“Look at Yourself” de Uriah Heep pertenece a esa categoría de discos que, aunque jamás hayan recibido el reconocimiento que merecen, fueron esenciales para redefinir el rock de los setenta. Cuando apareció en septiembre de 1971 en el mercado americano —no llegaría hasta octubre a Europa—, el hard rock estaba viviendo una auténtica edad de oro. Black Sabbath había demostrado que la oscuridad también podía ser pesada, Led Zeppelin seguían ampliando los límites del rock y Deep Purple convertían el virtuosismo en un espectáculo de alto voltaje. En medio de semejante panorama, y lejos de limitarse a seguir las tendencias del momento, Uriah Heep encontró su propio camino.
Durante
demasiado tiempo se les ha infravalorado bajo la cómoda etiqueta de "los
otros Deep Purple". Una comparación que no va mucho más allá de la
presencia del Hammond en su sonido o de ese cierto componente progresivo, pero
que me resulta cuanto menos injusta. Donde Purple apostaba por la explosión
instrumental, Uriah Heep prefería construir atmósferas grandiosas, jugar con
las armonías vocales y alternar la contundencia con pasajes casi místicos sin
perder jamás la pegada.
El tercer
LP de Uriah combate ese prejuicio tan extendido dentro del heavy metal según el
cual cualquier exceso de melodía resta agresividad a la música. Por supuesto
que hay momentos lentos, pero nadie puede negar que Ken Hensley lograba hacer
que su Hammond rugiera tanto o más que cualquier muro de guitarras. La técnica
de Ken, sumada al liderazgo de Mick Box, uno de los guitarristas más
influyentes de la historia, y al vozarrón que se gastó hasta su prematura
muerte el bueno de David Byron, convirtieron a Uriah Heep en un grupo sin el
cual sería imposible entender completamente el rock duro de los setenta.
Quizá la
mayor virtud de “Look at Yourself” sea que, a excepción de un par de números
que ahora analizaremos, no pretende impresionar mediante exhibiciones técnicas
interminables ni estructuras imposibles. Lo suyo eran canciones enormes,
interpretadas siempre con una precisión quirúrgica envidiable y con esa crudeza
tan personal de aquella década tan fructífera. Cincuenta años después sigue
sonando igual de fresco, igual de poderoso y, sobre todo, igual de influyente.
Lo primero
que llama la atención es que, aun conservando ciertos aromas psicodélicos y
progresivos heredados de Salisbury, "Look at Yourself" supone un paso
decidido hacia un hard rock mucho más musculoso y directo. Aquí ya se encuentra
esa personalidad que convertiría a Uriah Heep en una de las grandes referencias
del rock británico de los setenta, aunque durante décadas hayan vivido a la
incómoda sombra de Deep Purple. Sí, ambas compartían la pasión por el Hammond,
las armonías vocales y una forma muy particular de entender el hard rock, pero
eso nunca debería haber servido para minimizar la enorme identidad que
desarrolló el quinteto de Mick Box.
La
formación tampoco podía ser más inspirada. David Byron atraviesa probablemente
el mejor momento de toda su carrera como cantante, desplegando ese registro
teatral, apasionado y desbordante que convertía cada interpretación en una
pequeña representación dramática. Ken Hensley, por su parte, ejerce de
auténtico arquitecto del sonido del grupo: sus composiciones sostienen el álbum
y su órgano Hammond se convierte en un instrumento tan protagonista como la
guitarra de Mick Box, cuya forma de tocar combina crudeza, melodía y una
expresividad absolutamente cautivadora. Junto a ellos, Paul Newton e Ian Clarke
forman una base rítmica sólida que nunca busca el lucimiento individual, pero
resulta esencial para que todo funcione con semejante naturalidad.
La
homónima "Look at Yourself" es una auténtica declaración de
principios, así como la mejor forma de dar el pistoletazo de salida a una obra
atemporal. Desde los primeros acordes queda claro que Uriah Heep ha endurecido
considerablemente su propuesta respecto a sus dos obras anteriores. El Hammond
ruge con la misma autoridad que la guitarra, el ritmo avanza con una energía
contagiosa, apoyándose en coros intensos, y el estribillo posee esa capacidad
casi mágica de quedarse instalado en la memoria desde la primera escucha.
Resulta curioso recordar que David Byron no pudo encargarse de la voz principal
durante la grabación de esta canción debido a unos problemas de garganta,
siendo el propio Ken Hensley quien asumió el protagonismo vocal. Sin embargo,
lejos de resentirse, el tema terminó convirtiéndose en uno de los mayores
clásicos de toda la discografía del grupo y en una demostración perfecta de que
un órgano Hammond puede sonar igual de contundente que cualquier muro de
guitarras. Un numerazo que ejemplifica perfectamente el momento sonoro en el
que se encontraban estos británicos.
Sin apenas
respiro aparece "I Wanna Be Free", una pieza mucho más directa,
apoyada sobre un riff magnífico de Mick Box, arreglos exquisitos de Hammond y
un ritmo que anticipa, en cierta medida, el hard rock americano que dominaría
buena parte de la década siguiente. Es imposible no pensar en Grand Funk
Railroad cuando escuchas su estructura. Quizá no acapare nunca los focos cuando
se habla del álbum, pero su frescura y calidad resultan más que necesarias para
mantener el equilibrio del conjunto.
Y, claro…
llega el momento que justifica por sí solo la escucha y reseña de este álbum.
Aunque siempre se hable de “Easy Living”, “Lady In Black” y “Gypsy” como los
grandes hits del grupo, para mí “July Morning” es la mayor joya que nos brindó
Uriah Heep a lo largo de su carrera, así como una de las grandes obras sonoras
que ha dado el hard rock británico. Más de diez minutos en los que Uriah Heep
demuestra que la ambición compositiva no está reñida con la emoción. La
introducción de órgano crea una atmósfera casi litúrgica antes de que la banda
vaya construyendo un viaje sonoro repleto de cambios, crescendos y momentos de
absoluta belleza. La interpretación vocal de Byron resulta conmovedora —la más
grande de su breve, pero intensa, carrera—, mientras la dupla de genios
conformada por Hensley y Box dialoga constantemente entre teclados y guitarra
hasta desembocar en un final simplemente monumental, enriquecido además por la
inolvidable participación de Manfred Mann al sintetizador Moog. El solo de Mick
Box es una de esas delicias sonoras que todo mortal debería escuchar, al menos,
una vez en la vida. Tuve la suerte de disfrutar de la actual formación tocando
este tema en 2024, abriendo para Judas Priest, y les prometo que fue imposible
evitar llorar de emoción ante semejante despliegue artístico. La cumbre
creativa de un grupo que ya desde sus orígenes alcanzó la inmortalidad.
Y tras el
embrujo de “July Morning”, la cara B se niega a bajar el nivel. "Tears in
My Eyes" devuelve el protagonismo al hard rock más inmediato mediante uno
de los riffs más inspirados de Mick Box, donde el slide cobra un papel
fundamental. La energía que transmite es contagiosa, pero, como ocurre
constantemente en este disco, nunca renuncia a unos arreglos vocales muy
elaborados, que desde el primer LP se convirtieron en una de las señas de
identidad de la banda.
Palabras
mayores para "Shadows of Grief", una composición mucho más compleja,
de casi nueve minutos de extensión, donde el grupo vuelve a coquetear con el
rock progresivo sin abandonar nunca la contundencia. El órgano adquiere un
papel protagonista y las estructuras se vuelven más abiertas, permitiendo que
cada músico disponga del espacio suficiente para desarrollar sus ideas. Quizá
no alcance la brillantez de "July Morning", pero su experimentación,
sumada a la distorsión que Mick Box añade con su guitarra, la convierten en
otro de los platos fuertes del LP.
El clima
cambia completamente con "What Should Be Done". Tras tanta intensidad
eléctrica, Uriah Heep baja las revoluciones para regalarnos una de las
interpretaciones más delicadas del álbum. El piano, con cierto sabor a
Supertramp, conduce la melodía mientras David Byron firma una de sus
actuaciones más sensibles y sobrias, demostrando que su talento iba mucho más
allá de los registros más explosivos por los que normalmente se le recuerda.
Otra secundaria de lujo que merece ser reivindicada.
Y como
todo gran disco de hard rock merece un cierre poderoso, "Love
Machine" termina de rematar la faena con un derroche de energía
decibélica, riffs pegadizos y esa mezcla de fuerza y melodía que define a la
perfección la esencia del álbum. Puede que su letra sea bastante más ligera que
la del resto del repertorio, pero ese aspecto me importa más bien poco cuando
musicalmente el número funciona como un broche magnífico para una obra que
prácticamente no concede un solo momento de respiro.
CONCLUSIÓN
Uno de los
mayores logros de "Look at Yourself" reside precisamente en ese
delicado equilibrio entre accesibilidad y sofisticación. Uriah Heep nunca
renunció a la melodía ni a los estribillos memorables, pero tampoco sacrificó
la riqueza instrumental ni las estructuras más ambiciosas cuando la canción lo
requería. El resultado fue un disco capaz de satisfacer tanto al aficionado al
hard rock más directo como a quien disfruta descubriendo nuevos matices en cada
escucha.
Aunque
"Demons and Wizards" aparezca con más frecuencia en las listas de
“imprescindibles”, reconozco que con los años me he sentido más enamorado de la
magia de "Look at Yourself", una obra que, tal vez, representa mejor
que ningún otro LP la esencia de Uriah Heep.
Más de
medio siglo después de su publicación, continúa sonando sorprendentemente
fresco. Mientras muchas bandas de la época quedaron atrapadas en las modas
pasajeras o en excesos progresivos que el tiempo terminó castigando conforme el
heavy metal comenzó a asentarse, Uriah Heep encontró aquí una fórmula
prácticamente atemporal que, con mejores o peores resultados, desplegaron a lo
largo de las décadas posteriores. Una obra necesaria para entender todo lo que
vino después.

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