Vivimos tiempos curiosos para el heavy metal. Mientras muchas bandas legendarias sobreviven a base de nostalgia, giras de aniversario —o de retiradas interminables— y reediciones, otras parecen empeñadas en recordarnos que la experiencia sigue siendo un arma formidable cuando se combina con inspiración. En teoría, Lex Legion podría haberse quedado en un simple ejercicio de arqueología musical. Al fin y al cabo, reunir a Andy LaRocque, Pete Blakk, Hal Patino y Mikkey Dee supone congregar a buena parte de la formación clásica que acompañó a King Diamond durante algunos de los momentos más brillantes de su carrera. La incorporación del gran vocalista Nils K. Rue, conocido por su trabajo al frente de Pagan's Mind, terminaba de completar un proyecto que, desde su anuncio, despertó enormes expectativas.
También es
justo señalar que la palabra "supergrupo" suele ser una de las más
peligrosas del vocabulario rockero. Muchas veces se traduce en músicos
extraordinarios incapaces de encontrar una identidad común. Otras, en discos
que viven exclusivamente de la nostalgia o de intentar parecerse demasiado a
otros referentes. Sin embargo, Lex Legion esquiva ambos peligros con una
facilidad sorprendente.
Por
supuesto, las conexiones con King Diamond son inevitables. Sería absurdo
negarlo. La manera de construir los riffs, determinadas armonías de guitarra,
la teatralidad presente en algunos desarrollos y, sobre todo, los registros
imposiblemente agudos de Nils K. Rue remiten en ocasiones a la época dorada de
“Abigail”, “Them” o “Conspiracy”. Pero lo más interesante es que el grupo no
pretende copiar el pasado. Lo toma como punto de partida.
El
resultado, como podrán comprobar, es un álbum que mira claramente a los años
ochenta, pero que no suena fosilizado, sino plenamente actualizado.
Otro de
los grandes aciertos del disco reside en su duración. Nueve cortes y poco más
de cuarenta minutos. Sin relleno. Sin interludios innecesarios. Sin la habitual
tentación de alargar el producto simplemente porque las plataformas de
streaming lo permiten. Aquí cada canción cumple una función concreta y todas
aportan algo al conjunto.
Y, sobre
todo, queda la sensación de no estar ante un proyecto concebido para
rentabilizar nombres conocidos, sino frente a un grupo de músicos veteranos
disfrutando nuevamente del placer de tocar heavy metal clásico al máximo nivel.
“Sleep
Eternally” supone una apertura magnífica y toda una declaración de intenciones.
Desde los primeros segundos queda claro qué clase de viaje sonoro pretende
ofrecer la banda a lo largo del álbum. Es imposible no pensar, salvando siempre
las distancias, en el bueno de King Diamond al escuchar los agudos iniciales de
Rue. Las guitarras de LaRocque y Blakk despliegan armonías y melodías gemelas,
mientras nuestro querido Mikkey Dee deja su impronta con una pista de batería
dinámica y cambiante. Un comienzo magnífico.
En segundo
lugar encontramos “Gypsy Tears” (título muy propio de King Diamond, ¿no
creen?), una composición más accesible y directa, aunque no por ello menos
efectiva. Rue entrega una interpretación exquisita, alternando agudos
imposibles con otros momentos más dramáticos. Nueva mención de honor para esas
guitarras de sabor clásico que brillan especialmente en un estribillo
memorable.
Vale. Es
imposible no pensar en los primeros años de King Diamond cuando escuchas “When
The Stars Align”. Esa introducción de tintes teatrales evoca a “The Candle”,
aunque después la canción desarrolla una personalidad más definida gracias a un
excelente estribillo. Rue vuelve a destacar tras el micrófono, del mismo modo
que Mikkey Dee, que nos deja otra exhibición con una percusión tan compleja
como épica.
Un riff
machacón nos da la bienvenida a la poderosa “(I Am) The Resurrected”, una pieza
algo menos llamativa durante su primera mitad y con un estribillo quizá
demasiado repetitivo, pero que experimenta una mejora notable cuando LaRocque y
Blakk sacan a relucir un pequeño festival de solos.
Superamos
el ecuador del álbum con “Lost Inside”, uno de los cortes más pegadizos del
trabajo y donde, curiosamente, encontramos influencias que van más allá de King
Diamond. El metal afilado que propone el grupo aquí parece más cercano a la
NWOBHM. Me gusta mucho cómo Rue afronta los versos, apostando por agudos
punzantes y apoyándose en unos coros —o voces dobladas— que aportan mayor
cuerpo al conjunto. Interesantísimo también el breve duelo de solos que vuelve
a aparecer. Sin lugar a dudas, una de mis favoritas del LP.
Palabras
mayores para “Darkness”, la pieza más ambiciosa y, posiblemente, completa de
toda la obra. Tras una breve introducción gótica, la banda apuesta por una
descarga de metal atronador en la que juega constantemente con los contrastes
entre pasajes melódicos y explosiones decibélicas. Me atrevería a decir que Rue
firma aquí una de sus mejores interpretaciones, mientras LaRocque y Blakk
rubrican algunos de los solos más inspirados del LP. Tampoco quiero olvidarme
de la solidez rítmica de Hal Patino ni, por supuesto, de un salvaje Mikkey Dee
(cómo cambia la dinámica de las canciones con su doble pedal). Esta canción
justifica por sí sola la existencia de Lex Legion.
Me parece
muy acertado incluir un tema como “Saviours” a estas alturas de la escucha. La
banda se aleja de la potencia predominante para apostar por un corte solemne y
de tintes épicos —cómo retumba la batería de Dee— que conquista desde la
primera escucha gracias a un estribillo coral al más puro estilo Manowar.
Era de
esperar que el ritmo volviera a intensificarse tras un tema más pausado. La
encargada de ello es “Life Eternal”, una pieza creada para el lucimiento y la
destrucción del maestro Mikkey Dee, que no duda en desatar toda su furia sobre
el kit. Para mí, pese a todo, es uno de los cortes menos llamativos del LP.
La banda
baja el telón con “Far Away” y sus dos minutos cien por cien instrumentales
donde, lejos de apostar por un final explosivo, las guitarras acústicas
construyen un epílogo cinematográfico que deja al oyente con ganas de volver a
empezar la escucha desde el principio.
CONCLUSIÓN
No nos
engañemos. Muchos teníamos miedo de que Lex Legion se limitara a ser un simple
homenaje a glorias pasadas. Por suerte, termina siendo mucho más que eso.
La
experiencia acumulada por sus integrantes resulta evidente en cada compás, pero
lo verdaderamente importante es que las canciones están a la altura de los
nombres que aparecen en la portada. Hay inspiración, hay ambición y, sobre
todo, un profundo amor por una forma de entender el heavy metal que muchos
consideran antigua, pero que aquí vuelve a sonar vibrante y necesaria.
Los
seguidores de King Diamond encontrarán numerosas conexiones con aquella época
dorada, pero reducir el álbum a una mera continuación espiritual sería injusto.
Lex Legion posee personalidad propia, una producción moderna y un repertorio
sólido de principio a fin. Ojalá este proyecto no quede como algo anecdótico y
podamos seguir escuchando en el futuro más música de estos veteranos.

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