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Yes - Aurora (2026)

Calificación:*****(7,5)

Antes de entrar en materia, creo que esta reseña necesita abordar el elefante en la habitación. ¿Es esto realmente Yes? La pregunta lleva años dividiendo a los aficionados, y “Aurora” no ha hecho sino reavivar el debate. Para unos, un grupo sin Jon Anderson, Chris Squire, Alan White o Rick Wakeman jamás podrá ser considerado el auténtico Yes. A lo sumo, una prolongación legal del nombre, una reconstrucción parcial sostenida por Steve Howe y algunos veteranos de paso. Para otros, la historia de Yes siempre ha estado marcada por el cambio permanente: ninguna formación clásica duró demasiado, los relevos han sido constantes desde finales de los sesenta y la propia identidad del grupo ha sobrevivido a innumerables mutaciones. Además, esta alineación —Steve Howe, Geoff Downes, Jon Davison, Billy Sherwood y Jay Schellen— es, paradójicamente, una de las más estables de toda su trayectoria. Quizá la respuesta se encuentre en un punto intermedio. Tal vez este no sea el Yes de “Close to the Edge” ni el de “90125”. Tal vez sea una resurrección a medias. Pero, después de escuchar “Aurora”, resulta difícil escapar a una conclusión: sea lo que sea, es Yes.

Tras “The Quest” (2021) y “Mirror to the Sky” (2023), el grupo afronta su tercer trabajo de estudio consecutivo con esta formación ya consolidada. Y eso se nota. Si los dos discos anteriores parecían tantear el terreno entre la reverencia al pasado y la búsqueda de una nueva identidad, aquí da la impresión de que por fin han dejado de preguntarse a qué deberían sonar para, simplemente, sonar a sí mismos. Con Steve Howe nuevamente ejerciendo de productor y Roger Dean encargándose del apartado visual, “Aurora” apuesta por un progresivo elegante, cálido y menos preocupado por recrear glorias pretéritas que por expandir una personalidad propia.

Eso no significa que el pasado no esté presente. Las referencias abundan: ecos de “Tales from Topographic Oceans”, guiños a “Drama”, alusiones a “Don't Kill the Whale” o estructuras que remiten al Yes más aventurero. Sin embargo, funcionan más como raíces que como una imposición. El gran tema del disco parece ser precisamente la reivindicación de la humanidad frente a la despersonalización contemporánea, una idea que atraviesa varias letras y alcanza su máxima expresión en la monumental “Countermovement”, donde incluso aparece una reflexión explícita sobre la inteligencia artificial.

La homónima “Aurora” supone una magnífica declaración de intenciones. Una introducción atmosférica conduce hacia una composición repleta de cambios rítmicos, arreglos de cuerda y una sorprendente sensibilidad cinematográfica. El incombustible Howe despliega varias de sus facetas guitarrísticas mientras Geoff Downes recupera protagonismo con unos teclados mucho más presentes que en entregas anteriores. En lo lírico, el grupo vuelve a explorar terrenos místicos inspirándose, en esta ocasión, en el libro “Autobiografía de un yogui”. Un gran arranque, aunque reconozco que necesité un par de escuchas para terminar de apreciarlo plenamente.

La sofisticación progresiva hace acto de presencia en “Turnaround Situation”, un corte que, gracias a sus melodías vocales, transmite una inmediatez y una accesibilidad tan sorprendentes como disfrutables. Y es que eso no implica renunciar a la riqueza estructural que caracteriza a la banda. Una vez más, Howe brilla alternando guitarras acústicas y eléctricas, mientras la sección rítmica formada por Sherwood y Schellen aporta un dinamismo digno de mención.

Ha sido escuchar “Love Lies Dreaming” y pensar inmediatamente en los Yes de los años noventa. Sobre un enorme trabajo de guitarras —¡cómo se luce Howe con la acústica!— y un buen puñado de arreglos, el quinteto va tejiendo una composición melancólica y contemplativa que engancha desde el primer momento. Y eso que no es una canción precisamente inmediata. A diferencia de varios temas de sus últimas obras, aquí percibo, al menos por ahora, una mayor cohesión en cada una de las composiciones.

Toca ponerse serios. Con más de trece minutos de duración, “Countermovement” representa la culminación creativa de esta nueva encarnación del grupo y el auténtico corazón de “Aurora”. Con un inicio bucólico y contenido, Yes nos invita a dejarnos llevar por una suite repleta de giros inesperados que, para nuestra fortuna, incluye un gran número de desarrollos instrumentales fascinantes. Steve Howe, no contento con volarnos la cabeza con líneas de guitarra imposibles, también aporta algunas partes vocales más que cumplidoras, perfectamente integradas con el dramatismo de Jon Davison. Mención especial merece la letra, una crítica a la deshumanización tecnológica que despotrica sin piedad contra la inteligencia artificial. Ambiciosa sin caer en el exceso, con momentos que evocan “I’ve Seen All Good People”, pero dotada de personalidad propia. Una nueva demostración de que Yes, con unos u otros miembros, sigue siendo capaz de construir epopeyas progresivas plenamente disfrutables.

La presencia de una orquesta amplía la paleta sonora del álbum en la rica “Ariadne”, una composición en la que se respira una creatividad exquisita por parte de unos Yes que, ahora sí, parecen haber encontrado aquello que realmente quieren ser. Jon Davison vuelve a destacar con esos agudos tan característicos como exigentes.

El grupo se toma un respiro tras tanta sofisticación para entregarnos un tema más cañero y juguetón titulado “All Hands on Deck”. Apenas tres minutos dura este entretenido corte que remite a los momentos más excéntricos de “Tormato”. Resulta curioso escuchar a Davison moviéndose en registros tan graves. Disfruto mucho de la variedad de guitarras desplegada por Howe, pero creo que aquí quienes terminan llevándose el gato al agua son Geoff Downes y Billy Sherwood con sus respectivos instrumentos.

El álbum experimenta un bajón de calidad considerable con “Outside the Box”, una pieza construida sobre vocalizaciones que, aunque nadie puede negar su originalidad, resulta demasiado desconcertante y dificulta seriamente la conexión con la propuesta. Salvaría, eso sí, los teclados de Downes, que vuelven a disfrutar de una notable cuota de protagonismo.

La edición estándar se cierra con la balada “Emotional Intelligence”, una composición que tampoco ha terminado de decirme demasiado. Sin grandes exhibiciones técnicas, el grupo apuesta por una sensibilidad algo más pomposa de lo que me gustaría. Me quedo, eso sí, con la letra, donde se retoma la idea de la deshumanización para reivindicar el amor y el afecto frente a la frialdad tecnológica.

Entrando ya en los bonus tracks del LP, nos encontramos primero con la curiosa “Jambustin'”, una mezcla de folk, prog y unos toques festivos poco habituales en la trayectoria de Yes. No es un tema que me maraville, pero al menos transmite cierto buen rollo y contiene un par de giros rítmicos bastante resultones. Una rareza que, con las escuchas, termina creciendo un poco.

Finalizamos nuestra travesía con “Watching the River Roll”, una pieza en la que la banda apuesta por la sensibilidad melódica a través de arreglos modernos y envolventes. Una despedida serena que, sin ser la Octava Maravilla del Mundo, deja un buen sabor de boca.

CONCLUSIÓN

“Aurora” probablemente no pondrá fin a la eterna discusión sobre la legitimidad de esta formación. Quienes echen de menos la espiritualidad irrepetible de Jon Anderson o el bajo monumental de Chris Squire seguirán encontrando argumentos para la nostalgia. Y es cierto que no todo aquí alcanza la inspiración de los mejores Yes: la recta final del disco se siente algo fría y la chispa no siempre prende con la intensidad deseada.

Pero también sería injusto reducirlo a un simple «es que no son Yes». Lo que encontramos en “Aurora” es una banda veterana que ha dejado de perseguir fantasmas para construir algo propio. Hay riesgo, hay oficio, hay melodías memorables y, sobre todo, una sorprendente voluntad de seguir explorando.

Puede que este no sea el Yes que cambió la historia del rock progresivo en los años setenta. Puede que tampoco sea el Yes de los himnos ochenteros. Pero sí es un grupo de músicos extraordinarios que aún tiene cosas que decir. Y eso, en tiempos de nostalgia vacía, ya es mucho.

Porque al final, después de tantos cambios, tantas guerras internas y tantas encarnaciones distintas, la paradoja sigue intacta: Yes no son los mismos. Nunca lo fueron. Y precisamente por eso, siguen siendo Yes.

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