Creo que en el corazón de muchos seguidores existía la corazonada de que, en algún momento, los caminos de Steve Hackett y Steve Rothery, dos auténticos mitos de la guitarra, terminarían cruzándose para dar lugar a una colaboración destinada a la historia. Estamos hablando de dos artistas unidos por una manera muy particular de entender su instrumento, más preocupada por sugerir, emocionar y construir atmósferas que por demostrar hasta dónde pueden llegar técnicamente. Hackett fue una de las piezas fundamentales de la etapa más creativa de Genesis y posteriormente desarrolló una extraordinaria carrera en solitario, mientras que Rothery, guitarrista fundador y miembro constante de Marillion, convirtió desde finales de los setenta la melodía y el sentimiento en una de las principales señas de identidad de su banda. Que ambos terminaran compartiendo un disco parecía una cuestión de tiempo, especialmente después de que en los últimos años hubieran coincidido sobre el mismo escenario en más de una ocasión.
Lo que
quizá nadie esperaba era que ese encuentro tardase casi ocho años en
cristalizar. Las agendas de ambos músicos fueron retrasando un proyecto que
comenzó a tomar forma a través de improvisaciones, ideas y fragmentos
registrados tanto en el Racket Club como en sus respectivos estudios. El
resultado es The Roaring Waves, siete composiciones instrumentales concebidas
alrededor de un elemento común: el mar.
Y esa
elección resulta especialmente apropiada. Rothery creció en Whitby, en la costa
de Yorkshire, y aquel paisaje terminó formando parte esencial de su imaginario.
El mar aparece aquí como refugio, amenaza, recuerdo, misterio y territorio de
aventura. Pero también como metáfora de la propia música: algo que nunca
permanece quieto, capaz de mostrarse delicado durante unos minutos para
convertirse después en una fuerza descomunal. La portada de Simon Ward refuerza
precisamente esa sensación. Dominada por tonos oscuros y una atmósfera
marítima, presenta una pequeña embarcación enfrentándose a la inmensidad del
océano, casi perdida entre las aguas y la oscuridad. Una imagen sencilla, pero
muy poderosa.
Nos
adentramos en este viaje con “The Storm”, una magnífica introducción que logra
resumir desde el comienzo buena parte de las intenciones del proyecto. Los
sonidos de las olas y las gaviotas nos sitúan en un paisaje costero y,
apoyándose en los teclados de Riccardo Romano, las guitarras van tejiendo una
telaraña sonora delicada en un principio, aunque cada vez más amenazadora a
medida que avanzan los segundos. También resulta necesario destacar los
arreglos de batería de Daniele Pomo, quien añade una tensión creciente a una
pista que termina sonando como una auténtica tempestad. Una auténtica delicia
que, dicho sea de paso, permite vislumbrar algo que se mantendrá constante
durante todo el LP: no existe competición alguna entre Hackett y Rothery, sino
una conversación permanente entre dos guitarras.
La
melancolía y la serenidad contemplativa se imponen en la bella “Sandsend”, con
la que el disco cambia radicalmente de rumbo. El título hace referencia a la
localidad próxima a Whitby en la que Rothery pasó buena parte de su infancia y
a la que llevó en estos últimos años a Hackett para que pudiera hacerse una
idea de la belleza de sus paisajes. Durante sus cuatro minutos de duración, la
pieza transmite precisamente esa sensación de memoria y añoranza por otros
tiempos mejores. Las guitarras poseen un poder visual enorme. Uno puede
imaginar la costa, los acantilados y otros elementos paisajísticos mientras
ambos genios se mueven alrededor de sus mástiles. Hay obras instrumentales como
esta que no necesitan una voz para transmitir tantas cosas.
Con “Red
Dragon” aparece una de las caras más sorprendentes del álbum. Y es que ahora el
dúo coquetea con matices orientales que amplían considerablemente la paleta
sonora del LP. El trabajo de sitar de Hackett resulta exquisito, al igual que
los riffs macizos de Rothery, que aportan un tono más dinámico y aventurero al
conjunto. Todo ello, sumado a un contundente trabajo rítmico de teclados y
batería, da lugar a una de mis piezas predilectas de este interesantísimo
disco.
Aunque,
sin duda, al menos para este humilde amante de la música, es la homónima “The
Roaring Waves” la pieza por excelencia de este proyecto. La guitarra acústica
de Hackett, con esas resonancias españolas que tan bien conoce el músico, abre
una composición que después va creciendo progresivamente hasta desembocar en un
paisaje mucho más eléctrico y majestuoso. Las guitarras adquieren un
protagonismo casi absoluto, los arreglos amplían el espacio y la música parece
reproducir el movimiento de las olas. Como sucede a lo largo de todo el LP, no
parece que estemos ante piezas divididas a la mitad para que uno u otro músico
destaquen. Las dos personalidades están presentes, pero terminan fundiéndose en
una tercera identidad que pertenece exclusivamente a este proyecto. Ahí reside
probablemente el mayor triunfo del álbum.
Sin duda
alguna, “K-129” es la composición más experimental y fascinante. Inspirada en
el submarino soviético desaparecido en el Pacífico en 1968, la pieza transforma
aquella historia rodeada de misterio en una experiencia sonora claustrofóbica.
Los teclados crean una sensación mecánica y repetitiva al tiempo que se
encargan de incrementar progresivamente la tensión. Las guitarras aparecen
entonces sobre esa base electrónica y convierten la pista en una auténtica
odisea instrumental.
Seguimos
profundizando en esa dimensión misteriosa con “The Black Sea”, primer adelanto
que pudimos escuchar hace ya un par de meses. Estamos ante una composición
envolvente, oscura y profundamente cinematográfica en la que las guitarras
parecen desplazarse bajo la superficie del agua. Hay momentos de inquietud,
pero también una extraña sensación de paz. La combinación de las guitarras
limpias con los teclados y las texturas ambientales consigue que la canción
funcione casi como una película sin imágenes.
Y después
de tanta oscuridad, “Pacific Coast Highway” supone una magnífica sorpresa para
cerrar el álbum a lo grande. El blues, la armónica de Hackett, el Hammond y una
mayor presencia rítmica cambian por completo el escenario. Es como si, después
de atravesar tormentas, océanos y profundidades, finalmente apareciera la
tierra firme. La canción posee un espíritu más desenfadado y aventurero,
incluso divertido. Hackett recupera su vieja relación con la armónica y Rothery
participa también desde el bajo, mientras las voces femeninas que aparecen
hacia el final aportan una calidez especial. Es una despedida luminosa y muy
humana. Frente al océano amenazador que domina buena parte del álbum, aquí
aparece el mar como espacio de libertad, viaje y descubrimiento.
CONCLUSIÓN
Que nadie
lo dude, señorías. “The Roaring Waves” ha merecido la espera porque Steve
Hackett y Steve Rothery no han intentado hacer el disco que probablemente
muchos esperaban de ellos. No es una exhibición de guitarristas compitiendo por
demostrar quién puede tocar más rápido, ni una continuación de Genesis,
Marillion o de las respectivas carreras en solitario de ambos. Es algo mucho
más interesante: un territorio propio donde cada instrumento importa.
La belleza
del álbum reside precisamente en esa ausencia de ego. Hackett y Rothery no
necesitan demostrar nada. Sus guitarras conversan, se responden, se
complementan y, en ocasiones, desaparecen incluso detrás de los arreglos para
permitir que sea la propia composición la que avance. El virtuosismo está ahí,
naturalmente, pero nunca se convierte en el objetivo.
El
resultado es un álbum absolutamente cinematográfico, atmosférico, melódico e
íntimo, construido para ser escuchado con calma y, sobre todo, para dejar
espacio a la imaginación. Hay tormentas, recuerdos, naufragios, profundidades,
misterio y carreteras junto al océano. Pero por encima de todo existe una
sensación de paz.
Mucho más
que un encuentro entre dos genios absolutos. Un LP con alma propia.

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