Hay discos importantes, hay discos míticos… y luego están los discos que parecen contener una época entera dentro de sus canciones. “Sticky Fingers” pertenece a esa categoría tan exclusiva. Publicado en 1971, es mucho más que uno de los grandes trabajos de The Rolling Stones: representa la consagración absoluta de todo aquello que convirtió a la banda en leyenda. Blues, rock, country, decadencia urbana, sensualidad peligrosa, adicción, elegancia canalla y canciones extraordinarias. Todo queda concentrado en sus 10 composiciones.
Si los años sesenta habían mostrado a los Stones como la respuesta sucia y provocadora frente a la pulcritud elegante y pop de The Beatles, el arranque de los setenta los encontró convertidos en algo todavía mayor: una institución cultural que seguía sonando peligrosa. “Sticky Fingers” marca además el inicio de una nueva etapa empresarial y artística al ser el primer álbum publicado en su propio sello, Rolling Stones Records, simbolizado por la célebre lengua diseñada por John Pasche.
La banda venía de cerrar una década convulsa. La muerte de Brian Jones, el turbulento concierto de Altamont y la entrada de Mick Taylor habían alterado profundamente la dinámica interna de un grupo que atravesaba uno de sus picos creativos tras entregar dos obras maestras como “Beggars Banquet” (1968) y “Let It Bleed” (1969). La llegada de Taylor aportó una finura guitarrística fundamental, elevando la capacidad melódica del conjunto sin restar suciedad al resultado.
El fruto de varias semanas en el estudio fue un álbum que suena compacto, libre, seguro de sí mismo y peligrosamente seductor. A ello se sumó la celebérrima portada creada por Andy Warhol, donde aparece un primer plano de unos pantalones vaqueros con una cremallera real funcional, reflejando el momento de provocación y sexualidad en el que se encontraban sus “satánicas majestades”. Como muchos sabrán, la censura de la dictadura franquista prohibió esta portada y la imagen fue sustituida por otra hoy legendaria: una lata abierta de la que emergen unos dedos cercenados. Esta alternativa grotesca, surrealista y perturbadora, además de convertirse en una de las más buscadas por coleccionistas y melómanos, quedó como ejemplo evidente de la ignorancia y la hipocresía de Franco (sustituir una imagen provocadora por algo tan extremo resulta, cuanto menos, propio de alguien con pocas luces).
Dicho esto, dejemos al dictador pudriéndose en el hoyo y disfrutemos de las canciones que conforman este álbum histórico.
Un riff inmortal salido de la factoría Keith Richards nos introduce de la mejor manera posible en el disco. Y es que poco más puede añadirse a un clasicazo como “Brown Sugar”, corte contagioso y festivo con un desbordante Jagger tras el micrófono. Aunque su letra, con referencias a la esclavitud, el sexo o la violencia, sigue generando debate más de medio siglo después de su lanzamiento, pertenece a ese tipo de temas que están por encima del bien y del mal. Precisamente esa mezcla de brillo musical y ambigüedad moral resume buena parte del universo Stones.
Jamás entenderé cómo “Sway” nunca obtuvo un reconocimiento mayor dentro del legado de la banda. Pieza densa y emocional, en la que la guitarra de Mick Taylor y los coros transmiten una vulnerabilidad absoluta que enamora desde la primera escucha. Un corte que poco, o nada, tiene que envidiar a cualquier hit de sus “Satánicas Majestades”.
Y llegamos a la gran balada del LP y a una de las canciones más hermosas del catálogo de los británicos. “Wild Horses” es country elevado al máximo exponente de clase, con una carga emocional altísima que cala hasta los huesos. La interpretación vocal de Jagger y las bellas guitarras acústicas crean una sensación de intimidad absoluta que conmueve a cualquiera. Esta pieza nace del dolor de Keith Richards al tener que alejarse de Anita Pallenberg, su pareja en aquel momento, y de su hijo recién nacido para salir de gira. La frase “ni los caballos salvajes podrían arrastrarme” deja claro que la unión de esos lazos era inquebrantable pese a la distancia.
“Can’t You Hear Me Knocking” es otra joya indiscutible, además de una de las más infravaloradas de The Rolling Stones. Esta obra maestra puede dividirse en dos actos perfectamente diferenciados. Comienza como un rock callejero y musculoso, con uno de los riffs más celebrados de Richards y una interpretación explosiva de Jagger para, pocos minutos después, transformarse en una inesperada jam latina-jazzística absolutamente brillante. El saxo y la guitarra de Taylor elevan el tramo final a otra dimensión. Temazo que todo amante de la buena música debería controlar.
La primera mitad del álbum culmina con una de esas revisiones de clásicos del blues que los Rolling Stones terminaban haciendo suyas con aparente facilidad. En este caso nos encontramos con la icónica “You Gotta Move”, tradicional blues góspel popularizado por Mississippi Fred McDowell que los Stones homenajean con una interpretación sucia, austera y muy sincera.
La cara B arranca de la mejor manera con la sucia y callejera “Bitch”, una composición donde los Stones sacan su perfil más arrogante con una letra sobre el deseo puro, la obsesión y la naturaleza caótica y desafiante del amor intenso. Este corte se graba a fuego en la mente desde la primera escucha gracias a su ritmo pegajoso y constante, además de unos arreglos de metales y coros que lo elevan a otra dimensión de clase. Y palabras mayores también para Keith Richards y el extenso solo cargado de actitud que se marca aquí. Uno de mis temas preferidos de los Rolling, no me escondo.
Otra pieza olvidada por la historia, pero que me parece impecable, es “I Got The Blues”. Aquí los británicos dejan fluir su faceta soul y nos regalan un corte sensual y elegante donde Jagger adopta un registro apasionado mientras sus compañeros lo acompañan con una instrumentación suave y sofisticada. Los Stones, en estos momentos de su carrera, eran una máquina perfecta.
“Sister Morphine” pone la nota más cruda del álbum con una letra sobre adicciones varias, el dolor y la muerte, coescrita por Mick Jagger, Keith Richards y la eterna Marianne Faithfull, donde se nos relata la historia de un hombre traumatizado tras un accidente automovilístico en un hospital que suplica por morfina. Al parecer, Marianne escribió gran parte del texto pensando en su propia y turbulenta vida de aquellos años. La canción avanza de forma serpenteante, siendo la slide guitar la pieza clave de este maravilloso rompecabezas gracias a esos arreglos fantasmales que va introduciendo.
Cuando los Stones se ponían sarcásticos y ácidos nacían piezas tan curiosas como “Dead Flowers”, una composición de country-folk desenfadado donde hablan sobre el desamor, la amargura y la aceptación de un final doloroso. La banda utiliza la imagen de “flores muertas” enviadas cada mañana como metáfora del desprecio, el despecho amoroso y la resiliencia ante una relación tóxica. Una vez más tengo que destacar una de las cosas que más adoro de los Stones y que en este tema se manifiesta constantemente: las armonías vocales entre Keith Richards y Mick Jagger.
Y todo finaliza de forma majestuosa con “Moonlight Mile”, una canción melancólica, cinematográfica y profundamente emotiva. Los arreglos de cuerda, la contenida interpretación de Jagger y esa extraña sensación de cansancio existencial la convierten en uno de los mejores cierres de su carrera.
CONCLUSIÓN
“Sticky Fingers” captura a los Stones en un equilibrio casi milagroso. Siguen siendo una banda de raíces blues, pero expanden su lenguaje hacia el country, el soul, el rock duro y la introspección.
Muchos álbumes de The Rolling Stones pueden aspirar al título de mejor de su carrera. Pero pocos reúnen tantas virtudes o tantas papeletas como “Sticky Fingers”. Aquí encontramos 10 canciones inmortales donde imperan la variedad estilística, la actitud y la profundidad emocional, partiendo siempre de una ejecución impecable.
Además, es el prólogo perfecto para la que para mí es la obra maestra de los Rolling, mi adorado “Exile on Main St.”.
Más de medio siglo después "Sticky Fingers" me sigue pareciendo una obra de culto.


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