"La memoria, el refugio de un genio"
Confieso que he tardado algo más de lo habitual en sentarme a escribir sobre este disco. Cuestiones laborales, compromisos varios y el ritmo frenético del día a día han ido aplazando una reseña que, en realidad, tenía claro que acabaría redactando tarde o temprano. Porque, al fin y al cabo, estamos hablando de un nuevo álbum de Sir Paul McCartney. Y cuando uno de los mayores compositores de la historia de la música y un ídolo personal publica material inédito a los 83 años, mirar hacia otro lado sencillamente no es una opción.Además,
“The Boys of Dungeon Lane” llega en un momento especialmente propicio para la
figura de McCartney. Da la sensación de que, en los últimos tiempos, tanto su
legado en solitario como su etapa al frente de Wings han experimentado un
creciente —y muy merecido— reconocimiento, manteniendo plenamente vigente la
figura de un Macca que parece vivir ajeno al paso del tiempo. Quizá por eso
este trabajo resulta tan natural.
Porque
McCartney siempre ha sido un músico profundamente nostálgico. Mucho antes de
convertirse en un octogenario que repasa los recuerdos de su juventud, ya
escribía piezas como "Penny Lane", "In My Life" o
"Your Mother Should Know", evocando un pasado cálido y cercano que
ahora contempla desde una perspectiva mucho más amplia y extraordinaria.
“The
Boys of Dungeon Lane” es probablemente su obra más autobiográfica en décadas. A
lo largo del LP conviven Liverpool, su familia, la amistad con George Harrison,
el vínculo que mantuvo con John Lennon y una infancia que aparece como una
fuente constante de inspiración a la que Paul regresa sin caer en el exceso. El
nivel compositivo continúa siendo altísimo, algo que tampoco debería sorprender
a nadie. Incluso cuando algún tema no termina de despegar, está construido con
la elegancia de alguien que lleva más de seis décadas escribiendo melodías
memorables.
Sin
embargo, hay un aspecto que personalmente debo señalar como el gran “pero” del
conjunto: la producción de Andrew Watt. Y es que siempre que este popular
productor se encarga de esta faceta en un álbum —recordemos que recientemente
ha trabajado con los Rolling Stones, Pearl Jam o en las dos últimas obras de
Ozzy Osbourne— me ocurre exactamente lo mismo. Sus trabajos suelen transmitir
una sensación de excesivo procesamiento y una artificialidad mayor de la que
realmente contienen las canciones. Su empeño por modernizar el sonido de
artistas veteranos no resta calidad al resultado, pero sí creo que sacrifica
parte de la calidez y la naturalidad que muchas de estas composiciones parecen
reclamar. Quería dejar constancia de ello, aunque solo fuera una vez a lo largo
de este escrito.
“As
You Lie There” es la encargada de abrir el álbum de manera sorprendente. Una
introducción hablada al más puro estilo crooner desemboca en una combinación de
acústica y rock que enseguida nos recuerda la pasión de McCartney por
sorprender al oyente mediante cambios rítmicos inesperados. Un corte que
engancha desde la primera escucha y que funciona como una primera demostración
del extraordinario estado de forma en el que se encuentra esta leyenda.
Frente
a una apertura de semejante nivel, “Lost Horizon” resulta algo más discreta. Su
aroma blues y country sirve para evocar ciertos recuerdos de juventud, aunque
sin alcanzar la intensidad emocional que sí encontraremos en otros momentos del
disco. En cualquier caso, estamos ante una de esas composiciones menores de
Macca donde, guste más o menos, la melodía siempre acaba encontrando el camino
adecuado.
Y
llegamos a una de las grandes joyas del trabajo y, probablemente, a una de las
mejores canciones que Sir Paul nos ha regalado durante los últimos años. “Days
We Left Behind” es hermosa y profundamente humana. Apoyándose en una voz frágil
y conmovedora, Paul rememora su infancia en Dungeon Lane y a los amigos que lo
acompañaron durante aquellos años con una letra que emociona como un viejo
álbum de fotografías. No estamos ante una simple idealización del pasado, sino
ante una reflexión sobre el paso del tiempo construida desde la gratitud.
Aunque
tenga la desgracia de aparecer justo después de una pieza tan bella, “Ripples
in a Pond” logra mantenerse a flote gracias a sus melodías y a una letra
romántica marca de la casa. Es el típico tema aparentemente sencillo que solo
alguien como McCartney sabe construir y defender con absoluta solvencia.
Otro
corte que merece ser escuchado con detenimiento, y tantas veces como sea
necesario, es “Mountain Top”. Con ecos psicodélicos, voces distorsionadas y
sorprendentes arreglos de clavecín, Paul revive el periodo más experimental de
los Beatles. Mucha atención a su tramo final, donde la composición parece
descomponerse poco a poco hasta adentrarse en terrenos más extraños e
impredecibles. Tres minutos y medio que conviene tener muy presentes dentro del
LP.
“Down
South” funciona como una carta abierta de amistad a George Harrison, en la que
rememora aquellos viajes haciendo autostop cuando ambos eran dos adolescentes a
finales de los años cincuenta, poco antes de fundar The Beatles (“Before we
learned to twist and shout”). Autobuses, guitarras y conversaciones
interminables protagonizan esta entrañable pieza folk que Macca interpreta con
enorme calidez y convicción. Adoro profundamente esta canción.
Sin
ser piezas memorables, me gustaría reseñar conjuntamente “We Two” y “Never
Know”, esta última ubicada en noveno lugar dentro del tracklist, ya que ambas
desprenden un sabor retro realmente irresistible. Las dos funcionan como
pequeños homenajes implícitos a una época irrepetible para la música.
Secundarias de auténtico lujo.
Llega
el turno del momento más rockero de la producción. Es imposible escuchar “Come
Inside” sin terminar pensando en los pasajes más enérgicos de Wings. Guitarras,
piano y una actitud casi desafiante nos permiten disfrutar del maestro mientras
vuelve a sentar cátedra por enésima vez.
Sin
destacar especialmente a nivel sonoro, nadie puede negar la relevancia
histórica de “Home to Us”, una pieza que incluye la primera colaboración vocal
entre Paul McCartney y el mismísimo Ringo Starr. Los dos únicos Beatles que
siguen entre nosotros unen sus voces en una breve carta de amor a Liverpool
donde abundan las imágenes domésticas y los recuerdos familiares. Insisto en
que, aunque no me haya parecido una composición fuera de lo común, resulta
difícil resistirse al encanto de escuchar a semejantes leyendas cantando sobre
sus orígenes.
Jamás
me cansaré de reivindicar la grandeza de Macca como compositor y amante de la
música en todas sus variantes. En “Life Can Be Hard”, el octogenario deja
momentáneamente de lado el rock para coquetear con la música de salón y otros
géneros heredados de otra época. Aunque la voz sufra ligeramente en los
registros más altos, transmite una sinceridad difícil de igualar. Mención
especial también para los brillantes arreglos de cuerda que acompañan la pieza
de principio a fin.
“First
Star of the Night” es una de esas composiciones que requieren varias escuchas
para ser apreciadas en toda su dimensión. McCartney firma aquí un número que
gana profundidad con cada regreso y que destaca por una atmósfera delicada,
elegante y contemplativa.
Las
letras cobran un protagonismo especial en “Salesman Saint”, un sofisticado
retrato de sus padres durante los difíciles años de la guerra que aporta una
dimensión familiar y social realmente enriquecedora. La guitarra acústica
funciona a las mil maravillas junto a pequeños arreglos jazzísticos que
aparecen tanto en la percusión como en las breves intervenciones de la
trompeta. La voz de Paul suena aquí sorprendentemente joven. Una pieza que, con
el paso de las escuchas, he ido situando entre mis favoritas.
Para
el final, Sir Paul se reserva un lacrimógeno homenaje a su madre a través de la
bellísima “Momma Gets By”. Lejos de caer en el sentimentalismo fácil, Macca
vuelve a sacar a relucir todo su talento melódico en una composición liderada
por su conmovedora interpretación vocal y por su inseparable piano. Todo ello,
unido a la letra y a unos arreglos de cuerda impecables, conforma una despedida
perfecta para un álbum que convence de principio a fin.
CONCLUSIÓN
“The
Boys of Dungeon Lane” no es una obra maestra ni pretende serlo. Nadie iba a
exigirle a estas alturas a Sir Paul McCartney que entregara la obra más grande
de toda su carrera.
A
lo largo de 14 canciones, Macca nos ofrece el diario emocional de un hombre que
celebra la vida y el pasado con la alegría nostálgica que solo una existencia
plena puede proporcionar. Un álbum construido sobre recuerdos, afectos y
pequeñas historias que quizá no cambien la historia de la música, pero que sí
enriquecen la de quien las cuenta.
Porque
a los 83 años —pronto serán 84— sigue ocurriendo algo extraordinario: cuando
Paul McCartney se sienta a escribir una canción, todavía es capaz de dejar
boquiabierta a la humanidad. Y eso, por sí solo, ya constituye un pequeño
milagro.
He
intentado conservar especialmente tu voz y tus valoraciones personales. Los
cambios son más de ritmo, sintaxis y variedad léxica que de contenido. De
hecho, creo que todavía podría pulirse un poco más la repetición de
"Macca/McCartney/Paul" y algunas fórmulas como "una de esas
composiciones/canciones", pero ya entraríamos en una edición más profunda
del estilo.

Comentarios
Publicar un comentario