Y
es que la publicación de “SPLAT!”, aparecido únicamente dos días antes del
concierto, convertía la cita en algo todavía más especial. Un disco notable,
inspirado y sorprendentemente fresco que demuestra que Deep Purple continúa
componiendo música con auténtica personalidad, lejos del piloto automático en
el que tantos contemporáneos llevan instalados años. Quien quiera profundizar
en él puede leer la reseña que publicamos hace apenas unos días, porque merece
ser escuchado con atención y sin los prejuicios que suelen acompañar a las bandas
veteranas.
Lo
verdaderamente admirable, sin embargo, va mucho más allá del propio álbum. Ian
Gillan, Roger Glover, Ian Paice y Don Airey podrían vivir cómodamente del
prestigio acumulado durante toda una vida. Nadie les exigiría seguir cruzando
continentes, soportando el desgaste físico de una gira o sometiendo sus nuevas
composiciones al juicio inmediato del directo. Pero esa nunca ha sido la
filosofía de Deep Purple. Su vocación sigue siendo la carretera, el escenario y
el contacto directo con el público. Esa determinación, esa necesidad casi vital
de seguir creando y defendiendo nuevo material, es probablemente la mayor
demostración de amor por el rock que pueden ofrecer unos músicos que ya ocupan
un lugar intocable en la historia. Y lo más sorprendente es que esa pasión
sigue traduciéndose en actuaciones de enorme nivel.
Antes
de la descarga principal llegó el turno de Burning, encargados de abrir la
velada. Los navarros volvieron a demostrar por qué se han convertido en uno de
los grandes referentes nacionales cuando se habla de hard rock clásico. Su
actuación fue una reivindicación de un repertorio plagado de excelentes
canciones que forman parte de la banda sonora de varias generaciones en nuestro
país. Sin necesidad de artificios, ofrecieron un concierto sólido, elegante y
lleno de oficio, confirmando que el legado del hard rock español sigue gozando
de magnífica salud.
Cuando
las luces volvieron a apagarse para recibir a Deep Purple, bastaron apenas unos
segundos para comprobar que aquello no iba a ser un ejercicio de nostalgia. “Highway
Star” apareció como un auténtico cañonazo, desatando una ovación monumental desde
el ingreso de los miembros al escenario y dejando claro que el grupo continúa
interpretando este clásico con una energía impropia de músicos que llevan casi
seis décadas sobre los escenarios. Ian Gillan sigue sin buscar imposibles
comparaciones con su voz de juventud. Ha sabido reinventar su manera de cantar,
administrar sus recursos y convertir su inmensa presencia escénica en una
herramienta tan poderosa como cualquier agudo de antaño. Su forma de dominar el
escenario, de comunicarse con el público y de dotar de personalidad cada
interpretación continúa siendo absolutamente magnética. Obvio que el set está
diseñado para que este pueda descansar durante canciones, pero pocos cantantes
a su edad son capaces de sobrevivir noche tras noche a una actuación tan
exigente. Un genio absoluto.
El
arranque mantuvo el nivel con mi querida “A Bit on the Side”, una composición
relativamente reciente, procedente del “=1”, que ya convive con naturalidad
junto a los grandes clásicos, antes de viajar al “In Rock” y ser sometidos a la
intensidad de “Hard Lovin' Man” (¡qué maravilla que la hayan recuperado para la
gira!) y, por supuesto, “Into the Fire”, dos piezas que mantuvieron la
temperatura del pabellón en permanente ebullición y en las que Ian Gillan dejó
al respetable boquiabierto con los primeros agudos de la noche.
Uno
de los momentos más celebrados llegó con el extenso solo de guitarra de Simon
McBride. Dar continuidad al legado del mismísimo Ritchie Blackmore y al bueno
de Steve Morse parecía una misión prácticamente imposible. Sin embargo, McBride
no sólo ha logrado hacerse un hueco propio dentro del universo Purple, sino que
ha terminado por convertirse en el heredero ideal de ambos. Su lenguaje se
acerca más al salvajismo, la espontaneidad y la agresividad de Blackmore que a
la elegancia más melódica de Morse, pero sin caer nunca en la simple imitación.
Su técnica es extraordinaria, su sentido del fraseo resulta brillante y su
capacidad para improvisar convierte cada intervención en un pequeño
acontecimiento. Lo suyo ya no es el papel de sustituto. Es una pieza
absolutamente imprescindible del Deep Purple actual que, ojalá, se mantenga en
el grupo hasta que llegue la hora de la retirada.
La
apuesta por el nuevo trabajo quedó reflejada inmediatamente después con “Arrogant
Boy”, una de las grandes sorpresas de “SPLAT!”. Lejos de perder intensidad
frente a los clásicos, la canción funcionó de maravilla en directo, con un
estribillo inmediato y una contundencia que conquistó rápidamente al público.
Algo parecido sucedería más adelante con “Diablo”, confirmando que el nuevo
álbum posee canciones destinadas a permanecer mucho tiempo dentro del
repertorio de la banda. Resulta tremendamente estimulante comprobar cómo un
grupo con semejante legado sigue siendo capaz de presentar material reciente
que no desentona en absoluto junto a himnos inmortales. Seguramente en pocos
meses, cuando el tour promocional de este álbum arranque podremos escuchar
alguna que otra canción adicional.
“Lazy
Sod” , otro tema del notable “=1” sirvió de puente hacia una fantástica
interpretación de “Lazy”, donde volvió a quedar patente el extraordinario
estado de forma instrumental del quinteto (con solos de armónica de Gillan
incluidos), destacando una vez más la magia solista del maestro Don Airey, que
bordó el solo inicial de la canción. La banda suena compacta, poderosa y, sobre
todo, tremendamente viva.
El
tono descendió en revoluciones para ofrecer uno de los instantes más emotivos
de la noche con “When a Blind Man Cries”. Gillan volvió a demostrar aquí toda
su inteligencia interpretativa, construyendo una versión emocionante, contenida
y profundamente sincera, sin necesidad de recurrir a exhibiciones vocales
imposibles. Me fue imposible contener las lágrimas en esa última nota alargada
de Gillan, que provocó una merecidísima ovación del respetable.
Después
de la ya elogiada “Diablo” fue el turno del solo de teclados de Don Airey.
Hablar del veterano músico supone hacerlo de una de las grandes instituciones
del rock británico. Su legado junto a Rainbow, Ozzy Osbourne, Whitesnake o, por
supuesto, Deep Purple, le sitúa entre los teclistas más importantes de las
últimas cinco décadas. Pero más allá del currículum, impresiona comprobar la
facilidad con la que sigue desplegando técnica, imaginación y musicalidad. Su
elegancia continúa siendo absolutamente deslumbrante. A lo largo de unos cinco
minutos, Airey interpretó jazz, música clásica, rock y, para sorpresa del
público, el clásico himno de San Fermín, que tuvo un sabor realmente
especial al celebrarse el concierto en la víspera del chupinazo y el inicio de
estas populares fiestas.
La
recta final fue un auténtico festival de técnica y, como no podía ser de otra
forma, un buen puñado de clásicos. La contemporánea “Rapture of the Deep” sonó
revitalizada, mi adorada “Space Truckin'” volvió a convertirse en una
gigantesca jam donde Ian Paice recordó por qué sigue siendo uno de los baterías
más impresionantes que ha dado el rock. Lo suyo resulta casi incomprensible.
Conserva una pegada salvaje, una precisión extraordinaria y una fuerza física
que muchos músicos con la mitad de su edad firmarían encantados. A su lado,
Roger Glover continúa siendo el perfecto arquitecto del sonido Purple. Su bajo
sostiene cada canción con una solidez ejemplar, formando junto a Paice una de
las secciones rítmicas más legendarias y eficaces de la historia del hard rock.
La
inevitable “Smoke on the Water” desató el delirio colectivo. En cuanto su
célebre riff comenzó a sonar, una oleada de móviles se encendieron para grabar
este hit atemporal. La ejecución del grupo fue perfecta. Escucharla en vivo es
lo más parecido a una experiencia religiosa.
Quedaban todavía los bises. La instrumental “Guinnesis”, bonus track de “Splat!”, sirvió de antesala para el final de fiesta de la velada. Fueron “Hush” y Black Night” las que pusieorn el broche definitivo a una noche sencillamente memorable.
CONCLUSIÓN
Resulta
evidente que nadie pretende comparar a este Deep Purple con aquel huracán
juvenil que revolucionó el hard rock hace cuarenta o cincuenta años. Sería un
ejercicio tan injusto como exigirles tal hazaña. Lo verdaderamente
extraordinario es que, acercándose a los sesenta años de carrera, sigan sonando
tan frescos, tan sólidos y tan convincentes. Que continúen publicando discos
inspirados. Que mantengan intacta la ilusión por defender nuevas canciones. Que
Gillan siga liderando el escenario con un carisma inagotable, que Glover
continúe sosteniendo cada tema con autoridad, que Ian Paice siga golpeando la
batería con la misma ferocidad de siempre y que Don Airey y Simon McBride
aporten una calidad técnica y una elegancia que elevan cada concierto varios
peldaños por encima de la media.
Deep
Purple ya no necesita demostrar absolutamente nada. Sin embargo, cada vez que
sube a un escenario vuelve a hacerlo. Y esa es, probablemente, la mayor
grandeza de una banda que se niega a vivir del pasado porque todavía sigue
construyendo un presente del que muy pocos pueden presumir.
Finalizo
esta reseña con un sentimiento de gratitud eterna a esta banda tan singular por
su inolvidable show en Pamplona y, por encima de todo, por su prácticamente
inigualable carrera.
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