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Deep Purple - Splat! (2026)

Calificación:*****(8)

Ser completamente objetivo cuando se trata de Deep Purple siempre me ha resultado una misión imposible. Hablo de una de las bandas que más horas ha sonado en mi equipo, uno de esos nombres que marcaron para siempre mi forma de entender el hard rock y cuya influencia atraviesa prácticamente toda la historia del género. Por eso, cada nuevo lanzamiento viene acompañado de una mezcla de ilusión, respeto y un inevitable temor. Porque cuando una formación acumula casi seis décadas de trayectoria y veinticuatro discos de estudio, cualquier nuevo paso puede convertirse en un mero ejercicio de nostalgia, en el último capítulo de su carrera... o en una nueva demostración de grandeza. Afortunadamente, “SPLAT!” pertenece con total claridad a esta última categoría.

Después del excelente “=1”, que confirmó que la incorporación de Simon McBride había insuflado una energía renovada al grupo, Deep Purple vuelve a demostrar que aún tiene mucho que decir. No pretende competir con “Machine Head”, “In Rock” o “Perfect Strangers”. Ni falta que le hace. La grandeza de este trabajo reside precisamente en que suena inequívocamente a Deep Purple en 2026: una banda veterana que conoce a la perfección sus virtudes y que continúa componiendo con una naturalidad verdaderamente asombrosa.

Gran parte del mérito recae, una vez más, en Bob Ezrin, convertido ya en la figura clave de la etapa moderna de la banda. Desde “Now What?!” ha sabido potenciar todas sus fortalezas sin caer en una producción excesivamente pulida. Todo respira, cada instrumento encuentra su espacio y, por encima de todo, el álbum transmite la sensación de cinco músicos disfrutando enormemente del simple hecho de tocar juntos.

Ian Gillan ya no necesita demostrar que puede alcanzar los agudos imposibles de los años setenta. Hace tiempo que convirtió esa pérdida natural de registro en una enorme virtud interpretativa. Hoy canta con matices, ironía, teatralidad y una personalidad absolutamente irrepetible. A su lado, Ian Paice sigue siendo un metrónomo con swing sobre el que parece no haber pasado el tiempo; Roger Glover continúa sosteniendo el sonido Purple con ese bajo sólido, elegante e inconfundible; Don Airey permanece entre los mejores teclistas del planeta, y Simon McBride confirma definitivamente que no ha llegado para sustituir a nadie, sino para escribir su propio capítulo dentro de la historia del grupo.

Antes incluso de que suene la primera nota, “SPLAT!” conquista la mirada. Su portada, colorista, irreverente y deliberadamente extravagante, recupera ese gusto tan característico de Deep Purple por las imágenes icónicas y con personalidad propia, alejándose del diseño genérico que domina buena parte de las producciones actuales. El apartado artístico transmite experimentación, frescura y vitalidad, tres conceptos que encajan a la perfección con una banda que sigue disfrutando del simple placer de hacer rock sin complejos.

Dicho esto llega el momento de desgranar las trece canciones con las que Deep Purple vuelve a reivindicar su vigencia.

No podía haber una forma más contundente de abrir el álbum que con “Arrogant Boy”, uno de los cortes más veloces y aguerridos que Deep Purple ha publicado en las dos últimas décadas. El riff de Simon McBride entra con una autoridad incontestable, el Hammond de Don Airey responde de inmediato y Gillan irrumpe completamente cómodo en una pieza que parece concebida para su lucimiento. Sin embargo, el gran momento llega con el espectacular duelo entre guitarra y teclado que protagonizan McBride y Airey, evocando al Deep Purple más clásico sin renunciar a una producción plenamente contemporánea. Todo ello sustentado por una sección rítmica monumental, con Roger Glover e Ian Paice dejando su sello de principio a fin. Un arranque brillante y uno de los grandes candidatos a convertirse en un clásico reciente del repertorio de la banda. Pegadiza, enérgica y reconocible desde la primera escucha.

La intensidad no baja un ápice con “Diablo”, otro single de primerísimo nivel construido sobre el espectacular trabajo de Roger Glover e Ian Paice, auténtico motor de la canción. Resulta inevitable pensar en la solidez de “In Rock” al escuchar este auténtico cañonazo, una composición destinada a crecer con cada nueva escucha. Llama especialmente la atención la decisión de estructurarla alrededor de un único estribillo, algo poco habitual dentro del catálogo de los británicos, que desemboca en un desarrollo largo, coral y magníficamente resuelto. Una vez más, Don Airey y Simon McBride vuelven a dejar muestras de su enorme química con dos intervenciones solistas sencillamente magistrales.

La faceta más contemporánea y melódica del quinteto aflora en “The Rider”, una composición que ha necesitado varias escuchas para terminar de conquistarme, aunque cuenta con argumentos más que suficientes para hacerlo. Destacaría especialmente su atmósfera oscura, la interpretación cargada de sentimiento de Ian Gillan y el excelente trabajo de guitarra durante los versos, con unos muteados que aportan un carácter muy particular a la canción.

Muchísimo menos tiempo necesité para enamorarme de la dinámica y progresiva “The Lunatic”, probablemente una de las interpretaciones vocales más brillantes de Gillan en todo el disco. Se trata de una composición impregnada de aroma clásico en la que Don Airey y Simon McBride vuelven a exhibir una compenetración extraordinaria, tanto durante los solos como en el desarrollo de los versos. Da incluso la sensación de que ambos han estrechado todavía más su conexión respecto a “=1”. Mientras tanto, Roger Glover e Ian Paice siguen dando una lección de veteranía y buen gusto, construyendo una base rítmica de una solidez sencillamente escandalosa.

Hay pasajes de “The Only Horse in Town” que remiten inevitablemente a la etapa de “Perfect Strangers” o “The House Of The Blue Light”, gracias a esa instrumentación con inequívoco sabor ochentero. Es cierto que, al menos por ahora, no figura entre mis favoritas del álbum, pero sería injusto pasar por alto la enorme pegada de su estribillo o la riqueza del solo de Simon McBride, capaz de alternar pasajes pausados con aceleraciones tan precisas como electrizantes sobre el mástil.

Palabras mayores las que encontramos en la interesantísima “Sacred Land”, una composición donde los sintetizadores de Don Airey monopolizan buena parte del protagonismo, aportando matices dramáticos e incluso ciertos tintes folclóricos que enriquecen enormemente la atmósfera. Sobre ese entramado sonoro, el resto de la banda levanta un corte musculoso, contundente y de enorme personalidad que, además, brinda a Ian Gillan la oportunidad de firmar otra actuación tremendamente convincente. Mención especial merece el monumental solo de Airey, situado en el ecuador de la canción, así como ese puente que desemboca en un estribillo épico y creciente, sin duda uno de mis momentos favoritos de todo el álbum. De lo mejor de “SPLAT!”.

Siempre es un placer comprobar que los británicos recuperan su vertiente más bluesera, y “The Beating of Wings” vuelve a demostrar por qué nunca decepciona cuando transitan ese terreno. Gillan interpreta la pieza con una sensibilidad admirable, poniendo de manifiesto que su capacidad expresiva continúa siendo uno de los grandes pilares del grupo. La guitarra de Simon McBride y los teclados de Don Airey dibujan una atmósfera que remite a un viejo bar de carretera, mientras Roger Glover e Ian Paice construyen con paciencia una base rítmica tan sólida como elegante.

“Guilt Trippin'”, tercer adelanto publicado antes del lanzamiento del disco, se erige como el experimento progresivo más ambicioso de toda la obra. Todo comienza con un piano inesperadamente contenido que sirve como punto de partida para una estructura repleta de cambios, giros inesperados, humor lírico y, por supuesto, un despliegue técnico de altísimo nivel. La surrealista conversación entre Dios y Darwin refleja a la perfección el particular sentido del humor de Ian Gillan, que además decide poner a prueba sus cuerdas vocales alcanzando unos agudos realmente exigentes a estas alturas de su carrera. Una composición fascinante que, al igual que buena parte del repertorio de “SPLAT!”, no deja de ganar enteros con cada nueva escucha.

La contundencia regresa con fuerza gracias a “Scriblin' Gib'rish”, un corte que perfectamente podría haber encontrado su sitio en el anterior trabajo de la banda. Riffs pesados, un ritmo demoledor y un Ian Gillan especialmente inspirado convierten esta pieza en una de las más incisivas del disco. Es una prueba más de que Deep Purple sigue sabiendo sonar duro y poderoso sin necesidad de recurrir a artificios ni tendencias modernas.

El sentido del humor más pícaro del quinteto aflora en “Jessica's Bra”, una canción cargada de dobles sentidos que, aunque quizá no sorprenda tanto como otras propuestas del álbum, resulta prácticamente imposible de resistir. Su ritmo desenfadado, un delicioso solo de piano con inequívoco sabor clásico y un estribillo peligrosamente adictivo terminan por convertirla en uno de esos cortes que invitan a sonreír desde la primera escucha.

“Third Call” tiene todos los ingredientes para convertirse en uno de los tesoros ocultos de “SPLAT!”. La formación mantiene intacta la intensidad con una composición muy equilibrada en la que Ian Paice vuelve a dejar patente su inmenso talento gracias a una pista de batería repleta de matices y constantes variaciones, especialmente durante los versos (¿soy el único al que ciertos pasajes le recuerdan a “Suzie Q”?). Como viene siendo habitual a lo largo de todo el álbum, Simon McBride y Don Airey vuelven a brillar con una sucesión de solos cruzados que hacen gala de una técnica sencillamente extraordinaria.

En penúltimo lugar aparece “My New Movie”, probablemente el único momento realmente irregular del disco. Es una canción simpática que permite imaginar lo bien que debió de pasarlo la banda durante las sesiones de grabación, pero también da la impresión de carecer de ese punto diferenciador que sí poseen el resto de composiciones. En mi opinión, se trata del corte más flojo del LP.

La encargada de cerrar el álbum es la homónima “SPLAT!”, un broche magnífico que resume en apenas tres minutos buena parte de las virtudes desplegadas a lo largo del trabajo. Groove a raudales, riffs memorables, un Hammond omnipresente culminado por otro gran solo de Don Airey, el impecable sostén rítmico de Roger Glover e Ian Paice y una interpretación vocal rebosante de personalidad y oficio conforman un desenlace tan efectivo como adictivo. El riff principal posee una pegada extraordinaria —con un Roger Glover imperial imponiendo toda la densidad de su bajo— mientras las voces dobladas de Gillan aportan el cuerpo necesario para rematar una canción que mejora con cada reproducción y deja un magnífico sabor de boca.

CONCLUSIÓN

Existe una cierta tendencia a valorar los nuevos trabajos de las grandes leyendas con un punto de condescendencia, como si el simple hecho de continuar publicando material original ya fuese mérito suficiente. “SPLAT!” demuestra que Deep Purple no necesita ese tipo de indulgencia. Es, sencillamente, un gran álbum de hard rock que lleva impreso el sello inconfundible de una de las bandas más importantes de todos los tiempos.

Lo verdaderamente admirable no es que cinco músicos con casi seis décadas de trayectoria —cuatro de ellos octogenarios— continúen entrando en un estudio de grabación. Lo realmente extraordinario es que lo hagan con semejante inspiración, con canciones capaces de mirar de tú a tú a buena parte de las mejores composiciones de su etapa reciente, una producción impecable y, sobre todo, con la sensación de disfrutar exactamente igual que cuando comenzaron esta aventura hace casi sesenta años.

Puede que nunca vuelvan a escribir otro “Machine Head”. Puede incluso que “SPLAT!” se sitúe un peldaño por debajo del sobresaliente “=1” (una auténtica salvajada sonora). Pero tampoco lo necesita. Discos como este confirman que Deep Purple ha encontrado una segunda juventud artística que muy pocas bandas de su generación pueden siquiera imaginar.

Y sí, probablemente nunca consiga ser completamente imparcial cuando hablo de ellos. Sería absurdo fingir lo contrario. Sin embargo, también sería injusto ocultar una evidencia: muy pocos grupos veteranos conservan la capacidad de sonar tan vivos, tan inspirados y, sobre todo, tan auténticamente Deep Purple como en “SPLAT!”. A estas alturas de su carrera, eso ya no es solo una demostración de talento; es la confirmación de un legado que se niega a convertirse en pasado.



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