Hay bandas que uno lleva siempre en el corazón y, sin embargo, por despiste o falta de tiempo, termina posponiendo el momento de escribir sobre ellas. En mi caso, “Kings of Metal” supone la primera reseña dedicada a Manowar en este blog, y difícilmente podría haber escogido otro trabajo. Si existe un álbum que concentra la esencia, la desmesura, la convicción y la mitología de la formación neoyorquina, es precisamente este.
Publicado
en 1988, en pleno apogeo del heavy metal clásico y del thrash más feroz, “Kings
of Metal” no trató de competir con las corrientes dominantes. No buscó sonar
actual ni amoldarse a las exigencias del mercado. Optó, más bien, por todo lo
contrario: reforzó su apuesta por un heavy metal épico, grandilocuente y
absolutamente seguro de sí mismo. Mientras otros contemporáneos pretendían
deslumbrar con alardes técnicos, Manowar proclamaba acero, honor, sangre y
fuego sin el más mínimo atisbo de ironía, algo que ya había quedado claro desde
su infravalorado debut, “Battle Hymns” (1982) y, por supuesto, en sus
mastodónticas dos obras de 1984, “The Sign Of The Hammer” y “Hail To England”.
A esas
alturas, el grupo ya había forjado una identidad inquebrantable. Con Joey
DeMaio como cerebro conceptual y motor rítmico, Eric Adams como uno de los
vocalistas más imponentes del género y una alineación compacta que entendía el
metal como una cruzada heroica, “Kings of Metal” se alza como una declaración
rotunda de intenciones.
En el
plano musical, el disco alterna riffs contundentes, estribillos concebidos para
ser coreados en grandes recintos, explosiones de velocidad y pasajes más
solemnes y narrativos. Puede pecar de excesivo por momentos, pero esa ausencia
total de medias tintas constituye también parte del encanto de estas leyendas.
El rugido
de un motor de motocicleta nos abre las puertas al salvajismo sonoro de “Wheels
of Fire”, un arranque vibrante con ciertos matices de power metal en su
percusión (eterno Scott Columbus), que nos devuelve a los Manowar más demoledores. Sobresaliente la
interpretación de Eric Adams, quien desde el primer segundo canta como si le
fuera la vida en ello, alcanzando agudos de primera categoría y apoyándose en
voces dobladas durante los versos, recurso que aporta un aire más teatral al
corte. La guinda la pone Ross The Boss con un solo de dimensiones épicas, en el
que parece desafiarse a sí mismo a cada compás.
Con el
oyente ya completamente entregado, llega el turno del célebre himno que da
título al álbum. “Kings of Metal” es tan sencilla como infalible. Sus tres
minutos y 43 segundos de coros épicos, una letra que reivindica la lealtad del
cuarteto al heavy metal y el poderoso solo de Ross bastaron para convertirla en
una de las canciones más queridas de toda su trayectoria.
“Heart of
Steel” ofrece un necesario respiro tras un comienzo tan electrizante. Esta
preciosa balada encierra el ADN de una banda que sabía cómo construir
composiciones de este calibre. Sustentada en un piano omnipresente y delicadas
orquestaciones, Eric Adams brilla con una interpretación sentida y honesta
capaz de conmover incluso a los corazones más fríos. Temazo indiscutible.
No se
quedan atrás las palabras mayores ante la breve exhibición de virtuosismo que
Joey DeMaio despliega a continuación con su adaptación acelerada de la clásica
"Flight of the Bumblebee", aquí titulada “Sting of the Bumblebee”,
que compuso a finales del S.XIX Rimsky-Korsakov. Es un corte breve, pero
imprescindible para comprender por qué Joey figura entre los grandes genios de
las cuatro cuerdas.
Tras el
torbellino del tema anterior, “The Crown and the Ring (Lament of the Kings)”
nos regala uno de los instantes más solemnes y singulares del conjunto. Con
arreglos corales y orquestales, la pieza se asemeja más a un canto ceremonial o
medieval que a una canción de heavy metal al uso. Como era de esperar, Eric
aprovecha el contexto para volver a lucirse, firmando una interpretación
exquisita y cargada de autoridad.
Puede que
“Kingdom Come” resulte menos pomposa o impactante que otras composiciones del
disco, pero admito que fue de las primeras que me conquistaron cuando era un
chaval. Su estructura y su estribillo pegadizo la convierten en una propuesta
más accesible y con cierto aire radiofónico (como “United” de Judas Priest),
aunque sin renunciar al pulso marcial que vertebra todo el álbum.
Algo más
de cinco minutos dan forma a la compleja telaraña sonora titulada “Pleasure
Slave”. Nos encontramos ante un corte denso, con escasas variaciones
estructurales, pero engrandecido por la interpretación gloriosa de Ross The
Boss a la guitarra, quien, además de ejecutar un veloz solo en su segunda
mitad, sobresale aquí gracias al riff serpenteante que articula la composición.
Y llegamos
a mi adorada “Hail and Kill”, probablemente la pieza más rápida y agresiva que
firmó el grupo a lo largo de su carrera, además de otro clásico incontestable.
Los primeros versos presentan un enfoque melódico con cierto aroma baladístico,
pero pronto todo se transforma y desemboca en un número áspero y combativo,
concebido para alzar puños al cielo mientras se entona su estribillo épico.
Heavy Metal en estado puro.
Nos
aproximamos al desenlace con el peculiar interludio “The Warrior’s Prayer”, una
narración épica sobre guerreros a cargo de Arthur Pendragon Wilshire en la que
se emplea una abundante gama de efectos sonoros para reforzar el relato. Esta
pieza actúa como antesala del cierre definitivo: “Blood of the Kings”. La banda
se despide con más de siete minutos repletos de cambios rítmicos constantes,
dejando espacio tanto para la velocidad como para la solemnidad y el
dramatismo. Eric Adams entrega aquí una de mis interpretaciones predilectas,
rozando la gloria en cada agudo. Ross The Boss se despide con el último solo de
su etapa junto a Manowar, exhibiendo una técnica única y personalísima que
ningún guitarrista posterior lograría igualar. Amor eterno por ese outro
instrumental con el que la banda parece resistirse a dar por concluida la obra.
CONCLUSIÓN
“Kings of
Metal” es un trabajo que no admite análisis desde la ironía. Solo funciona si
se asume el universo interno del grupo (el “lore” como dicen los modernos), su
estética desmesurada y su compromiso total con el heavy metal entendido como
forma de vida. Lejos de lo que algunos puedan pensar, Manowar no compone música
“sobre” el metal, sino “desde” el metal.
En
términos técnicos, puede parecer una propuesta más sencilla frente a otras
obras más ambiciosas y complejas de la época (recordemos que ese mismo año vio
la luz el mismísimo “Seventh Son Of A Seventh Son de Iron Maiden), pero su
verdadera fortaleza radica en la intensidad interpretativa —especialmente la de
Eric Adams— y en la honestidad inquebrantable de su mensaje.


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