Hay discos que funcionan como carta de presentación, otros como consagración… y luego están aquellos que marcan un auténtico punto de inflexión. “Fly by Night” (1975) pertenece, sin duda, a esta última categoría. No es únicamente el segundo álbum de Rush: es el verdadero nacimiento de la banda que el mundo acabaría admirando.
Tras
un debut en 1974 claramente influenciado por el hard rock de Led Zeppelin, Rush
seguía siendo un grupo en plena búsqueda de identidad. Había potencia, técnica
a raudales y una actitud arrolladora, pero su dirección sonora aún no terminaba
de definirse. Todo cambiaría con la llegada de Neil Peart, un prometedor
batería que, tras haber tocado durante un par de años con una banda local
llamada J.R. Flood, decidió dar el salto y presentarse a las audiciones que
Rush organizaba para sustituir a John Rutsey, cuya diabetes había impedido su
continuidad.
Es
fácil imaginar la expresión de asombro en los rostros de Geddy Lee y Alex
Lifeson al escuchar por primera vez a aquel joven melenudo tras el kit. Y es
que el eterno Neil Peart no era un batería cualquiera, sino un auténtico
arquitecto del ritmo. Su manera de tocar, precisa hasta lo quirúrgico y repleta
de recursos, lo acabaría situando entre los mejores baterías de todos los
tiempos. Pero su impacto no se limitó al apartado instrumental. Peart
transformó por completo el contenido lírico del grupo: donde antes predominaban
letras más convencionales, comenzaron a surgir referencias literarias,
filosofía, fantasía y una mirada mucho más introspectiva del mundo. Para mí,
uno de los letristas más refinados de la historia.
El
efecto de este renovado trío fue inmediato. “Fly by Night” transmite la
sensación de una banda que, de repente, ha encontrado su rumbo. Aún quedan
vestigios de su hard rock inicial, sí, pero ya empiezan a despuntar los
elementos que definirán su grandeza: estructuras más ambiciosas, un enfoque
narrativo más marcado y una química instrumental en plena efervescencia. Si a
esto añadimos la exótica portada firmada por el célebre Eraldo Carugati,
responsable también de las cuatro cubiertas de los discos en solitario de Kiss,
estamos ante una obra muy a tener en cuenta.
El
álbum se abre con toda una declaración de intenciones, tanto en lo musical como
en lo ideológico. Inspirada en la obra de Ayn Rand, “Anthem” introduce el
individualismo como eje central. Conviene recordar que las ideas de Rand
estarán muy presentes en la trayectoria de Rush, influyendo de forma notable en
temas como “Free Will”, “Something For Nothing” o la colosal “2112”. Sin
embargo, lo verdaderamente impactante aquí es el apartado musical: la batería
de Peart irrumpe como un vendaval, con fills constantes y una riqueza rítmica
que eleva el conjunto, dejando claro desde el primer momento que su
incorporación cambiaría la historia del grupo. El riff es directo, pero su
ejecución resulta mucho más sofisticada que en el debut, dando paso además a un
par de destacados punteos donde Lifeson brilla con luz propia. Rush ya no solo
suena potente: ahora suena inteligente.
Tres
minutos bastan para que “Best I Can” nos conquiste con su rock directo.
Probablemente sea el corte que más recuerde a su primer disco, con una
estructura sencilla y un enfoque accesible, aunque se percibe una mayor
cohesión y solidez en lo instrumental. La voz de Geddy Lee en esta etapa
temprana siempre me ha fascinado, con ese tono juvenil y punzante que tantas
alegrías nos dio.
“Beneath,
Between & Behind” es breve, pero intensa. Aquí encontramos otro ejemplo de
la ambición lírica de Peart, quien, a pesar de su juventud, se atreve con una
letra ácida en la que expresa su desencanto con el sueño americano, poniendo el
foco en las grietas, la decadencia y la hipocresía ocultas tras el crecimiento
acelerado, la industrialización y los elevados ideales de la nación. En lo
musical, destacan sus cambios de ritmo y la constante sensación de urgencia. El
riff principal de Lifeson parece extraído de los primeros Led Zeppelin, con esa
elegante progresión de acordes. Un auténtico temazo.
Y
llegamos a una pieza que considero clave en la historia del grupo. “By-Tor
& the Snow Dog” marca la primera incursión de Rush en el rock progresivo.
Esta suite de más de ocho minutos no es simplemente una canción extensa
dividida en cuatro movimientos bien diferenciados. Se trata de una narración
teatral y ambiciosa sobre la batalla entre By-Tor y el Snow Dog —de quienes
hablaré a continuación— que sirve como excusa para que la banda experimente por
primera vez con cambios de tempo, contrastes entre pasajes calmados y
explosiones de rock más crudo, además de permitirse desarrollos instrumentales
mucho más amplios. Mientras Peart convierte la batería en un elemento
narrativo, Lifeson deslumbra con una exhibición de riffs y punteos digna de un
guitarrista de su talla (¿cuándo se le reconocerá como uno de los más grandes
de la historia?).
Para
quienes disfrutan de las historias detrás de las canciones, cabe añadir que
esta composición hace referencia a la eterna lucha entre el bien y el mal,
encarnada en esta ocasión por dos perros: By-Tor (un pastor alemán) y Snow Dog
(un perro blanco). Ambos pertenecían al mánager del grupo, Howard Ungerleider,
y eran conocidos por sus personalidades opuestas. Según parece, By-Tor tenía la
costumbre de morder a cualquiera que entrara en casa, mientras que Snow Dog era
mucho más tranquilo. Peart decidió convertir a estas mascotas en figuras casi
mitológicas.
Turno
ahora de la famosa y bellísima “Fly By Night”, una pieza elegante y accesible
en la que la voz de Geddy Lee se queda grabada a fuego, en gran parte gracias a
su pegadizo estribillo. Aquí la banda logra un equilibrio perfecto entre
ambición y cercanía, mientras aborda temas como el crecimiento personal y la
necesidad de dejar atrás el pasado.
“Making
Memories” sorprende con su giro hacia el folk-rock, evocando claramente el
estilo que definió Led Zeppelin III. Se trata de un tema de carretera y
camaradería que, aunque dentro del conjunto del álbum pueda parecer menos
impactante, aporta variedad y deja claro que Rush no tenía intención de
encasillarse en un único registro.
Palabras
mayores para mi querida “Rivendell”, una pequeña joya no tan conocida dentro
del catálogo de la banda. Inspirada en el universo de El Señor de los Anillos
de J. R. R. Tolkien, nos encontramos ante una pieza acústica, minimalista y
profundamente atmosférica, en la que el trío prescinde de riffs y distorsión
para invitarnos a una contemplación casi absoluta. Para este amante confeso del
legado de los canadienses, es una de sus mejores baladas.
El
cierre llega con la monumental “In The End” y sus más de seis minutos de épica.
La banda apuesta por una estructura de evolución progresiva que comienza de
forma introspectiva y va creciendo hasta desembocar en un clímax poderoso. Su
desarrollo es más elaborado que el de la mayoría de composiciones del disco,
alternando secciones emocionales con otras más contundentes. Sin duda, una
clara muestra de madurez en una banda que estaba a punto de conquistar el
mundo.
CONCLUSIÓN
Puede
que no sea el disco más icónico ni el más perfecto de Rush, aunque para mí
resulte imposible bajarlo del sobresaliente. Este trabajo permitió que las
piezas del puzle sonoro del trío comenzaran a encajar, dando forma a un estilo
propio e inconfundible. La llegada del eterno Neil Peart no solo elevó el nivel
técnico, sino que otorgó una identidad definitiva al grupo.
Escuchado
hoy, el álbum sigue transmitiendo esa sensación de descubrimiento, de una banda
encontrando su camino en tiempo real. Y pocas cosas hay en la música tan
fascinantes como esa. Han pasado más de 50 años desde su lanzamiento y continúa
sonando igual de mágico que el primer día.


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