Turno de dar, por fin, un espacio a mis queridos Grand Funk Railroad en nuestro querido Blog (sigo sin saber cómo tardé tanto en hacerlo), y lo hago de la mano de su monumental “We’re an American Band” (1973), una obra que supuso un giro de 180 grados con respecto a su poderoso “Red Album” (otro día os hablaré de esta joyita infravalorada). En este trabajo apostaron por un sonido más definido y orientado a la radio, sin renunciar por completo al peso y la actitud que habían forjado hasta entonces.
Puede afirmarse que la necesidad del mercado estadounidense de alumbrar grupos capaces de emular o plantar cara al Hard-Rock británico de comienzos de los setenta fue determinante para que el trío formado por Mark Farner, Mel Schacher y Don Brewer se lanzara sin titubeos a encontrar el equilibrio ideal entre contundencia y accesibilidad. Así vio la luz “We’re An American Band”, su mayor éxito comercial y, muy probablemente, el disco más icónico de su trayectoria.
Conviene subrayar también el papel crucial de Todd Rundgren en la producción, logrando que, por primera vez, Grand Funk ofreciera un sonido verdaderamente pulido sin perder un ápice de energía. Esta evolución resulta especialmente perceptible en la instrumentación: la batería de Don Brewer gana presencia y los riffs de Farner suenan más nítidos y afilados.
¡Pasemos al análisis musical!
No había mejor carta de presentación para este celebérrimo álbum que la homónima “We’re an American Band”, himno definitivo del grupo y primer “número 1” del grupo en Billboard. Sencilla pero irresistible, se articula sobre un riff directo y un ritmo tremendamente contagioso, base perfecta para que Brewer firme una interpretación vocal más que notable. La guinda la pone Farner con un solo breve, aunque incisivo, que redondea el conjunto.
El pulso se modera ligeramente en la muy setentera “Stop Lookin’ Back”, corte en el que Brewer continúa al frente del micrófono y que brilla gracias a unos arreglos de hammond exquisitos. No es de las más populares, pero siempre me ha parecido uno de los momentos más inspirados del repertorio de la banda. Hard-Rock arenoso con sensibilidad melódica que conquista desde la primera escucha.
Con más de siete minutos de duración, “Creepin’” se erige como una de las composiciones más ambiciosas y sobresalientes del LP. Con su atmósfera envolvente y ligeramente inquietante, el grupo se aleja por momentos de las estructuras más inmediatas para sumergirnos en un despliegue de texturas más trabajadas y, en varios pasajes, cercanas a lo progresivo. Farner retoma el protagonismo vocal y ofrece una actuación muy destacable, alcanzando esas notas agudas tan gratificantes y dejando su sello con otro solo de aroma desértico que aporta complejidad a este auténtico highlight del álbum.
Palabras mayores para la funky “Black Licorice”, composición musculosa y callejera que inevitablemente me trae a la mente a Trapeze o a los Deep Purple en la etapa junto a Coverdale y Hughes. Su cadencia insistente y la energía cruda que desprende el cuarteto con cada instrumento resultan absolutamente adictivas. Brewer entrega aquí una de sus interpretaciones más completas como vocalista, desgañitándose en el estribillo con agudos afilados y desgarradores. Con este temazo alcanzamos el ecuador del disco de la mejor manera posible.
Retomamos el camino con la bluesera “The Railroad”, corte impregnado de ese aire polvoriento y viajero que conecta con la tradición más sureña. Destaco especialmente la fuerza de los coros que arropan a Farner en su extenso estribillo, aportando un tono más solemne, así como el monumental solo que el propio Mark desarrolla y prolonga durante varios minutos. Una pequeña obra maestra que merece ser degustada con calma por la enorme cantidad de matices que atesora.
El rock desenfadado vuelve a escena con la dinámica “Ain’t Got Nobody”, otra muestra de la evolución del grupo hacia terrenos más accesibles sin abandonar su esencia. Quizá, en comparación con el resto de cortes, pueda parecer un escalón por debajo, pero en absoluto estamos ante una canción menor.
El segundo gran bombazo del álbum fue, cómo no, “Walk Like a Man (You Can Call Me Your Man)”, un número de carácter más melódico cuyo estribillo poderoso resulta algo más accesible de lo habitual. En él, Farner aporta desde un segundo plano unas líneas de guitarra vibrantes, mientras Brewer conquista al respetable con una interpretación vocal rebosante de fuerza.
El cierre de la obra es tan curioso como casi conceptual. “Loneliest Rider” parece extraída de la BSO de un western y funciona a modo de epílogo cinematográfico. Lejos de optar por un final explosivo, la banda apuesta por un desenlace más atmosférico y elaborado, dejando una sensación distinta a la esperada.
CONCLUSIÓN
Si el “Red Album” representaba potencia en estado puro, “We’re an American Band” simboliza esa misma energía, pero refinada y adaptada a las exigencias del mercado. Para mí, es uno de los trabajos que mejor encapsulan el espíritu del rock estadounidense de comienzos de los 70: directo, orgulloso y sin complejos frente al altísimo nivel que habían alcanzado las formaciones británicas.
En definitiva, además de ser una de las obras más destacadas de la Grand Funk Railroad y la responsable de que empezaran a llenar estadios, “We’re An American Band” contribuyó decisivamente a definir qué significaba ser una banda de rock americana en la década de los 70.

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