Antes de entrar en materia, creo que esta reseña necesita abordar el elefante en la habitación. ¿Es esto realmente Yes? La pregunta lleva años dividiendo a los aficionados, y “Aurora” no ha hecho sino reavivar el debate. Para unos, un grupo sin Jon Anderson, Chris Squire, Alan White o Rick Wakeman jamás podrá ser considerado el auténtico Yes. A lo sumo, una prolongación legal del nombre, una reconstrucción parcial sostenida por Steve Howe y algunos veteranos de paso. Para otros, la historia de Yes siempre ha estado marcada por el cambio permanente: ninguna formación clásica duró demasiado, los relevos han sido constantes desde finales de los sesenta y la propia identidad del grupo ha sobrevivido a innumerables mutaciones. Además, esta alineación —Steve Howe, Geoff Downes, Jon Davison, Billy Sherwood y Jay Schellen— es, paradójicamente, una de las más estables de toda su trayectoria. Quizá la respuesta se encuentre en un punto intermedio. Tal vez este no sea el Yes de “Close to the Edge” ni el de “90125”. Tal vez sea una resurrección a medias. Pero, después de escuchar “Aurora”, resulta difícil escapar a una conclusión: sea lo que sea, es Yes.
Tras “The
Quest” (2021) y “Mirror to the Sky” (2023), el grupo afronta su tercer trabajo
de estudio consecutivo con esta formación ya consolidada. Y eso se nota. Si los
dos discos anteriores parecían tantear el terreno entre la reverencia al pasado
y la búsqueda de una nueva identidad, aquí da la impresión de que por fin han
dejado de preguntarse a qué deberían sonar para, simplemente, sonar a sí
mismos. Con Steve Howe nuevamente ejerciendo de productor y Roger Dean
encargándose del apartado visual, “Aurora” apuesta por un progresivo elegante,
cálido y menos preocupado por recrear glorias pretéritas que por expandir una
personalidad propia.
Eso no
significa que el pasado no esté presente. Las referencias abundan: ecos de
“Tales from Topographic Oceans”, guiños a “Drama”, alusiones a “Don't Kill the
Whale” o estructuras que remiten al Yes más aventurero. Sin embargo, funcionan
más como raíces que como una imposición. El gran tema del disco parece ser
precisamente la reivindicación de la humanidad frente a la despersonalización
contemporánea, una idea que atraviesa varias letras y alcanza su máxima
expresión en la monumental “Countermovement”, donde incluso aparece una
reflexión explícita sobre la inteligencia artificial.
La
homónima “Aurora” supone una magnífica declaración de intenciones. Una
introducción atmosférica conduce hacia una composición repleta de cambios
rítmicos, arreglos de cuerda y una sorprendente sensibilidad cinematográfica.
El incombustible Howe despliega varias de sus facetas guitarrísticas mientras
Geoff Downes recupera protagonismo con unos teclados mucho más presentes que en
entregas anteriores. En lo lírico, el grupo vuelve a explorar terrenos místicos
inspirándose, en esta ocasión, en el libro “Autobiografía de un yogui”. Un gran
arranque, aunque reconozco que necesité un par de escuchas para terminar de
apreciarlo plenamente.
La
sofisticación progresiva hace acto de presencia en “Turnaround Situation”, un
corte que, gracias a sus melodías vocales, transmite una inmediatez y una
accesibilidad tan sorprendentes como disfrutables. Y es que eso no implica
renunciar a la riqueza estructural que caracteriza a la banda. Una vez más,
Howe brilla alternando guitarras acústicas y eléctricas, mientras la sección
rítmica formada por Sherwood y Schellen aporta un dinamismo digno de mención.
Ha sido
escuchar “Love Lies Dreaming” y pensar inmediatamente en los Yes de los años
noventa. Sobre un enorme trabajo de guitarras —¡cómo se luce Howe con la
acústica!— y un buen puñado de arreglos, el quinteto va tejiendo una
composición melancólica y contemplativa que engancha desde el primer momento. Y
eso que no es una canción precisamente inmediata. A diferencia de varios temas
de sus últimas obras, aquí percibo, al menos por ahora, una mayor cohesión en
cada una de las composiciones.
Toca
ponerse serios. Con más de trece minutos de duración, “Countermovement”
representa la culminación creativa de esta nueva encarnación del grupo y el
auténtico corazón de “Aurora”. Con un inicio bucólico y contenido, Yes nos
invita a dejarnos llevar por una suite repleta de giros inesperados que, para
nuestra fortuna, incluye un gran número de desarrollos instrumentales
fascinantes. Steve Howe, no contento con volarnos la cabeza con líneas de
guitarra imposibles, también aporta algunas partes vocales más que cumplidoras,
perfectamente integradas con el dramatismo de Jon Davison. Mención especial
merece la letra, una crítica a la deshumanización tecnológica que despotrica
sin piedad contra la inteligencia artificial. Ambiciosa sin caer en el exceso,
con momentos que evocan “I’ve Seen All Good People”, pero dotada de
personalidad propia. Una nueva demostración de que Yes, con unos u otros
miembros, sigue siendo capaz de construir epopeyas progresivas plenamente
disfrutables.
La
presencia de una orquesta amplía la paleta sonora del álbum en la rica
“Ariadne”, una composición en la que se respira una creatividad exquisita por
parte de unos Yes que, ahora sí, parecen haber encontrado aquello que realmente
quieren ser. Jon Davison vuelve a destacar con esos agudos tan característicos
como exigentes.
El grupo
se toma un respiro tras tanta sofisticación para entregarnos un tema más cañero
y juguetón titulado “All Hands on Deck”. Apenas tres minutos dura este
entretenido corte que remite a los momentos más excéntricos de “Tormato”.
Resulta curioso escuchar a Davison moviéndose en registros tan graves. Disfruto
mucho de la variedad de guitarras desplegada por Howe, pero creo que aquí
quienes terminan llevándose el gato al agua son Geoff Downes y Billy Sherwood
con sus respectivos instrumentos.
El álbum
experimenta un bajón de calidad considerable con “Outside the Box”, una pieza
construida sobre vocalizaciones que, aunque nadie puede negar su originalidad,
resulta demasiado desconcertante y dificulta seriamente la conexión con la
propuesta. Salvaría, eso sí, los teclados de Downes, que vuelven a disfrutar de
una notable cuota de protagonismo.
La edición
estándar se cierra con la balada “Emotional Intelligence”, una composición que
tampoco ha terminado de decirme demasiado. Sin grandes exhibiciones técnicas,
el grupo apuesta por una sensibilidad algo más pomposa de lo que me gustaría.
Me quedo, eso sí, con la letra, donde se retoma la idea de la deshumanización
para reivindicar el amor y el afecto frente a la frialdad tecnológica.
Entrando
ya en los bonus tracks del LP, nos encontramos primero con la curiosa
“Jambustin'”, una mezcla de folk, prog y unos toques festivos poco habituales
en la trayectoria de Yes. No es un tema que me maraville, pero al menos
transmite cierto buen rollo y contiene un par de giros rítmicos bastante
resultones. Una rareza que, con las escuchas, termina creciendo un poco.
Finalizamos
nuestra travesía con “Watching the River Roll”, una pieza en la que la banda
apuesta por la sensibilidad melódica a través de arreglos modernos y
envolventes. Una despedida serena que, sin ser la Octava Maravilla del Mundo,
deja un buen sabor de boca.
CONCLUSIÓN
“Aurora”
probablemente no pondrá fin a la eterna discusión sobre la legitimidad de esta
formación. Quienes echen de menos la espiritualidad irrepetible de Jon Anderson
o el bajo monumental de Chris Squire seguirán encontrando argumentos para la
nostalgia. Y es cierto que no todo aquí alcanza la inspiración de los mejores
Yes: la recta final del disco se siente algo fría y la chispa no siempre prende
con la intensidad deseada.
Pero
también sería injusto reducirlo a un simple «es que no son Yes». Lo que
encontramos en “Aurora” es una banda veterana que ha dejado de perseguir
fantasmas para construir algo propio. Hay riesgo, hay oficio, hay melodías
memorables y, sobre todo, una sorprendente voluntad de seguir explorando.
Puede que
este no sea el Yes que cambió la historia del rock progresivo en los años
setenta. Puede que tampoco sea el Yes de los himnos ochenteros. Pero sí es un
grupo de músicos extraordinarios que aún tiene cosas que decir. Y eso, en
tiempos de nostalgia vacía, ya es mucho.
Porque al
final, después de tantos cambios, tantas guerras internas y tantas
encarnaciones distintas, la paradoja sigue intacta: Yes no son los mismos.
Nunca lo fueron. Y precisamente por eso, siguen siendo Yes.

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