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Crónica del Concierto de Deep Purple en el Navarra Arena, Pamplona (06/07/2026)

"El arte de no convertirse en una banda de nostalgia"

La gira Mad In Europe recaló el domingo 5 de julio en el Navarra Arena dentro de una extensa serie de fechas españolas que confirma la extraordinaria relación del quinteto británico con nuestro país. Una conexión construida durante décadas de conciertos memorables y que volvió a encontrar respuesta en un pabellón que no se llenó, pero que hizo sentir a Deep Purple como en casa.

Y es que la publicación de “SPLAT!”, aparecido únicamente dos días antes del concierto, convertía la cita en algo todavía más especial. Un disco notable, inspirado y sorprendentemente fresco que demuestra que Deep Purple continúa componiendo música con auténtica personalidad, lejos del piloto automático en el que tantos contemporáneos llevan instalados años. Quien quiera profundizar en él puede leer la reseña que publicamos hace apenas unos días, porque merece ser escuchado con atención y sin los prejuicios que suelen acompañar a las bandas veteranas.

Lo verdaderamente admirable, sin embargo, va mucho más allá del propio álbum. Ian Gillan, Roger Glover, Ian Paice y Don Airey podrían vivir cómodamente del prestigio acumulado durante toda una vida. Nadie les exigiría seguir cruzando continentes, soportando el desgaste físico de una gira o sometiendo sus nuevas composiciones al juicio inmediato del directo. Pero esa nunca ha sido la filosofía de Deep Purple. Su vocación sigue siendo la carretera, el escenario y el contacto directo con el público. Esa determinación, esa necesidad casi vital de seguir creando y defendiendo nuevo material, es probablemente la mayor demostración de amor por el rock que pueden ofrecer unos músicos que ya ocupan un lugar intocable en la historia. Y lo más sorprendente es que esa pasión sigue traduciéndose en actuaciones de enorme nivel.

Antes de la descarga principal llegó el turno de Burning, encargados de abrir la velada. Los navarros volvieron a demostrar por qué se han convertido en uno de los grandes referentes nacionales cuando se habla de hard rock clásico. Su actuación fue una reivindicación de un repertorio plagado de excelentes canciones que forman parte de la banda sonora de varias generaciones en nuestro país. Sin necesidad de artificios, ofrecieron un concierto sólido, elegante y lleno de oficio, confirmando que el legado del hard rock español sigue gozando de magnífica salud.

Cuando las luces volvieron a apagarse para recibir a Deep Purple, bastaron apenas unos segundos para comprobar que aquello no iba a ser un ejercicio de nostalgia. “Highway Star” apareció como un auténtico cañonazo, desatando una ovación monumental desde el ingreso de los miembros al escenario y dejando claro que el grupo continúa interpretando este clásico con una energía impropia de músicos que llevan casi seis décadas sobre los escenarios. Ian Gillan sigue sin buscar imposibles comparaciones con su voz de juventud. Ha sabido reinventar su manera de cantar, administrar sus recursos y convertir su inmensa presencia escénica en una herramienta tan poderosa como cualquier agudo de antaño. Su forma de dominar el escenario, de comunicarse con el público y de dotar de personalidad cada interpretación continúa siendo absolutamente magnética. Obvio que el set está diseñado para que este pueda descansar durante canciones, pero pocos cantantes a su edad son capaces de sobrevivir noche tras noche a una actuación tan exigente. Un genio absoluto.

El arranque mantuvo el nivel con mi querida “A Bit on the Side”, una composición relativamente reciente, procedente del “=1”, que ya convive con naturalidad junto a los grandes clásicos, antes de viajar al “In Rock” y ser sometidos a la intensidad de “Hard Lovin' Man” (¡qué maravilla que la hayan recuperado para la gira!) y, por supuesto, “Into the Fire”, dos piezas que mantuvieron la temperatura del pabellón en permanente ebullición y en las que Ian Gillan dejó al respetable boquiabierto con los primeros agudos de la noche.

Uno de los momentos más celebrados llegó con el extenso solo de guitarra de Simon McBride. Dar continuidad al legado del mismísimo Ritchie Blackmore y al bueno de Steve Morse parecía una misión prácticamente imposible. Sin embargo, McBride no sólo ha logrado hacerse un hueco propio dentro del universo Purple, sino que ha terminado por convertirse en el heredero ideal de ambos. Su lenguaje se acerca más al salvajismo, la espontaneidad y la agresividad de Blackmore que a la elegancia más melódica de Morse, pero sin caer nunca en la simple imitación. Su técnica es extraordinaria, su sentido del fraseo resulta brillante y su capacidad para improvisar convierte cada intervención en un pequeño acontecimiento. Lo suyo ya no es el papel de sustituto. Es una pieza absolutamente imprescindible del Deep Purple actual que, ojalá, se mantenga en el grupo hasta que llegue la hora de la retirada.

La apuesta por el nuevo trabajo quedó reflejada inmediatamente después con “Arrogant Boy”, una de las grandes sorpresas de “SPLAT!”. Lejos de perder intensidad frente a los clásicos, la canción funcionó de maravilla en directo, con un estribillo inmediato y una contundencia que conquistó rápidamente al público. Algo parecido sucedería más adelante con “Diablo”, confirmando que el nuevo álbum posee canciones destinadas a permanecer mucho tiempo dentro del repertorio de la banda. Resulta tremendamente estimulante comprobar cómo un grupo con semejante legado sigue siendo capaz de presentar material reciente que no desentona en absoluto junto a himnos inmortales. Seguramente en pocos meses, cuando el tour promocional de este álbum arranque podremos escuchar alguna que otra canción adicional. 

“Lazy Sod” , otro tema del notable “=1” sirvió de puente hacia una fantástica interpretación de “Lazy”, donde volvió a quedar patente el extraordinario estado de forma instrumental del quinteto (con solos de armónica de Gillan incluidos), destacando una vez más la magia solista del maestro Don Airey, que bordó el solo inicial de la canción. La banda suena compacta, poderosa y, sobre todo, tremendamente viva.

El tono descendió en revoluciones para ofrecer uno de los instantes más emotivos de la noche con “When a Blind Man Cries”. Gillan volvió a demostrar aquí toda su inteligencia interpretativa, construyendo una versión emocionante, contenida y profundamente sincera, sin necesidad de recurrir a exhibiciones vocales imposibles. Me fue imposible contener las lágrimas en esa última nota alargada de Gillan, que provocó una merecidísima ovación del respetable.

Después de la ya elogiada “Diablo” fue el turno del solo de teclados de Don Airey. Hablar del veterano músico supone hacerlo de una de las grandes instituciones del rock británico. Su legado junto a Rainbow, Ozzy Osbourne, Whitesnake o, por supuesto, Deep Purple, le sitúa entre los teclistas más importantes de las últimas cinco décadas. Pero más allá del currículum, impresiona comprobar la facilidad con la que sigue desplegando técnica, imaginación y musicalidad. Su elegancia continúa siendo absolutamente deslumbrante. A lo largo de unos cinco minutos, Airey interpretó jazz, música clásica, rock y, para sorpresa del público, el clásico himno de San Fermín, que tuvo un sabor realmente especial al celebrarse el concierto en la víspera del chupinazo y el inicio de estas populares fiestas.

La recta final fue un auténtico festival de técnica y, como no podía ser de otra forma, un buen puñado de clásicos. La contemporánea “Rapture of the Deep” sonó revitalizada, mi adorada “Space Truckin'” volvió a convertirse en una gigantesca jam donde Ian Paice recordó por qué sigue siendo uno de los baterías más impresionantes que ha dado el rock. Lo suyo resulta casi incomprensible. Conserva una pegada salvaje, una precisión extraordinaria y una fuerza física que muchos músicos con la mitad de su edad firmarían encantados. A su lado, Roger Glover continúa siendo el perfecto arquitecto del sonido Purple. Su bajo sostiene cada canción con una solidez ejemplar, formando junto a Paice una de las secciones rítmicas más legendarias y eficaces de la historia del hard rock.

La inevitable “Smoke on the Water” desató el delirio colectivo. En cuanto su célebre riff comenzó a sonar, una oleada de móviles se encendieron para grabar este hit atemporal. La ejecución del grupo fue perfecta. Escucharla en vivo es lo más parecido a una experiencia religiosa.

Quedaban todavía los bises. La instrumental “Guinnesis”, bonus track de “Splat!”,  sirvió de antesala para el final de fiesta de la velada. Fueron “Hush” y Black Night” las que pusieorn el broche definitivo a una noche sencillamente memorable. 

CONCLUSIÓN

Resulta evidente que nadie pretende comparar a este Deep Purple con aquel huracán juvenil que revolucionó el hard rock hace cuarenta o cincuenta años. Sería un ejercicio tan injusto como exigirles tal hazaña. Lo verdaderamente extraordinario es que, acercándose a los sesenta años de carrera, sigan sonando tan frescos, tan sólidos y tan convincentes. Que continúen publicando discos inspirados. Que mantengan intacta la ilusión por defender nuevas canciones. Que Gillan siga liderando el escenario con un carisma inagotable, que Glover continúe sosteniendo cada tema con autoridad, que Ian Paice siga golpeando la batería con la misma ferocidad de siempre y que Don Airey y Simon McBride aporten una calidad técnica y una elegancia que elevan cada concierto varios peldaños por encima de la media.

Deep Purple ya no necesita demostrar absolutamente nada. Sin embargo, cada vez que sube a un escenario vuelve a hacerlo. Y esa es, probablemente, la mayor grandeza de una banda que se niega a vivir del pasado porque todavía sigue construyendo un presente del que muy pocos pueden presumir.

Finalizo esta reseña con un sentimiento de gratitud eterna a esta banda tan singular por su inolvidable show en Pamplona y, por encima de todo, por su prácticamente inigualable carrera. 

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