Pocas veces un grupo ha conseguido reunir en un mismo álbum semejante cantidad de canciones fundamentales para la historia de la humanidad. El 8 de noviembre de 1971 (hoy celebramos su 55 aniversario), Led Zeppelin publicó su cuarto trabajo de estudio, una obra que terminó convirtiéndose en uno de los grandes monumentos de la historia del rock. No tenía título, tampoco aparecía el nombre de la banda en la portada y sus cuatro integrantes estaban representados por unos misteriosos símbolos. Toda una declaración de intenciones que desafiaba las convenciones comerciales justo cuando el grupo disfrutaba de una posición privilegiada. Atlantic Records no veía con buenos ojos aquella decisión, pero Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham tenían muy claro que la música debía hablar por sí sola.
La
recepción más tibia, e injusta, que había acompañado a "Led Zeppelin
III" (1970), especialmente por parte de quienes esperaban otra descarga
eléctrica después de los dos primeros discos, también dejó su huella. Aquel
álbum había ampliado considerablemente los horizontes de la banda, incorporando
el folk, las guitarras acústicas y una sensibilidad mucho más introspectiva. El
problema fue que parte del público interpretó aquella exploración como un
alejamiento de su faceta más contundente. La respuesta llegó con un trabajo que
no renunciaba a esa nueva orientación, pero que tampoco estaba dispuesto a
prescindir de la electricidad y la fuerza que habían caracterizado sus primeras
entregas.
Con
esa consigna, el grupo se desplazó hasta Headley Grange, una antigua casa
señorial de Hampshire, equipado con la unidad móvil de los Rolling Stones, para
comenzar a dar forma a su nueva obra. El entorno, alejado del ruido de la
ciudad, resultó fundamental para desarrollar buena parte de su personalidad.
Jimmy Page asumió la producción y consiguió un sonido de enorme profundidad,
capaz de alternar la contundencia de una banda tocando al límite con detalles
instrumentales y ambientales de una sutileza extraordinaria. La portada, con la
imagen de un hombre cargando un haz de leña frente a un edificio moderno,
reforzaba ese contraste entre tradición y progreso que también atraviesa las
canciones. Los cuatro símbolos interiores, elegidos individualmente por cada
músico, terminaron alimentando el misterio alrededor de un disco que parecía
querer existir al margen de cualquier explicación.
Sabes
que estás ante una experiencia auditiva para la historia cuando el tema que te
da la bienvenida es "Black Dog". Un Robert Plant desatado desde el
primer instante va alternando protagonismo con Jimmy Page y su retorcido riff
principal, que da forma a una estructura rítmica poco convencional para la
época. Aunque no siempre se pone suficientemente en valor esta cuestión, creo
que la contribución de John Paul Jones y John Bonham merece todos los honores,
ya que ambos sostienen una maquinaria rítmica de enorme complejidad, de la que
emana un groove exquisito.
Continuamos
este glorioso viaje con otro clásico incontestable como "Rock And
Roll", archiconocido himno de Zepp que, según Jimmy Page, surgió durante
un ensayo en el que John Bonham empezó a tocar la introducción de "Keep
A-Knockin'", de Little Richard, mientras la cinta seguía grabando. A
partir de aquella improvisación, el guitarrista construyó un riff con chispa
que rinde homenaje a los pioneros del rock and roll. El piano de Ian Stewart,
de los Rolling Stones, añade ese desenfreno tan propio de Jerry Lee Lewis,
mientras Bonham vuelve a demostrar que su manera de golpear la batería podía
resultar tan reconocible como cualquiera de las seis cuerdas de Page. Palabras
mayores para Robert Plant, quien se entrega por completo a una interpretación
en la que encontramos algunos de sus mejores agudos. Directa, festiva y
absolutamente irresistible.
Tras
semejante ración de rock duro, "The Battle Of Evermore" provoca un
giro radical desde esos primeros segundos de mandolina y guitarras acústicas
que nos transportan directamente al imaginario medieval. Además, la
participación de Sandy Denny como compañera vocal de Robert Plant aporta una
dimensión narrativa y casi teatral al desarrollo de la pieza. Como muchos
sabrán, la letra bebe directamente del universo de Tolkien, aunque también está
inspirada en otras historias de conflictos medievales que Plant había estado
leyendo. A lo largo de sus versos encontramos símbolos y personajes que parecen
remitirnos a la tradición oral. Un momento de enorme sensibilidad que, tal y
como ya habían demostrado en "Led Zeppelin III", pone de manifiesto
hasta dónde podía llegar la imaginación de Zeppelin cuando decidía alejarse de
los amplificadores.
Y
llegamos al momento por excelencia del álbum y de Led Zeppelin. Reconozco que
me da miedo escribir sobre "Stairway To Heaven", ya que siento que no
existen calificativos adecuados para describir una de las canciones más grandes
de la historia de la música. Pocas composiciones soportan el peso de su propia
leyenda con tanta naturalidad. Desde su solemne introducción acústica,
acompañada por la flauta dulce de Jones, hasta el estallido eléctrico que
termina desembocando en uno de los solos más célebres del rock (¡eres y serás
eterno, Mr. Page!), Zepp nos entrega una composición construida con una
paciencia y una inteligencia extraordinarias. Lejos de apostar por una fórmula
comercial, el grupo desarrolla un número complejo que crece progresivamente,
incorpora nuevos elementos instrumentales, aumenta su intensidad y conduce al
oyente hacia un desenlace que parece inevitable. ¿Y qué decir de Robert Plant?
La delicadeza de los primeros compases y su posterior transición hacia una
interpretación mucho más apasionada han terminado convirtiéndola en una de sus
actuaciones más celebradas.
Curiosamente,
Led Zeppelin se negó a publicarla como sencillo comercial en su momento,
convencida de que quien quisiera escucharla debía adquirir el álbum completo.
La decisión terminó reforzando su condición de pieza central de una obra que no
podía entenderse únicamente a través de canciones aisladas. Basta escuchar cómo
Page va sacándose ese solo de la chistera, cómo Bonham irrumpe con toda su
fuerza y cómo la banda alcanza el clímax final para comprender que estamos ante
una de esas composiciones capaces de trascender a sus propios autores. Una
canción irrepetible, por mucho que se haya intentado imitar.
Después
de la experiencia sonora que acabamos de degustar, "Misty Mountain
Hop" recupera el pulso con un ritmo adictivo cimentado sobre el piano de
Jones y un riff pegadizo de Page, al que se suma el contagioso trabajo de
batería del maestro Bonham. Más que ante un tema de hard rock convencional, nos
encontramos con un corte cercano al boogie, especialmente por la interpretación
de un seductor Robert Plant, que vuelve a demostrar su capacidad para modular
la voz, alternando fraseos de gran personalidad con momentos de mayor
intensidad.
Si
no recuerdo mal, el propio Plant explicó en su momento que la inspiración
estaba relacionada con el arresto de un grupo de hippies que disfrutaba de una
tarde en un parque. La canción retrata ese choque entre una juventud que busca
libertad y una autoridad que por aquellos tiempos observaba con desconfianza
cualquier comportamiento que se saliera de lo establecido. La referencia a las
Montañas Nubladas de "El señor de los anillos" (nueva conexión con
Tolkien) aporta una dimensión fantástica al relato, pero también funciona como
una vía de escape hacia un lugar donde la imaginación y la libertad pueden
imponerse a las restricciones del mundo cotidiano.
Justo
después nos encontramos con la infravalorada "Four Sticks", una
canción experimental que debe su título a John Bonham, quien utilizó cuatro
baquetas, dos en cada mano, durante su grabación. A lo largo de sus cuatro
minutos, el grupo juega con giros rítmicos considerables, pasando de una base
principal contundente a un estribillo melódico de marcado ADN oriental (honor a
Page). Es una composición exigente y menos inmediata que "Black Dog"
o "Rock And Roll", pero precisamente por eso merece una atención
especial. Una muestra más de la inquietud creativa de cuatro músicos que nunca
tuvieron miedo de explorar territorios diferentes.
La
delicadeza vuelve a ocupar el primer plano en la bellísima "Going To
California", una de mis canciones predilectas del grupo. La guitarra
acústica y la mandolina dibujan un paisaje íntimo, casi suspendido en el
tiempo, sobre el que Plant construye una interpretación vulnerable y contenida
que, como también me sucede con "Tangerine", parece querer hablar
directamente con el oyente. La letra gira alrededor de los nuevos comienzos, el
amor y la naturaleza como elementos fundamentales en la transformación de una
vida vacía. Cuenta la leyenda que Plant escribió estos versos para expresar la
fascinación que sentía por Joni Mitchell y la escena musical californiana,
aunque su significado va bastante más allá de una simple declaración de
admiración.
Nuestra
travesía por el Valhalla sonoro de este grupo llega a su fin con la contundente
versión del "When The Levee Breaks", de Memphis Minnie y Kansas Joe
McCoy. Durante más de siete minutos, Zepp nos hipnotiza con una batería
gigantesca, un blues deslizante, una armónica envolvente y el embrujo vocal de
Plant, que se convierten en los compañeros de viaje perfectos para una
experiencia casi hipnótica. Pocos saben que el origen de la letra remite a las
inundaciones que asolaron el valle del Mississippi en 1927, una tragedia que
obligó a miles de personas a abandonar sus hogares. Como ya sucedía con otras
reinterpretaciones de su trayectoria, el grupo aborda la pieza original con un
enorme respeto, pero consigue transformarla en algo completamente suyo.
CONCLUSIÓN
"Led
Zeppelin IV" es uno de esos discos a los que resulta difícil encontrar un
pero. Su grandeza no depende únicamente de "Stairway To Heaven",
"Black Dog" o "Rock And Roll", por mucho que estas
composiciones hayan terminado acaparando buena parte de los focos. La banda
consigue que el blues, el hard rock, el folk, la fantasía medieval y la
experimentación convivan sin que el álbum pierda un ápice de coherencia. Detrás
de semejante diversidad encontramos a cuatro músicos en un momento de
creatividad extraordinario, capaces de entenderse desde la intuición y de
llevar cada idea hasta su máxima expresión.
Cincuenta
y cinco años después, sigue resultando asombroso comprobar que el cuarto
capítulo del glorioso legado de Led Zeppelin conserve una frescura y una
capacidad de fascinación tan extraordinarias como el primer día.




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