Cinco años habían pasado desde “God Hates Us All” cuando Slayer regresaron con “Christ Illusion”, un intervalo especialmente largo para una banda que durante décadas había construido su identidad sobre la inmediatez, la violencia y esa constante sensación de peligro. Pero la espera tenía un aliciente añadido que justificaba todo: Dave Lombardo volvía a sentarse tras la batería, reunificando por primera vez desde “Seasons in the Abyss” la formación clásica de Slayer. Kerry King, Jeff Hanneman, Tom Araya y Lombardo volvían a compartir escenario y estudio, y las expectativas se dispararon todavía más cuando el grupo comenzó a insinuar que había recuperado parte de la ferocidad de sus años ochenta.
El
resultado no supone una vuelta nostálgica a “Reign in Blood”, ni pretende
reconstruir artificialmente aquella época dorada. De hecho, una de las virtudes
de “Christ Illusion” reside precisamente en que Slayer no intentan convertirse
de nuevo en la banda de 1986. El sonido continúa recogiendo elementos de
“Diabolus in Musica” y “God Hates Us All”, especialmente en las afinaciones más
graves, los pasajes de groove y cierta influencia hardcore, pero existe una
recuperación evidente de la velocidad, la agresividad y esa arquitectura de
riffs que había definido sus mejores trabajos. Es como si Slayer hubieran
decidido mirar hacia atrás sin renunciar a todo lo aprendido durante los quince
años anteriores.
Y esa
combinación funciona especialmente bien en esta obra. “Christ Illusion” también
posee algo que había comenzado a escasear en algunos de sus trabajos
inmediatamente anteriores: sensación de peligro. No necesariamente porque las
canciones sean más rápidas, sino porque existe una tensión constante, una
violencia que no depende exclusivamente de la velocidad. Lombardo resulta
fundamental en este renacer de los Slayer más endemoniados.
Por si
fuera poco, y como reivindicaré a lo largo de todo el LP, otro elemento que
convierte a “Christ Illusion” en un álbum particularmente interesante es su
discurso lírico. A primera escucha puede parecer que estamos ante otro capítulo
de la eterna guerra de Slayer contra Dios, la religión y el cristianismo. Y,
efectivamente, hay mucho de eso. Sin embargo, reducir el disco a “Slayer
diciendo Satanás y 666 durante cuarenta minutos” sería quedarse en la
superficie. Las letras hablan de fanatismo religioso, terrorismo, guerra,
manipulación, poder, violencia, trauma psicológico y, sobre todo, de la
capacidad del ser humano para utilizar una idea aparentemente sagrada como
justificación para cometer atrocidades.
La propia portada de Larry Carroll resume perfectamente ese universo. Un Jesucristo derrotado, mutilado y casi espectral aparece en medio de un paisaje apocalíptico poblado por cadáveres, violencia y símbolos religiosos deformados. Es una imagen deliberadamente provocadora, pero también plenamente coherente con el concepto del álbum.
¿Qué
ocurre cuando la religión deja de ser una promesa de salvación y se convierte
en una herramienta de destrucción? La “ilusión de Cristo” del título es la
representación de un mundo que ha utilizado el nombre de Dios para justificar
algunas de sus peores atrocidades. Así empieza este viaje sonoro.
El
comienzo es inmediato. “Flesh Storm” no concede prácticamente ningún periodo de
adaptación y recupera desde el primer segundo ese Slayer que muchos aficionados
llevaban años reclamando. La batería de Lombardo dispara el tema hacia delante
mientras las guitarras construyen una tormenta de riffs cortantes y acelerados,
a la que pronto se suma el incombustible Araya con una letra que presenta una
imagen de devastación descorazonadora. La “tormenta de carne” del título sirve
como metáfora de un mundo convertido en campo de batalla, con violencia y
destrucción por todos lados. Musicalmente, es una de las mejores maneras
posibles de abrir el álbum. No será “Angel of Death”, aunque posee un ritmo
similar. Tema mayúsculo.
“La violencia es nuestro estilo de
vida”
“Catalyst”
continúa la descarga, aunque introduce algunos de los elementos más modernos
del disco. El riff se vuelve más pesado y aparecen estructuras que recuerdan a
la etapa posterior del grupo, con esa combinación de thrash, hardcore y groove
que ya había comenzado a desarrollarse en “Diabolus in Musica” y “God Hates Us
All”. Su letra gira alrededor de la violencia como reacción en cadena. El
“catalizador” es aquello que provoca que algo suceda: una chispa que
desencadena una explosión. Slayer plantean así la idea de que la violencia rara
vez aparece de la nada ya que, salvo en casos contados, suele existir un
elemento que la desencadena y, una vez puesta en marcha, resulta extremadamente
difícil detenerla.
“En mis ojos hay devastación y
furia
No lo puedes entender
En mi lucha
Gano por desgaste, lo doy todo,
joder
Doy todo lo que soy”
Es la hora de una de las grandes piezas del álbum. “Skeleton Christ” utiliza una imagen macabra para cuestionar la supuesta capacidad de la religión para salvar a una humanidad que continúa sumergida en la violencia. El Cristo esquelético del título representa una fe vaciada de contenido, un cadáver de aquello que alguna vez prometió esperanza. La letra apunta directamente hacia la hipocresía religiosa: mientras se proclaman valores de amor, compasión y salvación, el mundo continúa lleno de guerras, sufrimiento y muerte. El Cristo que dibuja Slayer ya no aparece como salvador, sino como un esqueleto incapaz de intervenir.
Musicalmente
hablando, estamos ante la mejor síntesis posible entre el Slayer clásico y el
moderno. Hay velocidad, groove, cambios de intensidad cortesía de Lombardo y un
magnífico trabajo de guitarras. Araya, además, recupera parte de aquella
capacidad para pasar del registro casi narrativo al grito desgarrado que había
caracterizado sus mejores años.
“Jamás tocarás la mano de Dios
Jamás saborearás el aliento de Dios
Porque jamás verás la Segunda
Venida
La vida es demasiado corta para
obsesionarse con la locura
He visto los caminos de Dios
Prefiero al diablo cualquier día
¡Hail Satán!”
“Eyes of
the Insane” es una de las decisiones más interesantes de “Christ Illusion”.
Slayer abandonan momentáneamente su obsesión religiosa para hablar de algo
mucho más terrenal: la guerra y sus consecuencias psicológicas. Esta
composición está inspirada en los efectos del combate sobre los soldados,
especialmente en el trauma psicológico provocado por aquello que han visto y
vivido, algo de lo que Iron Maiden nos habló con tanta crudeza en “Afraid To
Shoot Strangers”. No se trata de una canción sobre la batalla entendida como
espectáculo heroico, sino sobre lo que ocurre dentro de la cabeza de quien
regresa de ella. Los ojos del insano son, en realidad, los ojos de alguien que
ya no puede escapar de las imágenes que ha presenciado.
El ritmo
más contenido resulta fundamental para la correcta narración. El thrash da paso
a una cadencia opresiva que reproduce esa sensación de paranoia y deterioro
mental que se describe.
No es
casualidad que recibiera el Grammy a la Mejor Interpretación de Metal. Más allá
del premio, demuestra que Slayer podían hablar de violencia sin recurrir
necesariamente a Satanás, Dios o el anticristo.
“Espíritus torturados
No me dejan descansar
Estos pensamientos de rostros
mutilados
Completamente poseídos
Imágenes fragmentadas
Parpadean rápidamente
Abusan de mí psicóticamente
Se retuercen en mi cabeza”
Hay que
reconocer que Slayer los tuvieron bien puestos para sacar un tema como “Jihad”
pocos años después del 11-S. Su letra, aunque levantara ampollas entre tantos
fanáticos, habla sin tapujos del terrorismo islámico y de cómo el fanatismo
religioso es empleado como justificación para ejercer la violencia. Esta pieza
está escrita desde la perspectiva de un terrorista islámico que se dispone a
cometer un atentado. Musicalmente es una de las composiciones más densas del
disco, y precisamente esa densidad contribuye a generar una sensación de
incomodidad que, dicho sea de paso, Araya lleva con facilidad a su terreno.
“Dios no tocará lo que he hecho
Llora a mis pies
Un dolor privilegiado
Tus muertos yacen enterrados bajo
tierra
Camino sobre huesos astillados
Rebuscando entre la sangre
Asediado por el miedo
Espero la llegada”
“Consfearacy”
es una declaración de intenciones desde su título (“conspiracy” y “fear”, miedo
y conspiración, fundidos en una sola palabra). Un escupitajo thrasher sobre la
paranoia y la manipulación política que emplea el miedo para mantener a la
sociedad sometida. Por un momento Slayer vuelve a aparcar la religión para dar
paso a otra de sus grandes obsesiones líricas: las estructuras de poder que
necesitan enemigos para justificar su propia existencia.
El riff
principal es uno de los más reconocibles del álbum, aunque los solos vuelven a
ocupar demasiado espacio en determinados momentos. Kerry King y Jeff Hanneman
continúan utilizando su lenguaje habitual, con solos deliberadamente caóticos y
poco interesados en la perfección técnica entendida de manera convencional. Una
descarga de alto voltaje.
“Necesito redefinir mi visión del
mundo actual.
Parece que toda la guerra no ha
mejorado las cosas.
Es solo contaminación mental, no
hay solución.
Aun así, sé que al final se espera
que finja.”
Por su
parte, “Catatonic” representa uno de los momentos más oscuros y pesados del
álbum. La letra utiliza el estado catatónico como imagen de una persona
completamente paralizada ante la realidad que la rodea. Después de tantas
referencias a guerras, fanatismo, religión y violencia, la respuesta final del
individuo puede ser sencillamente desconectarse del mundo y obviarlo desde la
ignorancia. La música acompaña perfectamente esa sensación. Es lenta, densa,
casi asfixiante, con una batería que avanza sin piedad y un Araya impecable
tras el micrófono.
“Acéptalo
Mi religión de tortura
Solo veo impurezas
Las imperfecciones y las
obscenidades
Tras la calma”
“Black
Serenade” vuelve a introducir una de las facetas más cercanas al Slayer de
“Seasons in the Abyss”. Hay melodía, oscuridad y una construcción más pausada
que permite que las guitarras respiren, aunque no cedan nada en el plano de la
distorsión. La letra continúa explorando la muerte, la oscuridad y la
decadencia espiritual. La “serenata negra” del título convierte la muerte en
una especie de canción de acompañamiento para un mundo que parece haber perdido
cualquier posibilidad de redención. No estamos ni mucho menos ante un clásico
del grupo, pero cumple de sobra con las exigencias del LP.
“Bienvenido a mi Serenata Negra
La entrada a mi infierno: tu dolor
Grita tu canción, la Serenata Negra
Vive con miedo: una mente demente”
Y entonces
llega “Cult”. Una de las grandes canciones de Slayer del siglo XXI y de toda su
trayectoria. La banda aquí suena enorme. Tras un inicio contenido, el tema
explota y nos ofrece una descarga inhumana de velocidad y agresividad que
alcanza su culmen en su legendario estribillo. A nivel lírico, esta es
probablemente la mejor síntesis de todo lo que “Christ Illusion” pretende
decir. Aquí la religión aparece directamente vinculada al poder, a la
manipulación y a la violencia. El “culto” no representa únicamente una secta
religiosa: representa cualquier sistema de creencias capaz de convertir a sus
seguidores en instrumentos de una autoridad superior. Un cuestionamiento sin
piedad de la institución religiosa, de la utilización política de la fe y, especialmente,
de la forma en que los seres humanos pueden ser manipulados cuando creen estar
actuando en nombre de una verdad absoluta. Es difícil encontrar un tema
posterior a “Seasons in the Abyss” que condense mejor la personalidad de
Slayer.
“La religión es odio
La religión es miedo
La religión es guerra.
La religión es violación.
La religión es obscena.
La religión es una puta”
El cierre
del álbum vuelve a hablar de poder. “Supremist” retrata la dominación y la
necesidad de imponerse a los demás sin valorar las consecuencias de ello. Un
thrasher atemporal para retratar esa lucha permanente en la que solamente puede
existir un vencedor. Esto es Slayer sonando a Slayer… ¡ni más ni menos!
“No celebraré nada
Hasta que todos hayan sido
crucificados
No puedo descansar hasta que todos
hayan muerto”
CONCLUSIÓN
“Christ
Illusion” no es “Reign in Blood”. Tampoco es “South of Heaven” ni “Seasons in The
Abyss”. Pretender que lo sea sería absurdo. Pero tampoco necesita serlo.
Lo
verdaderamente interesante es que Slayer consiguieron recuperar una parte importante
de su identidad clásica sin renunciar completamente a los elementos modernos
que habían incorporado durante los años noventa y principios de los dos mil. El
resultado, sin llegar a sus obras maestras, roza el sobresaliente gracias a un
nivel compositivo alto que mostraba a un grupo revitalizado y con mejoras
visibles en el apartado lírico. Y es que, más allá de las cruces invertidas,
los cadáveres, el 666 y la provocación permanente, hay un discurso bastante más
reconocible: la religión utilizada como herramienta de poder, el fanatismo que
conduce al terrorismo, la manipulación y las guerras que destruyen
psicológicamente a quienes participan en ellas.
Y si hay
alguien que se ofenda por el carácter de Slayer, tal vez sea la hora de que se
haga la siguiente reflexión: lo más perturbador de Slayer no es que continúen
hablando de Satanás cuando rondan los cuarenta años de carrera, sino que muchas
de las cosas contra las que llevan décadas gritando sigan estando exactamente
donde las dejaron.


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