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Ozzy Osbourne - The Ultimate Sin (1986)

Calificación:*****(8,5)

Ya han pasado más de seis meses desde que Ozzy Osbourne abandonó este mundo para convertirse en leyenda y, siendo honestos, su ausencia sigue doliendo como el primer día. Hoy, aprovechando el 40 aniversario de su lanzamiento, me parece el momento perfecto para reivindicar uno de sus trabajos más destacados en solitario, aunque con el paso del tiempo haya quedado algo relegado a un segundo plano.

Hablar del “Madman” durante los años 80 implica sumergirse en una auténtica montaña rusa de excesos, éxito desbordante y conflictos internos. The Ultimate Sin, publicado en 1986, ocupa un lugar peculiar dentro de su discografía: no alcanza el reconocimiento de Blizzard of Ozz, Bark at the Moon o No More Tears, pero representa una etapa fundamental tanto en lo artístico como en lo personal.

Este disco surge precisamente en ese contexto convulso, incorporando además un elemento esencial que a menudo pasa desapercibido al hablar de esta época: el impulso creativo de Jake E. Lee, principal responsable del altísimo nivel musical que alcanza el álbum.

Tras lo sucedido con Bark at the Moon (1983), donde Lee terminó profundamente descontento al sentirse privado de sus créditos de composición y derechos editoriales, el guitarrista tomó una determinación clara: no volvería a contribuir sin garantías contractuales. Exigió —y consiguió— un acuerdo que reconociera su autoría antes de implicarse en la creación del material.

El resultado fue decisivo. Cuando Ozzy regresó de un periodo de desintoxicación, se encontró con una base musical prácticamente desarrollada por Lee. Gran parte del armazón del disco ya estaba definido: riffs, estructuras y una dirección sonora bien trazada, a lo que se sumaban diversos bocetos de letras escritos por el denostado Bob Daisley, colaborador habitual que también mantuvo sonadas disputas con el “Madman” en torno a la autoría de varias composiciones. Si a esto añadimos el excelente trabajo del productor Ron Nevison, curtido gracias a sus colaboraciones con UFO o Heart, el resultado difícilmente podía fallar.

Así, The Ultimate Sin no solo refleja un momento de excesos y consolidación en la trayectoria de Ozzy, sino también un caso poco habitual en su discografía: uno de sus guitarristas contó con un control creativo real y reconocido desde el inicio. Y eso, de una forma u otra, se percibe claramente. Por supuesto, Ozzy aportó su sello personal, visible sobre todo en su inconfundible interpretación vocal, que se mantenía sorprendentemente fresca pese a sus conocidos problemas con las drogas y el alcohol.

Durante años, el propio Ozzy renegó de este trabajo. Sin embargo, con el tiempo, muchos seguidores lo han revalorizado como una joya ochentera, repleta de melodía, riffs memorables y ese equilibrio entre accesibilidad y oscuridad tan característico de su etapa en solitario.

¡Dentro música!

El álbum arranca con uno de sus cortes más icónicos. “The Ultimate Sin” es una pieza que se te queda grabada desde el primer instante, gracias a la irrupción del afilado riff de Jake y a la perfecta combinación de melodía y oscuridad que despliega toda la banda. Ozzy se mueve con total naturalidad, cargando contra la corrupción y el abuso de poder mediante una interpretación intensa. El solo de Lee, exquisito, remata el conjunto demostrando no solo técnica, sino también un gusto sobresaliente por la construcción melódica.

Más allá del apartado estrictamente musical, “The Ultimate Sin” también es recordada por su curioso videoclip, en el que Ozzy —quien reconoce en sus memorias no recordar en absoluto haber participado en su grabación (viendo el resultado, cuesta dudarlo)— parodia la popular serie estadounidense Dallas, encapsulando a la perfección el espíritu excesivo y visualmente recargado de los años 80.

A continuación, encontramos la infravalorada “Secret Loser”, un corte rápido y con un groove muy marcado que desemboca en un estribillo pegadizo y coral, tremendamente contagioso. Conviene destacar nuevamente a Jake E. Lee, no solo por el gran solo que ejecuta a mitad del tema, sino por la cantidad de detalles melódicos que introduce en los versos para arropar a un Ozzy especialmente inspirado al micrófono.

La influencia de las tendencias sonoras de los ochenta se hace más evidente en “Never Know Why”. Aquí el grupo adopta un enfoque más accesible, coqueteando con lo radiofónico sin perder del todo su identidad. Es un tema directo, bien estructurado y efectivo, aunque no alcanza el nivel de espectacularidad de otros cortes del disco.

El listón vuelve a elevarse con la irónica “Thank God for the Bomb”, una crítica al armamento nuclear y a la carrera armamentística. Se trata de un número dinámico y ácido, con interesantes variaciones rítmicas y detalles melódicos en los versos, aunque en esta ocasión Ozzy acapara gran parte del protagonismo con una interpretación especialmente teatral.

Otra pequeña joya infravalorada es “Never”, una composición que sorprende desde su potente y veloz riff inicial, cortesía de Jake, para luego transformarse en un medio tiempo donde la sección rítmica adquiere un papel clave, aportando solidez y músculo a una pieza que merece mucha más atención.

Uno de los singles más destacados del álbum es “Lightning Strikes”. Construida sobre un riff contundente y pegadizo, la banda da forma a un tema accesible, especialmente en su estribillo, cargado de actitud y beneficiado por la pulida producción de Ron Nevison.

El momento más emocional del disco llega con “Killer of Giants”, una pieza oscura y atmosférica que aborda, de forma desgarradora, los horrores de la guerra desde la perspectiva de un soldado. Los arreglos de teclado y los arpegios de Jake crean una base profundamente emotiva sobre la que Ozzy ofrece una interpretación muy sentida. Resulta imposible no mencionar el épico crescendo final, enriquecido con múltiples arreglos orquestales que elevan aún más la intensidad del tema.

Menos destacable resulta “Fool Like You”, una composición más sencilla que bebe del hard rock de la época. Tiene gancho, sí, pero queda algo deslucida en comparación con otros momentos más inspirados del álbum.

Y así llegamos al cierre con “Shot in the Dark”, el gran clásico del disco y una de las canciones más reconocibles de la carrera de Ozzy. Tanto el bajo galopante como el riff inicial son ya icónicos, pero es la interpretación vocal la que realmente brilla, combinando dramatismo con una fuerza desgarradora. Y, por supuesto, ese estribillo —simplemente oro puro—. Una canción que encapsula el sonido de los años 80 y que, pese a las controversias legales sobre su autoría, ha perdurado como un imprescindible dentro del repertorio del “Madman”.

CONCLUSIÓN

The Ultimate Sin es uno de esos trabajos que merecen ser redescubiertos cada cierto tiempo. Puede que no posea el aura mítica de otros discos de Ozzy, pero captura como pocos el espíritu ochentero del artista, con todos sus excesos y su aproximación a terrenos más comerciales. Además, resulta clave para entender su evolución sonora en solitario, anticipando el enfoque más accesible que desarrollaría poco después.

Aunque el propio Ozzy lo criticara en numerosas ocasiones, da la sensación de que su legión de seguidores ha sabido guardarle un lugar especial en el corazón.

Para mí, estamos ante una obra prácticamente sobresaliente del eterno “Madman”, a quien el metal jamás dejará de rendir homenaje. 

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