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Paul McCartney - The Boys Of Dungeon Lane (2026)

Calificación:*****

"La memoria, el refugio de un genio"

Confieso que he tardado algo más de lo habitual en sentarme a escribir sobre este disco. Cuestiones laborales, compromisos varios y el ritmo frenético del día a día han ido aplazando una reseña que, en realidad, tenía claro que acabaría redactando tarde o temprano. Porque, al fin y al cabo, estamos hablando de un nuevo álbum de Sir Paul McCartney. Y cuando uno de los mayores compositores de la historia de la música y un ídolo personal publica material inédito a los 83 años, mirar hacia otro lado sencillamente no es una opción.

Además, “The Boys of Dungeon Lane” llega en un momento especialmente propicio para la figura de McCartney. Da la sensación de que, en los últimos tiempos, tanto su legado en solitario como su etapa al frente de Wings han experimentado un creciente —y muy merecido— reconocimiento, manteniendo plenamente vigente la figura de un Macca que parece vivir ajeno al paso del tiempo. Quizá por eso este trabajo resulta tan natural.

Porque McCartney siempre ha sido un músico profundamente nostálgico. Mucho antes de convertirse en un octogenario que repasa los recuerdos de su juventud, ya escribía piezas como "Penny Lane", "In My Life" o "Your Mother Should Know", evocando un pasado cálido y cercano que ahora contempla desde una perspectiva mucho más amplia y extraordinaria.

“The Boys of Dungeon Lane” es probablemente su obra más autobiográfica en décadas. A lo largo del LP conviven Liverpool, su familia, la amistad con George Harrison, el vínculo que mantuvo con John Lennon y una infancia que aparece como una fuente constante de inspiración a la que Paul regresa sin caer en el exceso. El nivel compositivo continúa siendo altísimo, algo que tampoco debería sorprender a nadie. Incluso cuando algún tema no termina de despegar, está construido con la elegancia de alguien que lleva más de seis décadas escribiendo melodías memorables.

Sin embargo, hay un aspecto que personalmente debo señalar como el gran “pero” del conjunto: la producción de Andrew Watt. Y es que siempre que este popular productor se encarga de esta faceta en un álbum —recordemos que recientemente ha trabajado con los Rolling Stones, Pearl Jam o en las dos últimas obras de Ozzy Osbourne— me ocurre exactamente lo mismo. Sus trabajos suelen transmitir una sensación de excesivo procesamiento y una artificialidad mayor de la que realmente contienen las canciones. Su empeño por modernizar el sonido de artistas veteranos no resta calidad al resultado, pero sí creo que sacrifica parte de la calidez y la naturalidad que muchas de estas composiciones parecen reclamar. Quería dejar constancia de ello, aunque solo fuera una vez a lo largo de este escrito.

“As You Lie There” es la encargada de abrir el álbum de manera sorprendente. Una introducción hablada al más puro estilo crooner desemboca en una combinación de acústica y rock que enseguida nos recuerda la pasión de McCartney por sorprender al oyente mediante cambios rítmicos inesperados. Un corte que engancha desde la primera escucha y que funciona como una primera demostración del extraordinario estado de forma en el que se encuentra esta leyenda.

Frente a una apertura de semejante nivel, “Lost Horizon” resulta algo más discreta. Su aroma blues y country sirve para evocar ciertos recuerdos de juventud, aunque sin alcanzar la intensidad emocional que sí encontraremos en otros momentos del disco. En cualquier caso, estamos ante una de esas composiciones menores de Macca donde, guste más o menos, la melodía siempre acaba encontrando el camino adecuado.

Y llegamos a una de las grandes joyas del trabajo y, probablemente, a una de las mejores canciones que Sir Paul nos ha regalado durante los últimos años. “Days We Left Behind” es hermosa y profundamente humana. Apoyándose en una voz frágil y conmovedora, Paul rememora su infancia en Dungeon Lane y a los amigos que lo acompañaron durante aquellos años con una letra que emociona como un viejo álbum de fotografías. No estamos ante una simple idealización del pasado, sino ante una reflexión sobre el paso del tiempo construida desde la gratitud.

Aunque tenga la desgracia de aparecer justo después de una pieza tan bella, “Ripples in a Pond” logra mantenerse a flote gracias a sus melodías y a una letra romántica marca de la casa. Es el típico tema aparentemente sencillo que solo alguien como McCartney sabe construir y defender con absoluta solvencia.

Otro corte que merece ser escuchado con detenimiento, y tantas veces como sea necesario, es “Mountain Top”. Con ecos psicodélicos, voces distorsionadas y sorprendentes arreglos de clavecín, Paul revive el periodo más experimental de los Beatles. Mucha atención a su tramo final, donde la composición parece descomponerse poco a poco hasta adentrarse en terrenos más extraños e impredecibles. Tres minutos y medio que conviene tener muy presentes dentro del LP.

“Down South” funciona como una carta abierta de amistad a George Harrison, en la que rememora aquellos viajes haciendo autostop cuando ambos eran dos adolescentes a finales de los años cincuenta, poco antes de fundar The Beatles (“Before we learned to twist and shout”). Autobuses, guitarras y conversaciones interminables protagonizan esta entrañable pieza folk que Macca interpreta con enorme calidez y convicción. Adoro profundamente esta canción.

Sin ser piezas memorables, me gustaría reseñar conjuntamente “We Two” y “Never Know”, esta última ubicada en noveno lugar dentro del tracklist, ya que ambas desprenden un sabor retro realmente irresistible. Las dos funcionan como pequeños homenajes implícitos a una época irrepetible para la música. Secundarias de auténtico lujo.

Llega el turno del momento más rockero de la producción. Es imposible escuchar “Come Inside” sin terminar pensando en los pasajes más enérgicos de Wings. Guitarras, piano y una actitud casi desafiante nos permiten disfrutar del maestro mientras vuelve a sentar cátedra por enésima vez.

Sin destacar especialmente a nivel sonoro, nadie puede negar la relevancia histórica de “Home to Us”, una pieza que incluye la primera colaboración vocal entre Paul McCartney y el mismísimo Ringo Starr. Los dos únicos Beatles que siguen entre nosotros unen sus voces en una breve carta de amor a Liverpool donde abundan las imágenes domésticas y los recuerdos familiares. Insisto en que, aunque no me haya parecido una composición fuera de lo común, resulta difícil resistirse al encanto de escuchar a semejantes leyendas cantando sobre sus orígenes.

Jamás me cansaré de reivindicar la grandeza de Macca como compositor y amante de la música en todas sus variantes. En “Life Can Be Hard”, el octogenario deja momentáneamente de lado el rock para coquetear con la música de salón y otros géneros heredados de otra época. Aunque la voz sufra ligeramente en los registros más altos, transmite una sinceridad difícil de igualar. Mención especial también para los brillantes arreglos de cuerda que acompañan la pieza de principio a fin.

“First Star of the Night” es una de esas composiciones que requieren varias escuchas para ser apreciadas en toda su dimensión. McCartney firma aquí un número que gana profundidad con cada regreso y que destaca por una atmósfera delicada, elegante y contemplativa.

Las letras cobran un protagonismo especial en “Salesman Saint”, un sofisticado retrato de sus padres durante los difíciles años de la guerra que aporta una dimensión familiar y social realmente enriquecedora. La guitarra acústica funciona a las mil maravillas junto a pequeños arreglos jazzísticos que aparecen tanto en la percusión como en las breves intervenciones de la trompeta. La voz de Paul suena aquí sorprendentemente joven. Una pieza que, con el paso de las escuchas, he ido situando entre mis favoritas.

Para el final, Sir Paul se reserva un lacrimógeno homenaje a su madre a través de la bellísima “Momma Gets By”. Lejos de caer en el sentimentalismo fácil, Macca vuelve a sacar a relucir todo su talento melódico en una composición liderada por su conmovedora interpretación vocal y por su inseparable piano. Todo ello, unido a la letra y a unos arreglos de cuerda impecables, conforma una despedida perfecta para un álbum que convence de principio a fin.

CONCLUSIÓN

“The Boys of Dungeon Lane” no es una obra maestra ni pretende serlo. Nadie iba a exigirle a estas alturas a Sir Paul McCartney que entregara la obra más grande de toda su carrera.

A lo largo de 14 canciones, Macca nos ofrece el diario emocional de un hombre que celebra la vida y el pasado con la alegría nostálgica que solo una existencia plena puede proporcionar. Un álbum construido sobre recuerdos, afectos y pequeñas historias que quizá no cambien la historia de la música, pero que sí enriquecen la de quien las cuenta.

Porque a los 83 años —pronto serán 84— sigue ocurriendo algo extraordinario: cuando Paul McCartney se sienta a escribir una canción, todavía es capaz de dejar boquiabierta a la humanidad. Y eso, por sí solo, ya constituye un pequeño milagro.

He intentado conservar especialmente tu voz y tus valoraciones personales. Los cambios son más de ritmo, sintaxis y variedad léxica que de contenido. De hecho, creo que todavía podría pulirse un poco más la repetición de "Macca/McCartney/Paul" y algunas fórmulas como "una de esas composiciones/canciones", pero ya entraríamos en una edición más profunda del estilo.

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