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The Winery Dogs - III (2023)

Calificación:*****(9,5)

Si hay un supergrupo que siempre que lanza música nueva logra acaparar toda mi atención, esos son The Winery Dogs. Este proyecto lo conforman tres auténticos maestros de sus respectivos instrumentos como Mike Portnoy, amo de la batería mejor reconocido por sus años con Dream Theater, Billy Sheehan, bajista reputado a nivel mundial por sus años con Mr. Big, y Ritchie Kotzen, a quien no dudaría en catalogar como uno de los guitarristas más dotados que yo he visto (especialmente cuando puntea con sus inconfundibles shreds) gracias a sus numerosos álbumes solistas, sin pasar por alto sus años en Mr. Big y, por supuesto, su más reciente aventura con mi querido Adrian Smith (Iron Maiden) en ese otro supergrupo llamado Smith/Kotzen (este y los Winery Dogs son mis dos proyectos de All Stars predilectos de este milenio).

Tanto en su debut homónimo (2013) como en “Hot Streak” (2015), el grupo nos ha enamorado con un Hard-Rock ambicioso, donde hay espacio tanto para los instrumentales más adictivos y complejos, como para el lucimiento vocal de un polifacético Kotzen (lo mismo canta temas eléctricos que te hace llorar con las más tiernas baladas). Además de ambos álbumes de estudio, también existen otros dos LPs filmados en riguroso directo (“Unleashed In Japan” y “Dog Years – Live In Santiago”) donde podemos apreciar la envidiable química que existe entre estos tres artistas, quienes se divierten como críos mientras dejan boquiabiertos a sus asistentes.

Tras más de siete años de sequía en los que cada músico ha estado inmerso en otros proyectos, por fin han vuelto a unir sus diferentes talentos para engendrar el tercer álbum de The Winery Dogs, el cual han titulado simplemente “III”. Para la producción han decidido contar con el afamado Jay Ruston (Anthrax, Stone Sour, Steel Panther,…), algo novedoso en el grupo, ya que los propios músicos se habían encargado de dicha función en sus primeros álbumes.

No quiero alargarme mucho más ya que estoy deseoso de disfrutar de este nuevo material, así que…¡DENTRO MÚSICA!

Todo empieza a las mil maravillas gracias a “Xanadu” (no confundir con los temas de Rush y Olivia Newton-John), una canción en cuyas transiciones progresivas no es raro acordarse de su popular “Elevate”. Cada músico va introduciendo detalles técnicos por doquier (el solo de shred merece todos los honores), cimentando así una base sobre la que Ritchie Kotzen canta a placer, permitiéndose afilar sus registros para escupir un par de agudos de primera categoría.

El segundo tema del LP fue también elegido como segundo single del mismo. “Mad World” nos regala cinco minutos de un Hard-Rock cálido y pegadizo en el que Kotzen apuesta por unos registros más suaves y cercanos al Soul (honor también a los coros de Portnoy y Billy en su estribillo). No puedo dejar de recomendaros los dos solos que nos ofrece aquí Ritchie (especialmente el primero), así como el momento también solista del que disfruta Billy Sheehan casi al final de la canción, recorriendo su bajo mientras se apoya en una férrea capa de efectos. 

“Breakthrough” irrumpe como una canción de Post-Grunge entre distorsiones y punteos decadentes, pero termina apostando poco tiempo después por recursos melódicos con mucho gancho en su luminoso estribillo coral (difícil sacárselo de la cabeza).

El Funk-Rock es otra de las especialidades musicales de estos veteranos. Un gran ejemplo de esto lo hallamos en “Rise”, temazo que el trío erige sobre una expansiva línea de bajo de Billy y una batería llena de fills (con aportaciones de cencerro incluidas). Kotzen, además, suma numerosas líneas melódicas de guitarra y, por supuesto, su personalísima voz. La gran sorpresa del número la encontramos en su intermedio, cuando Sheehan se marca otro solo de bajo lleno de velocidad que sirve como antesala de un no menos espectacular solo de guitarra (de los mejores del LP)  y de una última repetición del estribillo.

El trío juega sobradamente bien sus cartas en “Stars”, marcándose una canción de seis minutos de extensión donde son capaces de desplegar todo tipo trucos para dejarnos realmente satisfechos: versos hipnóticos, un bajo palpitante en la base, estribillo de manual, voz de primera categoría y un extenso interludio instrumental que parece nacido de una jam durante sus horas en el estudio (atención a la exhibición a la guitarra de Kotzen, así como de los rellenos de batería que inyecta Portnoy progresivamente). Auténtico temazo que no dejará de crecer con el paso de las escuchas.

La segunda mitad del álbum se inicia al máximo nivel de calidad de la mano de “The Vengeance”, una de las grandes sorpresas del álbum gracias a los efectos metálicos de pedal que Kotzen introduce antes de cada estribillo (este último goza de un poder melódico incalculable). Si faltaba una guinda para este pastel tan dulce, el solo que nos entrega Ritchie acompañado de nuevos efectos de cencerro por parte de Mike, redondea al alza esta maravilla. Tras sucesivas reproducciones puede percibirse como una especie de síntesis de lo escuchado en sus dos primeros trabajos (el primero era más directo, mientras que el segundo posee más detalles experimentales).

Turno de ser sacudidos por uno de los temas más rudos de todo el álbum. “Pharaoh” tiene todos los elementos necesarios para ser etiquetado como un medio-tiempo de Metal Progresivo: una batería omnipresente que altera su ritmo constantemente, la envidiable coordinación de la guitarra y el bajo (Billy se hace notar con varias líneas agudas de lo más apetecibles) y, obviamente, un cantante a la altura de las circunstancias como es Ritchie. ¿Y qué decir de los dos interludios instrumentales que aquí se nos ofertan? Aunque el trabajo de todos los miembros es para quitarse el sombrero (Portnoy y Billy crean una base rítmica devastadora), el último solo de guitarra de Ritchie Kotzen bien podría ubicarse entre los mejores de toda su trayectoria.

Pero cuidado que el ritmo no hará sino subir con “Gaslight”, una canción cuyo incendiario ritmo bebe directamente del Speed Metal y que ligeramente puede recordar a otro gran número de su catálogo como “Oblivion”. Portnoy nos destruye sin piedad con una pista de batería inhumana, mientras la guitarra y el bajo van tejiendo una base instrumental tan destructiva como perfecta. Kotzen, como siempre, canta a las mil maravillas y aprovecha la aceleración de la propuesta para incluir un solo de shred más rápido de lo habitual (¿cuántas notas por segundo será capaz de hacer?). Otra de mis preferidas.

La banda no podía faltar a su cita con las baladas, otro tipo de composiciones en las que destacan notablemente (véanse las pasadas “Regret” o “Think It Over”). En este lanzamiento nos encontramos con una pista de este talante bautizada bajo el nombre de “Lorelei” y que coquetea con el mejor Blues (o incluso Soul). Obviamente, en el plano baladístico Ritchie saca su mejor versión como cantante, teatralizando cada verso y llegando a notas especialmente altas en el puente-estribillo. Numerazo.

Llegamos al final con “The Red Wine”, un tema que en sus más de siete minutos de extensión realiza una lograda síntesis de todo lo escuchado previamente. Rock alegre y hecho para triunfar en los futuros directos del grupo (cometerían un gran error si no la tocaran en su gira veraniega), con una estructura cumplidora y una cantidad considerable de detalles destacables tales como la interpretación chulesca de Ritchie al micrófono, los fraseos de guitarra (también hay un solo bárbaro sobre una base rítmica martilleante), o ese outro de bajo con el que todo termina.

CONCLUSIÓN

Aunque sea pronto para lanzar conclusiones tan claras, lo cierto es que “III” podría convertirse dentro de un tiempo en el mejor álbum de The Winery Dogs. Desde luego, el trío acaba de marcarse uno de los LPs más grandes de 2023, demostrando que cada vez que se reúnen ponen toda la carne en el asador y no perciben este proyecto como un simple “pasatiempo”. Ojalá no tengamos que esperar tantos años hasta su siguiente publicación. Son demasiado grandes.

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