Killing Is My
Business…And Business Is Good (1985)
Esta obra no solo supuso el nacimiento oficial de Megadeth, sino también la violenta respuesta de Dave Mustaine tras su traumática expulsión de Metallica. Humillado, consumido por las drogas y lleno de resentimiento, Mustaine decidió crear una banda todavía más rápida, técnica y agresiva que su antiguo grupo. De esa rabia nació un debut caótico, sucio y peligrosamente intenso que acabaría convirtiéndose en una de las piedras fundacionales del Thrash Metal más salvaje de los años 80.
La primera formación de Megadeth tenía muchísimo más talento
del que a veces se recuerda. Junto a Mustaine aparecieron David Ellefson al
bajo, el jazzístico y extravagante Chris Poland a la guitarra y el brillante
Gar Samuelson a la batería. La combinación era explosiva. Mientras muchas
bandas de Thrash buscaban simplemente velocidad y violencia, Megadeth añadía
complejidad técnica, ritmos imprevisibles y una sensación constante de tensión
nerviosa que hacía que las canciones pareciesen a punto de descarrilar en
cualquier momento.
Con un presupuesto ridículo, parte del cual terminó
desapareciendo entre alcohol y drogas, algo que explica en parte la producción
cruda y desordenada del álbum. Sin embargo, lejos de perjudicarlo, ese sonido
áspero termina jugando a favor del carácter del disco. “Killing Is My
Business…” transmite suciedad, peligro y hambre.
La apertura con “Last Rites / Loved To Deth” ya deja claras
las intenciones del grupo. Un piano inspirado en Bach desemboca repentinamente
en una descarga Thrash absolutamente rabiosa donde Mustaine escupe las letras
con agresividad enfermiza mientras las guitarras se cruzan de forma frenética.
El tema-título continúa esa sensación de descontrol total, convirtiéndose en
uno de los momentos más salvajes del álbum gracias a sus riffs acelerados y su
espíritu completamente homicida.
“The Skull Beneath The Skin” introduce por primera vez a Vic
Rattlehead, la futura mascota de la banda, dentro de una composición oscura y
técnica donde ya empieza a apreciarse la personalidad única de Megadeth.
Ellefson y Samuelson construyen una base rítmica espectacular mientras Poland y
Mustaine desarrollan un trabajo de guitarras absolutamente enfermizo para la
época.
El sentido del humor ácido de Mustaine aparece en “These
Boots”, reinterpretación ultrairónica del clásico de Nancy Sinatra, convertida
aquí en una pieza macarra, sexual y provocadora que terminaría trayendo
problemas legales en años posteriores debido a los cambios realizados en la
letra original. Más importante todavía resulta “Rattlehead”, auténtico
manifiesto de intenciones del grupo: técnica, velocidad, solos imposibles y una
energía descontrolada que dejaba claro que Megadeth no era simplemente “la banda
del exguitarrista de Metallica”.
Uno de los grandes momentos del disco llega con “Looking
Down The Cross”, probablemente la composición más ambiciosa del álbum. Llena de
cambios de ritmo, atmósferas oscuras y dramatismo casi teatral, la canción
demuestra que Mustaine ya era mucho más que un simple guitarrista agresivo.
Aquí empieza a verse el compositor complejo y retorcido que años después
firmaría obras maestras del Thrash técnico.
El cierre con “Mechanix” tiene además un enorme valor
histórico. La canción acabaría transformándose en “The Four Horsemen” dentro
del debut de Metallica, pero aquí aparece en su forma original: mucho más
rápida, agresiva y explícitamente sexual. Es prácticamente Mustaine reclamando
públicamente la autoría de una de las canciones más importantes surgidas
durante su etapa en Metallica.
Aunque el disco no alcanzara la perfección absoluta de sus
mayores obras, “Killing Is My Business...And Business Is Good!” contiene ya
todas las señas de identidad futuras de Megadeth: riffs laberínticos,
estructuras impredecibles, virtuosismo técnico, letras cínicas y una sensación
constante de paranoia y agresividad.
No solamente fue el nacimiento de la leyenda…fue la
transformación de la autodestrucción y la rabia en combustible creativo.
PEACE SELLS…BUT WHO’S BUYING? (1986)
“Peace Sells…But Who’s Buying?” no solo consolidó a Megadeth dentro del Thrash Metal, sino que convirtió a Dave Mustaine en una de las figuras más peligrosas, inteligentes y combativas de toda la escena. Si “Killing Is My Business…” había sido un estallido de rabia, este segundo trabajo demuestra que aquella banda no era un simple proyecto movido por el resentimiento, sino un monstruo con identidad propia y un nivel compositivo fuera de lo común. Publicado en 1986, en pleno auge del Thrash, el álbum vio la luz el mismo año que obras gigantescas como “Master of Puppets” o “Reign in Blood” y aun así logró hacerse un hueco entre los discos fundamentales del género gracias a una mezcla perfecta de agresividad, técnica y personalidad.
El contexto tampoco podía ser más caótico. Mustaine seguía
obsesionado con demostrar que podía superar a Metallica mientras el grupo
sobrevivía entre drogas, tensiones y problemas constantes. Chris Poland y Gar
Samuelson atravesaban serias adicciones, Dave Ellefson continuaba
consolidándose como el escudero perfecto del “colorado” y la banda empezaba a
llamar la atención de compañías grandes tras el impacto underground del debut.
En medio de todo eso, Megadeth compuso un álbum mucho más trabajado, oscuro y complejo
que su predecesor, sin perder la violencia que había definido sus inicios. La
icónica portada con Vic Rattlehead frente a la ONU terminó de convertir el
disco en un símbolo absoluto del Metal de los ochenta.
El arranque con “Wake Up Dead” es simplemente histórico. La
canción cambia de ritmo constantemente mientras las guitarras disparan riffs y
solos sin descanso, dejando claro desde el primer minuto que Megadeth jugaba en
otra liga a nivel técnico. Mustaine canta con rabia y cinismo una historia de
infidelidad y paranoia que parece sacada directamente de su propia vida,
mientras Gar Samuelson ofrece una batería absolutamente descomunal. Poco
después llega “The Conjuring”, uno de los temas más oscuros y polémicos de toda
la carrera del grupo, inspirado en el interés que Mustaine tenía por la magia
negra durante aquella época. El tema alterna pasajes lentos y amenazantes con
explosiones de Thrash frenético, regalándonos además algunos de los mejores
riffs del disco.
Y entonces aparece “Peace Sells”. Pocas líneas de bajo son
tan reconocibles en la historia del Metal como la que Dave Ellefson ejecuta al
inicio de esta canción. A partir de ahí, Megadeth construye un himno
generacional donde Mustaine dispara contra la hipocresía social, los prejuicios
hacia los metaleros y la falsa moral estadounidense. La mezcla entre actitud
punk, precisión thrasher y ese estribillo inmortal convierten al tema en uno de
los grandes himnos de toda la década. Difícil imaginar el Thrash Metal sin esta
canción.
La segunda mitad del disco mantiene el nivel de manera
insultante. “Devils Island” mezcla velocidad y dramatismo con una de las
mejores interpretaciones vocales de Mustaine en el álbum, mientras “Good
Mourning/Black Friday” pasa de una introducción casi melódica a una auténtica
barbaridad sonora inspirada en asesinos en serie y violencia descontrolada. El
trabajo instrumental aquí es enfermizo, especialmente por parte de Poland y
Samuelson, que parecen tocar siempre al borde del colapso. “Bad Omen” profundiza
todavía más en las temáticas satánicas y oscuras del disco con riffs afilados y
una atmósfera casi diabólica, antes de que la banda sorprenda con una
fantástica versión de “I Ain’t Superstitious”, donde Megadeth adapta el blues
clásico al lenguaje del Thrash sin perder la esencia original.
El cierre con “My Last Words” es otra demostración de
talento compositivo. Bajo una estructura agresiva y veloz, Mustaine narra el
terror de un hombre jugando a la ruleta rusa mientras la banda construye uno de
los finales más intensos de todo el álbum. Y es que esa es precisamente la
grandeza de “Peace Sells…But Who’s Buying?”: no hay un solo momento de respiro.
Todo suena peligroso, eléctrico y cargado de personalidad.
Cuarenta años después, sigue siendo uno de los discos más
importantes jamás publicados dentro del Thrash Metal y una de las grandes obras
de Megadeth.
SO FAR, SO GOOD…SO WHAT! (1988)
Tras el salto cualitativo de “Peace Sells… but Who’s Buying?”, muchos esperaban que el tercer disco de Megadeth fuese la confirmación definitiva del genio de Dave Mustaine. Y aunque So Far, So Good… So What! nunca alcanzó el consenso casi unánime de Rust in Peace, con el tiempo ha terminado convertido en uno de los trabajos más particulares, rabiosos e infravalorados de toda la primera etapa del grupo. Un disco caótico, agresivo y marcado por los excesos, los cambios internos y el estado mental de una banda que parecía vivir constantemente al borde del colapso.
La formación sufrió una auténtica sacudida tras la gira de
Peace Sells. Mustaine expulsó a Chris Poland y Gar Samuelson debido a sus
gravísimos problemas de drogas, entrando en su lugar Jeff Young y Chuck Behler.
Young aportó un enfoque más técnico y melódico a las guitarras, mientras Behler
endureció todavía más la pegada rítmica del grupo. Aun así, el ambiente seguía
siendo completamente tóxico: drogas, paranoia, conflictos internos y una
grabación problemática con varios cambios de productor acabaron definiendo el
sonido final del álbum.
Y precisamente ahí reside gran parte de su encanto. “So Far,
So Good… So What!” suena más crudo y menos pulido que Peace Sells, pero también
más salvaje y descontrolado. Desde la instrumental “Into the Lungs of Hell”
queda claro que Megadeth estaba evolucionando hacia estructuras más complejas y
técnicas. “Set the World Afire” es puro thrash apocalíptico, frenético y
violento, mientras “502” y “Hook in Mouth” representan el lado más rápido y
macarra de Mustaine, con riffs afilados y una sensación constante de peligro.
También hay espacio para experimentos menos habituales. La
versión de “Anarchy in the U.K.” de Sex Pistols sigue dividiendo opiniones,
pero demuestra la conexión punk que siempre estuvo presente en el ADN de
Megadeth. Y “Mary Jane”, con ese aire oscuro y casi cercano a Mercyful Fate,
deja ver influencias más clásicas y atmosféricas.
Pero si hay un tema que define el disco es “In My Darkest
Hour”. Mustaine compuso la música prácticamente inmediatamente después de
enterarse de la muerte de Cliff Burton, antiguo compañero suyo en Metallica y
probablemente la persona con la que mejor relación conservaba dentro del
entorno Metallica. Esa mezcla de rabia, tristeza, resentimiento y
vulnerabilidad atraviesa toda la canción. Más allá de las interpretaciones
sobre rupturas sentimentales o adicciones, el tema transmite una sensación de
pérdida absolutamente real y visceral. Musicalmente, además, es una de las
grandes obras de Mustaine: cambios de dinámica brillantes, tensión emocional
constante y uno de los mejores trabajos vocales de toda su carrera.
Quizá el disco nunca tuvo la perfección técnica de “Rust in
Peace” ni la cohesión de “Peace Sells”, pero precisamente por eso resulta tan
fascinante. Es un álbum imperfecto, roto y peligroso, hecho por una banda que
parecía a punto de explotar en cualquier momento. Y en Megadeth, muchas veces,
eso era exactamente lo que los hacía especiales.
RUST IN PEACE (1990)
"Rust In Peace" es el momento exacto en el que Megadeth alcanzó su cima técnica y compositiva. Si con “Peace Sells” habían demostrado que podían competir con cualquiera dentro del Thrash Metal, aquí directamente jugaron en otra liga. La entrada de Marty Friedman y Nick Menza elevó el sonido de la banda a un nivel enfermizo de precisión, virtuosismo y creatividad. Todo en este disco parece pensado al milímetro: riffs imposibles, cambios de ritmo constantes, solos memorables y una sección rítmica que funciona como un reloj suizo cargado de anfetaminas.
Y claro, abrir un disco con Holy Wars... The Punishment Due
es prácticamente empezar ganando. Posiblemente estemos hablando de una de las
tres o cuatro mejores canciones de Thrash Metal jamás escritas. El riff inicial
es historia viva del metal y la manera en la que la canción evoluciona desde la
agresividad descontrolada de “Holy Wars” hacia la atmósfera mucho más oscura y
pesada de “The Punishment Due” sigue siendo una barbaridad décadas después. Los
cambios de ritmo son absurdamente buenos y el tramo instrumental final, con
Mustaine y Friedman intercambiando solos como si estuvieran peleando entre
ellos, es directamente legendario.
Como si eso no fuese suficiente, llega “Hangar 18” y el
disco vuelve a dispararse hacia arriba. La temática conspiranoica sobre
extraterrestres y secretos militares encaja perfectamente con ese sonido frío y
mecánico que tiene la canción. Lo mejor, evidentemente, es el festival de solos
de la segunda mitad. Mustaine y Friedman convierten el tema en una competición
de virtuosismo donde cada frase de guitarra parece más imposible que la
anterior, mientras Menza va rematando cada cambio con una precisión monstruosa.
Después aparece “Take No Prisoners” y Megadeth pisa el
acelerador hasta romperlo. Thrash y Speed Metal completamente desatados, con
Ellefson y Menza sonando como una ametralladora. El tema es pura violencia
musical y demuestra que, pese al enorme nivel técnico del disco, la banda
seguía teniendo la agresividad callejera de sus primeros años.
Uno de los aspectos más impresionantes del álbum es que
incluso las canciones menos famosas tienen un nivel increíble. “Five Magics”,
por ejemplo, tiene una estructura rarísima llena de cambios de ritmo y arreglos
extraños, pero funciona de maravilla gracias a la atmósfera oscura y al trabajo
instrumental enfermizo de toda la banda. Y algo parecido ocurre con “Poison Was
the Cure”, un misil Speed/Thrash cortísimo y salvaje que recuerda muchísimo al
Megadeth más caótico de los primeros discos.
Luego llega una joya infravaloradísima como “Lucretia”,
donde Mustaine probablemente realiza una de sus mejores interpretaciones
vocales del disco. Tiene un groove rarísimo dentro del álbum y unos arreglos de
guitarra absolutamente brillantes. Pero claro, cuando parece imposible seguir
aumentando el nivel, aparece “Tornado of Souls” y Marty Friedman decide grabar
uno de los mejores solos de guitarra de toda la historia del metal. La canción
ya sería un clásico solo por el riff y el estribillo, pero ese minuto final
juega directamente en otra dimensión.
La breve y oscura “Dawn Patrol” sirve como pequeño descanso
antes de que “Rust in Peace... Polaris” cierre el álbum con otra descarga de
riffs afilados, letras nucleares y un instrumental salvaje que deja claro por
qué esta formación está considerada la mejor de toda la historia de Megadeth.
Lo más increíble de “Rust In Peace” es que no suena viejo.
Sigue sonando avanzado, técnico y peligrosamente fresco incluso hoy. Muy pocos
discos consiguen mezclar semejante complejidad musical con tanta agresividad y
personalidad. No es solo uno de los mejores discos de Megadeth; es uno de los
pilares fundamentales de todo el Thrash Metal.
COUNTDOWN TO EXTINCTION (1992)
Si “Rust In Peace” representaba la cima técnica y virtuosa del grupo, en “Countdown To Extinction” la banda decidió refinar ese sonido, hacerlo más compacto, más directo y también más accesible sin perder identidad. Y lo más impresionante es que lo consiguieron sin vender su alma. El disco mantiene intacta la agresividad, la personalidad y el sello inconfundible de la banda, pero añade una capacidad melódica y compositiva que terminó convirtiéndolo en uno de los álbumes más importantes de todo el Metal de los 90.
La formación seguía siendo sencillamente perfecta: Dave
Mustaine liderando con mano de hierro, David Ellefson aportando un bajo
gigantesco y una base rítmica impecable, Marty Friedman desplegando melodías
imposibles y Nick Menza demostrando una vez más que era uno de los baterías más
completos y salvajes de su generación. Aquí la banda ya no necesitaba demostrar
que sabía tocar mejor que nadie; eso se daba por hecho. Lo importante era
construir canciones memorables. Y vaya si lo hicieron.
Desde el inicio con “Skin o' My Teeth” se percibe que
Megadeth sigue teniendo hambre. Menza abre el disco con una breve descarga de
batería antes de que entren unos riffs afiladísimos y un Mustaine dominador,
cómodo y con muchísima presencia. Es un tema que conecta directamente con el
Megadeth más clásico y agresivo, pero con una producción muchísimo más limpia y
poderosa.
Y claro, después llega “Symphony of Destruction”, probablemente la canción más icónica de toda la carrera de la banda. Ese riff es inmortal. Simple, pesado, amenazante y absolutamente perfecto. Mustaine firma además una de sus mejores letras, cargando contra la manipulación política, los falsos líderes y la facilidad con la que las masas pueden ser controladas. El puente con aquello de “Just like the Pied Piper…” ya forma parte de la historia del metal. Lo increíble es cómo Megadeth consiguió sonar accesible sin perder dureza ni personalidad. Muy pocas bandas podían hacer algo así.
El disco mantiene un nivel absurdamente alto con “Architecture
of Aggression”, una descarga de riffs y redobles marca de la casa donde Menza
vuelve a estar espectacular. El puente instrumental es puro Megadeth: pausas
precisas, el bajo de Ellefson ganando protagonismo y Friedman entrando después
con uno de esos solos melódicos y afilados que parecían salirle de manera
natural.
Una de las grandes sorpresas del disco es “Foreclosure of a
Dream”, mucho más melódica y emocional, demostrando que la banda podía bajar
revoluciones sin perder intensidad. Los arpegios iniciales desembocan poco a
poco en un tema con muchísimo carácter y una interpretación vocal especialmente
buena de Mustaine. Y detrás, Menza vuelve a dejar detalles técnicos
impresionantes sin necesidad de sobresalir artificialmente.
Luego aparece “Sweating Bullets” y el disco entra
directamente en territorio clásico. La conversación inicial de Mustaine consigo
mismo ya es historia del Metal. Pocas canciones reflejan tan bien la
personalidad paranoica, sarcástica y teatral de Dave. El riff principal es
adictivo y la batería de Menza vuelve a sonar gigantesca, especialmente en el
tramo final, donde el doble bombo impulsa a toda la banda hacia un cierre
espectacular.
Incluso canciones menos famosas como “This Was My Life”
mantienen un nivel enorme. Puede que no tenga la repercusión de otros temas del
álbum, pero ese riff principal y la comodidad con la que Mustaine domina cada
verso la convierten en otra composición tremendamente sólida.
La canción que da título al disco, “Countdown to Extinction”,
es probablemente una de las piezas más infravaloradas de toda la discografía de
Megadeth. Tiene un tono más pesado y reflexivo, con un Ellefson inmenso
sosteniendo toda la estructura mientras Friedman y Mustaine construyen algunos
de los momentos más emotivos del álbum. El puente instrumental y el solo son
directamente maravillosos.
Y cuando parece que el disco ya ha enseñado todas sus
cartas, Megadeth vuelve a acelerar con “High Speed Dirt”, un misil Thrash lleno
de riffs veloces, cambios de ritmo y solos constantes donde la compenetración
entre los cuatro músicos alcanza un nivel enfermizo. Ahí se nota perfectamente
que esta alineación estaba en estado de gracia.
La agresividad continúa con “Psychotron”, uno de los cortes
más pesados y violentos del disco. Tiene ese sonido mecánico y amenazante tan
característico de Megadeth y una batería demoledora por parte de Menza,
especialmente durante la entrada del solo.
“Captive Honour” aporta un tono más oscuro y teatral,
alternando pasajes suaves con explosiones de riffs cortantes mientras Mustaine
vuelve a demostrar lo brillante que podía ser escribiendo letras cargadas de
ironía y crítica social antes de que cierre “Ashes in Your Mouth” de forma
colosal. Thrash técnico, agresividad, melodía y un despliegue instrumental
brutal para despedir un disco prácticamente perfecto.
Lo que hace tan especial a “Countdown to Extinction” es que
consigue equilibrar perfectamente complejidad, pegada, melodía y accesibilidad.
No es tan salvaje como Peace Sells ni tan técnico como Rust In Peace, pero
probablemente sea el disco más redondo y consistente de toda la carrera de
Megadeth. Un álbum que convirtió definitivamente a la banda en leyenda y que,
treinta años después, sigue sonando enorme.
YOUTHANASIA (1994)
Publicado en 1994, “Youthanasia” supuso el primer acercamiento serio de Megadeth al mundo mainstream. Si con “Countdown to Extinction” ya habían suavizado parte de la agresividad de sus primeros años, aquí Dave Mustaine y compañía terminaron de abrazar un sonido mucho más accesible, melódico y orientado al Heavy Metal clásico y al Hard Rock. La velocidad salvaje de “Rust In Peace” quedaba atrás en favor de composiciones más pausadas, estructuradas y cargadas de estribillos pegadizos, algo que dividió profundamente a los fans más puristas del Thrash Metal.
Sin embargo, reducir “Youthanasia” a un simple disco
comercial sería tremendamente injusto. La banda seguía contando con la
formación más legendaria de toda su historia: Mustaine, Marty Friedman, David
Ellefson y el inolvidable Nick Menza. Y eso se nota en cada minuto del álbum.
El nivel técnico sigue siendo altísimo, aunque ahora todo está mucho más
contenido y enfocado hacia la melodía y la atmósfera.
La producción es enorme, limpia y poderosa. Las guitarras de
Mustaine y Friedman dominan constantemente el disco con riffs densos y solos
mucho más emocionales que explosivos. Mustaine, además, realiza probablemente
una de sus mejores interpretaciones vocales, dejando atrás muchos de los
excesos chillones del pasado para apostar por un tono más serio y melancólico.
Canciones como “Reckoning Day”, “Train of Consequences” o
“The Killing Road” mantienen viva parte de la esencia agresiva de la banda,
mientras que temas como “Addicted to Chaos” o la inmortal “A Tout Le Monde”, la
balada por antonomasia del grupo, muestran el lado más introspectivo y
accesible de Megadeth. Tampoco debemos pasar por alto “Victory”, un cierre
fantástico donde Mustaine juega constantemente con referencias y títulos
clásicos de la propia discografía de la banda, casi como una celebración de todo
el camino recorrido por Megadeth hasta ese momento.
Puede que “Youthanasia” no tenga la violencia de sus
clásicos ochenteros, pero sí posee algo distinto: madurez, personalidad y un
equilibrio brillante entre potencia y melodía. Un disco criticado por muchos
fans del Thrash, pero que el tiempo ha terminado colocando como uno de los
trabajos más sólidos y queridos de toda la etapa noventera de Megadeth.
CRYPTIC WRITINGS (1997)
Publicado en 1997, “Cryptic Writings” fue el último trabajo de la formación clásica de Megadeth y, al mismo tiempo, el primer síntoma evidente de desgaste interno dentro de la banda. Aunque todavía seguían juntos Mustaine, Friedman, Ellefson y Nick Menza, la química empezaba a resentirse, especialmente por los crecientes problemas personales y tensiones que acabarían explotando poco tiempo después (Menza saldría del grupo poco después de su lanzamiento). El grupo seguía funcionando como una máquina perfectamente engrasada en lo técnico, pero comenzaba a perder parte de la agresividad y la identidad que había definido sus mejores años.
Musicalmente, el disco continúa el camino más accesible
iniciado en “Countdown to Extinction” y consolidado en “Youthanasia”, aunque
aquí Megadeth se acerca todavía más al Hard Rock y al Metal comercial de
finales de los 90. El Thrash prácticamente desaparece salvo en momentos muy
concretos, y las estructuras se vuelven mucho más simples, directas y
orientadas a la radio. Dave Mustaine buscaba desesperadamente alcanzar el éxito
masivo que Metallica había conseguido años antes, y eso se nota constantemente
en el enfoque del álbum.
Aun así, “Cryptic Writings” está lejos de ser un mal disco.
De hecho, contiene algunas composiciones realmente inspiradas. “Trust”,
posiblemente el tema más grande del LP y un hit instantáneo, combina melodía,
riffs pesados y uno de los estribillos más memorables de toda la carrera de la
banda. Otro clásico como “She-Wolf” recupera parte del espíritu clásico de
Megadeth con un riff fantástico y un trabajo de guitarras espectacular entre
Mustaine y Marty Friedman. Por su parte, “Vortex” y “The Disintegrators”
ofrecen pequeños destellos de velocidad y agresividad para los fans más
veteranos.
Por otro lado, canciones como “Almost Honest”, “Use The Man”
o “I’ll Get Even” muestran a una banda mucho más relajada, experimental y
cercana al rock alternativo que dominaba la década. El resultado es irregular:
hay momentos brillantes y otros donde el disco parece perder fuerza e
identidad.
La producción vuelve a ser enorme y muy pulida, quizá
demasiado. Todo suena limpio, controlado y accesible, algo que juega tanto a
favor como en contra del álbum. Nick Menza sigue demostrando ser un batería
impresionante, aunque ya lejos de la intensidad salvaje de “Rust In Peace”,
mientras Friedman aporta algunos de los últimos grandes solos de su etapa en
Megadeth.
“Cryptic Writings” no alcanza el nivel de los clásicos
absolutos de la banda, pero sí funciona como una fotografía perfecta de un
grupo que comenzaba a resquebrajarse por dentro mientras intentaba sobrevivir
en una escena musical completamente distinta a la que habían conquistado años
atrás.
RISK (1999)
“Risk” es, probablemente, el disco más polémico y divisivo de toda la carrera de Megadeth. Tras la brillante trilogía formada por “Rust In Peace”, “Countdown to Extinction” y “Youthanasia”, Dave Mustaine decidió dar un giro radical al sonido de la banda. Lo que el todavía interesante “Cryptic Writings” dejaba entrever, terminó consolidándose en un álbum mucho más melódico, accesible y orientado al rock comercial, alejándose casi por completo del Thrash Metal que convirtió al grupo en leyenda. Y claro… a muchos fans les sentó como una puñalada.
La salida de Nick Menza y la llegada de Jimmy DeGrasso ya
marcaban un cambio importante, pero lo verdaderamente impactante fue escuchar a
Megadeth abrazando riffs simples, estructuras radiables y una producción ultra
pulida. Mustaine quería “arriesgar”.
Aun así, sería injusto decir que todo es basura. “Insomnia”
tiene una atmósfera rara pero disfrutable, “Prince of Darkness” conserva cierta
oscuridad clásica de la banda y “Crush ‘Em”, aunque muy criticada, posee una
fuerza pegadiza que funcionó bastante bien en directo. También destacan temas
como “Time: The Beginning” y “Time: The End”, donde todavía aparecen destellos
del talento compositivo de Mustaine y Marty Friedman.
El gran problema de “Risk” no es tanto que sea un mal disco,
sino que suena demasiado poco a Megadeth. Canciones como “Breadline”, “I’ll Be
There” o “Wanderlust” parecen más cercanas al hard rock comercial noventero que
a la banda que escribió “Peace Sells” o “Holy Wars”. Falta agresividad, sobran
arreglos azucarados y la identidad del grupo queda muy diluida.
No es un álbum infumable, pero sí el momento donde Megadeth
estuvo más perdido creativamente. Un riesgo que no terminó de salir bien. El
gran “pero” de Megadeth.
THE WORLD NEEDS A HERO (2001)
“The World Needs A Hero” supuso el intento de reconciliación de Megadeth con sus fans tras el desastre de “Risk”. Dave Mustaine entendió que la apuesta por el rock comercial había salido mal y decidió endurecer de nuevo el sonido de la banda, aunque sin regresar del todo al Thrash técnico y salvaje de los años dorados. El resultado fue un disco irregular, con más puntos positivos que negativos, atrapado entre la necesidad de sonar moderno y el deseo de recuperar parte de la identidad perdida.
La entrada de Al Pitrelli sustituyendo a Marty Friedman
aportó frescura a las guitarras, mientras que Jimmy DeGrasso cumplía con
solvencia tras la batería. Desde el inicio con “Disconnect” ya se percibe un
tono más pesado y oscuro, muy cercano al sonido de “Countdown to Extinction”.
El tema homónimo mantiene esa línea accesible y melódica, aunque todavía
demasiado orientada a la radio en algunos momentos.
El gran problema del disco es precisamente esa sensación de
indecisión. Hay canciones duras y muy inspiradas junto a otras demasiado
blandas o experimentales. “Moto Psycho” es pegadiza y callejera, mientras que
“1000 Times Goodbye” recupera parte del veneno de antaño con riffs afilados y
una letra cargada de resentimiento. “Burning Bridges” también deja grandes
momentos guitarreros, mientras que “Recipe For Hate… Warhorse” es de lo más
cercano al viejo Megadeth: pesada, agresiva y con una enorme sección instrumental.
La sorpresa llega con “Promises”, una balada con arreglos de
cuerda que divide a los fans, aunque demuestra que Mustaine seguía teniendo
facilidad para escribir melodías memorables. Más discutible fue “Return to
Hangar”, secuela directa de “Hangar 18”, que nunca logra alcanzar la magia del
clásico de “Rust in Peace”.
La joya absoluta del álbum es “Dread and the Fugitive Mind”.
Oscura, rápida, llena de riffs cortantes y con un Mustaine inspirado, es
probablemente la mejor canción que la banda había compuesto desde mediados de
los 90. Solo por este tema ya merece la pena escuchar el disco.
“The World Needs A Hero” no devolvió a Megadeth a la cima,
pero sí sirvió para demostrar que la banda aún tenía vida después del enorme
tropiezo de “Risk”.
THE SYSTEM HAS FAILED (2004)
Pocos daban un duro por Megadeth cuando en 2002 Mustaine anunció la disolución definitiva del grupo debido a una lesión gravísima en el nervio radial de su brazo izquierdo. Sin embargo, el pelirrojo nunca ha sido de rendirse y, después de una durísima rehabilitación que le obligó a reaprender prácticamente a tocar la guitarra desde cero, Mustaine volvió a la carga con un nuevo álbum titulado “The System Has Failed” y con la necesidad de demostrar que Megadeth seguía vivo.
El contexto del disco tampoco ayudaba. La relación con David
Ellefson estaba completamente rota y el histórico bajista denunció a Mustaine
en pleno proceso de regreso, dejando claro que la química clásica del grupo ya
era historia. Marty Friedman tampoco quiso regresar y Megadeth terminó
funcionando más como un proyecto personal de Dave que como una banda real. Aun
así, Mustaine se rodeó de músicos de enorme nivel como el retornado Chris
Poland, Vinnie Colaiuta o Jimmy Sloas para grabar un álbum que buscaba
reconciliarse con el pasado sin sonar totalmente nostálgico.
Desde el inicio con “Blackmail the Universe” queda claro que
el disco pretende recuperar parte de la agresividad perdida. Riffs afilados,
crítica política y un Mustaine rabioso recuerdan por momentos al espíritu de
“Rust in Peace” o “Countdown to Extinction”. “Kick the Chair” es probablemente
el mejor ejemplo de ello: velocidad, técnica y guitarras dobladas marca de la
casa. Es, sin duda, el gran himno del disco.
Sin embargo, “The System Has Failed” no es un regreso
puramente Thrash. Hay bastantes medios tiempos y composiciones más melódicas
que conectan directamente con la etapa de “Youthanasia” o “Cryptic Writings”.
“The Scorpion” mezcla oscuridad y melodía de forma brillante, mientras que
“Tears in a Vial” o “Of Mice and Men” muestran a un Mustaine más introspectivo
y emocional de lo habitual. Incluso “Die Dead Enough”, pese a ser bastante
accesible, funciona gracias a su enorme gancho melódico.
También hay espacio para la vieja escuela con “Back in the
Day”, una declaración de amor al Thrash clásico y a los primeros años del Metal
más salvaje. Chris Poland aporta un toque muy especial a las guitarras, más
técnico y jazzero, que da personalidad al álbum.
Quizás el gran problema del disco sea precisamente su
identidad: a veces parece un verdadero regreso de Megadeth y otras un disco en
solitario de Mustaine con músicos invitados. Pero incluso con sus
irregularidades, “The System Has Failed” consiguió algo muy importante:
devolver la fe a unos fans que ya daban por muerto al padre del Thrash Metal.
UNITED ABOMINATIONS (2007)
Con “United Abominations”, Dave Mustaine terminó de confirmar que el regreso de Megadeth no había sido un golpe de nostalgia pasajero. Si “The System Has Failed” era el disco de la resurrección tras la lesión en el brazo, las demandas de Ellefson y el caos interno que casi liquida definitivamente a la banda, “United Abominations” fue el momento en que Mustaine volvió a sentirse líder de un grupo real y no simplemente un solista usando el nombre de Megadeth. Y se nota.
Después de años marcados por formaciones inestables,
intentos fallidos de reconciliar el sonido clásico con tendencias más
comerciales y una identidad algo difusa, aquí aparece un Megadeth mucho más
compacto, agresivo y convencido de sí mismo. La entrada de los hermanos Drover
y James LoMenzo no generó precisamente entusiasmo entre los fans más
nostálgicos —nadie iba a reemplazar el aura de Friedman, Ellefson o Menza—,
pero lo cierto es que esta alineación consigue algo que la banda llevaba tiempo
sin transmitir: cohesión.
La infravalorada “Sleepwalker” abre el álbum como una
declaración de guerra. Riffs afilados, velocidad contenida y un Mustaine que
vuelve a sonar venenoso y hambriento. No intenta copiar el pasado
descaradamente, pero sí recuperar la agresividad y la tensión que parecían
enterradas desde los noventa. Palabras mayores para “Washington Is Next!”, uno
de los mejores cortes de la etapa moderna del grupo: técnica, melodía y
paranoia política perfectamente equilibradas. No me explico cómo estos dos
cortes no alcanzaron un mayor reconocimiento.
Si algo define United Abominations es su obsesión
política. Mustaine convierte el disco en un desfile de conspiraciones, críticas
a Naciones Unidas, guerras, decadencia occidental y discursos casi
apocalípticos. A veces funciona muy bien —la propia “United Abominations” tiene
un aire marcial realmente potente— y otras cae en ciertos excesos algo
caricaturescos, especialmente en “Amerikhastan”, donde Dave vuelve a acercarse
peligrosamente a la teatralidad nasal de “Sweating Bullets”.
Musicalmente, el álbum encuentra un equilibrio bastante
inteligente entre el thrash técnico y el heavy metal melódico que Megadeth
llevaba explorando desde “Countdown to Extinction”. Hay riffs memorables, solos
constantes y una producción moderna de Andy Sneap que da pegada sin convertir
el sonido en plástico. Glen Drover jamás tuvo el carisma de Marty Friedman,
pero aquí cumple con muchísima dignidad, especialmente en los duelos de
guitarra con Mustaine.
No todo funciona igual de bien. La nueva versión de “A Tout
Le Monde” junto a Cristina Scabbia (Lacuna Coil) resulta innecesaria y pierde
gran parte de la emoción del original. Además, el tramo final baja ligeramente
el nivel tras un arranque demoledor. Pero incluso en sus momentos más flojos, el
disco mantiene una energía que Megadeth no mostraba con tanta constancia desde
hacía muchísimo tiempo.
Mustaine entendió finalmente que ya no podía competir contra
sus propios clásicos y decidió hacer algo más inteligente: sonar como una
versión veterana, endurecida y moderna de Megadeth. Y lo consigue.
Puede que no sea una obra maestra, pero sí uno de los discos
más sólidos y honestos de la segunda vida de la banda, aunque históricamente
haya quedado relegado a un segundo plano. Megadeth seguía muy vivo… y Dave
Mustaine todavía sabía perfectamente cuándo salir a cazar.
ENDGAME (2009)
Megadeth alcanzó con “Endgame” uno de los picos más altos de su etapa moderna. Tras discos sólidos como “The System Has Failed” y “United Abominations”, aquí Mustaine encontró el equilibrio perfecto entre la agresividad técnica de los 80 y la melodía más accesible de los 90. Sin ser una copia de “Rust in Peace”, sí recupera esa sensación de peligro, velocidad y hambre que la banda había perdido durante años.
Desde la instrumental “Dialectic Chaos” enlazada con “This
Day We Fight!”, el disco deja claro que va a por la yugular. Los riffs son
afilados, los solos constantes y la producción de Andy Sneap aporta una pegada
enorme sin sacrificar claridad. La llegada de Chris Broderick fue clave: su
química con Mustaine convierte temas como “1,320”, “Headcrusher” o “How the
Story Ends” en auténticos festivales de shredding, probablemente los mejores
duelos de guitarras del grupo desde la era Friedman.
Lo mejor de “Endgame” es que no vive solo de la nostalgia.
Hay referencias claras al pasado pero las canciones funcionan por sí mismas.
“44 Minutes” mezcla melodía y tensión con enorme naturalidad, “Bodies” recuerda
al Megadeth noventero más oscuro y “The Right to Go Insane” cierra el álbum con
un equilibrio perfecto entre groove y velocidad. Incluso la extraña “The
Hardest Part of Letting Go…” termina encajando dentro del conjunto.
Sí, Mustaine seguía cayendo en sus obsesiones conspiranoicas
y algunas letras rozan lo caricaturesco, pero musicalmente el disco está tan
inspirado que cuesta darle demasiada importancia.
Quizá “Endgame” no tenga el impacto histórico de “Rust in
Peace” ni la colección de himnos de “Countdown to Extinction”, pero como álbum
completo es sorprendentemente consistente. No hay relleno claro, el ritmo nunca
decae y la banda suena viva, técnica y peligrosamente motivada. Para muchos
fans es el mejor disco de Megadeth del siglo XXI; para algunos, directamente el
mejor desde 1990. Y sinceramente, no es una opinión tan descabellada.
TH1RT3EN (2011)
“TH1RT3EN” es un disco bastante más sólido de lo que suele decirse. No llega al nivel de “Endgame”, pero sí mantiene parte del buen momento creativo que Megadeth venía arrastrando desde “The System Has Failed” y “United Abominations”. El problema es que, después del golpe de autoridad que supuso “Endgame”, muchos esperaban otro álbum thrash demoledor y se encontraron con algo mucho más irregular y no tan orientado a dicho subgénero.
El disco mezcla dos caras distintas de la banda. Por un lado
están los temas más agresivos y técnicos, como “Sudden Death”, “Public Enemy
No. 1”, “Never Dead” o “New World Order”, donde todavía aparecen riffs
afilados, solos excelentes y bastante energía. Chris Broderick brilla muchísimo
aquí, y el regreso de David Ellefson aporta cierto aire clásico. “Black Swan”
también destaca por su melodía y atmósfera.
Por otro lado, el álbum cae demasiado a menudo en canciones
rockeras o simplonas como “Fast Lane”, “Wrecker” o “Guns, Drugs & Money”,
que rompen el ritmo y hacen que el disco se sienta más largo de lo necesario.
Ahí aparece uno de sus mayores problemas: la falta de cohesión. Da la impresión
de que Mustaine quería hacer una especie de continuación moderna de “Countdown
to Extinction” o “Cryptic Writings”, mezclando gancho comercial con metal
técnico, pero sin terminar de equilibrar ambas cosas.
También pesa bastante el reciclaje de material antiguo.
Varias canciones venían de demos previas, y aunque algunas son excelentes, eso
le da al álbum cierta sensación de “colección” más que de obra totalmente
nueva.
En conjunto, “TH1RT3EN” no es un mal disco ni mucho menos.
Tiene riffs memorables, muy buenos solos y varios temas realmente fuertes.
Simplemente se siente algo inconsistente por momentos. Si hubieran recortado
tres o cuatro canciones flojas, probablemente hoy se recordaría mucho mejor.
Sigue estando claramente por encima de “Super Collider”, aunque por debajo de “Endgame”.
SUPER COLLIDER (2013)
Hablar de "Super Collider" es entrar directamente en uno de los debates más divisivos de toda la carrera de Megadeth. Para muchos fans representa el punto más bajo de la banda; para otros, simplemente un disco incomprendido que recibió mucho más odio del que realmente merecía. Y sinceramente, ambas posturas tienen algo de verdad.
Después del excelente “Endgame” y del disfrutable
“Th1rt3en”, las expectativas eran más bien altas. Además, la alineación parecía
estable y técnicamente impresionante: Dave Mustaine en voz y guitarra, David
Ellefson regresando con fuerza al bajo, Chris Broderick consolidado como uno de
los guitarristas más virtuosos que ha tenido Megadeth y Shawn Drover en
batería. Sobre el papel, todo apuntaba a otro gran álbum. Pero el resultado
terminó siendo algo mucho más extraño: un disco atrapado entre el heavy metal,
el hard rock comercial, algunos destellos thrash y una búsqueda de
accesibilidad que nunca termina de decidir qué quiere ser.
A diferencia de sus grandes títulos, aquí todo se siente disperso. Hay canciones que intentan recuperar el espíritu thrash moderno de “Endgame”, otras que parecen buscar el enfoque radial de “Risk”, y otras que directamente coquetean con el hard rock estadounidense más accesible.
Cierto es que desde el inicio con “Kingmaker” se nota que
todavía hay riffs muy buenos escondidos aquí. Es probablemente la canción más
cercana al Megadeth clásico del álbum: agresiva, con groove, energía y un
trabajo de guitarras realmente sólido. “Built for War” también tiene mucha
fuerza, con riffs pesados y una estructura bastante pegadiza. Incluso “Dance in
the Rain”, con la inesperada participación de David Draiman, logra construir
una atmósfera interesante.
El problema es que por cada buen momento aparece una canción
que rompe completamente el ritmo. Sin ir más lejos, la homónima “Super
Collider”, se convirtió rápidamente en una de las canciones más odiadas de sus
seguidores, moviéndose en un hard rock genérico realmente decepcionante. Otros
títulos como “Burn!” o “Don’t Turn Your Back” se sienten inacabados o faltos de
un remate digno.
También hay decisiones muy extrañas que dividieron muchísimo
a los fans. “The Blackest Crow”, por ejemplo, incorpora banjo y elementos
folk/bluegrass. Y aunque sobre el papel suena ridículo para un disco de
Megadeth, curiosamente termina siendo una de las canciones más memorables
precisamente porque intenta algo distinto.
Chris Broderick probablemente sea el gran héroe silencioso
del disco. Aunque muchos fans criticaron la falta de creatividad general del
álbum, su trabajo en guitarra sigue siendo espectacular. Los solos mantienen un
nivel técnico altísimo y muchas veces elevan canciones que, compositivamente,
son bastante normales. Tal vez, si Broderick hubiera tenido un mayor espacio
creativo otro gallo hubiera cantado.
Tras la gira promocional del LP “Super Collider, tanto Chris
Broderick como Shawn Drover abandonaron Megadeth en 2014. Fue otro de los
múltiples cambios de formación en la historia de la banda, dejando nuevamente a
Dave Mustaine y David Ellefson reconstruyendo el grupo desde cero.
DYSTOPIA (2016)
Con “Dystopia”, Megadeth protagonizó uno de los regresos más contundentes de toda su carrera. Después del decepcionante “Super Collider”, un disco demasiado pulido y alejado del nervio clásico del grupo, Dave Mustaine entendió que era momento de recuperar la agresividad, la técnica y el filo que habían convertido a Megadeth en uno de los nombres esenciales del Thrash Metal. Y vaya si lo hicieron. Este álbum no solo devolvió a la banda a la buena senda, sino que además presentó una formación renovada que terminó funcionando de manera espectacular. La llegada de Kiko Loureiro (Angra) y el mismísimo Chris Adler (Lamb Of God) supuso una auténtica inyección de vida para el sonido del grupo. El primero aportó elegancia, virtuosismo y un aire fresco a las guitarras, mientras que Adler, con su pegada salvaje y precisión enfermiza, convirtió la batería en una auténtica máquina de guerra. Todo ello acompañado, claro está, por el eterno Dave Ellefson, cuyo bajo volvió a sentirse fundamental dentro de la maquinaria de Megadeth.
Desde los primeros segundos queda claro que Mustaine quería
volver a sonar peligroso. “The Threat Is Real” abre el disco con una atmósfera
oriental que rápidamente explota en un ataque de riffs afilados, velocidad y
estribillos marca de la casa. Es Megadeth sonando nuevamente hambrientos y
agresivos, con una producción potente pero sin perder suciedad ni mala leche.
El nivel continúa altísimo con “Dystopia”, probablemente el gran himno del
álbum. Su mezcla de riffs mecánicos, cambios de ritmo y secciones instrumentales
demoledoras recuerda inevitablemente a clásicos como “Hangar 18”, aunque
manteniendo personalidad propia. Aquí ya se empieza a notar también algo
importante: la evolución vocal de Mustaine. Más grave y rasgada por el paso del
tiempo, pero perfectamente adaptada al tono oscuro y pesado del disco.
La primera mitad del álbum es especialmente fuerte. “Fatal
Illusion” recupera el Thrash veloz y técnico de los Megadeth más clásicos, con
una estructura llena de giros y un trabajo espectacular de Adler tras los
parches, mientras que “Post American World” mezcla agresividad y melodía con
una de las mejores letras del disco, mostrando la habitual obsesión de Mustaine
por el caos político y social. Incluso canciones algo menos explosivas como
“Death From Within” o “Bullet To The Brain” mantienen un nivel muy alto gracias
a la enorme química instrumental de esta formación.
Uno de los grandes aciertos de Dystopia es cómo combina
brutalidad y atmósfera. “Poisonous Shadows” introduce un aire oscuro y arabesco
que recuerda a ciertos momentos experimentales del pasado de la banda, mientras
que “Conquer Or Die!” funciona como un impresionante escaparate instrumental
para Kiko Loureiro, demostrando desde su debut por qué terminó convirtiéndose
rápidamente en uno de los guitarristas más queridos de la historia reciente del
grupo. Su técnica, limpieza y capacidad melódica encajan de maravilla con el
estilo de Mustaine.
El tramo final tampoco decepciona. “Lying In State” recupera
el lado más destructor y veloz del álbum con riffs absolutamente enfermizos,
mientras que “The Emperor” introduce un groove más vacilón y pegadizo sin
perder agresividad. Incluso el cierre con la versión de “Foreign Policy” de
Fear funciona sorprendentemente bien dentro del conjunto gracias a la actitud
punkarra y desatada que siempre ha tenido Mustaine en su ADN compositivo.
Sin alcanzar el estatus de “intocable”, “Dystopia” logró
devolver la ilusión a muchos seguidores que sentían que Megadeth se había
perdido parcialmente durante años. El álbum sonó inspirado, técnico, agresivo y
genuinamente vivo. Más importante aún, dejó claro que Mustaine todavía tenía
mucho que decir todavía. La entrada de Kiko Loureiro y Chris Adler fue
absolutamente decisiva para esta resurrección artística, convirtiendo Dystopia
en uno de los mejores discos de Metal de 2016 y en el punto de partida de la
excelente etapa final de Megadeth.
The Sick, The Dying...And The Dead (2024)
Con The Sick, The Dying… And The Dead! Megadeth confirmó que lo de “Dystopia” no había sido casualidad. Tras años marcados por discos irregulares, el cáncer de garganta de Dave Mustaine, la pandemia y el turbulento despido de David Ellefson, pocos esperaban que la banda regresara con un álbum tan inspirado, técnico y hambriento. Sin embargo, lejos de darse por vencido, Mustaine y compañía entregaron un trabajo realmente sólido donde recuperaron velocidad, agresividad y ambición compositiva mientras reforzaban una formación que terminó funcionando de maravilla.
La consolidación de Kiko Loureiro (poco después del
lanzamiento del disco se marcharía del grupo) y del recién llegado Dirk
Verbeuren resultó clave para ello. El brasileño aportó elegancia y virtuosismo
a las guitarras, mientras que Dirk se convirtió en una auténtica bestia tras la
batería, con un rendimiento que recordó por momentos a la locura jazzística y
desatada del mítico Gar Samuelson. A todo esto se sumó la participación de
Steve DiGiorgio grabando el bajo tras la salida de Ellefson, completando así un
álbum marcado por la superación y el caos detrás de las cámaras.
Desde su portada inspirada en el imaginario western hasta el
regreso de los puntos suspensivos en el título, el disco deja claro que
Mustaine quería reconectar con distintas etapas de su pasado sin limitarse a
vivir de la nostalgia. El resultado es un trabajo variado, lleno de referencias
al sonido clásico de Megadeth pero con producción moderna y músculo renovado.
El tema título abre el álbum con un aire más oscuro y
teatral de lo esperado, mezclando melodías sombrías, cambios de dinámica y un
excelente trabajo de guitarras que recuerda por momentos a “Youthanasia” y
“Cryptic Writings”. A partir de ahí el grupo pisa el acelerador con “Life In
Hell”, una descarga de Thrash afilado y macarra que parece salida directamente
de “Killing Is My Business…”, y especialmente con “Night Stalkers”,
probablemente una de las canciones más salvajes y ambiciosas que Megadeth ha grabado
en décadas. Rápida, cambiante y repleta de tensión, funciona como una
demostración de que Mustaine todavía podía sonar peligroso incluso después de
todo lo vivido.
El álbum también destaca por su enorme riqueza instrumental.
“Dogs Of Chernobyl” mezcla atmósferas apocalípticas, riffs demoledores y una
construcción casi cinematográfica que desemboca en uno de los momentos más
intensos del disco, mientras que “Junkie” y “Célebutante” recuperan ese
equilibrio tan propio de Megadeth entre técnica enfermiza y estribillos
memorables. Kiko Loureiro brilla especialmente en estos cortes, dejando varios
de los mejores solos de toda la etapa reciente del grupo. Incluso canciones más
sencillas como “Soldier On!” o “Killing Time” suenan dignas, pese a su sonido
menos sorprendente.
Obviamente, no todo alcanza el mismo nivel. “Sacrifice” y
“Killing Time” pueden sentirse algo menos inspiradas comparadas con los
momentos más explosivos del álbum, y “Psychopathy” funciona más como interludio
anecdótico que como canción real. Aun así, el conjunto mantiene una solidez
notable durante toda su duración gracias a una producción potente, riffs
constantemente memorables y una sensación general de banda revitalizada.
Además, experimentos como “Mission To Mars” demostraron que Mustaine todavía
estaba dispuesto a salirse un poco de la fórmula tradicional sin perder
identidad, algo que en manos de otro grupo podría haber terminado en desastre.
Más allá de las canciones individuales, lo más importante de
The Sick, The Dying… And The Dead! es la sensación de resistencia que
transmite. Quizá esté un peldaño por debajo de “Dystopia”, pero me parece una
obra muy disfrutable y a la que me gusta acudir con cierta regularidad.
MEGADETH (2026)
Con el álbum homónimo Megadeth quiso poner fin a su carrera discográfica. Para ello, lejos de reinventar la rueda o despedirse con un golpe de efecto artificial, el cuarteto echa la vista hacia atrás como una última reafirmación de todo aquello que convirtió a la banda de Dave Mustaine en una de las instituciones definitivas del Thrash Metal.
Lo verdaderamente emotivo del disco no está en la nostalgia
barata, sino en el contexto: un Mustaine físicamente castigado por la
contractura de Dupuytren, consciente de que el final está cerca, negándose aun
así a abandonar el escenario sin luchar hasta el último momento.
Lo más admirable es que la banda no suena agotada. Al
contrario. Después del notable nivel mostrado en “Dystopia” y “The Sick, the
Dying... and the Dead!”, este cierre mantiene la misma línea inspirada. La
entrada de Teemu Mäntysaari aporta frescura y músculo técnico sin romper la
identidad clásica del grupo, algo especialmente importante tras la salida de
Kiko Loureiro. Hay química real en las guitarras y el álbum transmite la
sensación de una banda que todavía tiene hambre, incluso sabiendo que está
escribiendo sus últimas páginas.
Desde el arranque con “Tipping Point” queda claro que
Megadeth quiere despedirse haciendo lo que mejor sabe hacer: Thrash directo al
mentón. Riffs cortantes, batería incendiaria cortesía de Dirk Verbeuren y un
Mustaine que, pese al desgaste físico, sigue escupiendo las letras con veneno.
“I Don’t Care” recupera el lado más punkarra y callejero del grupo, mientras
“Hey, God?!” conecta con los medios tiempos melódicos de la era “Youthanasia”,
dejando espacio para melodías sombrías y reflexiones más personales. Por otro
lado, “Let There Be Shred” es un homenaje descarado al virtuosismo guitarrero
que siempre fue parte esencial del ADN de Megadeth: técnica desatada, solos
veloces y un Teemu completamente integrado en el lenguaje Mustaine.
El tramo central mantiene un equilibrio muy conseguido entre
melodía y agresividad. “Puppet Parade” y “Another Bad Day” quizá no reinventan
nada, pero sostienen muy bien la identidad del álbum gracias a riffs sólidos y
estribillos efectivos. Donde el disco realmente despega es en “Made to Kill” y
“Obey the Call”, probablemente las piezas más feroces y completas del trabajo.
Especialmente la segunda, que construye una tensión magnífica antes de
desembocar en un duelo de solos espectacular entre Mustaine y Mäntysaari. Ahí
es donde el disco recuerda que, incluso en 2026, Megadeth sigue sabiendo sonar
peligroso.
El cierre con “The Last Note” resulta especialmente emotivo
sin caer en sentimentalismos exagerados. Mustaine se despide con serenidad,
consciente del legado construido durante más de cuarenta años de carrera. La
canción funciona casi como un epitafio musical: solemne, amarga y orgullosa al
mismo tiempo. Y luego llega el gesto definitivo: la versión de Ride the
Lightning de Metallica. Más que un simple bonus track, es el cierre simbólico
de una herida abierta desde 1983. Mustaine reinterpretando una canción ligada a
sus orígenes no desde el resentimiento, sino desde la aceptación. El círculo
termina exactamente donde empezó.
No es el mejor disco de Megadeth ni pretende serlo. Pero
como despedida funciona de maravilla: digna, honesta, afilada y profundamente
humana. La banda se marcha sin arrastrarse, manteniendo intacta gran parte de
su identidad y dejando claro por qué el nombre de Dave Mustaine seguirá
ocupando un lugar eterno dentro de la historia del Heavy Metal.
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