Hay discos cuya escucha resulta difícil por el peso emocional que arrastran. Y es que el álbum homónimo de Megadeth no es un lanzamiento más dentro de una discografía legendaria, sino el auténtico punto final de una de las trayectorias más influyentes, combativas y extensas del Thrash Metal. Con este trabajo se clausura una era iniciada hace más de cuatro décadas, cuando Dave Mustaine supo transformar su expulsión de Metallica, junto a la ira y la ambición que le siguieron, en un proyecto llamado a redefinir el género. Este último esfuerzo actúa, de forma consciente o no, como una revisión de todo el legado de la banda: técnica afilada, velocidad como herramienta ofensiva, crítica social y política, y ese carácter agrio e inconfundible que siempre diferenció a Megadeth de sus contemporáneos. No hay intención alguna de reinventar nada, sino de recordar por qué fue precisamente Megadeth quien ayudó a forjar los cimientos del Thrash.
El
final, sin embargo, no responde a un agotamiento creativo, sino a la inevitable
fragilidad del cuerpo humano. La conocida como “contractura de Dupuytren” que
padece Dave Mustaine ha precipitado una retirada prematura del estudio y ha
convertido cada aparición en directo en un auténtico ejercicio de resistencia y
determinación. Megadeth afronta su última gira bajo la filosofía del “hasta que
el cuerpo aguante”, con un líder que se niega a desaparecer en silencio y que
ha optado por despedirse de su público desde el escenario, guitarra en mano,
aun cuando las limitaciones físicas ya no permiten encarar el futuro con la
misma certeza que el pasado. Hay algo profundamente humano —y trágico— en este
último acto de voluntad.
Lejos
de sonar agotados o fuera de lugar, los trabajos más recientes de Megadeth,
“Dystopia” y “The Sick, The Dying…And The Dead!”, han evidenciado un nivel
artístico notable, impropio de una banda tan cercana a su despedida definitiva.
Por suerte, y como veremos más adelante, este álbum no rompe esa dinámica. Todo
lo contrario: consolida una racha creativa sólida, con composiciones bien
construidas, riffs fácilmente reconocibles y una ejecución impecable. Además,
supone el debut de Teemu Mäntysaari en el estudio, cuya aportación añade
frescura y músculo técnico sin traicionar la identidad clásica del grupo,
logrando que no echemos tanto de menos a Kiko Loureiro como inicialmente
temíamos. La química es evidente y el resultado transmite la sensación de una
banda que, incluso al borde del adiós, sigue sonando peligrosa.
El
propio tracklist refuerza esta idea de cierre mediante una decisión tan
simbólica como valiente. Y es que Mustaine opta por culminar su historia
enterrando definitivamente el hacha de guerra al versionar “Ride the Lightning”
de Metallica, un tema en cuya composición el propio “colorado” participó
activamente. No se trata únicamente de un guiño histórico, sino de un gesto
cargado de significado: Mustaine reinterpretando una de las obras clave del
grupo que marcó tanto su origen como su ruptura. El círculo se cierra ahí, en
esa reconciliación tardía pero poderosa, donde el pasado deja de ser herida
para transformarse en epitafio.
La
portada, sencilla pero eficaz, acompaña este espíritu de despedida con un
elegante Vic Rattlehead envuelto en llamas, mostrándose sereno ante un final
inevitable que llega tras haber vivido una historia difícilmente mejorable.
Este
último capítulo en la trayectoria de Mustaine y compañía arranca por todo lo
alto gracias a la ya conocida “Tipping Point”, un título que no podría ser más
explícito: estamos ante un punto de no retorno. En lo musical funciona como una
auténtica declaración de intenciones, con un riff cortante y thrasher, una
instrumentación furiosa durante buena parte del tema (glorioso Dirk Verbeuren
tras la batería), un exquisito duelo de solos y, por supuesto, un Mustaine
incombustible al micrófono. Al igual que en su “sinfonía de la destrucción”, la
banda nos introduce en un mundo caótico, al borde del colapso, que marca el
tono lírico del álbum. No está destinada a la eternidad ni tiene hechuras de
hit, pero es un trallazo de puro ADN Megadeth, y eso solo puede jugar a su
favor.
La
vertiente más punkarra del grupo reaparece con fuerza en “I Don’t Care”, un
corte en el que Mustaine escupe cada verso con la actitud desafiante que lo ha
definido a lo largo de las décadas. A pesar de su estructura sencilla, el tema
sirve de vehículo para el lucimiento absoluto de Mustaine y Teemu a las
guitarras, quienes no dudan en intercalar varios solos breves pero excelsos en
técnica, aportando una dosis extra de clase al conjunto.
“Hey,
God?!” es la primera de las muchas ocasiones en las que Megadeth parece querer
recuperar las melodías a medio tiempo de “Youthanasia” o de sus primeras obras
del nuevo milenio (menos “Risk”, afortunadamente). Apoyándose en unas guitarras
sólidas y un trabajo sobresaliente de batería por parte de Dirk (el belga
sorprende aquí con varios momentos donde goza de un protagonismo casi solista),
Mustaine reflexiona sobre Dios desde una perspectiva cristiana (recordemos que
el “colorado” se reconcilió con la religión hace ya un par de décadas), aunque
también deja entrever cierta frustración al no sentir que sus súplicas sean
escuchadas.
El
título no engaña a nadie. “Let There Be Shred” es una celebración explícita y
sin complejos del virtuosismo llevado al extremo y, por ende, un auténtico
regalo para los seguidores del Metal más técnico. No obstante, lejos de
quedarse en un mero ejercicio de lucimiento, Mustaine recuerda aquí que
Megadeth siempre fue, ante todo, una banda dominada por las guitarras. Honor a
Teemu Mäntysaari, quien brilla con luz propia mientras se adapta con
naturalidad al lenguaje sonoro del grupo. Un tema veloz y difícilmente
cuestionable.
Tal
vez “Puppet Parade” sea, al menos en el plano musical, el menos llamativo de
los cuatro adelantos que Megadeth presentó antes del lanzamiento del álbum. Y
no es que estemos ante un mal corte, ya que sus guitarras y su ritmo marcial
constante parecen extraídos de la era de “Countdown To Extinction” o
“Youthanasia”, pero su estructura resulta algo más reiterativa de lo deseable.
En cambio, destaca especialmente en lo lírico, retomando un tema recurrente en
el universo Mustaine como es la manipulación de las masas por parte del poder.
Sin
aspirar a ser la octava maravilla del mundo, “Another Bad Day” supera la prueba
con buena nota pese a su simpleza y a la repetición algo excesiva de un
estribillo facilón. Las guitarras brillan en varios pasajes más allá de los
solos, regalándonos riffs melódicos y distorsionados que funcionan de
maravilla. Cabe destacar una curiosidad lírica en el verso “”, ya que Mustaine
lo escribió tras perder dos dientes por culpa de su tratamiento contra el
cáncer que lo alejó de la carretera hace ya un par de años. Una pieza que,
insisto, no descubre la pólvora, pero gana con cada nueva escucha.
Llegamos
ahora a dos de mis canciones favoritas del álbum. En primer lugar, la banda se
saca de la chistera un número corrosivo y encabronado titulado “Made to Kill”,
que nos recuerda una vez más por qué Dave Mustaine es uno de los padres del
Thrash Metal. Tras un inicio algo más contenido, la pieza crece progresivamente
hasta desembocar en un ataque 100% thrasher, rematado por un estribillo más
contemporáneo y muy disfrutable. Metal con muchos galones.
Palabras
mayores también para “Obey the Call”, una de las grandes sorpresas sonoras del
disco. Aunque en sus primeros compases se muestra contenida, la banda va
tejiendo un tema ácido y desafiante, con una tensión creciente y una lírica
exquisita que siempre desemboca en un estribillo que se graba a fuego desde la
primera escucha. Y cuando parece que la canción ya ha dado todo de sí, el grupo
pisa el acelerador y nos regala un tramo final estelar con un acojonante duelo
de solos entre Teemu y Mustaine que sitúo, sin dudarlo, entre los momentos más
destacados de toda la obra.
Aunque
con las escuchas ha ido ganando enteros, quizá “I Am War” haya terminado
quedando relegada a un segundo plano dentro del LP. Nos encontramos ante otro
medio tiempo con el ADN de los Megadeth de principios del nuevo milenio muy
presente, pero que resulta algo menos impactante que otros cortes de estructura
similar incluidos en el disco.
El
cierre oficial del álbum, antes de encontrarnos con el tan mediático bonus
track, corre a cargo de “The Last Note”, una pieza mayúscula donde, de forma
solemne y sin caer en dramatismos innecesarios, Dave Mustaine se despide con la
tranquilidad de quien sabe que ha construido un legado eterno, regalándonos una
letra a la altura de semejante momento. Tampoco quiero olvidar la sorprendente
y muy gratificante irrupción de un breve solo de guitarra acústica en mitad del
tema. Y justo cuando parece que la pieza ha concluido, unos arpegios dramáticos
y la voz quebrada de Mustaine dejan claro que “vino, gobernó y ahora
desaparece”.
Y
como colofón final… Dave Mustaine se marca un cover de lo más plausible de
Metallica. Más que un bonus track, este tema funciona como un auténtico epílogo
histórico. La versión de “Ride the Lightning” no pretende competir con el
original (quien las compare, que se lo haga mirar), sino reinterpretarlo desde
la distancia del tiempo y con un respeto absoluto hacia Metallica. La urgencia
juvenil da paso aquí a la solemnidad y la veteranía de un Mustaine que se
reencuentra con su pasado no desde la herida, sino desde la aceptación,
cerrando definitivamente el círculo abierto hace más de cuarenta años.
CONCLUSIÓN
En
conjunto, este último álbum de Megadeth no solo cumple con dignidad, sino que
se erige como una despedida sólida, honesta y coherente con la historia del
grupo. No es un disco revolucionario, ni perfecto: es la confirmación de que
Megadeth se marcha en buena forma, fiel a sí misma y dejando tras de sí un
legado incuestionable. Y si este ha de ser el adiós definitivo, no se me ocurre
una manera más justa de hacerlo. Estamos ante uno de los álbumes que mejor
sabor de boca van a dejar en este 2026.
Porque
Dave Mustaine no solo fue un superviviente, un luchador incansable o un
guitarrista irrepetible: fue, y seguirá siendo, una de las mentes más
influyentes y combativas que ha dado el Heavy Metal. Que su nombre quede
grabado para siempre junto a los grandes y sus riffs resuenen eternamente en
las almas de los millones de metaleros que hemos crecido escuchando Megadeth.

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