Hace pocos días, concretamente el 11 de julio de 2026, “Eternal Devastation”, mi disco predilecto de los teutones Destruction, alcanzó la noble cifra de 40 años de vida. Aunque lo ideal habría sido publicar esta reseña el mismo día en que se cumplía tan señalada efeméride, nunca es tarde para reivindicar un álbum fundamental dentro de la historia del thrash europeo.
En
1986 el thrash metal vivía su primer gran periodo de esplendor. En Estados
Unidos, Metallica acababa de redefinir el género con “Master of Puppets”,
Slayer preparaba el asalto definitivo con “Reign in Blood” y Megadeth
demostraba con “Peace Sells... But Who's Buying?” que la velocidad podía
convivir con una técnica descomunal. Mientras tanto, al otro lado del
Atlántico, Alemania desarrollaba una respuesta mucho más salvaje, oscura y
despiadada. Kreator, Sodom y Destruction formaban una tríada irrepetible que
dotó al thrash europeo de una identidad propia: más agresivo, más sucio y mucho
menos preocupado por la perfección.
Dentro
de ese contexto, “Eternal Devastation” marcó el instante en que Destruction
dejó de ser una joven banda extremadamente prometedora para convertirse en toda
una institución del género. Tras el excelente “Infernal Overkill”, Marcel
"Schmier" Schirmer, Mike Sifringer y Tommy Sandmann dieron un paso
gigantesco al frente en composición, personalidad y capacidad para transformar
el caos en canciones memorables.
No
era un disco perfecto. Nunca pretendió serlo. Su producción es áspera, seca e
incluso deficiente si se analiza desde parámetros puramente técnicos. Pero
precisamente ahí reside buena parte de su encanto. “Eternal Devastation”
transmite una sensación de peligro constante. Todo parece estar a punto de
desmoronarse mientras, paradójicamente, cada riff cae exactamente donde debe
hacerlo.
Sifringer
comienza aquí a consolidarse como uno de los guitarristas más infravalorados de
toda la primera generación del thrash (y de todos los tiempos). Sus riffs
poseen ese carácter afilado, casi mecánico, que distingue de inmediato a
Destruction del resto de la escena. Schmier quizá todavía no era en aquellos
primeros años el músico completísimo que llegaría a ser más adelante, pero su
combinación de bajo agresivo, voz desgarrada y esos característicos gritos
agudos termina de forjar una personalidad absolutamente inconfundible.
Puede
que Kreator fuera más extremo y Sodom más salvaje, pero pocos discos de aquella
primera hornada consiguen transmitir una sensación de violencia tan espontánea
como “Eternal Devastation”.
No
puede existir una apertura mejor para este álbum que la legendaria “Curse The
Gods”, una de las mayores genialidades que nos ha regalado el thrash metal a lo
largo de sus décadas de existencia. Tras unos primeros segundos de sonidos
limpios, el grupo descarga una tormenta de riffs muteados que avanza sin piedad
sobre nosotros. Durante más de seis minutos no dejan de sucederse cambios de
ritmo, ataques de guitarra de Sifringer y una interpretación vocal
completamente desatada en la que Schmier abre fuego contra todo credo.
Lejos
de repetir la fórmula inicial, “Cofound Games” apuesta por un sonido más
dinámico en el que la velocidad cobra un protagonismo casi absoluto, aunque sin
renunciar por ello a unas estructuras elaboradas ni a una sobrada técnica
instrumental. Schmier vuelve a recurrir a esos agudos tan característicos
durante los versos, mientras que el estribillo posee una fuerza enorme y
probablemente se encuentre entre los más inspirados de toda la trayectoria de
estos alemanes. La guinda del pastel la pone Sifringer con un solo incendiario
que, al menos para mí, constituye el verdadero highlight del tema.
La
velocidad disminuye ligeramente para dar paso a “Life Without Sense”, uno de
los himnos absolutos de los teutones. El riff principal y los solos, ambos
firmados por Sifringer, acaparan gran parte de los focos, aunque la
interpretación vocal de Schmier tampoco se queda atrás; de hecho, ya dejaba
entrever el enorme potencial que acabaría desarrollando como cantante.
Superamos
la primera mitad con mi querida “United By Hatred”, una composición
impresionante desde ese inicio neoclásico tan atípico en una banda de thrash
metal (honor a Sifringer), que acaba transformándose en una avalancha de riffs
donde el ritmo cambia constantemente, pero siempre con la precisión quirúrgica
de unos músicos que aquí se muestran perfectamente compenetrados.
¿Y
qué decir del riff principal de “Eternal Ban”? Es de esos que captan tu
atención desde la primera escucha y vuelven a poner de manifiesto el enorme
potencial técnico de Sifringer, quien despuntó como guitarrista siendo apenas
un chaval. Se trata de un corte compacto y más directo que acabaría
convirtiéndose en un fijo de sus repertorios. Aprovecho también para poner en
valor el bestial trabajo de Sandmann tras los parches, firmando una actuación
al doble pedal absolutamente gloriosa.
La
recta final del disco, como cabía esperar, no baja ni una pizca el altísimo
nivel general. En primer lugar nos encontramos con “Upcoming Devastation”, una
pieza completamente instrumental concebida para el lucimiento de Mike
Sifringer, que en apenas cuatro minutos introduce diferentes cambios de tempo,
un buen puñado de armonías y una estructuración exquisita. Todo ello sirve de
antesala para “Confused Mind”, un cierre que, al igual que “Curse The Gods”,
vuelve a iniciarse con arpegios y melodías celestiales antes de sumirnos en el
más crudo infierno de la mano de un thrash feroz que destila una sensación de
urgencia constante y que no desaparece hasta el último segundo.
CONCLUSIÓN
“Eternal
Devastation” representa el instante en que Destruction encontró definitivamente
su identidad. Sin alcanzar quizá el refinamiento compositivo de algunos
clásicos estadounidenses ni la devastación absoluta de títulos como “Pleasure
to Kill” o “Reign in Blood”, posee algo igual de valioso: una personalidad
arrolladora.
Es
un álbum que huele (o apesta) a local de ensayo, a amplificadores saturados, a
cerveza y a cuero. Cuarenta años después sigue sonando peligroso y conserva
intacta la electricidad que transmitía la primera vez que pudimos escuchar cada
una de las siete canciones que conforman esta obra esencial dentro del Big
Three alemán.

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