue Light” mantiene sobradamente viva la química entre Ian Gillan, Ritchie Blackmore, Jon Lord, Roger Glover e Ian Paice, aunque el ambiente interno comenzaba a deteriorarse y las tensiones entre Gillan y Blackmore volverían a hacer acto de presencia durante las sesiones de grabación. Aun así, el grupo consiguió entregar un disco notable que, si bien queda un escalón por debajo de su brillante predecesor, confirma que aquella reunión seguía teniendo mucho que ofrecer.
El
álbum abre con la poderosa "Bad Attitude", un tema de esos que te
enamora desde la primera escucha, donde el grupo recupera la contundencia
clásica mediante un riff sólido de Blackmore y el inconfundible Hammond de Jon
Lord. Le sigue "The Unwritten Law", una composición con un aire más
contemporáneo, donde la banda incorpora discretos elementos propios de la
producción ochentera sin perder su identidad. "Call Of The Wild",
elegido como sencillo, apuesta por un enfoque más accesible y melódico, aunque
mantiene el sello de la banda gracias al gran trabajo instrumental de Lord y
Blackmore.
La
primera mitad del disco mantiene un nivel muy consistente con cortes como
"Mad Dog", probablemente el tema más cercano al sonido agresivo de
los setenta, mientras que "Black & White" y "Hard Lovin'
Woman" (guiño al “In Rock” en el título) ofrecen un hard rock directo y
efectivo. La segunda cara resulta algo más irregular. "The Spanish
Archer" presenta una atmósfera diferente e interesante, aunque nunca
termina de explotar todas sus posibilidades, mientras que
"Strangeways" destaca por su desarrollo más elaborado y por el
excelente trabajo conjunto de toda la banda. "Mitzi Dupree", con su
marcado aroma blues, constituye uno de los momentos más particulares del álbum,
antes de que "Dead Or Alive" cierre el trabajo con la energía
habitual del quinteto.
Es
cierto que la producción, mucho más afín de lo deseable a los estándares de
finales de los ochenta, resta parte de la crudeza que caracterizaba al grupo en
los setenta. Sin embargo, “The House Of Blue Light” sigue siendo un álbum
sólido, inspirado y muy disfrutable al que me gusta acudir con frecuencia.
Slaves and Masters (1990)
Tras la tormentosa salida de Ian Gillan en 1989, provocada por el deterioro de su relación con Ritchie Blackmore, Deep Purple sorprendió incorporando a Joe Lynn Turner, exvocalista de Rainbow. El resultado fue “Slaves and Masters”, un álbum tan peculiar como controvertido, que muchos consideran más un disco de Rainbow que de Deep Purple. El cambio de cantante, unido a la fuerte influencia de Blackmore, desplazó el sonido clásico del grupo hacia un hard rock melódico y muy orientado al AOR, alejándose del carácter duro y bluesero que siempre había definido a la banda, a excepción de un par de canciones que, paradójicamente, son las mejores que suenan de toda la obra.
La
producción es impecable y Turner ofrece una interpretación profesional, pero su
timbre y su estilo encajan mejor con el universo de Rainbow que con la
personalidad de Deep Purple. Canciones como “King of Dreams”, “Fortuneteller” o
la balada “Love Conquers All” destacan por sus melodías accesibles y su
evidente vocación comercial, aunque difícilmente satisfarán a quienes esperen
la contundencia de sus mejores títulos.
Las
excepciones, como decía, llegan con “The Cut Runs Deep” y “Fire in the Basement”,
los cortes más cercanos al hard rock clásico de Purple, donde Blackmore, Lord y
Paice recuperan parte de la energía que se echa en falta en el resto del álbum.
También “Wicked Ways” deja un buen sabor de boca como cierre, pero no basta
para elevar un conjunto demasiado uniforme y excesivamente pulido.
Con el
paso del tiempo, “Slaves and Masters” ha ganado algunos defensores como álbum
de hard rock melódico de calidad. Sin embargo, dentro de la discografía de Deep
Purple sigue considerándose una obra menor. Es un buen disco de AOR, quizá
incluso un buen disco de Rainbow, pero difícilmente un gran disco de Deep
Purple. No es casualidad que, junto a “Abandon”, figure habitualmente entre las
obras menos queridas del grupo. La aventura con Joe Lynn Turner duró apenas un
álbum antes del regreso de Ian Gillan, dejando este trabajo como una curiosa
anomalía dentro de la historia de la banda.
The Battle Rages On... (1993)
Tras el experimento algo irregular de “Slaves and Masters” con Joe Lynn Turner, la discográfica apostó por reunir una vez más a la formación clásica Mark II. Ian Gillan regresó al grupo para reescribir unas canciones concebidas originalmente para Turner, una decisión que Ritchie Blackmore nunca aceptó de buen grado. La tensión entre ambos era ya insoportable, pero, como tantas veces en la historia de Deep Purple, ese conflicto terminó alimentando un disco mejor de lo que suele reconocerse. “The Battle Rages On…” quizá no alcanza la inspiración de “Perfect Strangers”, pero sí se mueve en una liga similar a “The House of Blue Light”: un álbum sólido, muy disfrutable y claramente infravalorado.
Desde el
arranque con la explosiva "The Battle Rages On" queda claro que
Purple recupera parte de la agresividad perdida. El riff de Blackmore, el
Hammond omnipresente de Jon Lord y una interpretación rabiosa de Gillan
convierten el tema en uno de los mejores himnos de la última etapa de la banda.
"Anya" representa el gran momento del disco: una composición épica,
llena de cambios de dinámica, con una magnífica introducción acústica y uno de
los mejores trabajos conjuntos entre Lord y Blackmore desde los años setenta.
El resto
del álbum alterna aciertos con composiciones más convencionales. "Lick It
Up", “Talk About Love” o "A Twist in the Tale" (la hermana menor
de “A Gypsy’s Kiss”) mantienen un nivel notable gracias al excelente trabajo
instrumental, mientras que "Time to Kill" y "Ramshackle
Man" (se nota que estaba escrita para Lynn Turner) evidencian que el
material había nacido en circunstancias complicadas. Aun así, incluso los
cortes menores conservan el sello inconfundible de Deep Purple: riffs
elegantes, una base rítmica impecable formada por Roger Glover e Ian Paice y un
Blackmore que, cuando quería, seguía siendo uno de los guitarristas más
inspirados del rock.
Precisamente
esa contradicción define el álbum. Musicalmente todavía existía química;
personalmente, la convivencia era ya insostenible. Durante la gira promocional,
la relación entre Gillan y Blackmore terminó de estallar. El guitarrista
actuaba con evidente desgana, abandonaba el escenario durante algunos
conciertos y, en el célebre directo “Come Hell or High Water”, llegó incluso a
lanzar una botella de agua en dirección a Gillan, una imagen que simboliza
mejor que ninguna otra el nivel de enfrentamiento entre ambos. Poco después,
Blackmore abandonaría definitivamente Deep Purple, cerrando una de las
asociaciones más brillantes y turbulentas de la historia del rock.
“The
Battle Rages On…” no pertenece al olimpo de Deep Purple, pero tampoco merece el
relativo olvido en el que ha caído. Es un buen disco de hard rock, con varios
momentos sobresalientes y el valor añadido de documentar el último capítulo de
una relación artística tan genial como autodestructiva. Un cierre digno para la
era Blackmore, aunque la batalla, esta vez, ya estaba perdida.
Purpendicular (1996)
“Purpendicular” marcó un punto de inflexión en la historia de Deep Purple. Tras la gira promocional de “The Battle Rages On”, la relación de Ritchie Blackmore con el resto de sus compañeros se volvió insostenible hasta el punto de que terminó abandonando la banda por segunda y definitiva vez, poniendo fin a una historia tan brillante como tormentosa. Después de un breve periodo con Joe Satriani completando la gira, el elegido para sustituir al legendario “hombre de negro” fue Steve Morse, procedente de Dixie Dregs y Kansas, cuya llegada insufló una nueva vida al grupo.
Para
muchos aficionados este es el último gran álbum de Deep Purple. Personalmente
no lo comparto ya que hay obras posteriores más que notables, pero es innegable
que estamos ante una obra altamente disfrutable y de un nivel altísimo. En
lugar de intentar imitar a Blackmore, Morse aportó su propia personalidad: un
estilo más técnico, melódico y moderno, con un fraseo muy distinto que obligó
al resto de la banda a explorar nuevos caminos.
Desde el
explosivo arranque de "Vavoom: Ted the Mechanic", el mensaje era
claro: este era un nuevo Deep Purple. El disco alterna rock potente con
momentos más experimentales y atmosféricos, destacando piezas como
"Sometimes I Feel Like Screaming", considerada por muchos una de las
mejores composiciones de la etapa moderna de la banda. También sobresalen la
acústica y evocadora "The Aviator", la melódica "A Touch
Away", "Hey Cisco" o la compleja e injustamente valorada "A
Castle Full of Rascals", donde la química entre Morse y Jon Lord resulta
especialmente inspirada.
Roger
Glover firmó además una producción muy limpia que permitió apreciar todos los
matices de una banda revitalizada. Ian Gillan ya no poseía la voz de los años
setenta, pero compensaba con personalidad y unas letras especialmente
imaginativas.
“Purpendicular”
no pretendía competir con “Machine Head” o “In Rock”, sino demostrar que Deep
Purple podía reinventarse sin perder su identidad. Y lo consiguió. Gracias a
Steve Morse, la banda encontró un nuevo lenguaje musical que le permitió
iniciar una segunda juventud y mantenerse creativamente viva durante muchos años
más.
Abandon (1998)
Tras la oleada de buenas críticas recibidas por “Purpendicular”, una obra que tenía todo en contra para convencer debido a la marcha de Blackmore, Deep Purple dio un paso atrás en 1998 con el lanzamiento de “Abandon”, un disco que suele figurar entre los trabajos más flojos de toda su carrera. Cierto es que la banda optó por endurecer su sonido, pero el resultado fue irregular y carente de la inspiración que había marcado el debut de Steve Morse. Aun así, el ambiente interno seguía siendo bueno y la formación parecía haber encontrado una estabilidad desconocida desde los años setenta.
El álbum
alterna algunos momentos convincentes con una cantidad excesiva de canciones
poco memorables. El inicio con “Any Fule Kno That deja” buenas sensaciones
gracias a su pegada, mientras que “Don't Make Me Happy” recupera con acierto el
blues-rock clásico del grupo y “Almost Human” destaca por su groove. También
sobresalen la contundente “Seventh Heaven” y la delicada “Fingers to the Bone”,
una de las composiciones más emotivas del disco, con un marcado aire celta.
Sin
embargo, el nivel cae con frecuencia. Temas como “She Was”, “Jack Ruby”, “Whatsername”
o “Evil Louie” resultan repetitivos y poco inspirados, dando la sensación de
que la banda buscaba sonar más pesada sin encontrar canciones realmente
memorables. Ni siquiera la nueva versión de “Bloodsucker”, rebautizada como “Bludsucker”,
logra justificar plenamente su inclusión, aunque funciona como un simpático
guiño al pasado.
Steve
Morse vuelve a demostrar que es un guitarrista extraordinario, aportando solos
elegantes y frescos, pero ni Jon Lord ni Ian Gillan alcanzan aquí el brillo de
entregas anteriores. La producción, realizada por la propia banda, tampoco
ayuda a potenciar unas composiciones que pedían más personalidad.
Con el
paso del tiempo, “Abandon” ha quedado como un disco de transición, agradable a
ratos pero claramente por debajo del nivel habitual de Deep Purple. Además,
tiene un importante valor histórico al ser el último álbum de estudio de Jon
Lord con la banda antes de su retirada en 2002, cerrando discretamente la
trayectoria del legendario teclista fundador.
Bananas (2003)
Tras el irregular y bastante insípido “Abandon”, Deep Purple recuperó el pulso con Bananas, un disco que, sin estar entre los grandes clásicos de su discografía, sí devolvió a la banda parte de la inspiración perdida. Es un álbum sólido, variado y muy disfrutable, aunque lejos de la brillantez contemporánea de “Purpendicular” o de sus obras históricas.
Su mayor
novedad fue el relevo en los teclados. Jon Lord, miembro fundador y uno de los
arquitectos del sonido Purple, abandonó la banda de forma totalmente amistosa
para dedicarse a la composición clásica. Su sustituto fue nada menos que Don
Airey, un veterano de lujo que ya había pasado por Rainbow, Ozzy Osbourne,
Whitesnake o Judas Priest. Su currículum hablaba por sí solo, incluyendo las
inolvidables líneas de teclado en “Mr. Crowley” de Ozzy Osbourne.
La
transición fue sorprendentemente natural. Airey respetó la tradición
“hammondiana” de Lord, pero aportó una energía renovada y un enfoque más
versátil. En temas como "Bananas" demuestra que los duelos entre
guitarra y órgano seguían siendo una de las señas de identidad del grupo, ahora
con Steve Morse como perfecto compañero de baile.
El álbum
combina hard rock clásico, blues y algunas incursiones más melódicas. Destacan
la poderosa "House of Pain" (¡qué manera de arrancar!), la oscura
"Sun Goes Down", la emotiva balada "Haunted", la sólida
"Silver Tongue" o la propia "Bananas", uno de los mejores
cortes del disco. No todo funciona igual de bien: canciones como "Razzle
Dazzle" o "Doing It Tonight" dividen bastante a los aficionados
por su repetición de patronas y una mezcla algo embarrada que tampoco ayuda.
Aun así,
el balance es claramente positivo. Gillan ofrece una interpretación muy
convincente, Steve Morse continúa demostrando por qué fue un sustituto ideal
para Blackmore y Don Airey supera con nota el difícil reto de ocupar el puesto
de Jon Lord.
“Bananas”
no revolucionó la historia de Deep Purple, pero sí confirmó que la banda
todavía tenía mucho que decir en el siglo XXI y que el cambio de teclista,
lejos de ser un problema, abría una nueva etapa con garantías.
Rapture of the Deep (2005)
Tras remontar el vuelo con “Bananas”, Deep Purple afrontó una nueva etapa de estabilidad con una formación que, por fin, parecía haber encontrado el equilibrio definitivo: Ian Gillan, Roger Glover e Ian Paice seguían ejerciendo de columna vertebral mientras Steve Morse y Don Airey, ya plenamente integrados dejaban de ser simples sustitutos para convertirse en piezas fundamentales del engranaje. “Rapture of the Deep”, su decimoctava placa, confirmó que “Bananas” no había sido un golpe de suerte. Sin hacer demasiado ruido, los británicos firmaron uno de los discos más sólidos e inspirados de toda su etapa contemporánea, injustamente eclipsado por el peso de sus clásicos setenteros.
Desde los
primeros compases de "Money Talks" queda claro que la banda suena
viva. La producción es cálida y orgánica, Gillan canta con una solvencia
sorprendente para la época y, sobre todo, Morse y Airey disfrutan
constantemente dialogando entre guitarras, Hammond y sintetizadores, recordando
por momentos la química que antaño existía entre Blackmore y Lord. Esa
sensación se mantiene en piezas tan inspiradas como "Wrong Man", puro
hard rock musculoso, o la pegadiza "Girls Like That", más accesible
pero igualmente efectiva.
Uno de los
grandes aciertos del álbum reside en su variedad. La misteriosa "Rapture
of the Deep", impregnada de aromas orientales y una atmósfera casi
hipnótica, figura entre las mejores composiciones de la banda en el siglo XXI.
En el extremo opuesto aparece "Clearly Quite Absurd", una balada
elegante y contenida donde Gillan demuestra que ya no necesita competir con el
joven que grabó “Machine Head” para emocionar. Tampoco conviene olvidar joyas
como "Junkyard Blues", con un magnífico solo de Morse, el divertido
ataque a la industria musical de "MTV" o el cierre reflexivo de
"Before Time Began", que pone el broche con enorme clase.
Quizá “Rapture
of the Deep” no alcance la inspiración ni posea el impacto histórico de los
clásicos de los setenta, pero sí representa uno de los trabajos más
consistentes de los Deep Purple modernos. Un disco repleto de canciones
infravaloradas, magníficamente interpretado por una banda que, cuatro décadas
después de su nacimiento, seguía demostrando que aún era capaz de escribir hard
rock de primer nivel. Merece mucha más atención de la que suele recibir.
Now What?! (2013)
Cuando Deep Purple entró en el estudio para grabar “Now What?!” habían transcurrido ocho años desde “Rapture of the Deep”. En ese tiempo el grupo había seguido recorriendo el mundo sin descanso, pero muchos comenzaban a pensar que su etapa creativa había quedado definitivamente atrás. Sin embargo, un acontecimiento marcaría para siempre la gestación del disco: el fallecimiento de Jon Lord en julio de 2012. Aunque el legendario teclista llevaba una década fuera de la banda, su sombra seguía siendo inmensa, motivo por el que el álbum quedó dedicado a su memoria con una emotiva frase en el libreto: "Souls, having touched, are forever entwined" (“Las almas, una vez tocadas, quedan entrelazadas para siempre”).
La llegada
del prestigioso productor Bob Ezrin, con quien seguirán trabajando durante el
resto de álbumes de su carrera, terminó siendo otro factor decisivo. Lejos de conformarse
con registrar a la banda tocando en directo, logró sacar lo mejor de unos
músicos que parecían rejuvenecidos. Steve Morse ofrece aquí una de sus
interpretaciones más inspiradas desde su incorporación al grupo, Don Airey
asume definitivamente el legado de Lord sin limitarse a imitarlo (un tipo de su
clase y veteranía no necesitaba imitar a nadie) y el veterano trío formado por
Gillan, Glover y Paice demuestra una complicidad envidiable. El resultado es un
disco sorprendentemente progresivo, lleno de desarrollos instrumentales,
cambios de dinámica y una frescura que pocos esperaban de una banda con más de
cuatro décadas de historia.
La
magnífica "A Simple Song" abre el álbum con un inicio pausado que
desemboca en un poderoso riff, dejando claro desde el primer minuto que Deep
Purple ha recuperado el hambre creativa. A continuación, llegan joyas como
"Weirdistan", una composición hipnótica y llena de matices
orientales, o "Out of Hand", probablemente uno de los mejores temas
de toda la etapa Morse gracias a su energía y a los constantes diálogos entre
guitarra y Hammond. Tampoco desmerecen la pegadiza "Hell to Pay", la
elegante "All the Time in the World" o la divertida "Vincent
Price", un delicioso homenaje al maestro del terror a través de una pieza
rockera con uno de los estribillos más memorables del álbum y un grito final de
Gillan realmente escalofirante..
El
componente emocional alcanza su punto álgido en "Uncommon Man" y
"Above and Beyond", ambas concebidas como homenaje a Jon Lord.
Especialmente la primera, inspirada parcialmente en “Fanfare for the Common
Man”, emociona por su atmósfera solemne y su brillante desarrollo instrumental.
“Now
What?!” supuso un inesperado renacimiento para Deep Purple. No pretendía
competir con su pasado, pero sí demostró que la banda aún era capaz de componer
música ambiciosa, elegante y profundamente inspirada.
InFinite (2017)
Después del excelente “Now What?!”, muchos pensaban que Deep Purple difícilmente podría mantener ese nivel creativo. Sin embargo, “InFinite”, cuyo título daba a entender que estábamos ante la última obra de estudio del grupo, demuestra que aquella inspiración no fue fruto de la casualidad, sino la confirmación de una segunda juventud artística. Producido nuevamente por Bob Ezrin, el álbum continúa la senda de su predecesor: un hard rock elegante, con mayor peso de las atmósferas y los desarrollos progresivos, aunque en esta ocasión la segunda mitad pierde algo de fuelle respecto a un inicio prácticamente impecable.
El
arranque es sencillamente magnífico. "Time for Bedlam" abre con una
inquietante voz procesada antes de desembocar en un riff inequívocamente
púrpura, donde Steve Morse y Don Airey vuelven a demostrar la enorme química
que habían alcanzado. 50 años después, Deep Purple seguía sonando a Deep
Purple. A continuación, "Hip
Boots" aporta un aire clásico, cercano al rock setentero e incluso con
ecos de Led Zeppelin, mientras que "All I Got Is You" confirma el
gran momento compositivo de la banda con una de las mejores canciones de toda
su etapa moderna, donde las melodías vocales de Gillan son una auténtica
delicia. La clásica "One Night in Vegas" recupera el gusto de Gillan
por narrar historias sobre un piano brillante de Airey, y "Get Me Outta
Here" sorprende por su intensidad instrumental y un trabajo excepcional de
la base rítmica formada por Roger Glover e Ian Paice.
El gran
momento del disco llega con "The Surprising", una auténtica obra
maestra que combina ambientes orientales, cambios de ritmo y uno de los mejores
trabajos de Steve Morse con Deep Purple. Es una composición emocionante,
ambiciosa y profundamente melódica, de esas que justifican por sí solas la
existencia de un álbum.
A partir
de ahí el nivel sigue siendo notable, aunque aparecen algunos temas menos
inspirados. "Johnny's Band" resulta simpática pero muy simple,
mientras que "On Top of the World" se siente algo repetitiva pese a
su potente riff inicial. Por fortuna, "Birds of Prey" devuelve la
intensidad con otra gran interpretación colectiva, antes de cerrar con una
correcta versión de "Roadhouse Blues", quizá menos necesaria que el
resto del repertorio.
Sin
alcanzar la inspiración constante de “Now What?!”, “InFinite” vuelve a
demostrar que Deep Purple seguía teniendo mucho que decir incluso rozando el
medio siglo de carrera. Un disco maduro, lleno de clase y con varias
composiciones imprescindibles dentro de su etapa más reciente.
Whoosh! (2020)
Tras el notable “Now What?!” y el excelente “InFinite”, Deep Purple regresó en 2020 con “Whoosh!”, su tercer trabajo consecutivo junto a Bob Ezrin. A estas alturas nadie esperaba otro “Machine Head”, pero sí un disco inspirado de una banda que, incluso superando los setenta años de edad, seguía demostrando una enorme clase. El resultado vuelve a ser positivo, aunque, en mi opinión, estamos ante el álbum más irregular de esta última etapa.
El inicio
deja buenas sensaciones. La "Throw My Bones" funciona como una
apertura correcta, con un sonido muy reconocible y un Don Airey omnipresente
tras el Hammond. La cosa mejora claramente con "Drop The Weapon" y
“We’re All The Same In The Dark”, dos de los grandes aciertos del disco gracias
a sus magníficos riffs de inspiración bluesera, el gran trabajo de Steve Morse
y un Ian Gillan que, pese al paso del tiempo, sigue transmitiendo muchísimo con
una voz perfectamente adaptada a sus posibilidades actuales. "Nothing At
All" convence gracias a sus melodías, aunque se siente algo menos
llamativa que las piezas previamente mencionadas.
Sin
embargo, conforme avanza el álbum aparecen los problemas. Temas como "Step
By Step" o "The Long Way Round" cumplen sin más, mientras que
"Man Alive", con sus experimentos vocales y partes narradas, nunca
termina de convencerme. Se agradece que la banda intente explorar nuevos
caminos, pero en este caso el resultado se siente algo forzado.
La recta
final levanta nuevamente el nivel con "The Power Of The Moon",
probablemente la composición más ambiciosa del disco. Su atmósfera misteriosa,
el excelente trabajo de Roger Glover al bajo y los solos de Morse y Airey la
convierten en el momento más inspirado de “Whoosh!”.
En
conjunto, el disco mantiene el nivel interpretativo habitual de Deep Purple y
vuelve a demostrar que siguen siendo una banda con muchísimo oficio. No
obstante, la inspiración resulta menos constante que en “InFinite”, alternando
grandes canciones con otras demasiado discretas. Un buen álbum que confirmaba
la enorme dignidad artística del grupo, aunque también el más flojo de sus
últimos cuatro o cinco trabajos.
Turning To Crime (2021)
Aunque me cuesta considerar “Turning to Crime” como un álbum "oficial" dentro de la discografía de estudio de Deep Purple por tratarse íntegramente de un disco de versiones, creo que era imprescindible incluirlo por lo mucho que aporta a la historia reciente de la banda y, sobre todo, porque resulta un trabajo altamente disfrutable (¿quién soy yo para decirle a Gillan y compañía qué discos son oficiales y cuáles no?). Nacido durante el parón provocado por la pandemia, este proyecto permitió al grupo rendir homenaje a algunas de las canciones y artistas que marcaron su formación musical, demostrando que, incluso interpretando material ajeno, su personalidad sigue siendo inconfundible.
Más
que limitarse a reproducir fielmente los originales, Deep Purple los adapta a
su propio lenguaje. Desde el arranque con la explosiva "7 and 7 Is",
el protagonismo del Hammond de Don Airey y la guitarra de Steve Morse deja
claro que estas canciones pasan inmediatamente por el filtro Purple. Temas como
"Oh Well" (impresionante Gillan), "Shapes of Things",
"Lucifer" o la exquisita reinterpretación de "White Room"
conservan la esencia de sus compositores, pero incorporan el sonido robusto y
elegante que caracteriza a esta etapa de la banda. Especialmente brillante
vuelve a estar Don Airey, cuya interpretación convierte muchos pasajes en
auténticos momentos de lucimiento instrumental, mientras que Morse demuestra
una vez más la enorme clase que aportó durante sus años en el grupo.
Como
suele suceder en estos álbumes, no todas las elecciones funcionan con la misma
intensidad. Canciones como "Watching the River Flow", "The
Battle of New Orleans" o "Let the Good Times Roll" pueden
resultar algo menos inspiradas y, por momentos, transmiten una sensación más
cercana al divertimento entre músicos que a reinterpretaciones realmente
memorables. Sin embargo, el álbum nunca pierde frescura gracias al entusiasmo
con el que la banda afronta cada versión y a la sólida producción de Bob Ezrin.
Precisamente
por ser un disco de versiones me cuesta situarlo al mismo nivel que los
trabajos de estudio compuestos íntegramente por la banda, pero sería injusto
ignorarlo.
=1 (2024)
Tras el interesante paréntesis que supuso Turning to Crime, Deep Purple regresó en 2024 con “=1”, un álbum que supone mucho más que un nuevo lanzamiento ya que es la carta de presentación de Simon McBride como guitarrista de estudio de la banda y el inicio de una nueva etapa. Si Steve Morse había aportado durante casi tres décadas un enfoque más melódico, sofisticado y progresivo, McBride devuelve al grupo un sonido mucho más directo, basado en riffs contundentes, mayor agresividad y una energía claramente emparentada con el Deep Purple de los primeros años 70. Este cambio de rumbo no pretende restar mérito al enorme legado de Morse, autor de algunos de los mejores discos modernos del grupo, sino hacer explícito que McBride recupera el protagonismo del hard rock más crudo, devolviendo a la banda una pegada que muchos aficionados echaban de menos.
El
resultado es, sencillamente, extraordinario. Desde "Show Me" hasta la
delicia progresiva de "Bleeding Obvious", el disco transmite una
sensación de frescura difícil de explicar en una banda con más de cincuenta
años de historia. Canciones como la potente "Portable Door",
"Sharp Shooter", "Old-Fangled Thing", "Lazy Sod"
o la espectacular "Now You're Talkin'" están construidas sobre riffs
memorables y desprenden una fuerza que recuerda inevitablemente al espíritu de “Machine
Head”, “Fireball” o “Perfect Strangers”, aunque sin caer nunca en la
autoparodia. McBride no intenta imitar a Blackmore ni a Morse; aporta su propia
personalidad, más eléctrica y visceral, integrándose con absoluta naturalidad
en el sonido Purple.
Otro de
los grandes triunfos de “=1” es el enorme protagonismo de Don Airey. Sus
Hammond, pianos y sintetizadores dialogan constantemente con la guitarra,
generando algunos de los mejores duelos instrumentales que la banda ha firmado
en décadas. A ello se suma una sección rítmica absolutamente impecable, con
Roger Glover e Ian Paice demostrando, una vez más, por qué siguen siendo una de
las parejas más sólidas de la historia del rock, mientras Ian Gillan ofrece una
interpretación sorprendentemente inspirada, adaptando su voz con enorme
inteligencia a las exigencias de cada composición.
Para
muchos seguidores —entre los que me incluyo—, “=1” puede ser el mejor trabajo
de Deep Purple desde “Purpendicular” (quizá “Now What?!” puede estar al nivel).
Recupera la contundencia del hard rock clásico, mantiene la elegancia
compositiva de su etapa moderna y demuestra que la incorporación de Simon
McBride no solo solucionó la salida de Steve Morse, sino que abrió una nueva y
apasionante etapa para una banda que sigue negándose a vivir únicamente de su
inmenso pasado.
SPLAT! (2026)
Como con cualquier nuevo álbum del grupo, y después casi seis décadas de carrera, veinticuatro discos de estudio y un legado imposible de igualar, me hice la misma pregunta de siempre: ¿queda algo por decir? Muchos pensábamos que “=1” había sido el punto culminante de esta inesperada segunda juventud iniciada con “Now What?!”, pero “SPLAT!” demuestra que todavía hay combustible para seguir escribiendo nuevas páginas en la historia del grupo.
La llegada
de Simon McBride ya había insuflado una energía renovada a la banda, pero este
nuevo trabajo confirma que su integración es absoluta. Lejos de intentar
competir con sus obras maestras Deep Purple apuesta por algo mucho más
inteligente: sonar exactamente como debe hacerlo Deep Purple en 2026. Sin
artificios, sin intentar parecer una banda joven y, sobre todo, sin vivir
exclusivamente de la nostalgia.
Gran parte
del mérito vuelve a recaer en Bob Ezrin, convertido desde hace años en el
arquitecto de esta brillante etapa moderna. Su producción consigue que cada
instrumento respire con naturalidad, permitiendo que la personalidad de los
cinco músicos brille constantemente. Ian Gillan continúa emocionando gracias a
una interpretación llena de matices; Ian Paice mantiene intacto ese
inconfundible swing que lo convirtió en uno de los grandes baterías del rock;
Roger Glover sigue sosteniendo cada canción con una elegancia admirable; Don
Airey vuelve a demostrar que pertenece a la élite de los teclistas; y Simon
McBride confirma definitivamente que no ha llegado para ocupar el lugar de
nadie, sino para escribir su propio capítulo dentro de la historia de Deep Purple.
El
repertorio mantiene un nivel sobresaliente de principio a fin. "Arrogant
Boy" y "Diablo" golpean con la contundencia del mejor hard rock
de la banda; "The Lunatic", "Sacred Land" o la progresiva
"Guilt Trippin'" exhiben su faceta más ambiciosa; mientras que
"The Beating of Wings" recupera ese aroma bluesero que siempre ha
formado parte del ADN Purple. Todo ello desemboca en un disco variado,
inspirado y tremendamente reconocible.
Quizá “SPLAT!”
nunca alcance el estatus legendario de los clásicos de los años setenta.
Tampoco lo necesita. Lo realmente extraordinario es comprobar que una banda
cuyos miembros rondan —o incluso superan— los ochenta años siga componiendo con
semejante inspiración. Deep Purple no vive de su pasado; sigue escribiendo su
historia en presente. Y eso, en pleno 2026, es casi tan admirable como
cualquiera de sus obras maestras.


























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