El 25 de agosto de 1976 llegaba a las tiendas un debut que estaba llamado a hacer historia. Sin adornos, sin subtítulos, sin necesidad de buscar una identidad en una portada o en un concepto grandilocuente, unos jóvenes Boston lanzaban su primer álbum homónimo que, con ocho canciones y poco más de treinta y siete minutos de música, fue más que suficiente para transformar para siempre la manera de entender el rock melódico.
Lo curioso es que Boston no llegó desde la lógica habitual de una banda que había pasado años recorriendo escenarios hasta encontrar su sonido. Detrás de aquel nombre estaba fundamentalmente Tom Scholz, un músico con formación en ingeniería que había comenzado a construir sus propias maquetas mientras trabajaba en Polaroid. En el sótano de su apartamento, junto a Brad Delp, fue dando forma durante años a unas canciones que las compañías discográficas rechazaban una y otra vez. Cuando Epic finalmente se interesó por aquellas grabaciones, Scholz ya sabía perfectamente cómo quería que sonaran. Tanto, que buena parte del disco terminó siendo registrada en su propio estudio casero de Massachusetts, pese a que la discográfica pretendía trasladar la producción a Los Ángeles.
50 años después, lo que sorprende no es únicamente la calidad de las canciones, sino la seguridad con la que está construido todo el conjunto. No parece el primer intento de una banda por encontrar su personalidad. Más bien da la impresión de ser el resultado final de alguien que llevaba años persiguiendo exactamente ese sonido. Las guitarras aparecen superpuestas con una precisión casi quirúrgica, las armonías vocales engrandecen cada estribillo, los teclados aportan profundidad y los cambios de dinámica están pensados para que cada composición tenga su propio recorrido. Scholz tocó prácticamente todos los instrumentos en buena parte de las grabaciones, mientras Brad Delp se encargaba de poner voz a unas melodías que necesitaban precisamente a un cantante capaz de moverse entre la delicadeza y unos agudos absolutamente descomunales.
Visualmente, Boston también consiguió convertirse en un icono desde el primer vistazo. La portada, diseñada por Roger Huyssen, presenta una gigantesca nave espacial con forma de guitarra invertida escapando de un planeta que parece estar a punto de desaparecer, acompañada por otras naves similares que se pierden en la inmensidad del espacio. Y ese detalle tiene más importancia de la que puede parecer a simple vista: esas supuestas naves espaciales son, en realidad, guitarras invertidas. Una idea tan sencilla como genial que terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la historia del rock. La imagen por sí sola es historia del género.
¿Cómo empiezas el análisis musical de un álbum cuyo primer tema es “More Than A Feeling”? Este archiconocido e inmortal hit cuenta con un buen puñado de elementos reconocibles, desde su riff principal hasta las melodías de sus versos o ese glorioso estribillo. Las guitarras acústicas transmiten una sencillez engañosa que pronto termina fundiéndose en un breve punteo de Scholz antes del ya mencionado chorus, que seguirá sonando moderno y pegadizo aunque pasen 100 años.
Pero reducir el debut de Boston a “More Than a Feeling” sería tremendamente injusto. Y es que la siguiente “Peace of Mind” es una de las mejores canciones que esconde el enorme catálogo de este grupo. Gracias a un riff que combina pistas acústicas y eléctricas, la composición alterna entre secciones contundentes y otras luminosas que alcanzan su cénit en un puente-estribillo impresionante. La ejecución vocal de Delp, apoyándose en unos coros gloriosos, es de un nivel indescriptible, alcanzando agudos realmente complejos. Líricamente, la canción habla sobre la necesidad de encontrar tranquilidad frente a la obsesión por el éxito que existe en el mercado discográfico.
Como podremos comprobar a continuación, el nivel no baja en ningún momento. “Foreplay/Long Time” demuestra que Scholz tampoco tenía intención de renunciar a su faceta más experimental. Esta composición de más de siete minutos de extensión se divide en dos partes bien diferenciadas. Por un lado tenemos “Foreplay”, un instrumental dinámico construido a partir de teclados, órgano y guitarras deudor de los mejores Yes, que va creciendo lentamente hasta desembocar en “Long Time”, una segunda pieza cimentada sobre un riff sólido que combina melodía, velocidad y un estribillo gigantesco. Todo ello demuestra que Scholz podía combinar complejidad y accesibilidad sin que ninguna de las dos terminara perjudicando a la otra, por no hablar del extenso y muy acertado solo que se marca cerca del final. Probablemente, esta sea la pieza más ambiciosa y lograda de todo el disco.
Con la festiva “Rock & Roll Band” aparece una cara algo más autobiográfica en el plano lírico. Es una canción sobre las dificultades de una banda que intenta abrirse camino, sobre tocar en pequeños locales y perseguir un sueño que parece demasiado grande para las circunstancias que lo rodean. Resulta especialmente curiosa dentro de este disco porque Boston estaba a punto de dejar atrás precisamente ese mundo. El grupo que cuenta sus miserias como banda de bar estaba a punto de convertirse en una de las formaciones más importantes del rock estadounidense. Temazo coronado por uno de mis estribillos predilectos de Boston.
Y cuando piensas que el disco no puede seguir enamorándote, la banda se saca de la chistera otro clásico como “Smokin’”, una muestra clara de que Boston no era solamente sofisticación y melodía. Este hit eterno, que ha sido versionado por tantas bandas a lo largo de las décadas —permítanme recomendar el cover de Anthrax—, es una exhibición de blues, boogie y órgano, con una actitud mucho más directa de la que nos acostumbraría el grupo. Frente a la complejidad de “Foreplay/Long Time”, la formación firma una descarga de adrenalina sin piedad alguna.
El disco experimenta un giro de 180 grados con “Hitch a Ride” y su belleza casi hipnótica. La guitarra acústica y los teclados crean una atmósfera melancólica en sus primeros segundos antes de que la canción vaya creciendo progresivamente en términos de contundencia. Un corte muy elegante, con voces corales de primer nivel y unas guitarras sofisticadas.
Aunque no tenga la misma fama que otros títulos del álbum, “Something About You” cumple perfectamente su función y mantiene el nivel sonoro general. Sus melodías inmediatas, apoyadas en un hard rock melódico y directo que enamora desde la primera escucha, la convierten en un diamante escondido de Boston, una de esas canciones que quizá no aparezcan siempre entre las primeras referencias cuando se habla del grupo, pero que ayudan a comprender la extraordinaria capacidad compositiva que había detrás de este debut.
La final “Let Me Take You Home Tonight” permite que Brad Delp vuelva a mostrar una faceta diferente. La canción es más reposada, más cercana a una balada tradicional, y sirve como despedida perfecta después del despliegue de guitarras que hemos atravesado. Además, ayuda a recordar que Boston nunca fue únicamente una banda de riffs, sino que poseían una sensibilidad melódica extraordinaria.
CONCLUSIÓN
Boston no inventó el hard rock con su debut. Tampoco inventó las armonías vocales, los solos de guitarra o los grandes estribillos. Lo que hizo Tom Scholz fue juntar todos esos elementos con una precisión envidiable y llevarlos a una dimensión completamente nueva. Su sonido tenía potencia, pero también limpieza. Tenía virtuosismo, pero nunca parecía una demostración gratuita. Tenía canciones diseñadas para sonar enormes, pero conservaba una sensibilidad pop que hacía que pudieran entrar inmediatamente en la cabeza del oyente. Estamos, por ende, ante una obra clave en el desarrollo del AOR y del llamado rock de estadio que se desarrollaría durante los años posteriores.
Frente a los intereses de Epic de que Scholz regrabara en estudios profesionales todo el disco, este genio demostró que sus maquetas ya contenían el sonido ideal para conquistar el mundo. Un álbum que conquistó el mundo desde el sótano en el que fue grabado. Una paradoja maravillosa.
Medio siglo después de su publicación, “Boston” continúa teniendo esa capacidad casi inmediata de provocar una reacción tanto en quien lo escucha por primera vez como en quien lleva años —o décadas— paladeando sus ocho composiciones. Y quizá ahí resida una de las mayores virtudes de este debut: que cincuenta años después sigue sonando como un disco enorme, ambicioso y reconocible desde el primer acorde, pero nunca como una pieza atrapada en la época en la que nació.

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