Casi veinte años han pasado desde que “Runnin' Wild” cayó en mis manos y convirtió a Airbourne en una de esas bandas que uno termina asociando inevitablemente a una determinada etapa de su vida. Por aquel entonces eran presentados poco menos que como los herederos de AC/DC, una etiqueta tan cómoda como difícil de soportar cuando tienes que construir una carrera propia después de semejante comparación. Sin embargo, Joel O'Keeffe y compañía han conseguido llegar hasta aquí sin renunciar prácticamente a ninguno de los ingredientes que los hicieron reconocibles desde el principio. Seis discos después, siguen defendiendo el hard rock más directo, físico y descaradamente rockero con una fidelidad que, lejos de resultar preocupante, termina siendo parte fundamental de su encanto. Y sí, probablemente Airbourne hayan escrito varias veces la misma canción con distinto nombre, pero mientras esa fórmula siga funcionando, cuesta encontrar motivos para pedirles que cambien.
Siete años
después de “Boneshaker” (¡cómo pasa el tiempo!), los australianos regresan con
un sexto trabajo de estudio que lleva, precisamente, el nombre de la banda.
“Airbourne” parece casi una declaración de intenciones: aquí están otra vez las
guitarras afiladas, los riffs deudores de la escuela australiana, las baterías
contundentes, la voz rota de Joel O'Keeffe y esos estribillos construidos para
ser coreados frente a miles de personas. La diferencia es que el tiempo y el
presupuesto han permitido que todo suene más grande. Grabado en Music Farm
Studio y pasando por la legendaria consola Neve de Alberts Studios, asociada a
las primeras grabaciones de AC/DC, el álbum consigue una producción poderosa y
cálida que no necesita esconder su naturaleza analógica para sonar actual.
Brian Howes y Mike Fraser terminan de poner en su sitio un arsenal que, cuando
funciona, parece diseñado para derribar paredes.
La inicial
“Gutsy”, single que llegó a nuestros oídos hace más de un año, es precisamente
la manera perfecta de comprobar que todo sigue sonando como nos gusta. Desde
las primeras de cambio, y apoyándose en un amenazante riff principal, el
cuarteto entra al disco pisando el acelerador. No hay intención de engañar a
nadie y tampoco hace falta. Es una presentación tan directa como efectiva que
les ha funcionado de maravilla en la gira que han realizado este verano, siendo
empleada como tema de inicio en cada show.
Seguimos
sumando temazos de la mano de otra vieja conocida como “Alive After Death (Last
Plane Out)”, una pieza sucia y con un puente-estribillo impecable que crece con
cada nueva escucha. Un single tan efectivo en directo como en estudio que se ha
ganado por derecho propio la condecoración de “clásico instantáneo”.
Ya les
digo que, como en casi todos los álbumes de Airbourne, siempre hay un par de
temas que me llaman menos la atención. “Here She Comes”, otro single de este
trabajo, suena radiofónico, pero su ritmo a medio gas, aunque ligeramente
novedoso por sus melodías, me resulta menos dinámico de lo que me gusta
encontrar en un lanzamiento de los australianos. Menos mal que “Kid In A Candy
Store” devuelve inmediatamente al cuarteto a su territorio más gamberro y
descarado, con ese hard rock sucio y callejero que tan buenos resultados le ha
dado a lo largo de las décadas.
Reconozco
que soy muy fan de los temas con groove vacilón y ligeramente sleazy como el
que encontramos en “Sky High”, una pieza que encuentra en su propia simpleza un
aliado maravilloso. Estribillo coral con el ADN de AC/DC desparramado por todos
lados. Por su parte, “Who Put The Rhythm In You?” sorprende en sus primeros
compases con un tono más reposado y melódico, pero pronto termina desembocando
en una composición más sólida y reconocible que engancha desde las primeras de
cambio.
Superamos
la primera mitad del LP con una correcta “Christmas Bonus” que, sin ser
demasiado llamativa en el plano musical, tiene una letra gamberra digna de un
grupo incapaz de tomarse demasiado en serio. Justo después, “Last Man Standing”
recupera el espíritu de resistencia de los australianos con una introducción
épica de las que electrocutan tu médula espinal, hasta terminar derivando en
una pieza guitarrera de ritmo medio que irá ganando enteros con cada nueva
escucha. Una canción que me ha evocado a sus dos primeras obras y que tiene
madera de himno, al igual que la posterior “Rock 'N' Roll Ya”, una composición
que juega todavía más descaradamente con esa vocación de hit que en directo
promete sembrar el caos.
Desde que
escuchas el riff amenazante con el que abre “Bogotá”, sabes que Airbourne tiene
entre manos algo especial. Tema crudo sobre la vida en la carretera, con una
musicalidad que destila autenticidad por todos lados y que queda coronada por
un estribillo especialmente hiriente que, combinado con el riff constante de
Joel, termina convirtiéndose, en mi opinión, en uno de los grandes highlights
del LP.
La recta
final del álbum no puede ser más festiva. Primeramente nos topamos con “Hell’s
Got No Vacancy”, una canción cuyo riff principal suena como un hijo lejano de
“Big Gun” de AC/DC, aunque con el paso de los segundos termine convirtiéndose
en un tema cien por cien Airbourne. Todo acaba con “Send Me To Rock 'N' Roll
Heaven”, una canción que reivindica a algunos de los grandes nombres de la
historia del rock, como su amigo Lemmy, Bon Scott o John Bonham, con una letra
facilona, pero en la que se percibe un cariño profundo hacia sus héroes. Una
última pieza de lo más disfrutable para cerrar el disco por todo lo alto.
CONCLUSIÓN
Y ahí está
precisamente el mayor mérito de Airbourne. Después de tantos años sería absurdo
esperar que estos cuatro músicos despertasen una mañana con la necesidad de
convertirse en una banda completamente diferente. Su evolución no está en
cambiar de estilo, una idea practicada con mucha dignidad por AC/DC o
Motörhead, sino en conseguir que su estilo suene cada vez mejor. El disco es
más grande, más contundente y está mejor producido que buena parte de sus
trabajos anteriores, pero sigue siendo reconocible desde el primer acorde. No
hay sintetizadores salvadores, experimentos destinados a demostrar madurez ni
intentos desesperados de adaptarse a lo que actualmente se supone que debe ser
el rock. Airbourne sigue sonando a Airbourne… y, sinceramente, que sigan así
durante muchos años.

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