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Airbourne - Airbourne (2026)

Calificación:***** (7,8)

Casi veinte años han pasado desde que “Runnin' Wild” cayó en mis manos y convirtió a Airbourne en una de esas bandas que uno termina asociando inevitablemente a una determinada etapa de su vida. Por aquel entonces eran presentados poco menos que como los herederos de AC/DC, una etiqueta tan cómoda como difícil de soportar cuando tienes que construir una carrera propia después de semejante comparación. Sin embargo, Joel O'Keeffe y compañía han conseguido llegar hasta aquí sin renunciar prácticamente a ninguno de los ingredientes que los hicieron reconocibles desde el principio. Seis discos después, siguen defendiendo el hard rock más directo, físico y descaradamente rockero con una fidelidad que, lejos de resultar preocupante, termina siendo parte fundamental de su encanto. Y sí, probablemente Airbourne hayan escrito varias veces la misma canción con distinto nombre, pero mientras esa fórmula siga funcionando, cuesta encontrar motivos para pedirles que cambien.

Siete años después de “Boneshaker” (¡cómo pasa el tiempo!), los australianos regresan con un sexto trabajo de estudio que lleva, precisamente, el nombre de la banda. “Airbourne” parece casi una declaración de intenciones: aquí están otra vez las guitarras afiladas, los riffs deudores de la escuela australiana, las baterías contundentes, la voz rota de Joel O'Keeffe y esos estribillos construidos para ser coreados frente a miles de personas. La diferencia es que el tiempo y el presupuesto han permitido que todo suene más grande. Grabado en Music Farm Studio y pasando por la legendaria consola Neve de Alberts Studios, asociada a las primeras grabaciones de AC/DC, el álbum consigue una producción poderosa y cálida que no necesita esconder su naturaleza analógica para sonar actual. Brian Howes y Mike Fraser terminan de poner en su sitio un arsenal que, cuando funciona, parece diseñado para derribar paredes.

La inicial “Gutsy”, single que llegó a nuestros oídos hace más de un año, es precisamente la manera perfecta de comprobar que todo sigue sonando como nos gusta. Desde las primeras de cambio, y apoyándose en un amenazante riff principal, el cuarteto entra al disco pisando el acelerador. No hay intención de engañar a nadie y tampoco hace falta. Es una presentación tan directa como efectiva que les ha funcionado de maravilla en la gira que han realizado este verano, siendo empleada como tema de inicio en cada show.

Seguimos sumando temazos de la mano de otra vieja conocida como “Alive After Death (Last Plane Out)”, una pieza sucia y con un puente-estribillo impecable que crece con cada nueva escucha. Un single tan efectivo en directo como en estudio que se ha ganado por derecho propio la condecoración de “clásico instantáneo”.

Ya les digo que, como en casi todos los álbumes de Airbourne, siempre hay un par de temas que me llaman menos la atención. “Here She Comes”, otro single de este trabajo, suena radiofónico, pero su ritmo a medio gas, aunque ligeramente novedoso por sus melodías, me resulta menos dinámico de lo que me gusta encontrar en un lanzamiento de los australianos. Menos mal que “Kid In A Candy Store” devuelve inmediatamente al cuarteto a su territorio más gamberro y descarado, con ese hard rock sucio y callejero que tan buenos resultados le ha dado a lo largo de las décadas.

Reconozco que soy muy fan de los temas con groove vacilón y ligeramente sleazy como el que encontramos en “Sky High”, una pieza que encuentra en su propia simpleza un aliado maravilloso. Estribillo coral con el ADN de AC/DC desparramado por todos lados. Por su parte, “Who Put The Rhythm In You?” sorprende en sus primeros compases con un tono más reposado y melódico, pero pronto termina desembocando en una composición más sólida y reconocible que engancha desde las primeras de cambio.

Superamos la primera mitad del LP con una correcta “Christmas Bonus” que, sin ser demasiado llamativa en el plano musical, tiene una letra gamberra digna de un grupo incapaz de tomarse demasiado en serio. Justo después, “Last Man Standing” recupera el espíritu de resistencia de los australianos con una introducción épica de las que electrocutan tu médula espinal, hasta terminar derivando en una pieza guitarrera de ritmo medio que irá ganando enteros con cada nueva escucha. Una canción que me ha evocado a sus dos primeras obras y que tiene madera de himno, al igual que la posterior “Rock 'N' Roll Ya”, una composición que juega todavía más descaradamente con esa vocación de hit que en directo promete sembrar el caos.

Desde que escuchas el riff amenazante con el que abre “Bogotá”, sabes que Airbourne tiene entre manos algo especial. Tema crudo sobre la vida en la carretera, con una musicalidad que destila autenticidad por todos lados y que queda coronada por un estribillo especialmente hiriente que, combinado con el riff constante de Joel, termina convirtiéndose, en mi opinión, en uno de los grandes highlights del LP.

La recta final del álbum no puede ser más festiva. Primeramente nos topamos con “Hell’s Got No Vacancy”, una canción cuyo riff principal suena como un hijo lejano de “Big Gun” de AC/DC, aunque con el paso de los segundos termine convirtiéndose en un tema cien por cien Airbourne. Todo acaba con “Send Me To Rock 'N' Roll Heaven”, una canción que reivindica a algunos de los grandes nombres de la historia del rock, como su amigo Lemmy, Bon Scott o John Bonham, con una letra facilona, pero en la que se percibe un cariño profundo hacia sus héroes. Una última pieza de lo más disfrutable para cerrar el disco por todo lo alto.

CONCLUSIÓN

Y ahí está precisamente el mayor mérito de Airbourne. Después de tantos años sería absurdo esperar que estos cuatro músicos despertasen una mañana con la necesidad de convertirse en una banda completamente diferente. Su evolución no está en cambiar de estilo, una idea practicada con mucha dignidad por AC/DC o Motörhead, sino en conseguir que su estilo suene cada vez mejor. El disco es más grande, más contundente y está mejor producido que buena parte de sus trabajos anteriores, pero sigue siendo reconocible desde el primer acorde. No hay sintetizadores salvadores, experimentos destinados a demostrar madurez ni intentos desesperados de adaptarse a lo que actualmente se supone que debe ser el rock. Airbourne sigue sonando a Airbourne… y, sinceramente, que sigan así durante muchos años.

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