Hace ya demasiado tiempo que sentía la necesidad de traer algo de Kansas a nuestro querido blog. Siempre me ha llamado la atención la curiosa dualidad que rodea a este grupo: son lo bastante célebres como para que cualquiera reconozca al instante "Carry On Wayward Son" o "Dust in the Wind", pero rara vez aparecen en la misma conversación que Yes, Rush, Genesis o Pink Floyd cuando se habla de los grandes nombres del rock progresivo. Quizá porque eran estadounidenses en un género tradicionalmente asociado al Reino Unido. Quizá porque su éxito comercial terminó eclipsando la sofisticación de su propuesta. O tal vez porque su extraordinaria capacidad para escribir melodías memorables hizo que muchos olvidaran el talento descomunal que atesoraban como instrumentistas. Sea como fuere, estamos ante una injusticia histórica que solo podemos combatir reivindicando discos como este "Leftoverture", que este año celebrará medio siglo de vida.
Kansas
fueron una maravillosa anomalía: una formación capaz de fusionar la complejidad
del rock progresivo europeo con la inmediatez del hard rock estadounidense.
Virtuosos sin caer en la frialdad técnica, ambiciosos sin perder nunca de vista
la emoción. Steve Walsh poseía una de las grandes voces del rock de los
setenta; Kerry Livgren era un compositor brillante, capaz de alternar
inquietudes filosóficas con ganchos irresistibles; Robby Steinhardt aportaba
ese violín que definía buena parte de la personalidad del grupo; Rich Williams
construía sólidas bases junto a Dave Hope, mientras Phil Ehart imprimía pegada
y precisión desde la batería.
Cuando
"Leftoverture" vio la luz en octubre de 1976, Kansas atravesaba un
momento decisivo. Sus cinco primeros trabajos habían cosechado elogios, pero
las ventas seguían sin reflejar el enorme potencial de la banda. La presión era
considerable. Livgren sufría además un importante bloqueo creativo y apenas
había conseguido completar material suficiente para un nuevo álbum. Según
relataría años después, llegó a temer seriamente por el futuro del grupo. Sin
embargo, de aquella incertidumbre acabaría emergiendo su obra maestra.
Casi
cincuenta años después de su publicación, continúa siendo uno de los discos más
fascinantes del rock estadounidense. El álbum que convirtió a Kansas en
estrellas internacionales sin sacrificar ni un ápice de su identidad. El
trabajo que demostró que la sofisticación progresiva y la accesibilidad popular
podían convivir sin complejos. Y también una reivindicación imprescindible de
una formación demasiado a menudo reducida a un puñado de éxitos radiofónicos.
Arrancamos
este viaje sonoro con la archiconocida "Carry On Wayward Son", una
composición que ha definido como pocas una trayectoria musical. El célebre riff
inicial de Livgren pone en marcha por todo lo alto una pieza que alterna
tensión decibélica y melodías irresistibles, con unas armonías vocales
impecables que vuelven a poner en valor el desempeño de Steve Walsh frente al
micrófono. Merece una mención especial el intermedio instrumental protagonizado
por ambas guitarras, donde solos y punteos campan a sus anchas. Resulta
imposible entender el rock de los setenta sin este mastodóntico himno.
Tras
semejante apertura, "The Wall" sorprende al adentrarse en terrenos
más introspectivos. Livgren escribió este corte para abordar la incapacidad de
conectar con los demás y el aislamiento autoimpuesto. Walsh deja a un lado sus
registros más épicos para mostrarse vulnerable y emotivo en una interpretación
repleta de matices. Los pasajes acústicos y los omnipresentes teclados conviven
con explosiones eléctricas perfectamente medidas, a las que se suman las
inconfundibles líneas de violín de Steinhardt.
Frente
a la oscuridad del tema anterior, otro clásico como "What's On My
Mind" exhibe la faceta más desenfadada y luminosa de Kansas. Compuesta por
Walsh, esta pieza sonaba como pocas dentro del catálogo de los norteamericanos.
Sin embargo, bajo esa aparente sencillez permanece intacta la sofisticación
sonora que siempre caracterizó al grupo.
Y
llegamos a la que, al menos para mí, constituye la gran joya del álbum.
"Miracles Out of Nowhere" ofrece más de seis minutos repletos de
giros inesperados e intensidad creciente, en los que cada integrante encuentra
espacio para lucirse. Más allá de las excelentes armonías vocales, Livgren
brilla tanto con la guitarra acústica como con la eléctrica, firmando una
colección de solos escandalosamente inspirados. A ello hay que añadir una
interesantísima letra centrada en sus inquietudes espirituales y existenciales.
La
segunda cara del LP se abre con "Opus Insert", una composición
accesible y juguetona en la que la sección rítmica y el vozarrón de Walsh
vuelven a tener un peso determinante. No figura entre mis favoritas, pero tanto
lo ya mencionado como sus excelentes arreglos de sintetizador me parecen
razones más que suficientes para regresar a ella con frecuencia.
Livgren
vuelve a sumergirse en territorios introspectivos con "Questions of My
Childhood", una exploración sobre la infancia y la búsqueda de respuestas
trascendentes. Pese a la profundidad de su planteamiento, estamos ante uno de
los momentos más enérgicos del álbum. Walsh se mueve como pez en el agua
mientras Steinhardt y Williams levantan un entramado instrumental fascinante.
Quizá no sea uno de los cortes más celebrados del disco, pero su riqueza
estructural y profundidad lírica la convierten en una pieza esencial para
comprender el conjunto.
Seguimos
reivindicando la riqueza temática de Kansas. En esta ocasión toca hablar de
"Cheyenne Anthem", una necesaria evocación del drama histórico del
pueblo cheyenne durante la expansión hacia el oeste estadounidense. Un canto
contra el desarraigo, la pérdida y la defensa de la dignidad frente a la
adversidad. Resulta imposible entender esta maravillosa composición sin el
extraordinario trabajo de Robby Steinhardt al violín. El músico se adueña del
tema mediante líneas melancólicas y conmovedoras que, unidas a los teclados,
las guitarras acústicas y la voz de Walsh, adquieren una dimensión casi
cinematográfica.
¿Cómo
se puede cerrar un disco de semejante calibre? Evidentemente, con "Magnum
Opus", una de las grandes suites del rock progresivo norteamericano.
Dividida en múltiples secciones ("Father Padilla Meets the Perfect
Gnat", "Howling at the Moon", "Man Overboard",
"Industry on Parade", "Release the Beavers" y "Gnat
Attack"), representa la culminación artística del Kansas clásico. Lejos de
sonar pretenciosa o excesiva, la pieza fluye con absoluta naturalidad. Cada
transición tiene un propósito, cada desarrollo instrumental aporta nuevos
matices y cada músico ofrece aquí una de sus mejores versiones. Violín y
guitarras establecen diálogos memorables; Phil Ehart demuestra una enorme
inteligencia rítmica; Hope sostiene toda la arquitectura desde el bajo; Walsh alterna
teatralidad y emoción cada vez que toma el micrófono y, por supuesto, Livgren
despliega sin restricciones toda su imaginación compositiva.
En
definitiva, una celebración de todo aquello que hizo único al rock progresivo:
curiosidad, ambición y una absoluta ausencia de miedo.
CONCLUSIÓN
Casi
cincuenta años después de su aparición, "Leftoverture" sigue siendo
un milagro improbable. Un disco nacido de la incertidumbre que terminó
convirtiéndose en el gran punto de inflexión en la trayectoria de Kansas. El
álbum que les abrió definitivamente las puertas del éxito internacional gracias
a "Carry On Wayward Son", pero que escondía mucho más que un sencillo
extraordinario. Una colección de composiciones donde la complejidad nunca
aplasta a la emoción y donde la técnica jamás deriva en exhibicionismo vacío.
Quizá
haya llegado el momento de dejar de considerar a Kansas como "la banda de
Carry On Wayward Son" o "los de Dust in the Wind". Discos como
"Leftoverture" recuerdan que fueron mucho más que eso: uno de los
grupos más imaginativos, versátiles y apasionantes que dio el rock
norteamericano.


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