Ya han pasado más de seis meses desde que Ozzy Osbourne abandonó este mundo para convertirse en leyenda y, siendo honestos, su ausencia sigue doliendo como el primer día. Hoy, aprovechando el 40 aniversario de su lanzamiento, me parece el momento perfecto para reivindicar uno de sus trabajos más destacados en solitario, aunque con el paso del tiempo haya quedado algo relegado a un segundo plano.
Hablar
del “Madman” durante los años 80 implica sumergirse en una auténtica montaña
rusa de excesos, éxito desbordante y conflictos internos. The Ultimate Sin,
publicado en 1986, ocupa un lugar peculiar dentro de su discografía: no alcanza
el reconocimiento de Blizzard of Ozz, Bark at the Moon o No More Tears, pero
representa una etapa fundamental tanto en lo artístico como en lo personal.
Este
disco surge precisamente en ese contexto convulso, incorporando además un
elemento esencial que a menudo pasa desapercibido al hablar de esta época: el
impulso creativo de Jake E. Lee, principal responsable del altísimo nivel
musical que alcanza el álbum.
Tras
lo sucedido con Bark at the Moon (1983), donde Lee terminó profundamente
descontento al sentirse privado de sus créditos de composición y derechos
editoriales, el guitarrista tomó una determinación clara: no volvería a
contribuir sin garantías contractuales. Exigió —y consiguió— un acuerdo que
reconociera su autoría antes de implicarse en la creación del material.
El
resultado fue decisivo. Cuando Ozzy regresó de un periodo de desintoxicación,
se encontró con una base musical prácticamente desarrollada por Lee. Gran parte
del armazón del disco ya estaba definido: riffs, estructuras y una dirección
sonora bien trazada, a lo que se sumaban diversos bocetos de letras escritos
por el denostado Bob Daisley, colaborador habitual que también mantuvo sonadas
disputas con el “Madman” en torno a la autoría de varias composiciones. Si a
esto añadimos el excelente trabajo del productor Ron Nevison, curtido gracias a
sus colaboraciones con UFO o Heart, el resultado difícilmente podía fallar.
Así,
The Ultimate Sin no solo refleja un momento de excesos y consolidación en la
trayectoria de Ozzy, sino también un caso poco habitual en su discografía: uno
de sus guitarristas contó con un control creativo real y reconocido desde el
inicio. Y eso, de una forma u otra, se percibe claramente. Por supuesto, Ozzy
aportó su sello personal, visible sobre todo en su inconfundible interpretación
vocal, que se mantenía sorprendentemente fresca pese a sus conocidos problemas
con las drogas y el alcohol.
Durante
años, el propio Ozzy renegó de este trabajo. Sin embargo, con el tiempo, muchos
seguidores lo han revalorizado como una joya ochentera, repleta de melodía,
riffs memorables y ese equilibrio entre accesibilidad y oscuridad tan
característico de su etapa en solitario.
¡Dentro
música!
El
álbum arranca con uno de sus cortes más icónicos. “The Ultimate Sin” es una
pieza que se te queda grabada desde el primer instante, gracias a la irrupción
del afilado riff de Jake y a la perfecta combinación de melodía y oscuridad que
despliega toda la banda. Ozzy se mueve con total naturalidad, cargando contra
la corrupción y el abuso de poder mediante una interpretación intensa. El solo
de Lee, exquisito, remata el conjunto demostrando no solo técnica, sino también
un gusto sobresaliente por la construcción melódica.
Más
allá del apartado estrictamente musical, “The Ultimate Sin” también es
recordada por su curioso videoclip, en el que Ozzy —quien reconoce en sus
memorias no recordar en absoluto haber participado en su grabación (viendo el
resultado, cuesta dudarlo)— parodia la popular serie estadounidense Dallas,
encapsulando a la perfección el espíritu excesivo y visualmente recargado de
los años 80.
A
continuación, encontramos la infravalorada “Secret Loser”, un corte rápido y
con un groove muy marcado que desemboca en un estribillo pegadizo y coral,
tremendamente contagioso. Conviene destacar nuevamente a Jake E. Lee, no solo
por el gran solo que ejecuta a mitad del tema, sino por la cantidad de detalles
melódicos que introduce en los versos para arropar a un Ozzy especialmente
inspirado al micrófono.
La
influencia de las tendencias sonoras de los ochenta se hace más evidente en
“Never Know Why”. Aquí el grupo adopta un enfoque más accesible, coqueteando
con lo radiofónico sin perder del todo su identidad. Es un tema directo, bien
estructurado y efectivo, aunque no alcanza el nivel de espectacularidad de
otros cortes del disco.
El
listón vuelve a elevarse con la irónica “Thank God for the Bomb”, una crítica
al armamento nuclear y a la carrera armamentística. Se trata de un número
dinámico y ácido, con interesantes variaciones rítmicas y detalles melódicos en
los versos, aunque en esta ocasión Ozzy acapara gran parte del protagonismo con
una interpretación especialmente teatral.
Otra
pequeña joya infravalorada es “Never”, una composición que sorprende desde su
potente y veloz riff inicial, cortesía de Jake, para luego transformarse en un
medio tiempo donde la sección rítmica adquiere un papel clave, aportando
solidez y músculo a una pieza que merece mucha más atención.
Uno
de los singles más destacados del álbum es “Lightning Strikes”. Construida
sobre un riff contundente y pegadizo, la banda da forma a un tema accesible,
especialmente en su estribillo, cargado de actitud y beneficiado por la pulida
producción de Ron Nevison.
El
momento más emocional del disco llega con “Killer of Giants”, una pieza oscura
y atmosférica que aborda, de forma desgarradora, los horrores de la guerra
desde la perspectiva de un soldado. Los arreglos de teclado y los arpegios de
Jake crean una base profundamente emotiva sobre la que Ozzy ofrece una
interpretación muy sentida. Resulta imposible no mencionar el épico crescendo
final, enriquecido con múltiples arreglos orquestales que elevan aún más la
intensidad del tema.
Menos
destacable resulta “Fool Like You”, una composición más sencilla que bebe del
hard rock de la época. Tiene gancho, sí, pero queda algo deslucida en
comparación con otros momentos más inspirados del álbum.
Y
así llegamos al cierre con “Shot in the Dark”, el gran clásico del disco y una
de las canciones más reconocibles de la carrera de Ozzy. Tanto el bajo
galopante como el riff inicial son ya icónicos, pero es la interpretación vocal
la que realmente brilla, combinando dramatismo con una fuerza desgarradora. Y,
por supuesto, ese estribillo —simplemente oro puro—. Una canción que encapsula
el sonido de los años 80 y que, pese a las controversias legales sobre su
autoría, ha perdurado como un imprescindible dentro del repertorio del
“Madman”.
CONCLUSIÓN
The
Ultimate Sin es uno de esos trabajos que merecen ser redescubiertos cada cierto
tiempo. Puede que no posea el aura mítica de otros discos de Ozzy, pero captura
como pocos el espíritu ochentero del artista, con todos sus excesos y su
aproximación a terrenos más comerciales. Además, resulta clave para entender su
evolución sonora en solitario, anticipando el enfoque más accesible que
desarrollaría poco después.
Aunque
el propio Ozzy lo criticara en numerosas ocasiones, da la sensación de que su
legión de seguidores ha sabido guardarle un lugar especial en el corazón.
Para mí, estamos ante una obra prácticamente sobresaliente del eterno “Madman”, a quien el metal jamás dejará de rendir homenaje.


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