Confieso que escribir sobre un nuevo disco de los Rolling Stones nunca me resulta una tarea sencilla. En primer lugar, por la magnitud del acontecimiento que supone en sí mismo: no todos los días tenemos entre manos un álbum firmado por una de las bandas más grandes, influyentes y revolucionarias de la historia de la música popular.
Hay
grupos con los que uno puede mantener una distancia razonable, valorar cada
canción con la cabeza fría y analizar el conjunto desde una objetividad ajena a
cualquier tipo de admiración. Con los Stones, sencillamente, soy incapaz de
hacerlo.
Estamos
hablando de una de las bandas que más ha marcado mi vida como aficionado. Han
puesto banda sonora a distintas etapas de mi existencia y, todavía hoy, siguen
despertando en mí la ilusión de poder quitarme la espina de no haberlos visto
nunca en directo. Por eso, como tantos otros seguidores, llevo décadas
esperando cada nuevo lanzamiento con la misma ilusión con la que un niño se
acuesta la noche del 5 de enero. Así que sí, probablemente nunca consiga ser
completamente imparcial cuando se trata de Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie
Wood (¡cómo echo de menos a Charlie Watts!). Pero también pienso que esa misma
pasión ayuda a comprender mejor lo que significa que una banda como los Rolling
Stones publique un nuevo álbum de estudio en pleno 2026.
Porque
hablamos de un grupo que ya no tiene absolutamente nada que demostrar. Su lugar
en la historia quedó asegurado hace muchísimas décadas. "Beggars
Banquet", "Let It Bleed", "Sticky Fingers",
"Exile On Main St.", "Some Girls" o "Tattoo You"
bastarían por sí solos para justificar una trayectoria inmortal. Sin embargo,
lejos de acomodarse en la nostalgia o limitarse a vivir de interminables giras
de grandes éxitos, los Stones parecen haber encontrado una auténtica segunda
juventud creativa.
"Hackney
Diamonds" ya supuso una gratísima sorpresa. No fue únicamente el esperado
regreso tras dieciocho años sin publicar material inédito, sino también un
disco vibrante, fresco y lleno de inspiración que terminó colándose, con todo
merecimiento, en buena parte de las listas de mejores álbumes de 2023. Muchos
pensamos entonces que sería el broche perfecto para una carrera irrepetible.
Sin embargo, "Foreign Tongues" deja claro que aquella inspiración
estaba muy lejos de ser un simple golpe de fortuna.
Andrew
Watt, con quien sigo manteniendo una relación de amor y odio por ese acabado
algo artificial que, en ocasiones, termina impregnando los discos en los que
participa (véase el último trabajo de McCartney), repite como productor en una
obra que vuelve a sonar moderna, poderosa y contundente. Sin embargo, antes
incluso de entrar a desgranar las canciones, hay un aspecto que merece ser
destacado por encima de todo: la asombrosa naturalidad con la que el grupo
consigue recorrer prácticamente toda su trayectoria en apenas catorce temas.
Blues, rock and roll, country, soul, funk, destellos de música disco, enormes
baladas e incluso pinceladas de punk conviven aquí con absoluta naturalidad,
sin caer en ningún momento en la nostalgia fácil o el simple ejercicio de
autoparodia.
Y
luego está Mick Jagger. Ese extraterrestre que nunca deja de sorprenderme.
Superados ya los ochenta años, continúa cantando con una autoridad
sencillamente insultante. Evidentemente ya no posee la agresividad vocal de
comienzos de los años setenta, pero lo ha compensado con creces ganando en
interpretación, matices y personalidad. Su voz sigue siendo el elemento que
convierte cualquier composición en algo inequívocamente stone.
Keith
Richards, por su parte, continúa demostrando que basta un solo acorde para
reconocer inmediatamente quién está al otro lado de la guitarra. Nunca ha
necesitado velocidad ni virtuosismo. Le basta exactamente aquello que siempre
ha definido su forma de tocar: swing, suciedad, elegancia y un sentido del
ritmo absolutamente inimitable que ningún otro guitarrista ha conseguido
reproducir.
Y
Ronnie Wood atraviesa, probablemente, uno de los mejores momentos de toda su
larguísima etapa dentro del grupo. Hacía mucho tiempo que no percibía su
personalidad tan presente en un disco de estudio de los Stones.
Mención
aparte merece el apartado visual del álbum. La portada de "Foreign
Tongues" puede resultar chocante en un primer vistazo —no fueron pocos los
que se apresuraron a calificarla como una de las peores de la historia del
grupo—, pero cuanto más tiempo pasas junto al disco, más sentido parece
adquirir. Su estética colorista, provocadora y deliberadamente excesiva encaja
a la perfección con ese espíritu irreverente que los Stones llevan cultivando
desde hace más de seis décadas. Todo el diseño gráfico mantiene ese delicado
equilibrio entre tradición y modernidad que también define a las canciones,
demostrando que incluso en el apartado artístico el grupo sigue cuidando hasta
el último detalle. Una ilustración que representa a la perfección a una banda que
jamás ha obedecido las normas establecidas.
No
podía existir una carta de presentación mejor que "Rough And
Twisted", el tema que la banda adelantó el pasado mes de abril bajo el
pseudónimo de The Cockroaches y que engancha desde sus primeros compases
gracias a ese aroma inconfundible a blues embarrado y rock and roll callejero
que siempre ha definido su sonido. En cuestión de segundos, Keith dispara uno
de esos riffs aparentemente sencillos que únicamente él sabe construir,
mientras Ronnie Wood juega con el slide para levantar una base perfecta sobre
la que Mick Jagger —armónica en mano durante algunos pasajes de la canción—
vuelve a enamorar con una interpretación completamente a la altura de su
leyenda. No. No te sientas raro si al escucharla tienes la sensación de haberte
equivocado de disco y haber puesto "Exile On Main St.", "Sticky
Fingers" o "Blue & Lonesome". Esto es, simple y llanamente,
Rolling Stones en estado puro.
El
viaje continúa con la ya conocida "In The Stars", una composición que
combina el clasicismo guitarrero del grupo con la rabia callejera que Jagger
imprime a los versos, antes de desembocar en un estribillo más cercano a la
vertiente moderna y mainstream de la banda. Aunque esa nunca haya sido mi
faceta favorita de los británicos, debo reconocer que aquí funciona francamente
bien. Tiene madera de clásico moderno, aunque, como siempre, será el paso del
tiempo quien termine dictando sentencia.
¿Quién
no se sorprendió al escuchar a Jagger atacando un falsete con semejante
frescura? "Jealous Lover" supone una de las grandes sorpresas del
álbum, con descarados guiños al soul sofisticado de "Emotional
Rescue". Las guitarras de Keith y Ronnie van tejiendo una línea tan
elegante como contenida que, unida a las magníficas aportaciones al teclado de
Steve Winwood, termina construyendo una atmósfera realmente envolvente.
Para
mí, uno de los grandes highlights del disco es, sin ninguna duda, "Mr.
Charm", un tema que recupera el lado más descarado de la banda a través de
un rock musculoso, rebosante de groove, en el que Jagger firma una
interpretación absolutamente gloriosa mientras Keith y Ronnie parecen
divertirse como niños tras sus guitarras. Pero también conviene poner en valor
el extraordinario trabajo de los "otros Stones": Steve Jordan y
Darryl Jones. Ambos conforman una base rítmica que funciona con la precisión de
un reloj suizo y aporta una solidez fundamental al conjunto.
"Divine
Intervention" es, probablemente, la canción más explosiva del álbum.
Recupera la energía de "Some Girls" o de temas ochenteros como
"Sad, Sad, Sad", aunque pasada por una producción contemporánea que
se deja notar especialmente en un estribillo de enorme pegada (¡Mick sigue
alcanzando notas altísimas!). Si los británicos deciden embarcarse en una nueva
gira mundial, estoy convencido de que esta pieza tiene muchas papeletas para
hacerse un hueco en el repertorio.
Pocos
grupos británicos han sabido entender el country como lo han hecho los Rolling
Stones y "Ringing Hollow" vuelve a demostrarlo. Construida sobre unas
armonías de guitarra preciosas, unos omnipresentes arreglos de piano y unos
coros magníficos del maestro Keith Richards, la canción plantea una reflexión
sobre el progresivo declive del sueño americano sin caer en ningún momento en
el panfleto ni en los lugares comunes. Sinceramente, es una de esas piezas que
gana enteros con cada nueva escucha.
"Never Wanna Lose You" nos permite volver a disfrutar de esas arriesgadas incursiones de los Rolling Stones en los terrenos de la música disco, una fusión que ya exploraron con enorme acierto décadas atrás y que aquí vuelve a dar como resultado una canción tan natural como tremendamente pegadiza. Jagger se mueve en ella como pez en el agua, saboreando cada verso y cada estribillo con una solvencia admirable, mientras vuelve a sacarse de la manga un par de agudos que demuestran que aún conserva recursos vocales capaces de sorprender. Robert Smith, líder de The Cure, participa con algunos coros cuya presencia resulta bastante discreta, pero aporta un matiz interesante al conjunto. Otra de esas composiciones que imagino sin dificultad formando parte del repertorio de una futura gira.
¿Y
qué decir de la épica "Hit Me In The Head"? Rápida, agresiva y
deliciosamente sucia. Es imposible escucharla sin que venga a la cabeza el
espíritu más salvaje de finales de los años setenta. La instrumentación es
sencillamente formidable y cuenta, además, con un detalle histórico de enorme
valor sentimental: la batería que escuchamos pertenece a una de las últimas
grabaciones que Charlie Watts dejó registradas antes de su fallecimiento. Su
manera de tocar sigue siendo absolutamente inconfundible. Una vez más no queda
otra que rendirse ante el hipnotismo rebelde de un Jagger que suena desatado y
vuelve a recurrir a la armónica para rematar una interpretación cargada de
electricidad. Pura adrenalina.
Creo
que todos sentíamos una enorme curiosidad por descubrir cómo sonaría la versión
de "You Know I'm No Good", de Amy Winehouse, en manos de los Stones,
y lo cierto es que el resultado difícilmente podría haber sido más
satisfactorio. Porque hay algo que siempre ocurre cuando esta banda decide
versionar una canción ajena: termina apropiándose de ella por completo.
Respaldado por unas guitarras impecables, unos magníficos arreglos de viento
—armónica incluida— y una producción exquisita, Jagger canta con el poso que
únicamente otorgan los años, rindiendo así un precioso homenaje a una artista
irrepetible que nos dejó demasiado pronto y que, en más de una ocasión, tuvo el
privilegio de compartir escenario con los Rolling Stones.
Y,
como manda la tradición, llega el turno de Keith Richards. Siempre espero con
especial ilusión la canción que interpreta en cada nuevo álbum del grupo y, una
vez más, no decepciona. "Some Of Us" desprende una enorme carga
emocional y evoca inevitablemente algunas de las grandes baladas que los Stones
publicaron durante los años noventa. Con esa voz imperfecta que constituye
precisamente una de sus mayores virtudes, Keef continúa transmitiendo una
honestidad imposible de fabricar o fingir. Personalmente, incluso me parece
superior a "Tell Me Straight", incluida en el anterior LP. Una
pequeña joya escondida dentro de este "Foreign Tongues".
"Covered In You" podría calificarse como una secundaria de auténtico lujo. Es cierto que se sitúa un pequeño escalón por debajo de otras composiciones del álbum —especialmente porque su estribillo me parece algo menos inspirado—, pero su magnífico riff principal, los inspirados arreglos de armónica y la poderosa línea de bajo firmada por Sir Paul McCartney bastan para garantizar cuatro minutos de auténtico disfrute.
Algo
menos impacto me ha causado "Side Effects", uno de los cortes más
accesibles del disco y, probablemente, también uno de los menos destacados
dentro de un trabajo que mantiene un nivel realmente alto de principio a fin.
Sus melodías funcionan, el estribillo posee un indudable gancho y no desentona
en absoluto dentro del conjunto, pero, al menos en estas primeras escuchas, no
ha conseguido dejarme la misma huella que otras canciones del álbum.
Ya
en la recta final, Sus Satánicas Majestades ponen sobre la mesa "Back In
Your Life", un auténtico baladón sobre la pérdida de un amigo capaz de
tocar la fibra incluso al más frío de los rockeros. Son seis minutos
sencillamente exquisitos en los que prácticamente todo raya a un nivel
sobresaliente: la interpretación de Jagger, el breve pero profundamente emotivo
solo de Ronnie Wood, los coros y una instrumentación de enorme sensibilidad.
Una de las sorpresas más agradables de todo el disco.
Después
de recorrer prácticamente todos los colores y matices que conforman el universo
Stone, la banda decide despedirse regresando al origen de todo: el maestro
Chuck Berry. De una forma cruda, casi como si estuviéramos asistiendo a una
improvisada jam session, los británicos versionan "Beautiful
Delilah", uno de los temas que ya formaba parte de sus primeras
actuaciones allá por los años sesenta y que, más de seis décadas después,
continúa sonando con la misma fuerza y el mismo descaro de entonces.
CONCLUSIÓN
Resulta
realmente fascinante comprobar cómo una banda con más de seis décadas de
historia sigue siendo capaz de publicar un álbum del nivel de este
"Foreign Tongues". Y no porque sus integrantes hayan superado ya los
ochenta años, ni porque las expectativas fueran especialmente bajas. La
explicación es mucho más sencilla: estamos ante otro gran disco de los Rolling
Stones, una obra que tiene muy poco —o nada— que envidiar a "Hackney
Diamonds" y que confirma que la extraordinaria inspiración mostrada en
2023 no fue un episodio aislado.
Aunque
el repertorio incluya un par de cortes algo menos memorables, el conjunto
mantiene un nivel admirable de principio a fin. Estamos ante un trabajo sólido,
cohesionado y repleto de momentos brillantes, respaldado por una producción
notable —honor a Andrew Watt, todo sea dicho— y, sobre todo, por esa sensación
cada vez más escasa de estar escuchando canciones nacidas de una necesidad
creativa real y de un profundo amor por la música.
A
estas alturas de su carrera, los Rolling Stones ya no publican discos para
agrandar una leyenda que hace mucho tiempo quedó escrita con letras de oro. Lo
hacen, sencillamente, porque todavía tienen algo que decir. Y esa es,
probablemente, la mayor victoria que puede alcanzar cualquier artista: seguir
creando por pasión, por curiosidad y por el simple placer de hacer música, sin
necesidad de demostrar absolutamente nada.
Mientras
conserven esa inspiración, ese hambre y esa asombrosa capacidad para
transformar el peso de su inmenso legado en canciones que suenan plenamente
vivas, sólo nos queda celebrarlo como aficionados.
Larga
vida a los Rolling Stones.

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