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Judas Priest - Sin After Sin (1977)

Calificación:*****

En 1977, Judas Priest ya habían demostrado con “Sad Wings of Destiny” que su música estaba dejando de pertenecer al territorio del hard rock para adentrarse en algo mucho más oscuro, afilado y desconocido. El salto a una compañía grande como CBS, la producción de Roger Glover y la incorporación de un jovencísimo Simon Phillips terminarían de empujarles hacia un sonido que todavía estaba buscando nombre, pero que muy pronto se convertiría en uno de los pilares sobre los que se construiría el Heavy Metal británico. “Sin After Sin” no es simplemente el siguiente capítulo de aquella historia, sino el momento en el que muchas de las ideas de Priest empiezan a adquirir una contundencia verdaderamente revolucionaria.

Publicado en abril de 1977, el tercer álbum de los de Birmingham suponía además el estreno de la banda en una multinacional después de sus dos trabajos para Gull Records. El cambio de compañía vino acompañado de un presupuesto mayor y, sobre todo, de Roger Glover tras los controles. El antiguo bajista de Deep Purple, que ya se había consagrado también como un productor impecable, supo aportar una visión más definida y poderosa sin eliminar por completo la oscuridad que había caracterizado a “Sad Wings of Destiny”. La otra gran novedad fue Simon Phillips, un batería de apenas diecinueve años cuya extraordinaria técnica permitió a Judas Priest experimentar con velocidades y patrones rítmicos que anticipaban buena parte de lo que el Heavy Metal desarrollaría durante la década siguiente. Phillips no permanecería en la banda: sus compromisos con el mismísimo Jack Bruce le impidieron salir de gira y sería sustituido posteriormente por Les Binks, pero su aportación al álbum resulta fundamental.

La icónica portada apuesta por una imagen tan sobria como contundente: un lúgubre mausoleo cargado de simbología oriental, con alas y serpientes, una calavera con ojos ardientes y algunas figuras humanas de aspecto surrealista. La creación de Bob Carlos-Clarke está inspirada en el mausoleo del coronel Alexander Gordon, construido en 1910 y ubicado en el cementerio de Putney Vale, al sur de Londres. Una imagen inquietante que encaja a la perfección con el carácter oscuro y misterioso que Judas Priest comenzaban a imprimir a su música, reforzando visualmente esa sensación de estar ante algo diferente y mucho más extremo de lo que el rock británico había ofrecido hasta entonces.

Y entonces aparece “Sinner”, abriendo las puertas del infierno y del álbum con ese riff que parece poner en marcha una maquinaria gigantesca. Conscientes de las buenas críticas que su metal crudo había cosechado en “Sad Wings Of Destiny”, la banda vuelve a explotar esta vertiente de la mejor manera posible. De hecho, aquí comienza a percibirse una nueva agresividad en su voz, menos preocupada por la limpieza que por transmitir amenaza. Glenn Tipton y K.K. Downing, además, empiezan a construir esa identidad de guitarras gemelas que acabaría convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad del género. Casi siete minutos de cambios de ritmo, guitarras que se persiguen y una interpretación de Rob Halford sencillamente extraordinaria.

La decisión de recuperar “Diamonds and Rust”, composición de Joan Baez, podría parecer extraña sobre el papel, pero Judas Priest consiguen convertirla en algo completamente suyo. Fue el propio Roger Glover quien apostó por incluirla y acertó de pleno. La canción conserva su esencia melódica, pero la banda la reviste de electricidad, tensión y dramatismo, hasta transformarla en uno de los covers más reconocibles de toda su trayectoria, una versión que ha sonado en tantos y tantos conciertos a lo largo de las décadas y que terminó adquiriendo una personalidad propia dentro del repertorio de los británicos.

Después llega “Starbreaker”, y aquí el disco vuelve a acelerar. El bajo de Ian Hill, la batería de Phillips y ese trabajo de guitarras construyen una pieza que mira claramente hacia el futuro próximo del grupo. Su equilibrio entre melodía, velocidad y contundencia permite comprender por qué tantas bandas posteriores encontraron en Judas Priest una referencia fundamental. Es Heavy Metal antes de que el término hubiera alcanzado todo su significado. Un temazo que, afortunadamente, los británicos recuperaron hace unos 15 años durante el “Epitaph World Tour”.

Las pulsaciones descienden en “Last Rose of Summer”, una pieza delicada y melancólica que demuestra que Priest todavía no habían renunciado a sus raíces más progresivas. No posee la misma trascendencia que sus grandes clásicos, pero funciona como un necesario contraste antes de que la segunda mitad del álbum vuelva a lanzarse al ataque. Es uno de esos momentos en los que la banda demuestra que su evolución hacia terrenos más duros no significaba necesariamente renunciar a la sensibilidad ni a las atmósferas que habían caracterizado sus primeros trabajos.

¡Y qué ataque! “Let Us Prey/Call for the Priest” es probablemente uno de los momentos más importantes de “Sin After Sin”, aunque nunca haya tenido una repercusión a la altura de su calidad. La breve introducción atmosférica con voces corales da paso a una descarga vertiginosa en la que Phillips demuestra por qué su presencia resultó tan decisiva. Las guitarras escupen fuego, los cambios de ritmo de Hill y Phillips aparecen con precisión quirúrgica y, por supuesto, el maestro Halford se mueve entre registros con una facilidad insultante. No sería descabellado considerarla una de las primeras aproximaciones claras a lo que años después conoceríamos como Speed Metal. No es todavía Thrash Metal, evidentemente, pero sí contiene algunas de las semillas que terminarían germinando en él. Uno de los mejores temas de Judas Priest en estos primeros años de vida y una muestra perfecta de hacia dónde podía dirigirse la banda si seguía llevando sus límites un poco más lejos.

“Raw Deal” recupera parte del carácter bluesero y experimental de los primeros Priest. Es quizá menos inmediata, pero tiene una personalidad enorme, especialmente en sus cambios de ritmo y en el despliegue de agudos del maestro Halford. La canción vuelve a poner sobre la mesa esa capacidad de la banda para moverse entre diferentes terrenos sin perder por el camino una identidad que ya comenzaba a ser perfectamente reconocible. Por su parte, “Here Come the Tears” devuelve al álbum a la melancolía con una de las composiciones más sombrías de la banda. La voz de Rob se convierte prácticamente en otro instrumento y las guitarras acompañan la sensación de desolación hasta desembocar en un cierre sencillamente majestuoso.

Pero Priest no podían despedirse sin volver a incendiarlo todo. “Dissident Aggressor” es una barbaridad. Rápida, agresiva, oscura y extraordinariamente adelantada a su tiempo, concentra en apenas tres minutos una violencia instrumental que todavía hoy sorprende. Los riffs de Tipton y Downing parecen competir por ver quién consigue resultar más hiriente —¿la mejor dupla de la historia?—, mientras Phillips golpea con una precisión que desmiente su juventud. Halford, por su parte, lleva su registro vocal hasta límites que pocos cantantes se atrevían siquiera a imaginar en 1977 —¿soy el único que sigue quedándose boquiabierto al escuchar sus agudos?—. Un temazo con el que, aunque sobra decirlo, queda claro una vez más que Judas Priest son mucho más que cuatro grandes clásicos. Aquí ya se percibe con claridad esa capacidad para anticiparse al futuro y convertir en sonido aquello que todavía estaba esperando ser definido por las generaciones posteriores.

CONCLUSIÓN

“Sin After Sin” quizá no tenga la perfección compositiva de mi adorado “Sad Wings of Destiny” ni la contundencia definitiva que alcanzaría Judas Priest en los años posteriores. Tampoco es un álbum completamente uniforme, ya que algunas de sus piezas más reposadas pueden hacer que el ritmo decaiga ligeramente. Pero sería injusto valorar el disco únicamente desde esa perspectiva. Lo verdaderamente importante es la transición que los británicos muestran aquí, endureciendo el lenguaje del rock, acelerándolo y dotándolo de una estética sonora que terminará siendo fundamental para la NWOBHM y, posteriormente, para prácticamente todas las variantes del Metal.

Por eso “Sin After Sin” merece mucho más que ser considerado un simple escalón entre “Sad Wings of Destiny” y “Stained Class”. Es un disco de transición, sí, pero de esas transiciones que cambian para siempre la carrera de un grupo. Judas Priest todavía estaban descubriendo hasta dónde podían llegar, pero muchas de las piezas fundamentales ya estaban sobre la mesa. El acero comienza aquí a adquirir otra temperatura y los de Birmingham ya están dejando claro que el futuro pertenecería a aquellos que se atrevieran a hacerlo sonar más fuerte, más rápido y más oscuro.


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